Misionero jesuita en la Tarahumara, mártir. Nació el 25 de noviembre de 1615, en Gravelines, Bélgica. Ingresó en la Compañía de Jesús el 30 de marzo de 1636. Cursó filosofía, teología y música en la Universidad de Lovaina. Deseaba ir de misionero a Japón, pero no lo pudo lograr por la guerra entre Portugal y Japón. En cambio, sus superiores lo destinaron a México. De paso por España castellanizó su apellido convirtiéndolo en Godínez. Llegó a México en 1647 y fue destinado a Tepotzotlán, pero muy pronto, atendiendo a sus ruegos, fue enviado a las misiones de la Tarahumara. En 1648 llegó a Satevó y luego pasó a San Felipe, donde estuvo casi un año aprendiendo la lengua rarámuri. En 1649, el capitán Diego Guajardo fundó la Villa de Aguilar, cerca del Papigochi, y la pobló con unos cuantos españoles. El padre Beudin fue enviado a atender a su población española y a los numerosos indios que había en el valle, para los cuales fundó una misión a dos leguas de Villa de Aguilar, a la que dio el nombre de Purísima Concepción de Papigochi.
En poco más de un año, el padre Beudin había reunido en los pueblos de Papigochi, Temeichi y sus contornos, unos seis mil indios para evangelizarlos. Por desgracia, los españoles de la Villa de Aguilar anulaban en gran parte sus avances por el mal trato que daban a los indios. Éstos se quejaban con el padre y él acudió a la justicia en Parral, por lo cual se atrajo el odio de los pobladores blancos. Uno, incluso, trató de matarlo con una daga. Viendo los indios que el padre no conseguía nada comenzaron a desconfiar también de él. El 15 de mayo de 1650, el padre Beudin ungió con los Santos Óleos a una joven india que murió dos horas después. La madre de la muchacha se puso furiosa y salió gritando que el padre la había matado con aquel aceite. Los hechiceros, dolidos por la acción evangelizadora del padre, la apoyaron y el ánimo de los indios se exaltó más contra el padre.
En la madrugada del sábado 4 de junio, víspera de Pentecostés, los indios prendieron fuego a la casa del misionero, que estaba dentro. El padre tomó un crucifijo y el soldado que lo acompañaba, Fabián Vázquez, echó mano de su arcabuz. “No estamos en estado de defendernos, le dijo el padre, es llegada la hora de Dios”, y lo oyó en confesión. En seguida se dirigió intrépidamente a la iglesia, pero a medio camino lo alcanzaron las flechas de los enemigos. Aunque desangrándose, logró llegar al pie del altar, donde un indio le echó una soga al cuello y lo arrastró hasta la cruz del cementerio. Logró el padre abrazarse a ella mientras un indio lo remataba golpeándole la cabeza con un pesado mazo. Con la misma crueldad dieron muerte al soldado y se entregaron a profanar la iglesia. (Autor: Dizán Vázquez).






