La llegada del nuevo arzobispo
El 8 de septiembre de 1969 Chihuahua amaneció con un nuevo arzobispo: Adalberto Almeida y Merino. Era el quinto obispo (contando también la administración apostólica de don Luis Mena Arroyo) y el primero nacido en Chihuahua, que pastoreaba la diócesis. Originario de Bachíniva (1916), estudió en el seminario de Chihuahua durante los años en que el gobernador Quevedo, en plena consonancia con el régimen y partido de los que formaba parte, perseguía con saña a los católicos. Luego pasó a estudiar a Roma, donde le tocó vivir todo el periodo terrible de la II Guerra Mundial, con sus carestías y riesgos mortales, incluyendo la toma de la Ciudad Eterna por las hordas nazis. Allá, durante un periodo de casi diez años sin volver a la patria, obtuvo las licenciaturas en filosofía, teología y derecho canónico.
Al tomar el timón de la Iglesia de Chihuahua, Mons. Almeida llega enriquecido con un gran bagaje intelectual, pastoral y humano, que le permite emprender una tarea de renovación integral de las estructuras diocesanas, de acuerdo con las directivas del Concilio Vaticano II. Obispo de Tulancingo (1956-1962) y de Zacatecas (1962-1969); participa en las cuatro etapas del Concilio (1962-1965), contribuye a la creación de la UMAE (Unión de Mutua Ayuda Episcopal), primera experiencia de colaboración entre obispos y diócesis para la renovación pastoral; promotor y primer presidente, en 1967, de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, la cual bajo su dirección, publica la notable carta episcopal “Sobre el desarrollo e integración del país”; participa en la II Conferencia del CELAM en Medellín, y al regresar a México promueve la realización de la REP (Reflexión Episcopal Pastoral) para que los obispos mexicanos asimilen del espíritu de Medellín, etc.
[Por otra parte, Mons. Almeida, regresa a su tierra con la misión de conciliador, como había llegado también a Zacatecas, y con una nueva visión de su papel de obispo: autoridad como servicio. Entre las primeras cosas que pidió fue que no se le llamara con los pomposos títulos acostumbrados, sino que se refirieran a él simplemente como el “padre obispo”. Este apelativo no llegó a cuajar, pero sí comenzó la gente a referirse a él con la forma más familiar de “don Adalberto”, que es la que usaré en adelante.]
La renovación diocesana
Apenas llegado a Chihuahua, sin perder tiempo, inicia don Adalberto la tarea de renovar las estructuras diocesanas para adaptarlas al espíritu y disposiciones del Concilio, y por lo primero que comenzó fue con la renovación de la curia. La curia diocesana es el equipo de personas, principalmente sacerdotes, que colaboran estrechamente con el obispo en el gobierno de la diócesis. [Es su gabinete. Hasta el Concilio las curias tenían un perfil eminentemente jurídico y autoritario. Se gobernaba mediante decretos que llegaban desde arriba y eran obedecidos desde abajo sin chistar. Existían, desde luego, ciertas estructuras en las que el obispo podía apoyarse y pedir consejo, pero eran siempre grupos o personas individuales muy selectos y restringidos, como el cabildo de canónigos, donde lo había.] Como lo había hecho a nivel mundial y nacional con los sínodos y las conferencias episcopales, el Concilio amplió a nivel diocesano esa base de consulta haciéndola más representativa de todos los miembros de la Iglesia y creando nuevas estructuras que facilitan dicha participación, como el consejo presbiteral, el consejo de laicos y de religiosas, etc., y especialmente el consejo eclesial de pastoral. En este caso la palabra “eclesial” indica su composición con toda clase de fieles, incluso laicos, y la palabra “pastoral” indica que su competencia es toda la actividad de la Iglesia. Con el Consejo Eclesial de Pastoral, el obispo cuenta, pues, con un instrumento de primer orden para hacer su servicio pastoral más participativo y menos autocrático, sin renunciar a su calidad de supremo pastor.
En noviembre del mismo año de su llegada, a petición de don Adalberto, el padre Vicente Gallo le presenta un plan inicial de pastoral, en el que se propone, entre otras cosas, la creación de una comisión provisional que se encargue de promover la pastoral y de renovar las estructuras diocesanas con ese nuevo enfoque. Así nació en 1970 la Comisión Diocesana Promotora de Pastoral (CDPP), de la que el P. Gallo queda como responsable, para poner en marcha un plan que consistía, en su primer momento, en la integración de los sectores del pueblo de Dios: laicos, religiosas y sacerdotes, cada grupo en sí mismo, para después integrarlos a todos en una pastoral de conjunto. Y es que, así como el obispo solía actuar de forma individualista, lo mismo pasaba con cada parroquia, institución, asociación, etc. La pastoral de conjunto significa que todas las personas y organizaciones interactúan y colaboran en una pastoral global, utilizando los mismos medios y poniendo en común sus recursos y carismas para perseguir el mismo fin, que en este caso es la evangelización de la diócesis.
Para lograr la integración de los sacerdotes se planeó trabajar por áreas especializadas y en equipos. En una reunión del 8 de enero de 1970 todos los sacerdotes se inscribieron libremente en una de las diez áreas según su preferencia: pastoral social, apostolado laico, necesidades sacerdotales, seminario, educación, medios de comunicación, liturgia, catequesis, ecumenismo y misiones.
Al mismo tiempo que esto pasaba en la diócesis, se creó en 1970 un Equipo Regional de Pastoral de Conjunto, que integraba a las diócesis de la Región Pastoral del Norte, que eran entonces, Chihuahua, Juárez Madera, Tarahumara y Torreón, quedando como coordinador el padre José Cereceres, de Chihuahua. Aunque con el tiempo este proceso regional se malogró, las mencionadas diócesis llegaron a ponerse de acuerdo en el procedimiento para evangelizar a los fieles con ocasión de los sacramentos. Así nacieron nuestros hoy habituales cursos pre: -bautismales, -matrimoniales, etc. Ese acuerdo se publicó en noviembre de 1972.
Volviendo a Chihuahua,] bajo la guía de la CDPP se comenzó un proceso de conscientización de los laicos y las religiosas para se fueran integrando entre sí y al trabajo común de la diócesis. Así, después del Consejo Presbiteral, que agrupa a los sacerdotes, se constituyeron la Comisión de Religiosas y la Comisión de Laicos.
Los años de 1970 y 1971 se caracterizan por una intensa serie de reuniones de los diversos sectores y de reuniones cruzadas entre sectores para ir avanzando hacia la integración de los mismos y hacía su participación más activa en la pastoral. Notable fue la reunión de sacerdotes, religiosas y laicos del 2 de febrero de 1971 en la Casa de la Iglesia en orden a la renovación de la curia, en la que se trabajó a partir de encuestas realizadas previamente en cada sector por separado para conocer las aspiraciones y expectativas de esos tres sectores.
A fin de poner el servicio episcopal más al alcance de las poblaciones alejadas de la sede y de acuerdo con las directivas del Concilio, se crean entonces los arciprestes o vicarios foráneos y los vicarios episcopales con delegación del obispo para realizar ciertas facultades de ordinario reservadas a él.
Otro instrumento que se utiliza entonces al servicio de la renovación son las visitas pastorales del obispo a las parroquias. Como tales no eran nada nuevo, pero anteriormente, respondiendo a un concepto jurídico de curia, las visitas del obispo estaban más cargadas hacia el aspecto jurídico-administrativo, como la revisión de libros parroquiales, etc. Don Adalberto las aprovecha para impulsar en cada parroquia los esquemas pastorales y organizativos que estaba tratando de crear en toda la diócesis. Como un recurso importante para funcionar con este nuevo enfoque, se procuró que previamente a la visita pastoral se hiciera en cada parroquia un estudio socio-religioso para partir de la realidad. Con el fin de darle a esa investigación el carácter científico que requería, se establece en ese tiempo un equipo de investigación socio-religiosa, dirigido por el P. Manuel Acosta e integrado por hermanas del Servicio Social. De esa manera, la visita pastoral, más que revisar el pasado tendía a programar el futuro.
Con el fin de que la CDPP vaya evolucionando más rápidamente para convertirse en un Consejo Eclesial de Pastoral, se enriquece, a partir del 26 de mayo de 1971, con la membresía de religiosas y laicos. Al mismo tiempo se promueve la creación de las comisiones especializadas en determinados campos de la pastoral, entre ellas, las tres más importantes: Evangelización y Catequesis, Liturgia y Pastoral Social. Hoy nos parece lo más natural que existan esas comisiones y consejos, pero entonces se batalló durante años para que llegaran a cuajar, a través de avances, retrocesos, resistencias y mucha reflexión.
El 20 de junio de 1972 es constituida por fin la primera Comisión Eclesial de Pastoral, como el principal órgano colegiado y asesor del obispo para la promoción, coordinación y planeación de la acción pastoral y evangelizadora de la Iglesia de Chihuahua. Queda integrada por el obispo como presidente y por aquellos cargos y organismos que previamente, casi en su totalidad, se tuvieron que crear y consolidar: el vicario de pastoral, los arciprestes, el coordinador de la pastoral urbana, los coordinadores de las comisiones de Evangelización y Catequesis, Liturgia y Pastoral Social, los coordinadores de pastoral especializada, el rector del seminario, cinco representantes de la Comisión de Religiosas y cinco de la de Laicos. Se le pone como directiva una comisión permanente integrada por los PP. José Cereceres y Manuel López y la Hna. Marianela Madrigal. Con la creación de la CEP cesaba la CDPP.
Teniendo en cuenta que no se puede avanzar en la renovación pastoral de la diócesis sin una curia también renovada, se sigue mientras tanto, avanzando en la búsqueda de formas para transformar la curia diocesana en un organismo que ponga más el acento en la promoción de la pastoral diocesana que en el aspecto jurídico, con fundamento en la renovada visión de la Iglesia que había surgido del Concilio. Para hacer la curia más moderna y operativa y recordando a Pablo VI (“En la obra pastoral no se puede proceder ciegamente… una sabia planificación puede ofrecer también a la Iglesia un medio eficaz y un incentivo de trabajo” [24 Nov. 1965]) de busca, también en 1972, la asesoría de “Luis Armando Galván y Asociados” (LAGA), una firma de especialistas en planeación por resultados, que adaptaba los métodos científicos de organización empresarial a una organización diocesana. También se forma un equipo de 11 personas, el “Grupo al servicio de la renovación diocesana” (GSRD), para hacer más ágil el estudio y elaborar un plan de renovación de la Curia..
Asesorado por LAGA, este grupo se dedica a la elaboración del Objetivo Diocesano (que se presenta en 1973), se perfila la figura del obispo (en esto hay que admirar la humildad de don Adalberto, que tuvo que “aguantar” un fuego tupido en el que se le confrontaba con esa figura ideal de obispo que ahí iba resultando). Pronto pudo el GSRD presentar a toda la diócesis un Plan para la Renovación de la Curia.
Las cartas pastorales
Mientras el GSRD sigue con su empeño de elaborar una nueva imagen de curia diocesana, la CEP también avanza en la elaboración de un Plan Diocesano de Pastoral, profundizando en las líneas esenciales de la pastoral. Lo primero que hace es elaborar, como instrumento de trabajo, un borrador del plan, que se fue sometiendo al estudio de las comisiones, parroquias, etc. En enero de 1974 se presenta un anteproyecto que comienza a aplicarse en las visitas pastorales. Finalmente se decide publicarlo como carta pastoral para que no vaya dirigida sólo a los agentes de la pastoral sino a todos los fieles de la diócesis. Así, el 30 de marzo Mons. Almeida publica su primera Carta Pastoral con el título “Evangelización. Contenido, características y metas”. “Documento definitivo y programático –dice en su presentación el arzobispo- que debe unificar nuestra pastoral diocesana… primer intento firme y general para orientar todas nuestras fuerzas diocesanas hacia la evangelización…”.
En la carta se define primero lo que es evangelización, se hace ver que es obra de todo el pueblo cristiano, se enuncian sus contenidos fundamentales y sus frutos. Como notas características de una auténtica evangelización se señala que es: comunional, auténtica, integral, encarnada, dinámica, personalizante, liberadora, promotora, participativa, corresponsable y planificada. Se establecen sus agentes y metas. Estas últimas son dignas de mención: 1ª Conocimiento de la Palabra de Dios; 2ª Pastoral de Sacramentos; 3ª Creación de Consejos Parroquiales; 4ª Formar en cada parroquia grupos de base; 5ª Promoción de ministerios de laicos; 6ª Capacitación y actualización de agentes de pastoral.
Ya se tiene, pues, un documento programático que no nació de la noche a la mañana, sino a través de un largo esfuerzo compartido y como fruto de un progresivo cambio de mentalidad. Desde ese momento todo el esfuerzo del arzobispo y de la CEP va encaminado a que el documento sea conocido, asumido y, sobre todo, usado como base para la práctica pastoral de la diócesis, de cada parroquia, de las comisiones e instituciones. La Carta ayuda a unificar los esfuerzos y las voluntades. Sin embargo, el cambio que pide es tan amplio y profundo que no todos lo comprenden ni aceptan, más por inercia y resistencia al cambio que por mala voluntad. La CEP lo resiente y comienza a cuestionarse a sí misma. El P. Cereceres, vicario de pastoral y coordinador de la CEP, renuncia a su cargo. Otro sacerdote toma su lugar pero no puede infundirle nueva vida y la CEP entra en receso hasta reaparecer en los años 80.
En compensación, la publicación el 8 de agosto de 1975, por parte de Pablo VI, de su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, viene a significar un fuerte espaldarazo oficial a la línea de evangelización de la diócesis, enunciada seis meses antes por la 1ª Carta Pastoral.
Igualmente, del 11 al 14 de junio de 1977 Chihuahua es sede de la “Semana de Estudios Teológicos”, de la Sociedad Teológica Mexicana, que congrega a los mejores teólogos del país. Al analizar el proceso pastoral de la arquidiócesis los miembros de la STM descubren una eclesiología renovada, la del Vaticano II. “La Iglesia de Chihuahua -dicen- se manifiesta como una iglesia participativa, peregrina, en búsqueda, que vive la colegialidad y busca su inserción en el mundo”.
El 8 de noviembre de 1977 el Consejo Presbiteral, de acuerdo con la Carta Pastoral, lanza una campaña para reclutar diez mil agentes de evangelización.
Dada la creciente demanda de evangelizadores y la necesidad de su pronta capacitación, Mons. Almeida publica el 4 de julio su 2ª Carta Pastoral “Formación de Evangelizadores”, en continuidad con la primera y que habría de formar una trilogía con otra que será publicada en la década siguiente. En la Introducción el arzobispo afirma: “Urge poner la arquidiócesis de Chihuahua en su totalidad, en estado de evangelización, efectiva, gradual y continuada… Para lograr esta evangelización a escala diocesana, es necesaria y urgente la promoción de evangelizadores suficientes y cualificados”.
Tal vez por la debilidad que tenía entonces la CEP, esta segunda carta no fue tanto un fruto de la amplia participación de los sectores, y se debe prácticamente en su totalidad al puño y letra de don Adalberto, siempre dentro del clima y orientación que se está viviendo en la diócesis. El hecho de que sea una obra más personal de don Adalberto nos permite, por lo menos, conocer más a fondo el pensamiento personal del arzobispo y ver cómo detrás de aquel proceso de renovación estaba siempre su aportación personal.
La dimensión social de la fe
Una cuestión que hay que destacar en esta década de los 70 es la activa participación de la Iglesia de Chihuahua, de todos sus sectores: arzobispo presbíteros, religiosas y laicos, en la vida de la comunidad civil, y en especial en un compromiso con la justicia social y la promoción humana de las comunidades más pobres, exigencia de una evangelización integral de acuerdo con el espíritu de la “Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Moderno”, del Concilio Vaticano II. Don Adalberto mismo había llegado a Chihuahua, como hemos visto, siendo todavía presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, la cual había publicado bajo su dirección la “Carta del Episcopado sobre el desarrollo e integración del país”, había participado personalmente en Medellín, conferencia del CELAM que despertó fuertemente la conciencia social de los católicos, etc. Con todo este bagaje fue, pues, el gran impulsor de un nuevo compromiso social de los católicos de Chihuahua, siempre dentro de una estricta ortodoxia y fidelidad al Magisterio de la Iglesia. En esta inquietud don Adalberto encontró un fuerte apoyo en no pocos miembros de la Iglesia de Chihuahua.
Los católicos tenían ya la herencia de la fecunda década de los 60 (Concilio, Medellín, etc.). Además, en 1971 Pablo VI publica su carta apostólica “Octogessima adveniens” para conmemorar el 80 aniversario de la encíclica “Rerum Novarum”; se publica también el documento “La justicia en el mundo”, fruto del II Sínodo Universal celebrado ese mismo año; los obispos mexicanos publican en 1973 “El compromiso cristiano ante las opciones sociales y la política”, etc., documentos que muestran la “preocupación social de la Iglesia”, como titulará después Juan Pablo II una de sus encíclicas.
Ya en 1970 una de las áreas de trabajo en que se agrupan los sacerdotes fue la de Pastoral Social, coordinada por el P. Manuel Acosta, la cual se pone a trabajar inmediatamente y se comienzan a establecer relaciones con el Secretariado Social Mexicano. El clero y las comisiones de religiosas y de laicos bullen en reflexiones e inquietudes sociales, alimentadas por los documentos mencionados y apoyadas en un análisis de la realidad social cada vez más valorado.
El 28 de enero de 1972 Chihuahua se desayuna con la lectura en los periódicos de una “Declaración del arzobispo y de los sacerdotes de la diócesis de Chihuahua sobre la violencia”, que causa sensación y repercute no sólo a nivel nacional sino en otros países. Se trataba de un análisis de la violencia con que respondió el gobierno de Óscar Flores Sánchez a la violencia de un grupo de jóvenes que asaltaron un banco, pero sin profundizar en las causas sociales que los llevaron a cometer ese delito. Utilizando una expresión de Helder Câmara, se hablaba en el documento de una “espiral de la violencia”. Las reacciones del sistema fue dura, pero los sacerdotes, lejos de retractarse, el 5 de noviembre intentaron hacer un nuevo documento para insistir en la denuncia del 28 de enero. Para colmo, Mons. Talamás, obispo de Cd. Juárez, y su presbiterio, publican una semana después una declaración semejante. Atendiendo igualmente a un conflicto que surgió en la Universidad de Chihuahua, el arzobispo publica el 13 de marzo unas “Reflexiones sobre la situación de la UACH”, tema y enfoque totalmente inusuales entre las preocupaciones episcopales hasta entonces.
Del 9 al 18 de mayo de ese mismo año se organiza en Chihuahua un curso de Comunidades Eclesiales de Base, impartido por el P. José Marins. Cursos como éste se multiplicaron después en toda la diócesis y a partir de ellos nacen en la diócesis las comunidades de base que habrían de tener un papel relevante en la participación de muchos laicos, sobre todo de colonias populares y parroquias rurales en la vida de la Iglesia y de su comunidad.
El 20 de julio de 1972, al establecerse la Comisión Eclesial de Pastoral, una de sus principales integrantes va a ser la Comisión de Pastoral Social. Esta se integra, pero todavía no con ese nombre, pues no se quiere formar por decreto, sino que vaya madurando por fuerza de su propia evolución interna a partir de un grupo de acción social formado por personas que ya se dedican a actividades afines. En la integración de este grupo y en su desarrollo hasta la formación de la Comisión de Pastoral Social, tienen notable participación las Hermanas del Servicio Social, congregación originaria de Monterrey que había llegado a Chihuahua en tiempos del Sr. Mena Arroyo. El grupo estuvo dirigido en ese tiempo por las HH. Virginia Bahena y Cecilia Bonilla que para diciembre de 1973 presentan ya a la CEP su primer informe de actividades.
Las Hermanas del Servicio Social comienzan a hacer vida, antes que institución, la pastoral social, yéndose a vivir y a trabajar a diversas colonias populares, donde organizan a la gente para que se provean de servicios, formen cooperativas, se eduquen y reclamen sus derechos.
El 17 de febrero de 1975 don Adalberto, que en ese tiempo es miembro del Pontificio Consejo Cor Unum por nombramiento del Pablo VI, y que influye para que a nivel nacional se cree Cáritas Nacional, principal organismo de ayuda al necesitado que tiene la Iglesia católica, nombra al P. Félix Rubio promotor de Cáritas Diocesana. Al publicarse en marzo de ese año la 1ª Carta Pastoral de don Adalberto, como dijimos, la pastoral social recibe una fuerte justificación al decir que toda acción evangelizadora debe ser integral, encarnada, liberadora y promotora.
El Nº 3 de la revista Pastoral Diocesana, publicada por la CEP en agosto del mismo año, contiene temas que refuerzan en el orden de las ideas la acción social que se lleva a cabo y al mismo tiempo es un eco de las inquietudes del momento, por ejemplo, Carlos Bravo: “Misión sacerdotal y justicia social”; Marianela Madrigal: “Vida religiosa y justicia social”; Josefina D. de Sotelo: “¿Justicia social?”; Claudina Romero: “Desarrollo integral del ser humano” ¡y hasta se reproduce íntegra la declaración del 28 de enero de 1972 sobre la violencia!
Dada el creciente compromiso social de los católicos, don Adalberto juzga conveniente publicar, el 7 de agosto, una “Orientación del Arzobispo de Chihuahua sobre la Pastoral Social”.
Finalmente en junio de 1976 el grupo de pastoral social se constituye oficialmente en la Comisión Diocesana de Pastoral Social, quedando al frente de ella la Hna. Marianela Madrigal, HSS. En ese año la Comisión emprende una amplia reflexión sobre la Ley de Asentamientos Humanos, tema muy debatido en esos días, y publica también una amplia reflexión sobre las elecciones presidenciales.
En 1977, los jesuitas y las Religiosas del Sagrado Corazón dan un giro total a su orientación educativa que, aunque legítimo en principio no ha quedado siempre clara su utilidad: los primeros cierran el Instituto Regional para dedicarse a la educación popular en la Colonia Villa, y las religiosas cierran el Instituto Femenino.
Diversas personas destacan en Chihuahua en la pastoral social. Ya mencioné, aunque muy de pasada, por la brevedad de este artículo, a la congregación de Hermanas del Servicio Social, entre las que destaqué a algunas en particular. Tampoco podemos olvidar a dos sacerdotes que hicieron época en Chihuahua por su valentía y su compromiso con la promoción de las comunidades: el padre Carlos Bravo, S. J. y el padre Rodolfo Aguilar, diocesano.
El P. Bravo llega a Chihuahua en 1970, recién ordenado. De inmediato se identifica con la línea pastoral de la diócesis y va dejando una huella profunda en mucha gente, a la que removió hasta sus cimientos en el cristianismo cómodo que profesaban. Colabora en el CEG dirigido por Gabriel Cámara, es uno de los impulsores de las comunidades de base en el Cerro de la Cruz, guía un grupo que sirve de fermento en la Colonia Campesina para que sus pobladores defiendan sus derechos y consigan la titulación de sus terrenos, otra experiencia semejante se desarrolla bajo su guía en la Colonia Progreso, son famosas y polémicas sus misas de 12 en Catedral y anima el grupo Manos Unidas, integrado por jóvenes a los que inculcó el amor a Cristo y la inquietud por la justicia social. En 1976 Carlos pasa a la Tarahumara, donde dirige el seminario y asesora a movimientos reivindicativos de ejidatarios y trabajadores.
Otro caso notable es en ese tiempo el del P. Rodolfo “Chapo” Aguilar. Formado en el Seminario de Chihuahua y ordenado por don Adalberto en 1974, ya desde la carta en que pide la ordenación sacerdotal expresa a su “querido padre y obispo” su firme determinación de “ser colaborador (de Cristo) en la obra de salvación. Salvación que hoy y siempre en la historia humana es liberación, Pascua, Éxodo de toda infidelidad, opresión e injusticia”. Nombrado cura de Nombre de Dios, se entrega con verdadera pasión a la promoción y defensa de las clases marginadas. Organiza el “Comité Pro Derechos Humanos entre el Pueblo de Chihuahua”, encabeza marchas de colonos ante el gobernador para exigir correo, drenaje, terrenos para fincar, nace así la Colonia Dos de Junio. En septiembre de 1976 comienza a trabajar en un gran proyecto de educación de adultos y fomento de cooperativas. La acciones, muchas veces radicales, del padre Aguilar, lo enfrentan a las autoridades civiles y don Adalberto le muestra siempre, junto a una gran comprensión, un apoyo crítico, lleno de momentos dolorosos, tratando de moderar y encauzar los aspectos más extremosos de su actividad. Finalmente, el 21 de marzo de 1977 el Chapo fue hallado muerto de un balazo en una vecindad del centro de la ciudad. Tenía 29 años de edad.
Algunos logros diocesanos en los años 70
Ante la imposibilidad de mencionar en un artículo tan corto las realizaciones concretas que se alcanzaron en esta década en la diócesis, me limitaré a un listado escueto e incompleto. Téngase en cuenta que a cada fecha definitiva de fundación precede un periodo de estudio o de experimentación:
1970: Se abre el Seminario Regional del Norte por iniciativa de Chihuahua.
1971: Se agrupan las parroquias en arciprestazgos o zonas; se establece el Consejo Presbiteral; se crean los “cenáculos”, para la formación permanente del clero.
1972: Se establece la Comisión Eclesial de Pastoral (a partir de la CDPP de 1970); se crean las Comisiones de Religiosas, Laicos. Evangelización y Catequesis; se establece el Centro de Investigación Socio-religiosa; se prescribe la preparación pre-sacramental; se inicia la formación de Comunidades Eclesiales de Base.
1973Se inician los Consejos Parroquiales.
1974: Se establece la figura del vicario de pastoral; Se crea la Comisión de Liturgia.
1975: Se ponen las bases para la elaboración de un plan de evangelización (1ª carta pastoral; se abre el Centro de Capacitación para Agentes de Pastoral; se inicia la fundación de Cáritas Diocesana; se inicia la renovación económica diocesana; se establece el Tribunal Eclesiástico; se establecen los Celebradores laicos de la Palabra.
1976: Se establece oficialmente el Movimiento de la Renovación en el Espíritu; se establece la Comisión de Pastoral Social; se funda el Centro Diocesano de Comunicación y Notidiócesis; se inicia el proceso para establecer los diáconos permanentes (se aprueban en 1980); por comienzan a encomendar parroquias a religiosas; se crea el servicio de atención sacerdotal nocturna para enfermos, SANE.
1977: Se abre el Centro Billings para orientar en la paternidad responsable.
1979: Se establecen los vicarios episcopales.
(PUBLICADO EN EL DIARIO DE CHIHUAHUA, SUPLEMENTO “SIGLO XX”, SEPTIEMBRE DE 1999).






