Reidezel Mendoza
El culto guadalupano
Las referencias más tempranas al culto guadalupano aparecen a mediados del siglo XVI. En los Annales de Juan Bautista, escrito en náhuatl, se registró que “en el año de 1555, entonces fue mostrada santa María de Guadalupe allá en Tepeyac”. Un año después, el cronista indígena Chimalpáhin Cuauhtlehuanitzin anotó en sus Relaciones: “1556. Nuestra querida madre Santa María de Guadalupe fue mostrada en el Tepeyac”.
A lo largo del periodo virreinal, esta devoción adquirió un profundo significado simbólico. Para muchos criollos, la Virgen se convirtió en emblema de identidad americana y elemento de diferenciación frente a los peninsulares. El criollismo preindependentista la incorporó a un discurso providencialista sobre el destino de la Nueva España, lo que explicaría que, décadas después, los insurgentes la tomaran como estandarte.
Aunque el Santuario del Tepeyac fue el centro espiritual del guadalupanismo, durante el virreinato no generó las grandes peregrinaciones que hoy conocemos. La proliferación de capillas y santuarios en todo el territorio novohispano permitió que muchos fieles rindieran culto a imágenes locales o domésticas, sin necesidad de viajar a la capital.
La devoción mariana en San Felipe el Real
En la región de la Nueva Vizcaya, las advocaciones marianas no fueron particularmente abundantes, pero antes incluso de la fundación del real de minas de San Francisco de Cuéllar —la futura villa de San Felipe el Real— ya existía una pequeña capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe en la hacienda de beneficio de Lázaro Baigori y Nicolás Enríquez. Era un espacio sencillo donde los trabajadores de Santa Eulalia y Chihuahua se encomendaban antes de iniciar su jornada.
La presencia guadalupana se consolidó con la construcción, en 1714, del primer templo de la villa, dedicado a San Francisco y a Nuestra Señora de Regla, que incluía un nicho de cantera dorada con una imagen de la Virgen. A partir de 1721, el párroco Juan Bautista de Lara impulsó de manera sistemática esta devoción, alentando a sus feligreses a levantar una ermita en una colina al suroeste de la población, un lugar habitado entonces por indios sinaloas y sonoras dedicados al trabajo minero.
Como señalan estudios recientes, muchas ermitas guadalupanas del periodo virreinal se edificaron en barrios indígenas o zonas periféricas, buscando atraer y cohesionar a poblaciones multiétnicas dentro del cristianismo. En este sentido, la ermita chihuahuense respondía tanto a la devoción popular como a estrategias pastorales y de ordenamiento social.
La primera ermita dedicada a la Virgen de Guadalupe
Documentos del Registro Público de la Propiedad y de la Arquidiócesis de Durango permiten reconstruir los orígenes de la primera ermita. En la década de 1730 comenzó a poblarse el barrio donde hoy se levanta el Santuario de Guadalupe. El cabildo otorgó un lote a Joaquín Pereira, quien lo
transfirió a Miguel Tomé Domínguez para construir allí una capilla cuya obra inició de inmediato. En 1738 ya recibía donativos, como los 10 pesos que legó Salvador Serrano Vergara en su testamento.
Para 1740, según un denuncio de Bernardo de Miera y Pacheco, la capilla estaba terminada, y el sitio comenzó a conocerse como “la loma de la ermita de Guadalupe”. Su presencia aparece también en solicitudes de terrenos de 1742, lo que confirma su rápida inserción en la vida urbana de la villa.
En 1760, el obispo Pedro Tamarón y Romeral visitó Chihuahua y describió la capilla como un edificio modesto, con sacristía, campanil, cementerio y una pequeña hospedería. Su secretario, Felipe Cantador, detalló un valioso inventario que incluía ornamentos, cálices, cuadros, candeleros y diversas imágenes, señal de la creciente importancia del santuario local.
Otros viajeros también dieron cuenta del lugar. El ingeniero Nicolás de Lafora, en 1766, mencionó la pequeña población de familias yaquis establecida en torno a la ermita; y en 1778, fray Juan Agustín de Morfi relata en su diario que celebró misa allí durante su estancia en la villa. Ese mismo año, el fraile Ignacio María Lava la describió como una “capilla muy buena” situada a poco más de un cuarto de legua al poniente.
Hacia 1788, el barrio del Santuario contaba ya con 36 vecinos, lo que revela cómo la vida cotidiana fue organizándose alrededor del templo y cómo la devoción guadalupana contribuyó a modelar la geografía social de la joven villa de San Felipe el Real.
Un nuevo templo
En 1759, cuando autoridades civiles y eclesiásticas instituyeron la celebración anual del 12 de diciembre con una procesión desde la ermita hasta la parroquia de Chihuahua, quedó claro que el pequeño templo original ya no podía recibir a la creciente cantidad de fieles. Desde entonces comenzó a plantearse la necesidad de edificar un santuario de mayor capacidad. Un documento posterior señala que “su situación poco adecuada y su terreno incómodo y embarazoso para su entrada y salida” motivó al vecindario, en 1792, a impulsar la construcción de un nuevo templo.
Desde 1773, vecinos y devotos habían comenzado a reunir fondos mediante una suscripción popular en Chihuahua y Santa Eulalia, acumulando casi 2,000 pesos que fueron puestos a rédito. Entre 1784 y 1786, el brigadier José Antonio Rengel autorizó corridas de toros y juegos populares para incrementar el fondo, logrando reunir otros 4,850 pesos. Para 1790, gracias a estas actividades y a diversos donativos, el monto ascendía a 9,300 pesos.
Entre los benefactores destacaron Gertrudis Barrera, Joaquín Calvo y Francisco Garza; y varias vecinas dispusieron en sus testamentos aportaciones específicas para la futura obra. Las autoridades locales también se sumaron: el comandante general Pedro de Nava gestionó ante el obispo de Durango, Esteban Lorenzo de Tristán, la licencia para iniciar la construcción. El prelado autorizó la obra el 4 de marzo de 1793, ofreciendo además gracias espirituales a quienes apoyaran con dinero o trabajo.
El proyecto avanzó rápidamente. El Ayuntamiento proporcionó herramientas para fabricar adobes y excavar los cimientos, mientras que Nava designó al ingeniero Juan Pagazaurtundúa para elaborar los planos del edificio. En la recaudación y administración de recursos destacó Pablo de Ochoa, alcalde de segundo voto, nombrado mayordomo de la obra y encargado de gestionar ofrendas y pagos.
La primera piedra se colocó el primer domingo de mayo de 1793 en presencia de autoridades civiles, religiosas y una numerosa concurrencia. Tras la muerte de Pablo de Ochoa en 1798, su sobrino
Simón de Ochoa Pinedo asumió la mayordomía y continuó las labores durante casi tres décadas, financiando de su propio bolsillo más de 12,000 pesos para evitar la paralización de la fábrica en tiempos especialmente difíciles, marcados por la guerra de Independencia.
La bendición del Santuario
Después de tres décadas, el santuario quedó terminado el 12 de octubre de 1825. En una inspección previa a su bendición, el presbítero Pedro Terrazas certificó que el edificio, sus altares y sus ornamentos mostraban “una decencia y perfección nada común y vulgar”.
El diseño inicial incluía una sola torre, situada al lado de la epístola, en consonancia con las normas que reservaban dos torres únicamente para templos catedralicios. Aunque concebido como capilla, su escala y ornamentación lo situaron entre los templos más relevantes de la región.
El 11 de diciembre de 1825, en vísperas de la festividad guadalupana, el nuevo santuario fue bendecido por el presbítero Mateo Sánchez Álvarez, autorizado por el obispo Juan Francisco de Castañiza. Se celebró una misa solemne, se expuso el Santísimo durante tres días y se realizó una procesión. El obispo concedió 40 días de indulgencias a quienes asistieran a los ritos inaugurales.
A partir de entonces, el Santuario fungió como ayuda de parroquia bajo la autoridad del cura párroco. La antigua capilla —ubicada a unos metros al norte, en lo que hoy es prolongación de la calle Matamoros— fue consagrada a Santa Ana y, décadas después, arrasada junto con el antiguo cementerio. Con el nuevo edificio, las procesiones del 12 de diciembre ya no partieron de la vieja ermita: la comunidad contaba, por fin, con un templo amplio y digno para celebrar a su patrona.
Durante más de dos siglos, el Santuario de Guadalupe en Chihuahua ha sido un eje fundamental de identidad colectiva, cohesión urbana y acción comunitaria. Lo que comenzó como una modesta ermita de adobes, evolucionó hasta convertirse en un recinto emblemático en el mapa religioso, cultural y sociopolítico de nuestra ciudad.
[Artículo publicado originalmente el 9 de diciembre de 2025, en El Sol de Parral: https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/un-templo-dos-siglos-y-una-devocion-el-santuario-de-guadalupe-27190723 ]
Para saber más:
Reidezel Mendoza, Paola Juárez, Santuario de Guadalupe. Patrimonio cultural de Chihuahua, Chihuahua, 2025.






