Reidezel Mendoza
En la época virreinal era común que iglesias y cementerios contaran con osarios: espacios destinados a depositar los huesos exhumados del piso del templo una vez consumida la descomposición. Estos depósitos permitían liberar espacio para nuevas sepulturas.
En el real de San Francisco de Cuéllar -hoy la ciudad de Chihuahua- existía ya en 1718 la Cofradía de las Ánimas Benditas del Purgatorio, encargada de administrar un altar dedicado a las Ánimas que, según la historiadora Clara Bargellini, pudo ubicarse desde sus orígenes en la nave lateral derecha, donde hoy se localiza el llamado Pozo de las Ánimas.
Las cofradías no solo organizaban misas por las almas del purgatorio y aseguraban sepultura a sus miembros; también supervisaban el traslado de huesos a los osarios. Periódicamente, para abrir espacio a nuevos entierros, se retiraban restos del interior del templo y del atrio que fungía como camposanto. En Chihuahua, sobre todo durante epidemias, esta práctica debió intensificarse: se sepultaban hasta 15 cadáveres en un día, lo que hacía necesario recurrir a exhumaciones conocidas como “monda de cuerpos”, una antigua práctica europea que consistía en desenterrar cadáveres tras varios años, remover los huesos y trasladarlos al osario, mientras la tierra se remozaba para nuevos entierros. Las condiciones insalubres derivadas de estas prácticas fueron una de las razones que llevaron a prohibir las inhumaciones dentro de los templos a fines del siglo XVIII.
Incluso los difuntos más acaudalados, pese a haber asegurado un lugar privilegiado bajo el piso de la iglesia, terminaban con el tiempo en el osario. Desde la Edad Media hasta el siglo XVII, lo fundamental no era la permanencia en una tumba individual, sino la cercanía con los santos y los altares. El cuerpo era confiado a la Iglesia, que decidía su destino dentro del espacio consagrado.
Aunque no se conserva documentación directa que confirme la existencia de un osario en la Catedral de Chihuahua, diversos indicios apuntan al llamado Pozo de las Ánimas -de siete metros de profundidad-, situado en el ala suroeste, entre la entrada lateral y la torre oriental, junto a la capilla del Santo Cristo de Mapimí.
Este espacio, estrecho y ventilado, rematado por un frontón con un relieve de San Francisco presidiendo a las ánimas que emergen del purgatorio, acompañado de cruces esculpidas que señalan su carácter sacro. El acceso se realizaba a través de escalera de caracol actualmente clausurada.
Bargellini ha sugerido que la iconografía del relieve confirma su uso como un osario. Por su parte, el arquitecto Gastón Fourzán afirma que el pozo fue clausurado a mediados del siglo XX por el arquitecto Felipe Siqueiros, quien descubrió restos óseos en su interior. Además, en 1988, durante trabajos de restauración, se hallaron huesos humanos y pequeños objetos en oquedades de los muros laterales del templo, a distintas alturas, lo que refuerza la hipótesis de antiguos depósitos funerarios vinculados a este espacio.
La lúgubre práctica de la “monda de cuerpos” de los miembros de la cofradía de las Ánimas Benditas del Purgatorio, así como la existencia del osario, respondían al problema del hacinamiento de cadáveres en el interior de la iglesia, que llegó a albergar a más de 10 mil cuerpos, sin contar los más de 18 mil sepultados en el espacio que hoy ocupa el atrio y sus costados, a lo largo de poco más de un siglo y medio.
(Artículo publicado el 16 de febrero de 2026 en El Sol de Parral [en línea] https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/el-pozo-de-las-animas-de-la-catedral-de-chihuahua-28456755 )
Para saber más:
Reidezel Mendoza, Cementerios de antaño. Una historia de la muerte en Chihuahua (1709-1920)






