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Una persona que tuvo una influencia determinante en el ambiente eclesiástico y civil de Chihuahua en los años setenta fue el jesuita Carlos Bravo Gallardo, que llegó a la ciudad a fines de 1970, apenas un año después de haber sido ordenado sacerdote.

Nació en Tlaquepaque, Jalisco el 8 de junio de 1938 e ingresó a la Compañía de Jesús en 1954. Su formación espiritual e intelectual para el sacerdocio la realizó en México y en España. Se tituló como maestro en psicología y licenciado en teología y el 23 de agosto de 1969 recibió la ordenación sacerdotal en Guadalajara. Después de doce años de trabajo en Chihuahua se fue otra vez a España para obtener su doctorado en Teología.

Al llegar a Chihuahua Carlos se integró en la comunidad jesuita del Colegio Regional y comenzó a colaborar en el Centro de Estudios Generales (CEG), a nivel de bachillerato, que, bajo la dirección de Gabriel Cámara, S.J. realizaba un experimento muy novedoso en el campo de la pedagogía. En el CEG se impulsaba al alumno hacia una actitud más creativa, responsable y participativa, poniéndolo también en estrecha interacción con la realidad social que lo rodeaba, especialmente en las colonias marginadas. Una realidad marcada por carencias de todo tipo y muchas veces marcada por el signo de la explotación. Los adolescentes analizaban, discutían esa realidad y sacaban sus propias conclusiones.

Carlos no se redujo, pues, a dar clases convencionales. Impulsaba a sus alumnos no sólo al conocimiento de la realidad, más allá de los libros, sino al compromiso de cambiarla, si era necesario. “Ser cristiano, desde su perspectiva, era algo más profundo, más comprometedor y mucho, pero mucho más difícil de lo que nos habíamos imaginado con los viejos catecismos”, recuerda una de sus alumnas de ese tiempo. “La fe dejó de ser algo etéreo cuando Carlos le puso nombre y cara”, añade otra[1].

Carlos fue también uno de los más convencidos impulsores de las Comunidades de Base en Chihuahua. Se sumó desde un principio a los esfuerzos que estaban llevando a cabo las Hermanas del Servicio Social en el Cerro de la Cruz, con una evangelización más encarnada, viviendo con la gente y ayudándoles a resolver, desde el Evangelio, los problemas del barrio. Una vecina del Cerro de la Cruz, testigo y colaboradora de esos hechos, nos dice: “La intención principal de estas comunidades era hacer vida la Palabra de Dios con un cambio personal, vida de hermandad y preocupación por las necesidades de los demás. En base a esto se trabajó por la instalación de agua potable, titulación de terrenos, cooperativas de consumo y producción, se incluyó la soya para mejorar el valor nutritivo de los alimentos y se implementó la medicina natural con el sistema de microdosis. El padre Carlos asesoraba esas comunidades”.

Una día Carlos animó a un grupo de amigos, profesionistas y gente de condición económica desahogada, para que se involucraran en la Colonia Campesina, que apenas se estaba formando, para que ayudaran a los vecinos a resolver sus problemas más urgentes, mediante el método de analizar la realidad. Reunían a la gente en la calle y ahí el padre celebraba la misa. Luego invitaba a la gente a quedarse un rato para platicar sobre sus problemas. Pronto la figura de Carlos se hizo familiar entre los vecinos: larga cabellera rubia, pantalón de mezclilla y huaraches.

Uno de los problemas que aparecieron en primer plano era la falta de drenaje. El grupo dirigido por el padre Bravo visitó a la gente casa por casa para invitarla a colaborar con su trabajo personal en esa obra, al mismo tiempo que se tramitaba la aportación de las autoridades municipales. Pronto encontraron la razón de la apatía con que la gente veía el proyecto: sus terrenos aún no estaban escriturados y, por tanto, se sentían inseguros en ellos. El equipo analizó los recibos de pagos y encontraron que estaban plagados de irregularidades por parte de los vendedores de los terrenos. Pronto quedó claro en la gente el sentimiento de que eran víctimas de una injusticia y decidieron  no permitir que los siguieran sangrando en su exigua economía. Con un grupo de unas cuarenta familias afectadas se formó un Comité de Defensa de los Derechos de la Colonia Campesina, contándose los miembros de las nacientes comunidades de base entre los más activos.

El gobernador en ese tiempo era Oscar Flores, calificado como un gobernador de mano dura con los movimientos sociales. El Comité optó no sólo por declarar una huelga de pagos de los terrenos, sino por dotar de un lote a las familias que todavía carecieran de uno, aunque para eso tuvieran que invadir terrenos. En 1974, con la toma de posesión de Manuel Bernardo Aguirre como gobernador, y en vista de que las invasiones de tierras se generalizaban no sólo en la ciudad sino en todo el estado, el problema se comenzó a solucionar con la creación del Programa de Desarrollo Urbano, con el que el Comité de la Campesina pudo dialogar. El gobierno expropió los terrenos y entregó unos quinientos títulos de propiedad tanto a las familias miembros del Comité como a otras familias que no participaron activamente en ese movimiento. El núcleo más activo de esos hechos fue un grupo de amas de casa y unos cuantos hombres motivados por la reflexión del Evangelio que promovía Carlos.

Una experiencia semejante vivieron otras personas en la Colonia Progreso, como resultado de la motivación recibida en unos cursos impartidos por Carlos Bravo. Este grupo comenzó impartiendo un curso del programa de Paulo Freire sobre educación liberadora[2], a raíz del cual los vecinos se hicieron conscientes del problema que tenían con la luz y el agua por los altos cobros que les llegaban. También asesoraron a la gente que no tenía casa para la toma de unos terrenos que eran propiedad del municipio. Con esta toma de terrenos se beneficiaron cincuenta familias.

Un momento privilegiado que Carlos aprovechaba hábilmente para compartir sus inquietudes por una sociedad más justa y fraterna, fue la celebración dominical de la misa en la Catedral a las 12 del día. Esas misas se hicieron pronto famosas en toda la ciudad y de todas partes acudía gente. Todo el mundo hablaba de ellas, bien o mal, pues así como el jesuita tenía entusiastas seguidores, también había quien se preocupaba de lo que ahí decía o de cómo celebraba.

Prácticamente no había trabajo de base en alguna colonia en el que Carlos no estuviera involucrado como asesor o inspirador. Además de las colonias que hemos mencionado, recibieron también su influencia la Colonia Emiliano Zapata y Nombre de Dios. En ésta última colaboró con el “Chapo” Aguilar, del que ya hemos hablado. También colaboró intensamente en el proceso de renovación de la curia que por esos años estaba impulsando el arzobispo Almeida y Merino. Éste lo apreciaba mucho y lo defendía de las críticas y ataques de que era objeto… aunque a veces también lo amonestaba para que no acelerara demasiado el paso. Una de las acciones más sonadas en las que Carlos participó fue la redacción del famoso documento publicado por el arzobispo y el presbiterio de Chihuahua el 29 de enero de 1972, con ocasión de la insurgencia guerrillera y los asaltos a bancos, de lo que ya hemos hecho mención.

Al mismo tiempo que actuaba, Carlos, buen escritor y con una excelente formación teológica y filosófica, aprovechaba cuanta oportunidad se le presentaba para expresar por escrito su pensamiento y dar razón de los motivos de su actuar.

En un artículo publicado en Pastoral Diocesana[3], titulado “Misión sacerdotal y justicia social”, Carlos bravo da razón de su propia identidad como sacerdote comprometido con el pueblo en sus luchas y aspiraciones de justicia y de una vida mejor.

Carlos bravo fue uno de los principales exponentes de la Teología de la Liberación en Chihuahua, la cual aplicó en su labor pastoral con honestidad y coherencia. En su escrito “Método teológico y opción cristiana”, escrito en Chihuahua en 1976, Carlos explica con erudición la diferencia de método entre la teología tradicional y una nueva teología comprometida con el cambio de estructuras.

En septiembre de 1976 Carlos es trasladado por sus superiores a la Tarahumara, entonces encomendada a la Compañía de Jesús. Lo destinan a Creel y le encomiendan la formación de los seminaristas de Teología. Carlos implementa con ellos un método de aprendizaje activo, semejante al que había utilizado en el CEG: al mismo tiempo que estudian, los seminaristas tienen que trabajar para mantenerse y viven en una comunidad muy poco parecida a un seminario tradicional. Al mismo tiempo, Carlos asesora a un grupo de ejidatarios a quienes se les querían expropiar sus tierras, acción que se logró impedir. También asesoró la huelga de los trabajadores de una maquiladora de madera, que había estallado por el bajo salario que percibían. En la Tarahumara Carlos participó también, junto con otros dos jesuitas, los padres Robles y Ávila, en un conflicto suscitado en el Lago Arareco por un empresario que celebró con los tarahumares un contrato leonino para explotar el área como lugar turístico. La intervención de los jesuitas logró evitar el despojo.

Fue en la Tarahumara donde Carlos comenzó a concebir la idea de Jesús como “un hombre en conflicto” y a ver la necesidad de estudiar a fondo el evangelio de san Marcos. “Ahí (en la Tarahumara) empezó a ver y experimentar las dificultades de los rarámuri… Ellos lo acogieron y en la apertura de su corazón indio, Carlos se sintió cuestionado y a la vez desafiado. Vio que el conflicto era algo absolutamente ineludible en sus vidas, porque son indígenas, porque viven lejos de los centros de poder, porque el español es su segunda lengua, porque son pobres. Fue en medio de ese conflicto donde Carlos comenzó a palpar un nuevo sentido de la fe cristiana, un nuevo Jesús. Con este bagaje salió de nuevo a España a estudiar el doctorado en teología, esta vez tomando el evangelio de san Marcos como material recurrente. Publicó una tesis exitosa: un comentario y reflexión teológica de este evangelio, en un libro con el título Jesús, hombre en conflicto[4], donde el conflicto en la vida de Jesús se hace el paradigma central y clave de lectura. El conflicto con los del poder, el conflicto con el centro cultural y religioso, el conflicto con las ortodoxias de aquel entonces, el conflicto que le llegó no por ser conflictivo sino por buscar la vida del marginado en medio de una sociedad que les niega la posibilidad de encontrar salud, sustento y conocimiento. O sea, Carlos empezó una nueva trayectoria a partir de los tarahumares”[5]. El 29 de octubre de 1997 Carlos murió en México de un cáncer cerebral complicado con bronconeumonía, cuando no cumplía aún los sesenta años. (Autor: Dizán Vázquez).


[1] Dizán Vázquez: El padre Carlos Bravo, S.J. Su paso por Chihuahua en el recuerdo de sus amigos. Inédito.

[2] Cf Freire, Paulo: Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores, Buenos aires, 5ª ed. 1972.

[3] Agosto 1975, nº 3.

[4] Pubicado en España por Sal Terrae y en México por CRT, en 1986. De este libro hizo una adaptación más popular con el título de Galilea, año 30, publicado por CRT en 1989. En este mismo centro Carlos había publicado en 1982 Apuntes para una eclesiología desde América Latina.

[5] Editorial en la revista Christus, México, noviembre-diciembre 1997.

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