CONTENIDO
1 Introducción 2
2 La Orden de San Francisco 3
3 Los franciscanos en México 5
4 Expansión hacia el Norte 6
5 Los franciscanos en Chihuahua 8
5.1 Siglo XVI
5.2 Siglo XVII
5.3 Siglo XVIII
5.4 Siglo XIX
6 Los franciscanos de la Custodia de Nuevo México 15
7 Los franciscanos en la Tarahumara 19
8 Los franciscanos en la ciudad de Chihuahua 21
9 Qué enseñaban los misioneros 29
10 Cómo vivían los misioneros 33
1 INTRODUCCIÓN
En lo espiritual y en lo que concierne a nuestra identidad cristiana, los chihuahuenses somos en gran parte hijos de San Francisco de Asís, a través de sus frailes menores, que misionaron en lo que hoy es el estado de Chihuahua durante tres siglos. Ellos podrían decir como San Pablo: “Pues, aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús”. (1Cor 4, 15).
Fueron los franciscanos los primeros en hacer resonar la Palabra de Dios en gran parte de la población autóctona de nuestro territorio. Ellos se extendieron por los llanos y desiertos de Chihuahua, mientras que los jesuitas, que llegaron poco después, tomaron como campo de trabajo la abrupta geografía de la Sierra Tarahumara. El clero secular o diocesano, por su parte, como es lo propio de su oficio, se hizo cargo de las parroquias que se iban formando con los colonizadores españoles, criollos y mestizos, y con los indios ya asimilados a la forma de vida de los españoles. Muchas de esas parroquias no eran sino las misiones franciscanas y jesuitas que al paso del tiempo se iban “secularizando”, es decir, pasando a la dirección del clero secular, por haber llegado a un cierto grado de madurez en su fe y en su administración.
Los chihuahuenses tal vez no somos del todo conscientes de la impronta que han dejado los franciscanos en la manera de profesar y de vivir nuestra fe, y en general en nuestra forma de ver la vida, sobre todo en las poblaciones rurales, que tienden a ser más estables y conservadoras en sus costumbres. Tal vez ya la memoria colectiva no es consciente de que el mapa de nuestro estado, en lo que concierne a la llanura y desierto, como ya lo indiqué, está sembrado de ciudades, pueblos y rancherías que nacieron como misiones franciscanas. Generaciones enteras de chihuahuenses se formaron en la fe y en la vida no sólo cristiana sino civil, guiados por los discípulos de San Francisco de Asís. Recordar eso ahora es para mi un gran honor que realizo con la mayor satisfacción.
2 LA ORDEN DE SAN FRANCISCO
Para ubicarnos mejor en la obra franciscana en Chihuahua y en su influencia perdurable, conviene volver la mirada hacia atrás para repasar los orígenes de esta orden tan benemérita no sólo para México sino para toda la humanidad.
San Francisco es uno de los santos más queridos y de más amplia influencia en el mundo entero. Ahora que se hacen encuestas para identificar a los hombres más influyentes del milenio que termina, con toda razón se puede colocar entre ellos a este santo medieval que nació hacia 1182 y murió el 4 de octubre de 1226, no importa si los seleccionados tengan que ser mil, cien o diez. San Francisco de todos modos tendrá que estar entre ellos.
¿Cómo resumir en unas cuantas líneas la vida, por otra parte muy breve, de un hombre gigantesco en su pequeñez, pobreza y humildad? Francisco fue un trasunto casi perfecto de Cristo, el Señor. Es imposible que un solo santo reproduzca en sí la multiforme riqueza de la personalidad de Cristo. Al imitarlo, unos ponen énfasis en su sabiduría, otros en su fortaleza, otros en su bondad, etc. A través de San Francisco el Señor nos muestra su poder que se expresa paradójicamente a través de la pobreza, de la insignificancia de medios y de la aparente derrota de la cruz, como lo expresa San Pablo de muchas maneras, por ejemplo: “Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12, 9-10), “Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres” (1Cor 1, 25).
San Francisco ha seguido viviendo y actuando a lo largo de la historia a través de la familia franciscana que él fundó y que es un árbol de tres ramas: la Primera Orden de los frailes o hermanos menores, la Segunda Orden de las clarisas y la Tercera Orden de los seglares. Tres ramas que por diversas razones se han ido diversificando en muchas otras hasta constituir hoy un árbol frondoso, con muchos frutos, pero con una sola raíz.
Para lo que aquí nos interesa, dos cosas quisiera destacar como características de los hijos de San Francisco: su vocación misionera y su espiritualidad.
Vocación misionera de la Orden Franciscana
Las órdenes franciscanas, sobre todo la primera orden, es, desde su origen, una orden misionera. Como dice el padre Alcocer, cronista del colegio misionero de Guadalupe, Zacatecas, “El ministerio de ganar almas para Dios, cuyas excelencias autorizan los Padres de la Iglesia, pues le llama San Dionisio: ‘obra divinísima’, y San Gregorio: ‘más milagrosa que la resurrección de los muertos’, es tan propia de la Religión Seráfica que, para que la ejercitara, quiso Dios (que) viniera al mundo”[1]. Esta vocación le viene de su fundador. San Francisco, que se consideraba “el heraldo del Gran Rey”, se “coló” en 1219 en la mismísima corte del sultán de Egipto para evangelizarlo. Ese atrevimiento le hubiera costado la vida a cualquier otro, pero aquel extraño y atrayente misionero despertó en el sultán tan grande simpatía que lo dejó marchar, diciéndole: “Ruega por mí para que Dios me manifieste la fe que le sea más agradable”.
Desde sus primeras redacciones la regla franciscana introdujo un capítulo que alentaba en los frailes el deseo de ir a misionar a naciones no cristianas, incluso si ese paso los llevaba al martirio. En los siglos XIII y XIV los franciscanos se establecieron en Tierra Santa y en otros países de dominio musulmán. Pero también llegaron hasta el lejano oriente. El franciscano Juan de Montecorvino (+ 1328) logró establecer la Iglesia en China, que duró algún tiempo y llegó a tener hasta cuatro obispos.
Espiritualidad
Este tema nos interesa aquí porque nos da la clave, al menos parcial, de la orientación que los franciscanos imprimieron al cristianismo en estas poblaciones del norte. Mucho se ha escrito sobre lo que debería tomarse como típico de la espiritualidad franciscana. Yo sólo quiero expresar una síntesis muy personal, aunque soy consciente de que muy incompleta. Tomando en cuenta la espiritualidad vivida por San Francisco, el desarrollo de ésta, sobre todo en la Edad Media, y la forma en que vivían los frailes y cómo convivían con las poblaciones que evangelizaban, creo que se puede decir lo siguiente:
San Francisco quiso simple y sencillamente tomar en serio el Evangelio, sobre todo en ciertos pasajes que todos hemos leído, pero que pasamos por encima de ellos como gato sobre el tejado caliente: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y luego ven y sígueme” (Mt 19, 21), “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9, 23), “No toméis nada con vosotros para el camino, ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno” (Lc 9, 3). De hecho, estos pasajes son el núcleo de la regla más primitiva de San Francisco, de 1208.
Lo que San Francisco quería imitar en Jesús era su pobreza, su sencillez, su amor a las criaturas y sobre todo su amor al Padre Dios y a los hombres. Estas características, no exclusivas de los franciscanos, pero sí subrayadas por ellos, los hacía especialmente aptos para trabajar y convivir con la gente sencilla y pobre, como nuestros indios del norte, que los sentía especialmente cercanos.
La espiritualidad franciscana es esencialmente cristocéntrica, es decir, está centrada en Cristo. Pero no en el Cristo pantocrátor de origen bizantino que caracterizó al románico, sino el Cristo muy humano, que convivió entre los hombres que murió en la cruz, propio del arte gótico, tan influenciado, precisamente, por el franciscanismo. Recuérdese que fueron los franciscanos los que difundieron la representación del pesebre en la Navidad y el Via Crucis. Como todas las órdenes religiosas, los franciscanos fueron grandes devotos de la Virgen María, pero descuellan entre todos por la defensa de su Inmaculada Concepción.
3. LOS FRANCISCANOS EN MÉXICO
Dado el espíritu misionero de la Orden Franciscana, no es extraño que, entre los primeros evangelizadores de México, estuvieron en primer lugar los franciscanos. En 1523, por petición que Hernán Cortés le hizo a Carlos V de enviar a México buenos misioneros, llegaron a nuestras playas los primeros tres franciscanos: fray Juan de Tecto, fray Juan de Aora y fray Pedro de Gante, llegando a ser este último uno de los más grandes educadores de América.
Pero la verdadera misión franciscana en México se inició en 1524 con la llegada de los famosos “Doce” frailes encabezados por fray Martín de Valencia, que fueron todos ellos unos gigantes de la santidad y a quienes debemos la implantación oficial de la Iglesia mexicana. Venían provistos del breve pontificio de Adriano VI, “Expone nobis nuper fecisti”, llamado la bula “Omnímoda”, por las amplias facultades que les otorgaba para administrar los sacramentos y para resolver cuestiones que normalmente están reservadas a los obispos.
Aquí es importante aclarar que la orden franciscana ha experimentado a través de su historia diversas reformas originadas en el deseo de volver a sus orígenes y de ajustarse más fielmente al ideal personificado por San Francisco de Asís. A consecuencia de esas reformas los franciscanos de la primera orden se dividen el día de hoy en tres grandes ramas: los hermanos menores, los conventuales y los capuchinos, siendo en conjunto la orden más numerosa de la Iglesia Católica, pues aun en nuestros tiempos de aguda crisis de vocaciones suman en conjunto 33,661 religiosos, de los que 17,764 corresponden a los hermanos menores, 4,574 a los conventuales y 11,323 a los capuchinos[2].
Los hermanos menores, o franciscanos a secas, son el resultado de la unión de varios grupos de franciscanos reformados que habían surgido en los siglos XIV y XV: observantes, descalzos, reformados, recoletos, etc. Esta unión fue llevada a cabo por iniciativa del papa León XIII en 1897. Algunos de esos poderosos movimientos de reforma se gestaron en España, y fue precisamente de entre esos frailes reformados y fervorosos, de costumbres ascéticas y animados de un gran impulso misionero, de donde se escogieron los franciscanos que vinieron a misionar a México. Esta tendencia franciscana perduró en México no sólo en el siglo XVI, sino que incluye también a los franciscanos que misionaron el norte de México y el sur de Estados Unidos en los siglos XVII, XVIII y buena parte del XIX.
Desde la capital de la Nueva España los franciscanos comenzaron inmediatamente a distribuirse por el valle de México, Tlaxcala, Puebla, etc., fundando conventos y misiones con el escaso personal con que entonces contaban, aunque en los años sucesivos siguieron llegando más frailes de España. En 1535 los franciscanos erigen la provincia del Santo Evangelio, la más importante estructura organizativa que podía tener la orden en México y de la cual habrían de salir todas las demás provincias de México y Centroamérica.
Los franciscanos no sólo fueron los primeros en llegar al Nuevo Mundo, sino también contribuyeron con el 56% de todos los misioneros que pasaron de Europa a este continente desde 1493 hasta 1822. Es decir, de 15,095 religiosos documentados en ese periodo, 8,441 fueron franciscanos. Y eso sin contar los que ingresaron a la orden en América, tanto españoles, como criollos y mestizos. Teniendo en cuenta la abundancia de vocaciones que tenían, seguramente habría que elevar la cifra anterior por lo menos al doble[3].
4 EXPANSIÓN HACIA EL NORTE
La provincia del Santo Evangelio de México pronto extendió sus misiones por lo que ahora son los estados de Michoacán y Jalisco, misiones que pronto crecieron y maduraron hasta erigirse en 1565 la provincia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo de Michoacán, que incluía a Jalisco. Esta parte creció tanto también, que en 1606 se erige como provincia con el nombre de Santiago el Mayor.
En 1546 llegaron a lo que después sería la ciudad de Zacatecas tres franciscanos, entre ellos fray Gerónimo Mendoza, de la provincia del Santo Evangelio, que acompañaban al capitán don Juan de Tolosa y a sus soldados, que iban en busca de minas. Los franciscanos, que sólo eran capellanes de los soldados, comenzaron a evangelizar también a los indios zacatecas y fundaron ahí un hospicio, pero pronto dejaron el cuidado pastoral de la comunidad en manos de un clérigo secular.
Fray Gerónimo de Mendoza partió de Zacatecas en 1553 con un grupo de soldados y a tres leguas de lo que hoy es Sombrerete fundaron el real de minas de San Martín. Luego Fray Gerónimo establece una humilde misión a la que llamó Nombre de Dios, en el estado de Durango. De Nombre de Dios tuvo que regresar a México el P. Mendoza dejando en su lugar a fray Pedro de Espinareda, que fue a reemplazarlo junto con otros dos frailes, uno de los cuales era el célebre fray Jacinto de San Francisco, apodado fray Cintos.
En 1555 esos frailes se extienden al Valle de Topia, a Analco, que hoy es un barrio de la ciudad de Durango, a Peñol Blanco (que después se cambió a San Juan del Río) y llegan hasta el Valle de San Bartolomé, hoy Valle de Allende, en el actual estado de Chihuahua. Mientras tanto, otros franciscanos, ahora enviados por la provincia de Michoacán, llegan nuevamente a Zacatecas y fundan ahí un convento.
En 1565 o 1566 se funda la Custodia de San Francisco de los Zacatecas, dependiente de la provincia del Santo Evangelio de México, con cinco conventos: Nombre de Dios, Dgo., que quedó como sede de la custodia, San Juan Bautista de Guadiana o Analco, San Pedro y San Pablo de Topia, San Bartolomé y San Buenaventura de Peñol Blanco (después San Juan del Río). Quedó como custodio el P. Espinareda. En 1578 la provincia de Michoacán traspasó su convento de Zacatecas a la nueva custodia y quedó como sede de la misma en lugar Nombre de Dios. Para 1600 la custodia ya tenía 16 conventos.
5 LOS FRANCISCANOS EN CHIHUAHUA
5.1 Siglo XVI
El Valle de San Bartolomé
Como vimos, los franciscanos establecidos en el convento de Nombre de Dios, Durango, donde era superior el P. Pedro de Espinareda, comenzaron a recorrer la agreste geografía norteña en busca de indios, y así llegaron al sur de lo que hoy es el estado de Chihuahua y que entonces formaba parte de la Nueva Vizcaya. Alrededor de 1555 llegan a la región de Santa Bárbara y a lo que luego bautizaron como Valle de San Bartolomé. Ya para 1564 fundan ahí un convento, el primer convento franciscano en el estado de Chihuahua, que sirvió de punto de partida para las demás fundaciones en el estado de Chihuahua. En San Bartolomé se hacen cargo de los indios, principalmente conchos y tepehuanes, que trabajaban en las haciendas, mientras que de los españoles se encarga un clérigo secular.
Santa Bárbara, a partir de su fundación en 1567 como real de minas, fue atendida pastoralmente por un clérigo secular, pero en los años noventa de ese siglo, al emigrar buena parte de la población a las minas de Todos Santos, y el clérigo junto con ellos, los franciscanos se hacen cargo también de Santa Bárbara y fundan ahí un convento.
5.2 Siglo XVII
En 1603 la custodia de San Francisco de Zacatecas, es elevada a la categoría de provincia, es decir, como unidad administrativa autónoma, dependiendo directamente de las más altas autoridades de la orden.
San Francisco de Conchos
Durante el último cuarto del siglo XVI los franciscanos siguen evangelizando a los indios conchos y tobosos de la zona sureste del estado a partir del convento del Valle de San Bartolomé. Uno de los misioneros que más se destacó en la dedicación a los indios conchos fue fray Alonso de la Oliva, que se puede contar entre los más grandes misioneros que trabajaron en Chihuahua. Fray Alonso llevaba ya diez años trabajando con los conchos, cuando en 1604 funda con ellos la misión de San Francisco de Conchos. Este convento llegó a ser uno de los más importantes en el estado de Chihuahua.
Dice un testimonio de 1623[4] que en 1619, durante la primera sublevación de los tepehuanes, éstos, en una batalla, rodearon al gobernador don Gaspar de Alvear, y lo pusieron en un gran aprieto. Entonces fray Alonso de la Oliva, que estaba en San Francisco de Conchos, acudió en su ayuda con un pequeño ejército de conchos armados con arcos y flechas y salvaron al gobernador y a su gente. A raíz de ese triunfo, la misión de San Buenaventura de Atotonilco, hoy Villa López, cerca de donde tuvo lugar el suceso, y que ya había sido fundada como doctrina por fray Alonso, probablemente en 1611 con indios tobosos, fue elevada a la categoría de convento de guardianía.
A principios de 1645 fueron los indios conchos los que se sublevaron y arrasaron el pueblo y misión de San Francisco de Conchos. El 25 de marzo incendiaron el convento y la iglesia y dieron muerte a los padres fray Tomás de Zigarán y fray Francisco Labado. El padre Antonio Moreyra, guardián del Valle de San Bartolomé, que acudió en auxilio de los dos religiosos, nos cuenta cómo los encontró: “Hallamos a los dos religiosos muertos y desnudos: el padre guardián Fr. Tomás Zigarrán con cinco flechas en el corazón y la cabeza machucada; y el padre Fr. Francisco Labado con catorce flechazos, todos desde los pechos a las rodillas. Hallé robado y saqueado el convento, sin que dejasen más que dos aras y un cáliz sobre el altar mayor; todas las celdas quemadas, sin que quedase en todo el convento un pedazo de lienzo con que cubrir los rostros de los difuntos”[5].
Arlegui atribuye a un milagro de la Virgen de Guadalupe el que los habitantes del mismo pueblo de San Francisco de Conchos se salvaran con ocasión de otra sublevación, esta vez de los indios tarahumares, en 1695. Dice que la pequeña imagen de la Virgen, que trajo de México fray Alonso de la Oliva y que todavía se conserva en el templo en un marco de plata que donó el capitán don Juan Fernandez de Retana, sudó copiosamente durante tres días y así avisó a todos del peligro que los amenazaba, dándoles tiempo de prevenirse[6].
San Antonio de Parral
En 1631 se funda San José del Parral y la parroquia queda a cargo de un clérigo secular. Poco después, en 1642, los franciscanos del Valle de San Bartolomé fundan allí una casa con una capilla dedicada a San Antonio. Inicialmente era una simple casa de alojamiento u hospicio para los franciscanos que iban a Parral o que estaban de paso, ya que Parral se va convirtiendo en un núcleo de población cada vez más importante. Pronto el o los frailes que estaban al cuidado de la casa colaboran con la parroquia y atienden a los indios que trabajan en las minas.
Con la llegada del nuevo obispo de Durango, don Diego de Evia y Valdés (1639-1654) se dio un fuerte conflicto entre éste y los franciscanos. El obispo quería secularizar a toda costa algunas de las doctrinas de los franciscanos y jesuitas, a quienes consideraba demasiados en su diócesis, y quería poner clérigos diocesanos en algunas de sus doctrinas. En lo que respecta a los franciscanos, quiso tomar doce en toda su diócesis, de las cuales cuatro correspondían a Chihuahua: San José del Parral, Valle de San Bartolomé, San Francisco de Conchos y San Buenaventura de Atotonilco. Lo precipitado de la medida y la forma tan áspera como actuaba el obispo hizo que lo franciscanos se pusieran a la defensiva y entablaran ante la Real Audiencia de Guadalajara un pleito que duró muchos años, conservando los franciscanos algunas de las doctrinas que les querían quitar. Todavía el carácter rudo del obispo lo llevó a enfrentarse al gobernador don Diego Guajardo Fajardo, “un soldadón arbitrario e intemperante”, al decir del historiador Gallegos[7], que por lo visto tampoco cantaba mal las rancheras.
Pasada la tormenta, en 1656 la casa que tenían los franciscanos en Parral es elevada a la categoría de convento de presidencia, siendo ésta la fecha que podemos tomar como base para la fundación franciscana en Parral.
San Pedro de Conchos
Según Arlegui esta misión fue fundada en 1649. Posiblemente se trató de una refundación, pues parece que ya existía ahí una doctrina franciscana antes de esa fecha y que incluso fue arrasada en la sublevación de 1645. En 1723 dice Arlegui que “tenía antiguamente once pueblos muy distantes de la cabecera… pero habiéndose… (pasado algunos a otras misiones fundadas posteriormente) y otros asolados por los indios bárbaros, le han quedado hoy tres pueblos solos”[8].
Santa María de Natívitas de Bachíniva
En 1660 los franciscanos fundan la misión de Santa María de Natívitas de Bachíniva, aunque otra fuente dice que se fundó en 1677, poblada principalmente por tarahumares. En 1736 esta misión administraba cinco pueblos de la región, entre los cuales estaba San Luis Obispo.
San Pedro de Alcántara de Namiquipa
En 1663 fundaron la misión de San Pedro de Alcántara de Namiquipa con indios conchos en los límites con la región de los tarahumares. En 1736 contaba con cinco pueblos de indios, entre los cuales estaban San Pedro, Santa Clara y Las Cruces.
Santiago de Babonoyaba
En 1665 se funda la misión de Santiago de Babonoyaba, aunque ya había trabajo misional en el área por lo menos desde 1649. Administraba el pueblo del mismo nombre y los de Guadalupe y Concepción, con muchos feligreses dispersos en las márgenes del río, y otro paraje que se llama La Joya. Tiene también algunas haciendas y labores de españoles.
Santa Isabel de Tarahumares
Para la fundación de Santa Isabel se dan las fechas de 1664 y 1668, pero otros documentos mencionan a Santa Isabel como pueblo franciscano ya desde 1650. Según Griffen[9], Santa Isabel era una de las misiones franciscanas más importantes y más grandes del valle central de Chihuahua. A fines de ese siglo atendía ocho pueblos además de la cabecera: San Bernardino, San Juan de la Concepción, Santa Cruz, San Bernabé, Sainápuchi, San Andrés, Chuvisca y Nombre de Dios. Todos de indios tarahumares, excepto este último que era de conchos.
San Antonio de Casas Grandes
La misión de San Antonio de Casas Grandes, la más septentrional de las que atendía la provincia de Zacatecas, fue fundada con indios sumas. Aunque Arlegui da la fecha de 1640, parece que se inició en 1661; despoblada en 1667, su reapertura fue autorizada por el gobernador don Antonio de Oca y Sarmiento el 6 de noviembre de 1668 y puesta en ejecución en 1669. Casas Grandes tenía como pueblos de visita Nuestra Señora de la Soledad de Janos, fundada antes de 1684, y Santa María de Gracia de las Carretas, la más septentrional de todas, fundada entre 1660 y 1677.
Jesuitas a la sierra, franciscanos al llano
El pueblo tarahumara habitaba principalmente la sierra que llamamos precisamente Tarahumara y este pueblo había sido misionado por los jesuitas, mientras que los franciscanos atendían a los conchos, un pueblo muy numeroso que habitaba la parte oriental del estado y se extendía por amplias zonas del noroeste. Sin embargo, en 1677 jesuitas y franciscanos se enfrascaron en una discusión por cuestiones de límites y de jurisdicción. La discusión tuvo como principales protagonistas, del lado jesuita, al famoso padre Tomás de Guadalajara, y por el lado franciscano, a fray Alonso de Mesa, misionero de Namiquipa. Ese problema tuvo como centro la misión de Yepómera, que acababa de fundar el P. Guadalajara, donde ambas tribus se mezclaban y tanto los jesuitas como los franciscanos querían atenderlos. Finalmente intervinieron los provinciales de ambas órdenes y en 1678 decidieron que los jesuitas se limitaran a la región serrana, con todas las tribus que ahí habitasen, y los franciscanos se dedicarían a los pueblos que habitaban las llanuras, no importando si también había tarahumares.
San Antonio de Julimes
En 1691 se funda la misión de San Antonio de Julimes, aunque ya desde por lo menos 1658 los franciscanos trabajaban en el área atendiéndola desde San Pedro de Conchos. Julimes tuvo dos pueblos de visita, uno de ellos es San Pablo (Meoqui) el otro tal vez era Guadalupe. Dice Arlegui en 1735 que “aunque los indios bárbaros la destruyeron del todo, se volvió luego a reedificar por el capitán Retana en esta otra banda del río, donde están como apresidiados los indios, y más seguros de los indios bárbaros”[10].
San Andrés de Tarahumares
Almada dice que esta misión fue fundada por Fr. Alonso de Victorino en 1696 con el nombre de San Andrés de Osaguiqui[11], mientras que Arlegui menciona la fecha de 1694[12]. En todo caso, estas dos fechas deben referirse a la constitución de San Andrés como cabecera de misión, pues ya desde por lo menos 1649 es mencionado como “pueblo y doctrina de San Andrés” y mucho antes de 1696 era uno de los pueblos de visita de Santa Isabel.
Santa Cruz de Tapacolmes
De acuerdo con las investigaciones de Griffen[13], Santa Cruz de Tapacolmes, hoy Rosales, fue primero un pueblo de visita de San Pedro de Conchos, después, en 1694 se cambiaron los papeles: Santa Cruz se convirtió en cabecera y San Pedro en pueblo de visita suyo. Su población primitiva estaba compuesta de conchos y de indios tapacolmes.
Nombre de Dios
En 1697 los franciscanos fundan la misión de San Cristóbal de Nombre de Dios. En ese año se encontraba en estas tierras el ministro provincial de Zacatecas, fray Gerónimo Martínez, haciendo su visita canónica a las misiones de Chihuahua. Dice un relato, que tomaremos como leyenda al no contar con una sólida documentación, que antes de llegar a lo que luego sería Nombre de Dios, el padre Gerónimo, acompañado de fray Alonso de Briones, hizo alto en un bosquecillo que estaba en la parte oriental del río Chuvíscar, en donde ahora está la capilla de Santa Rita. Ahí se detuvieron a descansar y celebraron la Santa Misa bajo los árboles. Era el 22 de mayo, fiesta precisamente de la santa que después sería patrona de Chihuahua, no por decreto de las autoridades sino por aclamación popular.
Lo que sí es histórico es que en Nombre de Dios los indios conchos que ahí habitaban le suplicaron al P. Martínez que les proporcionara atención espiritual, pues aunque ya la recibían de Santa Isabel, querían ministro propio, y por ese motivo se fundó la misión de San Cristóbal de Nombre de Dios en ese lugar que antes se llamaba Navocolaba. El provincial siguió su camino, pero les dejó como pastor a su compañero fray Alonso de Briones.
La misión de Nombre de Dios tenía como pueblos de visita varias doctrinas que fue fundando en los años sucesivos en los alrededores: San Antonio del Chuvíscar, San Gerónimo (Aldama) y San Juan Bautista de Cholomes o de los Alamillos.
5.3 Siglo XVIII
El siglo XVII fue el siglo de oro de las fundaciones franciscanas en el estado. Pocas fueron las que se fundaron en el siglo XVIII, entre ellas la de Chihuahua, como veremos más adelante. Más que nuevas fundaciones, en este siglo tienen lugar tres actividades:
- Se secularizan muchas de las misiones fundadas en el siglo anterior, por ejemplo: San Francisco de Conchos en 1755, San Antonio de Casas Grandes en 1758, San Pedro de Alcántara de Namiquipa en 1763, San Jerónimo en 1789, Paso del Norte, etc.
- Las misiones que quedan se reagrupan a veces en forma distinta. Se crea la custodia de Parral y se crean los conventos de guardianía, de San Francisco de Conchos, Chihuahua y San Andrés.
- Los franciscanos del Colegio Apostólico de Guadalupe de Zacatecas toman la mayor parte de las misiones de la Tarahumara al ser expulsados los jesuitas en 1767.
El 4 de junio de 1707 la misión de San Francisco de Conchos fue elevada por la provincia de Zacatecas a la categoría de convento de guardianía y se le dio jurisdicción sobre las misiones de San Antonio de Julimes, San Pedro de Conchos, Nombre de Dios, San Andrés de Tarahumares, Natívitas de Bachíniva, San Pedro de Alcántara de Namiquipa y San Antonio de Casas Grandes.
En 1773 son elevados también a guardianía los conventos de Chihuahua y San Andrés, aunque éste duró muy poco como tal, pues en 1778 se le privó de esa categoría.
En 1746 el capítulo intermedio de la provincia de Zacatecas pide al virrey que se dé por desamparada la misión de Casas Grandes por no haber ya indios en ella, pero el decreto añade que si se cree necesario que la misión continúe, que se mande que se incorporen en ella los indios que había bautizado poco antes en la sierra el P. Fr. Andrés Mendoza.
La Custodia de San Antonio de Parral
En vista de la importancia creciente que iban teniendo las misiones en el estado de Chihuahua, la Provincia de Zacatecas vio la conveniencia de erigir una custodia que las agrupara a todas. Se hicieron los trámites de rigor y en 1714 se alcanzó del papa Clemente XI la bula de erección. Esta bula se ejecutó en el Capítulo Provincial del 30 de enero de 1717, nombrándose como primer custodio a fray Antonio de Mendigutia. La nueva custodia comprendía todas las misiones franciscanas situadas desde el Valle de San Bartolomé hasta la misión de Casas Grandes. Quedaban exceptuadas las misiones situados a ambos lados del Río Grande hasta Ojinaga y las que estaban el sur de Paso del Norte hasta Ojo Caliente, por estar comprendidas en la Custodia de Nuevo México.
6 FRANCISCANOS DE LA CUSTODIA DE NUEVO MÉXICO
Fray Agustín Rodríguez y compañeros mártires
En 1581 el convento de San Bartolomé estaba ya en plena actividad. Había ahí un fraile, hermano lego, llamado fray Agustín Rodríguez, llamado también por algunos cronistas de aquel tiempo fray Agustín Ruiz. Este fraile estaba animado de un gran celo misionero y le parecía que en donde vivía ya pocos indios quedaban por convertir. Sueña con adentrarse en el misterioso norte, al que los exploradores mencionan como poblado por indios que viven en ciudades de oro.
Con permiso de sus superiores se va a la ciudad de México a convencer a las autoridades, tanto civiles como las de su provincia franciscana del Santo Evangelio, de que le faciliten personal para emprender la evangelización de esa región a la que el mismo llamó la Nueva México. Dos frailes del convento de San Francisco se apuntan para seguirlo, ellos son fray Francisco López y fray Juan de Santa María, ambos sacerdotes. El virrey le proporciona una escolta de diez soldados, que tienen como jefe a Francisco Sánchez Chamuscado, y con ellos parten los frailes hacia el norte. Se detienen algunos días en Santa Bárbara y luego prosiguen su camino siguiendo primero el curso del río Conchos y luego el del río Grande hasta llegar al sitio donde se fundará después el Paso del Río del Norte. Continúan río arriba, atraviesan las tierras de los indios mansos, piros y jumanos y llegan a las de los indios taos o tioas y por donde van pasando no desaprovechan los frailes la oportunidad de predicarles la Palabra de Dios. En general son bien recibidos pero los soldados españoles, viendo que ellos son pocos y los indios muchos, temen por su seguridad y se quieren devolver por refuerzos. Los frailes, sin embargo deciden quedarse solos y los soldados parten sin ellos a Santa Bárbara.
Al no saber más de ellos, en noviembre de 1582 sale de Santa Bárbara otra expedición, esta vez de catorce soldados al mando del capitán don Antonio de Espejo, y en la que iba también un franciscano, fray Bernardino Beltrán. Al llegar a Nuevo México la expedición se encontró con la desagradable noticia de que los tres frailes habían sido asesinados por los indios mansos y jumanos.
La Custodia de la Conversión de San Pablo
La historia de los franciscanos en Nuevo México es apasionante y heroica. Su custodia es la que más mártires dio a la Iglesia en tiempos de la Colonia: 33 frailes asesinados por los indios. Hay que aclarar que las misiones de Nuevo México, al contrario de las de la Nueva Vizcaya, no dependían de la provincia de San Francisco de Zacatecas, sino directamente de la Provincia madre del Santo Evangelio. Ésta daba, pues, un salto por encima de Durango y Chihuahua, y se extendía por las extensas regiones del Nuevo México.
En 1598 sale de Santa Bárbara otra expedición hacia Nuevo México. Esta vez para emprender más en serio la conquista y colonización del territorio. La dirige don Juan de Oñate y lo acompañan diez franciscanos (ocho sacerdotes y dos legos). Éstos van a reemprender la evangelización que habían iniciado fray Agustín Rodríguez y sus compañeros en 1581. Don Juan de Oñate toma posesión de Nuevo México en nombre del rey de España. La “Toma” se realiza el 30 de abril de 1598 en donde hoy están Ciudad Juárez y El Paso. La ceremonia comprende también una misa. Luego la expedición continúa hacia el norte y los franciscanos de reparten entre los pueblos indios. En 1600 un segundo grupo de franciscanos llega a Nuevo México. De 1598 a 1608 los misioneros convierten a unos ocho mil indios.
En 1616 o 1617 las misiones de Nuevo México son tan numerosas y prósperas, que son elevadas a la categoría de custodia con el nombre de Custodia de la Conversión de San Pablo del Nuevo México, la cual queda agregada a la Provincia del Santo Evangelio. La Custodia de Nuevo México interesa a la historia de la Iglesia y de las misiones de Chihuahua porque fue la que fundó las misiones del norte del estado, que bordean el Río Bravo desde Paso del Norte hasta Ojinaga y hasta más adentro del estado en lo que hoy es municipio de Villa Ahumada.
Desde su centro en Santa Fe, los misioneros irradiaron su actividad misional hacia todas direcciones, yendo también hacia el sur. En 1630 dos ilustres misioneros, fray Antonio de Arteaga y fray García de San Francisco, fundan la misión de San Antonio de Senecú, en Nuevo México. Ese mismo año fray García de San Francisco funda la misión de Socorro, Nuevo México.
Nuestra Señora de Guadalupe de Paso del Norte
En 1659, estando fray García de San Francisco en la misión de San Antonio de Senecú, fueron unos indios mansos, que de mansos no tenían nada, pues hasta entonces habían resistido todo intento de evangelización, a rogarle que estableciera una misión entre ellos, que habitaban en ambas riveras del Río Grande del Norte, donde era el paso habitual entre el territorio de la Nueva Vizcaya y el de Nuevo México. Fray García accedió y el 8 de diciembre de 1659 construyó en ese lugar, que habría de ser Ciudad Juárez, una choza de paja con una capilla de ramas y lodo, que puso bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. La misión prosperó en poco tiempo. En 1662 fray García de San Francisco coloca la primera piedra de una iglesia más sólida y en 1668 celebra su dedicación.
1680 fue un año trágico para las misiones y para toda la población civil de Nuevo México, formada por españoles e indios cristianizados. Los indios reacios a someterse a España organizan una gigantesca sublevación interesando en ella a varias tribus. 400 españoles y 27 franciscanos mueren en la contienda. Antonio de Otermín, gobernador de Nuevo México, se refugia en Paso del Norte con tres mil personas. El Paso del Norte se convierte así en capital del Nuevo México de 1681 a 1693.
Con indios piros y tompiros el gobernador Otermín y el padre fray Francisco de Ayeta fundan en 1682 una misión en la orilla norte u oriente del río Bravo. Le pusieron también el nombre de San Antonio de Senecú, en memoria de la que había sido destruida poco antes en Nuevo México. Este pueblo fue destruido por una creciente del río y en 1829 se funda el actual Senecú, de este lado del río y que forma hoy un barrio de Ciudad Juárez.
Otras misiones
La migración hacia el sur, provocada por la revuelta de 1680, impulsó en la misión de Guadalupe de Paso del Norte una intensa actividad misional. Fruto de ella fueron las misiones que se fundaron a lo largo del río Bravo y más al sur, en la región de Villa Ahumada. Así nacieron las misiones de San Francisco de los Sumas, a 12 leguas de Paso del Norte, a orillas del río; la del Ojito de Samalayuca, administrada por fray Luis Beltrán, que fue martirizado en dicho lugar en 1684; otras cuatro misiones entre los sumas al sur del Río Bravo, una de las cuales se encontraba posiblemente dentro del actual municipio de Villa Ahumada, fundadas incluso antes de 1680; una misión suma en los alrededores de Álamos de Peña; y, finalmente, la misión de Santa Rosa de Ojo Caliente.
El mapa elaborado por el visitador general de las misiones de Nuevo México, fray Juan Miguel Menchero, entre 1746 y 1755, incluye a ambos lados del Río Bravo, en la parte que hoy es fronteriza con Texas, las misiones de Paso del Norte, San Lorenzo, Senecú, Ysleta, Socorro, Nuestra Señora de las Caldas, Nuestra Señora de Guadalupe, San Pedro, San Juan, San Francisco y San Cristóbal. En 1750 los sumas sublevados arrasan la misión de Nuestra Señora de las Caldas.
Los límites entre los reinos de la Nueva Vizcaya y del Nuevo México permanecieron inciertos hasta fines del primer tercio del siglo XVIII. No fue sino entre 1724 y 1728, durante su viaje a las Provincias Internas del Norte, cuando el visitador de presidios don Pedro de Rivera, fijó la frontera sur de Nuevo México en el río del Carmen, donde está Ojo Caliente, 50 leguas al norte de la Villa de San Felipe el Real de Chihuahua. Cincuenta años después Nicolás de Lafora ratificó esos límites.
San Francisco de la Junta de los Ríos
El 2 de junio de 1715 el sargento mayor don Juan Antonio Trasviña y Retes, acompañado de los padres fray Gregorio Osorio y fray Juan Antonio García, funda la misión y villa de San Francisco de la Junta de los Ríos, que llegaría a ser Ojinaga, quedándose estos dos misioneros ahí para atenderla. Esta fue la culminación de una serie de intentos misioneros que datan desde que fray García de San Francisco visitara la región cuando se encontraba en su misión de Paso del Norte. El maese de campo Juan Domínguez de Mendoza tomó posesión de estos terrenos en nombre de la Corona de España el 13 de junio de 1684.
Fray Alonso de Paredes, en un informe al rey, en 1685, describe el curso del Río del Norte (Río Bravo) desde Santa Fe hasta su desembocadura en el Golfo de México. Al llegar a la junta de los ríos dice: “A distancia de cien leguas de dicho paraje de Guadalupe (Paso del Norte) se junta con éste (es decir, con el Río del Norte) otro río (el Conchos)… se entra en la dicha caja del río del Norte, y por esta razón se llama a aquel puesto la Junta de los Ríos, al cual el año pasado de 84 (1684) bajo el maese de campo Juan Domínguez de Mendoza, con algunos soldados y en compañía del padre predicador fray Nicolás López… y hallaron que el puesto era bueno, con disposición y tierras para coger y sembrar, y juntamente vieron muchos indios jumanos, rayados, opsumes, polulames, poloaques y otros…”[14].
Cuando la región pertenecía todavía a Nuevo México, el 25 de febrero de 1758 47 familias de Paso del Norte fundan el presidio de San Fernando de las Amarillas, con un franciscano como capellán castrense.
Entre 1766 y 1768 se dan entre el obispo de Durango, don Pedro Tamarón y Romeral y los franciscanos de la Provincia del Santo Evangelio de México, un estira y afloja, porque aquél quería secularizar varias misiones importantes de la Custodia de Nuevo México, entre las cuales está la de Nuestra Señora de Guadalupe de Paso del Norte, y éstos se resistían. Gana el obispo, pero de todos modos las mencionadas misiones siguen en manos de los franciscanos porque el obispado de Durango no tuvo clérigos que las atendieran. La secularización de la misión de Paso del Norte, la principal que la Custodia de Nuevo México tenía en lo que hoy es el Estado de Chihuahua, no se realizó sino hasta el 19 de junio de 1798, cuando el vice-custodio fray Rafael Benavides hizo entrega de la misma al obispado de Durango.
7 LOS FRANCISCANOS EN LA TARAHUMARA
El 24 de junio de 1767, en el ocaso del sol, el virrey marqués de Croix, en reunión con la real audiencia, con el arzobispo de México y con otras autoridades, abre un paquete enviado por el rey Carlos III, con tres sobres sellados, cada uno dentro del otro. En el primero va sólo su nombre. En el segundo se le dice que abra ese sobre precisamente en ese fecha y hora. En el tercero se le ordena que en un plazo perentorio debe expulsar a todos los jesuitas que hay en todas sus casas, colegios y misiones de México. “Si después del embarque quedase en este sitio un solo jesuita, aunque fuese enfermo o moribundo, seréis castigado con la pena de muerte. Yo el Rey”, termina diciendo la carta.
El encargado de poner en ejecución esta orden en la Nueva Vizcaya fue el capitán Lope de Cuéllar. La orden se llevó a cabo implacablemente en los colegios de Parral y Chihuahua, en la misión de Chinarras y en las misiones de la Alta y la Baja Tarahumara.
Por orden del virrey, la mayor parte de las misiones de la Tarahumara fueron encomendadas a los franciscanos del Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Nuestra Señora de Guadalupe de Zacatecas y algunas otras fueron entregadas al obispado de Durango.
El Colegio Apostólico de Propaganda Fide de N. Sra. de Guadalupe de Zacatecas, fundado en Guadalupe, Zacatecas, en 1707, fue el segundo de una serie de seminarios que fundaron los franciscanos en el territorio nacional entre 1682 y 1860, para formar misioneros para las misiones más difíciles.
Las misiones encomendadas a los franciscanos de Guadalupe fueron en un primer momento 15, pobladas en su mayor parte por tarahumares, y algunas por pimas, guarojíos, tubares y tepehuanes y a cada una de las cuales se les asignó un religioso. Esas misiones, según la lista que nos da el padre Alcocer[15], son las siguientes:
Tomochi, con 4 pueblos (Mpio. Guerrero).
Tutuaca, con 4 pueblos (Mpio. Temósachi).
Batopilillas, con 3 pueblos (Mpio. Uruachi).
Santa Ana, con 2 pueblos (Mpio. Chínipas).
Chínipas, con 2 pueblos (Mpio. Chínipas).
Guazapares, con 3 pueblos (Mpio. Guazapares).
Cerocahui, con 3 pueblos (Mpio. Urique).
Concepción de Tubares, con 2 pueblos (Mpio. Uruachi?).
San Miguel de Tubares, con 3 pueblos (Mpio. Uruachi?).
Guaguachi, con 4 pueblos (Mpio. Guachochi).
Baborigame, con 7 pueblos (Mpio. Guadalupe y Calvo).
Nabogame, con 3 pueblos (Mpio. Guadalupe y Calvo).
Tónachi, con 5 pueblos (Mpio. Guachochi).
Baqueachi, con 4 pueblos (Mpio. Carichí).
Norogachi, con 3 pueblos (Mpio. Guachochi).
En total: 52 pueblos recibieron de repente los franciscanos en la Sierra Tarahumara. Al año siguiente se les entregó una misión más y pronto, por no poderlas atender el clero diocesano, recibieron otras cuatro.
Según William Merrill, que ha estudiado muy bien este periodo, “La mayoría de las misiones que pasaron al clero secular se deterioraron rápidamente… En contraste, las misiones que pasaron a manos de los franciscanos del Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Guadalupe de Zacatecas florecieron hasta 1830, cuando la responsabilidad de estas misiones fue transferida a las provincias franciscanas de Zacatecas y Jalisco…”[16].
Nos dice también el mismo autor que los franciscanos siguieron, en general, los mismos métodos misionales de los jesuitas, tratando de congregar a los indígenas en pueblos, a fin de hacer más fácil su organización civil y su evangelización, aunque en ese intento fracasaron en gran parte al igual que los jesuitas. En el aspecto económico sufrieron mucho al principio, pues al ser expulsados los jesuitas, todas las posesiones de las misiones fueron incautadas y no se las devolvieron hasta 1771 y de una manera incompleta. A pesar de eso, en lo que quedaba del siglo XVIII los franciscanos lograron sostener la evangelización y además repararon muchas iglesias que estaban en ruinas y hasta construyeron otras, entre ellas la magnífica iglesia de Satevó de Batopilas, terminada a principios del siglo XIX.
Muy poco después de la entrega de las misiones jesuitas al clero diocesano y a los franciscanos, las primeras, que eran ocho, y que luego subieron a 11, apenas podían sostener su labor pastoral, de hecho, algunas fueron tomadas por los franciscanos, de manera que éstas de 16 subieron a 20, como ya vimos. Las misiones atendidas por el Colegio de Guadalupe, en cambio, que atendían a unos 14,000 tarahumares, iban progresando, tanto que el comandante general de las Provincias Internas, don Pedro de Nava, les pide a los franciscanos que continúen en su puesto aun después de cumplidos los diez años que cada uno tiene como compromiso de estar ahí.
8 LOS FRANCISCANOS EN LA CIUDAD DE CHIHUAHUA
Aunque siempre fue más importante el convento de Parral, porque ahí fue la sede de la custodia desde 1717, de la que dependían todas las misiones y conventos del estado de Chihuahua, nos interesa fijarnos de una manera especial en el convento de Chihuahua, por estar ubicado en nuestra ciudad capital y porque fue escenario de importantes acontecimientos históricos de repercusión nacional.
En 1707, al comenzar a funcionar otra vez las minas de Santa Eulalia, abandonadas desde hacía años, los mineros comenzaron a utilizar el río Chuvíscar instalando en sus orillas diversas haciendas de beneficio. Un documento de la época nos cuenta que el minero Bartolomé Gómez, vecino del Real de Cusihuiriachi, comenzó a formar un núcleo de población en el mismo año de 1707, al que bautizó con el nombre de San Francisco de Chihuahua, y que lo hizo “con consentimiento de los indios naturales del citado pueblo de Nombre de Dios y su ministro doctrinero Fray Francisco Muñoz”[17]. Tal vez este asentamiento estaba en el lado norte del río Chuvíscar, que pertenecía a los indios de la misión de Nombre de Dios y por eso intervinieron éstos dando su permiso.
Al fundarse la nueva villa el 12 de octubre de 1709, su carácter franciscano quedó de manifiesto al escogerse como nombre para la misma el de San Francisco de Asís, que fue nombrado patrono. Si los franciscanos misionaban ya los alrededores, es de suponer que ellos fueran de los primeros sacerdotes que atendieran a la población. Sin embargo, la nueva parroquia no se les encomendó a ellos, sino al clero secular, porque no se trataba de una misión sino de un real de minas conformado por españoles.
Desde sus inicios y durante todo el siglo XVIII la ciudad de Chihuahua fue muy devota de San Francisco. Llevaba su nombre y él era su patrono, y aun después de que la villa cambió su nombre por orden real por el de San Felipe, San Francisco siguió siendo el patrono de la parroquia, erigida bajo la advocación de Nuestra Señora de Regla y San Francisco de Asís. En 1717 el general don José de Orio y Zubiate solicita y obtiene licencia de la autoridad para que se organicen cada año las fiestas en honor del santo patrono, incluyendo la octava anterior. Desde entonces Chihuahua siguió celebrando cada año con gran regocijo y despliegue de recursos la fiesta de San Francisco.
La fiesta, en su aspecto religioso y profano, comprendía “novenario, misa solemne con su correspondiente sermón, luminarias, cohetes, fuegos de artificio, músicas populares, bailes, reparto de refrescos y aguardiente y corridas de toros”[18]. En ciertos periodos la fiesta decaía pero luego se volvía a levantar, hasta que en 1825 se suprimió, al menos en lo que tenía que ver con la participación de las autoridades civiles, en virtud de una ley general del 27 de noviembre de 1824 que reglamentaba las festividades religiosas que deberían guardarse oficialmente y entre las que no estaba incluida la de San Francisco de Asís. En 1891, al erigirse la diócesis de Chihuahua, el templo parroquial quedó como catedral bajo la advocación de la Santa Cruz y San Francisco dejó de ser patrón también de la parroquia, la única que existía en la ciudad en ese tiempo.
El principal motivo que trajo a los franciscanos a la nueva villa fue dar atención espiritual a un buen número de vecinos que pertenecían a la Tercera Orden de San Francisco y que seguramente fueron quienes reclamaron su presencia. Fray Miguel de Nájar fue el comisionado por el padre provincial para fundar la Tercera Orden. En 1717 se erige un convento pequeño, de los que llaman vicaría o de presidencia. La erección la hizo la provincia de Zacatecas, contando con la aprobación del gobernador de la Nueva Vizcaya don Manuel de San Juan y Santa Cruz, y del obispo de Durango don Pedro Tapiz.
Ya se contaba con la fundación canónica del convento y de la Tercera Orden, pero todavía no había convento ni templo. Tal vez el franciscano contaba con una casa provisional prestada por algún vecino. Poco después el padre fray Miguel de Nájar solicita al Cabildo que se le proporcione un terreno para edificar la casa y la capilla para dicha asociación. Justifica su petición con estas palabras: “por cuanto se hallan en esta villa muchas personas, hombres y mujeres, profesos de la Tercera Orden de mi Seráfico Padre San Francisco, como ovejas sin pastor, juntamente con otros muchos que desean servir a Dios en esta orden”[19].
La Orden Tercera de San Francisco era muy popular en Chihuahua. A ella pertenecían muchos de los hombres y mujeres más destacados en la sociedad. Nos cuenta Almada que todavía muy entrado el siglo XIX, el gobernador don Mariano Orcasitas, que era terciario, dispuso que la fecha para la toma de posesión del congreso y del gobierno del estado fuera el 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, fecha que ha quedado fijada hasta el presente. Al morir Orcasitas, se le sepultó, de acuerdo con su última voluntad, con el hábito de San Francisco y sin ataúd. Las constituciones de la Tercera Orden de Chihuahua fueron aprobadas por el provincial fray Gerónimo Rojas (1748-1751).
Volviendo al padre Nájar, el Cabildo respondió positivamente a su petición el 4 de junio de ese año de 1721. En acta de esa fecha informa que el corregidor don José de Orio y Zubiate dona para la capilla de Terceros, o para convento, si con el tiempo se llegara a fundar, un solar que tenía en la calle del Colegio de la Compañía de Jesús, donde posee varias piezas de adobe y un terreno con mucho fondo y cercado. El Cabildo, por su parte, añade a la donación otro terreno contiguo al mencionado, y se le entrega al padre Nájar el testimonio o título de posesión.
Se comenzó entonces la construcción gracias a las aportaciones que hacían los terciarios y otros donantes, entre ellos la viuda del general Orio y Zubiate, que dejó en su testamento la cantidad de dos mil pesos para tal fin. La bendición de la iglesia se verificó el 4 de octubre de 1726, día de San Francisco, siendo superior del convento fray Antonio Aparicio. La capilla de San Antonio se construyó bajo la dirección del maestro don José de la Cruz, que se estaba encargando de la construcción de la iglesia parroquial y se concluyó en 1738. La torre de la iglesia se encomendó en 1740 al albañil Nicolás Muñoz, que la terminó al año siguiente.
A este convento se le llama con frecuencia “hospicio”, pues además de atender a la Tercera Orden, servía también para hospedar a los frailes que venían a la villa para arreglar asuntos espirituales o económicos. También hay que notar que el templo y el convento se pusieron bajo la advocación de San José, no de San Francisco, puesto que este título ya lo tenía la parroquia, aunque habitualmente en los documentos oficiales de la provincia se le menciona con el nombre de “convento de San Felipe de Chihuahua” o “convento de Chihuahua”, pero haciendo referencia a la población donde está, más bien que a la advocación.
Fecha importante para el convento de San José de la villa de Chihuahua es el 18 de febrero de 1773, pues en ese día la provincia lo asciende a la categoría de guardianía, de las que sólo había doce en toda la provincia de Zacatecas. Le asignó ocho religiosos, aunque rara vez logró reunirse ese número. En esa fecha también fue elevado a guardianía, como ya vimos, el convento de San Andrés, pero quedando Chihuahua con la precedencia, sólo sujeto a la custodia de Parral y ésta, a su vez, a la provincia.
En junio de ese mismo año de 1773 el gobernador José de Fayni da su autorización para que se ejecute esa determinación de la provincia, de convertir el convento de Chihuahua en guardianía, y en seguida el Ayuntamiento de Chihuahua se dirige al rey Carlos III pidiéndole que ajuste la asignación económica que le corresponde al convento de acuerdo con su nueva categoría. Como esto se demoraba, todavía el 9 de agosto los franciscanos insisten ante el gobernador para que se sigan llevando hasta su completa realización los trámites comenzados en junio.
La Independencia
La insurgencia que tuvo como detonante el Grito del Cura Hidalgo en su parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, conoció, como sabemos, uno de sus más trágicos desenlaces en la ciudad de Chihuahua con la aprehensión y fusilamiento de Hidalgo y de otros cabecillas principales del levantamiento. De un hecho tan conocido aquí sólo me interesa recordar la parte que les tocó protagonizar a los franciscanos y a su convento de Chihuahua.
Hidalgo y su comitiva fueron aprehendidos el 21 de marzo de 1811 en Acatita de Baján. En el grupo se contaban, además de él otros diez sacerdotes: dos franciscanos, fray Carlos Medina y fray Bernardo Conde, un mercedario, un carmelita y seis sacerdotes seculares. Todos fueron llevados a Durango, excepto el padre Juan Salazar, que fue conducido a Monclova. Hidalgo y los principales oficiales laicos fueron conducidos a Chihuahua.
La razón de llevar a los clérigos a Durango fue que ahí residía el obispo y las autoridades querían que éste los degradara para poder fusilarlos. El obispo Olivares se negaba a degradarlos y le daba largas al asunto para evitar que sufrieran la pena de muerte. Esto hizo que el proceso de alargara más de un año. Finalmente, el obispo, que era ya viejo, murió el 26 de febrero de 1812 y esto abrió el camino para acelerar el proceso. De los nueve procesados sólo cinco fueron condenados a muerte, entre ellos estaban los dos franciscanos.
El padre Bernardo Conde era de la provincia de Michoacán y el padre Carlos Medina de la provincia de Zacatecas. Aunque no está en la lista inicial de los aprehendidos, sino que probablemente fue aprehendido después y fusilado con ellos, hay que sumar al padre Ignacio Jiménez, también de la provincia de Zacatecas. En un amplio comunicado el provincial de Zacatecas da cuenta de la muerte de los dos religiosos de su provincia, “por haber sido traidores a Dios, al Rey y a la Patria”, aunque dejando bien claro que murieron en paz con Dios y se manda ofrecer sufragios por ellos.
Por su parte, Hidalgo y sus compañeros llegaron a Chihuahua el 23 de abril de 1811. Hidalgo, Aldama, Allende y Jiménez fueron encerrados en el ex-colegio de los jesuitas, utilizado entonces como hospital militar, mientras que a once de ellos se les dio el convento de franciscano como cárcel, ocupando las mismas celdas que servían de habitación a los religiosos. Uno por uno fueron siendo sacados de ahí los prisioneros para fusilarlos en diferentes días de mayo y de junio.
Por esta lista nos enteramos de que el convento no era pequeño, pues a Onofre Portugal le tocó la celda número 18. Por lo menos al ingreso de los prisioneros se llenó el convento, pues en ese momento había en Chihuahua seis frailes: los padres fray José Tárraga, que era el guardián, fray José Roldán, fray Eusebio Galindo, fray José Barreda, fray Luis Salgado y el hermano fray Alonso Velázquez. Además, estaba también en el convento el padre fray José María Rojas, del Colegio de Guadalupe de Zacatecas y misionero de la Tarahumara, que por esos días se encontraba en Chihuahua dando unas misiones.
Ante el requerimiento del comandante general don Nemesio Salcedo, el obispo de Durango comisiona al canónigo de Durango, don Francisco Fernández Valentín para que se traslade a Chihuahua y proceda a la degradación sacerdotal de Hidalgo. Este acto fue realizado el 27 de julio de 1811 por un tribunal eclesiástico integrado por el mismo Fernández Valentín, por don Mateo Sánchez Álvarez, cura de la parroquia, por fray José Tárraga, guardián de los franciscanos (en la paleografía de los documentos de la época se le transcribe a veces con los apellidos Tamayo o Parra), y por don Juan Francisco García, fungiendo como notario el mencionado fray José María Rojas.
Despejado por la degradación el camino para condenar a Hidalgo, éste fue sentenciado a muerte y fusilado el 30 de julio. Antes de morir recibió los últimos sacramentos del padre fray José María Rojas. Ese mismo día su cadáver decapitado fue sepultado en la capilla de la Santa Hermandad de penitencia, o Tercera Orden, en su capilla de San Antonio, aneja al templo de San José. Los restos de Hidalgo fueron exhumados de ese lugar el 18 de agosto de 1823, para ser trasladados a México. También lo fueron los restos de Allende, Aldama y Jiménez, que habían sido sepultados en el camposanto de la ciudad.
La lucha por la independencia significó para los mexicanos de aquel tiempo una trágica división pues unos estaban en pro y otros en contra de la misma, tanto en la sociedad civil en general como en la Iglesia. Esta división afectó también a las órdenes religiosas y muy especialmente a los franciscanos. Ya vimos cómo de los tres frailes fusilados en Durango dos pertenecían a la provincia de Zacatecas y uno a la de Michoacán. Es obvio que los europeos se inclinaran más por la fidelidad al rey de España, la “justa causa”, como le decían, y los de origen americano, criollos y mestizos simpatizaran más con la idea de un México independiente, aunque esta preferencia no era absoluta pues se dieron excepciones en ambos bandos. El provincial de esos tres años en que cayó el inicio de la lucha insurgente era fray José Agustín de la Vega (1810-1813) quien, aunque era criollo, hizo todo lo posible por apartar a los frailes de la provincia de toda simpatía por la causa insurgente. Son varias las cartas circulares que escribió, tanto para exhortar a los frailes a la fidelidad a la monarquía española, como para reprobar a los “infidentes” y para felicitar a los que se mantenían fieles.
Este mismo provincial, reunido con su consejo el 25 de marzo de 1811, sentencia que los frailes que “hubiesen cooperado de algún modo a la presente insurrección, ya sea admitiendo títulos o empleos, sean de la graduación que sean, por el mismo hecho quedan privados para siempre de todos los oficios, honores, exenciones y privilegios que gozan por la religión, privados de decir misa si son sacerdotes, y de poder obtener empleos y recibir los sagrados órdenes si son coristas”.
Luego menciona a los religiosos de su provincia de los que hasta ese momento se tiene noticia de que se han sumado a la lucha: fray José Berardo Villaseñor (pariente cercano de Hidalgo), que falleció en Veracruz mientras se tramitaba su extradición a España; fray Melchor Sáenz de la Santa; fray Carlos Medina (fusilado, como ya vimos, en Durango) y fray Sebastián Manrique (capellanes de los insurgentes); fray Anselmo Pérez; fray Antonio del Río; fray Bartolomé Moreyra; fray Antonio Méndez; fray Miguel Muro; fray Mariano Escobar; fray Raymundo Caro y fray Luis Oronoz (coristas); fray Mariano Lara y fray José Ramos (legos); fray José Antonio de Vargas, cura de Tlaxcalilla, que murió en esos días.
Tanto el padre Villaseñor como el padre Vargas eran sacerdotes muy ilustres por su ciencia y por su vida religiosa, pero el que merece una mención especial es fray Luis G. Oronoz porque era de Chihuahua y a quien Almada le dedica una breve, pero muy interesante reseña biográfica en su Diccionario. Siendo corista en Zacatecas se unió al ejército insurgente y llegó a obtener el grado de teniente coronel. Fue aprehendido por los realistas, que lo indultaron y le permitieron volver a su convento. Pero pronto lo volvieron a aprehender por gestiones de su provincial, que lo acusaba de apostasía y de otros delitos durante el tiempo en que tomó las armas. Condenado a muerte, se le permutó esta pena por la de diez años de presidio en un convento de la Habana. Por un manifiesto que publicó en esa ciudad a favor de la insurgencia y para protestar por los malos tratos que recibía, se le envió preso a España, donde publicó otro manifiesto en el que acusaba a los virreyes Calleja y Apodaca de déspotas y sanguinarios y reclamaba la libertad tanto para españoles como para mexicanos. Al proclamarse la Independencia pudo este fraile irreductible regresar a su Colegio de Guadalupe de Zacatecas, donde vivía todavía en 1825[20].
Consumada la Independencia la rueda de la fortuna, como es obvio, dio su vuelta y los que estaban abajo quedaron arriba, y viceversa. En la provincia franciscana de Zacatecas gobernaba como provincial fray Miguel González (1819-1822). El 15 de mayo de 1822 el Soberano Congreso Constituyente expide un decreto que ordena la liberación y restitución del goce de sus primitivos derechos a las personas que se hallen presas, procesadas o perseguidas por causa de sus opiniones políticas, es decir, en relación a la Independencia.
También se expidió una ley que ordenaba que los nombramientos para cargos en las órdenes religiosas no tuvieran en cuenta el origen de la persona, es decir, si era criollo o español, como lo mandaba una ley anterior, según la cual debían de alternarse de acuerdo con su origen. Sin embargo, poco después, el 10 de diciembre de 1827, el provincial fray Mariano Arias recibe un oficio por el que se ordena la suspensión de cargos y empleos de los españoles por nacimiento. Esto sólo fue el preludio de una medida más drástica que se había de tomar el día 20: la expulsión de todos los españoles del territorio nacional.
Este decreto afectó fuertemente a Chihuahua, pues de los trece franciscanos de la provincia de San Francisco de Zacatecas que había ese año, fueron expulsados el 6 de febrero de 1828 por lo menos ocho por ser de origen español. Los franciscanos del Colegio de Guadalupe que trabajaban en la Tarahumara fueron todavía más afectados, pues aunque eran mexicanos, al ser expulsados los franciscanos españoles que trabajaban en la Alta California, el gobierno ordenó que los de la Tarahumara pasaran a hacerse cargo de aquellas misiones y en la Tarahumara fueron sustituidos por franciscanos de las provincias de Jalisco y de Zacatecas. Esta transferencia tuvo lugar entre 1828 y 1839. Algunos, sin embargo, para poder permanecer en la Tarahumara, pidieron su cambio a la provincia de Jalisco. Entre los franciscanos de la provincia de Jalisco que vinieron en esa ocasión cabe mencionar a fray Miguel de Tellechea, ilustre misionero que escribió una gramática de la lengua rarámuri.
Ruina de las misiones
El triunfo del partido liberal marca el inicio del fin de las misiones, lo cual habría de llevar finalmente a la destrucción de las mismas órdenes religiosas. El 19 de diciembre de 1833, el vicepresidente Valentín Gómez Farías inicia lo que se ha llamado la Primera Reforma. Expide una ley por la cual todos los curatos vacantes o por vacar sean provistos por clérigos seculares. Esto significaba ir excluyendo en un plazo muy corto a todos los religiosos de la cura de almas. A esto se añadió la incautación por parte del gobierno de los fondos con que se sostenían las misiones de California y Filipinas y éstas fueron completamente secularizadas. En otras partes del territorio nacional otras misiones franciscanas también tuvieron que ser entregadas al clero diocesano. Pero éste, con muy escaso personal y poco preparado para ese tipo de trabajo pastoral, no las pudo atender bien y muchas quedaron abandonadas al poco tiempo. La medida fue tan impopular que el presidente Santa Anna suspendió la aplicación de estas leyes en 1834, aunque ya en algunos casos, como en California, el daño era irreversible.
Las leyes de Gómez Farías no eran sino el preludio del verdadero golpe que el gobierno liberal habría de asestar a los religiosos, y en ellos contra toda la Iglesia. La Ley Lerdo, del 25 de junio de 1856, sobre la “desamortización de bienes de manos muertas”, incluida poco después en la Constitución de 1857, afectaba el régimen de propiedad de las misiones, que era comunitario, y los bienes de las comunidades indígenas. El artículo 5º de la Constitución de 1857 prohibía los votos religiosos. Las Leyes de Reforma, de 1859, vinieron a completar y a reforzar la obra de la Constitución. La primera ley retomaba la de Gómez Farías, pero se refería más directamente a la nacionalización de todos los bienes muebles e inmuebles pertenecientes a la Iglesia. Por esa misma ley se suprimieron todas las órdenes religiosas y se prohibió la fundación de nuevos conventos. Con todo esto se borraba de un plumazo el estilo de vida que habían escogido libremente hombres tan ilustres y beneméritos para la Patria como Pedro de Gante, Motolinía, Antonio Margil de Jesús, Junípero Serra, Kino, Clavigero, y miles más.
Con esta medida los franciscanos no sólo tuvieron que entregar sus misiones, sino también sus conventos en las ciudades. En el estado de Chihuahua, ya desde 1849 habían sido secularizadas la mayor parte de las misiones de la Tarahumara. En 1859 quedaban sólo cuatro y la última, Guadalupe y Calvo, fue entregada en 1862.
En virtud de la mencionada ley de 1859, el convento de la ciudad de Chihuahua pasó a manos del estado. En agosto de 1865 Benito Juárez, que se encontraba en Chihuahua, vendió el ex-convento franciscano y el ex-convento de jesuitas a don José Cordero en veinte mil pesos. Almada nos dice que ahí se estableció una escuela particular. En 1934 se estableció la Casa del Niño que dependía de la Beneficencia Pública, luego funcionó ahí la Escuela Oficial Número 537 para varones y la Escuela Industrial Nocturna “Sor Juana Inés de la Cruz”. El gobernador Foglio Miramontes cometió la barbaridad de mandar demoler ese edificio histórico tan entrañable no sólo desde el punto de vista religioso sino civil, con el propósito de construir un edificio nuevo para la escuela, pero el proyecto se quedó en los cimientos. Después el terreno pasó a particulares y ahí se construyó un edificio para oficinas y negocios[21].
9 QUÉ ENSEÑABAN LOS MISIONEROS
El contenido de la evangelización franciscana en México estaba influenciada de dos corrientes complementarias: el evangelismo de San Francisco de Asís, que llevó al Santo a querer vivir el Evangelio sin glosa y a predicarlo así con su palabra y con su ejemplo, y por otra parte el evangelismo de la reforma de la Iglesia española de los últimos años del siglo XV y principios del XVI.
La espiritualidad de San Francisco se distingue por su carácter cristocéntrico y tiende a la perfecta imitación del Señor en su pobreza, amor, simplicidad y afán por predicar la Palabra de Dios. Esto le da a la espiritualidad franciscana unos rasgos profundamente humanos que la hacen muy apta para ser acogida sobre todo por el pueblo sencillo.
En cuanto a los contenidos doctrinales básicos de la predicación franciscana y sus aplicaciones morales en las comunidades indígenas, podemos tomar como guía la obra de un franciscano alemán, fray Nicolás Herborn, titulada “Epitome convertendi gentes ad fidem Christi”, que data de mediados del siglo XVI y que aún se reeditaba muy entrado el siglo XVII. Veamos un resumen del mismo que nos ofrece el P. Lino Gómez Canedo[22]:
En primer lugar, la aceptación de la fe cristiana exigía la destrucción de la idolatría. Esta era la mayor lacra religiosa que los misioneros vieron en los naturales. Ya fuese resultado de la ignorancia o malicia de sus sacerdotes, de influjo del demonio o de ambos factores, con la idolatría no cabían compromisos ni adaptaciones. Tampoco eran admisibles los sacrificios humanos, aunque se llevasen a cabo con fines religiosos. Del mismo modo debían ser extirpados sin contemplaciones algunos pecados particularmente repugnantes como la sodomía. Estas tres cosas fueron consideradas como absolutamente inadmisibles en una sociedad cristiana y por ello se consideró que era admisible el uso de la fuerza para destruirlas. Con la nueva fe y “policía cristiana” resultaban asimismo incompatibles otros aspectos de la vida y sociedad indígenas, tales como la poligamia y las borracheras.
Herborn proponía el siguiente esquema de predicación y catequesis: 1) Que hay un solo Dios omnipotente, creador de todo, y que los ídolos nada son ni tienen carácter divino algunos ni pueden ayudarnos; 2) Que Cristo redentor, que nació de la Virgen María, reina sobre todo y juzgará a todos, dándoles premio o castigo; 3) Que el Espíritu Santo sostiene y dirige a la Iglesia, contra la cual no han prevalecido ni prevalecerán sus enemigos, antes se dilatará cada día más, propagándose hasta los fines del mar océano. Debía hablárseles también del perdón de los pecados y de la resurrección de la carne. Se les enseñaba a orar recomendando principalmente el empleo del Padrenuestro. Un tema frecuente de predicación eran las bienaventuranzas para que los naturales comprendieran “cómo debe ser un cristiano”: íntegro en su conducta, tranquilo, sereno, humilde, manso y misericordioso. Debía inculcárseles la necesidad de observar los Mandamientos del Decálogo y los preceptos de la Iglesia.
Otra guía, escrita en México para los misioneros, es la de fray Juan Focher, que sistematizó las ideas misionológicas de la orden en su obra: “Itinerario católico”, publicada en Sevilla en 1574. Para el autor, “predicar el Evangelio a las gentes” es la función más alta del religioso, a la que fue llamado por Cristo.
Según esta obra, a los que solicitaban el bautismo debía comenzar por exponérseles estas tres verdades 1) Que Dios es creador de cuanto existe; 2) Que su Hijo se encarnó y 3) Que Dios dará la vida eterna a los cristianos. Focher da mucha importancia a la catequesis que se debe continuar dando a los neófitos después del bautismo y reprueba el que se bautice gente sin ton ni son, haciendo cuentas alegres con los números, y después abandonarlos a su suerte sin ayudarlos a madurar en la fe[23].
Además de la evangelización propiamente dicha, los franciscanos iniciaban a los indios en la vida civil: formaban coros y los iniciaban en el canto y la música, establecían escuelas donde les enseñaban la lengua castellana y a leer y escribir, les enseñaban a sembrar y a criar ganado, fundaban hospitales y les enseñaban técnicas de curación (“Por pequeño que sea el pueblo, tiene un hospital, en que se asiste a los necesitados y desvalidos”, dice Arlegui), y también les enseñaban oficios. Mientras más primitivas eran las tribus con que trabajaban, como las del norte, más difícil era lograr algo con los indios y se les procuraba ganar con regalitos de poca monta o con comida. Nos dice Arlegui con sentido del humor que había entre los misioneros de su tiempo el axioma de que a pesar de que San Pablo dice que la fe entra por el oído, a los indios les entraba más bien por la boca. Eso es cosa de siempre: hace muy poco me escribió un amigo misionero que trabaja entre los borana, una tribu nómada del norte de Kenya y al mencionar la dificultad que tienen los misioneros para reunir a los nativos en la iglesia, me comenta: “Si la iglesia fuera un almacén de maíz o frijol o arroz, sin falta se nos llenaría siempre”[24].
Generalmente y cuando esto era posible, los franciscanos al llegar a un lugar poblado por tribus nómadas, ponían un “pie de pueblo” trasladando al lugar a indios ya cristianos para que dieran el ejemplo y atrajeran a los indios del lugar que miraban aquello con desconfianza. Ya constituida la comunidad, los misioneros ponían especial atención a los niños, a los que enseñaban la doctrina todos los días, y a los adultos los hacían acudir al centro misional los domingos.
Los franciscanos y la educación
Como todos los misioneros de todos los tiempos y de todos los lugares, los franciscanos en Chihuahua trataron, según sus medios, de prestar una atención especial a la educación de los niños, tanto en las misiones como en las ciudades. A fines del siglo XVIII y principios del XIX los franciscanos tenían escuelas de primeras letras en Nombre de Dios, San Jerónimo, Julimes, Guajuquilla y San Pablo.
En diferentes ocasiones establecieron los franciscanos escuelas en sus conventos de Chihuahua y Parral. Según reza la placa conmemorativa que hoy vemos en el templo de San Francisco de Chihuahua, en este convento se estableció la primera escuela de educación básica que existió en la ciudad en 1721. Este dato a mí me extraña, pues como vimos, en ese año los franciscanos apenas estaban tratando de construir su convento.
Sin pretender ahora dar una reseña completa de la obra educativa de los franciscanos en Chihuahua, mencionaré los siguientes datos que se refieren a una época ya tardía: El capítulo provincial celebrado el 6 de febrero de 1768 decretó que se establecieran estudios en los conventos ubicados en las ciudades donde los jesuitas habían tenido colegios antes de su expulsión. Por ese motivo se estableció un estudio para jóvenes con cátedras de gramática y de filosofía en el convento de Chihuahua. Es interesante saber que el maestro que se hizo cargo de la cátedra de filosofía en algún año, y de gramática en otro, fue el padre fray Toribio Jáquez, un famoso franciscano originario de Chihuahua, que tenía fama de santo. Desafortunadamente el estudio duró poco tiempo, seguramente por falta de personal que lo atendiera.
En 1818, respondiendo a otra orden expresa de la provincia, se vuelve a abrir una escuela en el convento, esta vez para niños, la cual duró hasta 1821, pero ¡sin maestros que la atendieran! Lo mismo pasó en Parral. Poco antes, el famoso fray Joaquín Arenas, siendo capellán del hospital militar que funcionaba en el ex-colegio de jesuitas, abrió, no por parte de la orden sino del ayuntamiento y de paga, un colegio de enseñanza secundaria con cátedras de gramática latina y castellana. Esa escuela duró hasta 1818, en que el padre Arenas fue suspendido como capellán.
10 CÓMO VIVÍAN LOS MISIONEROS
Aun para el temple y la espiritualidad de los franciscanos reformados que vinieron a México en el siglo XVI y que fueron los que, con altibajos, continuaron hasta el siglo XIX, la vida que tenían que llevar en las misiones del norte era muy difícil de soportar. Ni las más urgentes amonestaciones de los capítulos para que observaran la regla, ni las más estrictas reformas para que vivieran el ideal franciscano de pobreza y sacrificio, podían lograr una mínima parte de lo que automáticamente, por el solo hecho de vivir en estas misiones, tenían que practicar los frailes.
A la descripción que hace Mendieta de los primeros franciscanos que llegaron a México en el siglo XVI, aunque con altibajos y retrocesos, pero siempre persiguiendo el ideal, podrían ajustarse en mayor o menor medida la mayoría de nuestros misioneros del norte: “Andaban descalzos y con hábitos viejos y remendados. Dormían en el suelo y un palo o piedra por cabecera. Ellos mismos traían un zurroncillo en que llevaban el breviario y algún libro para predicar, no consintiendo que se lo llevasen los indios. Su comida era tortillas, que es pan de los indios hecho de maíz, y ají, que acá llaman chile, y capulines, que son cerezas de la tierra, y tunas. Su bebida siempre fue agua pura, porque vino no lo bebían ni lo que les ofrecían querían recibir”[25].
Los misioneros se trasladaban generalmente a pie y recorrían distancias que hoy nos parecen imposibles, sobre todo si se tiene en cuenta que lo hacían muchas veces a través de inmensos desiertos, en peligro de ser atacados por los indios o por las fieras, bajo un sol ardiente en verano o un frío que calaba hasta los huesos en los inviernos norteños. Muchas veces tenían para beber sólo el agua que lograban exprimir a los cactus y nopales, y comer, como los indios, mezquites y pitayas. Típicos, pero no únicos, son los casos de fray Antonio Margil de Jesús, que recorrió a pie desde Centroamérica hasta Texas, o fray Junípero Serra, que después de llegar a pie desde Veracruz a la Sierra Gorda de Querétaro, partió de ahí, también a pie, hacia la Alta California. Generalmente iban descalzos o a lo más, calzados con unas rústicas sandalias.
La vida de los misioneros entre los indios no era nada fácil. Muchas veces vivían totalmente alejados de todo contacto con los españoles o asentamientos civiles y aun de otros misioneros. Su principal peligro era la hostilidad de los indios, por lo que algunos murieron a manos de ellos o fueron terriblemente maltratados. Con su lenguaje tan emotivo, nos comenta así el padre Arlegui las duras experiencias de aquellos misioneros: «Cuando los pobres (misioneros) salen de aquellas habitaciones ásperas (es decir, cuando regresan de aquellos lugares en que misionan), vienen demudados, pálidos y casi desnudos, y como atónitos de tan horrorosa vida: porque a la verdad, es pensión terrible que hombres nacidos y criados en ciudades populosas de españoles, hechos a comunicar con gentes políticas, se destinen por la obediencia a pasar la vida ajenos de toda comunicación, con falta de lo necesario para el sustento y vestuario, oyendo la bárbara lengua de los indios, sin tener quien les hable palabra en su nativo idioma, ni quien en sus enfermedades les pueda aplicar la más leve medicina ni dolerse de sus trabajos. Este es el non plus ultra de los trabajos que padecen nuestros religiosos”[26].
Sin embargo, también se puede decir que los franciscanos con frecuencia se ganaron la estima de los indios, de manera que aunque éstos se rebelaran contra los españoles, muchas veces quisieron salvar a los misioneros de esa violencia. En alguna ocasión, en medio de un ataque de indios bárbaros a las poblaciones o a las caravanas, los indios les decían a los franciscanos: “Padres, apártense, a ustedes no les queremos hacer daño”.
Sobre las razones de este respeto de los indios a los franciscanos, el siguiente testimonio, aunque del siglo XVI, nos puede aclarar algo. Al ser preguntados los indios por el presidente de la Real Audiencia por qué querían tanto a los franciscanos, ellos respondieron: “Porque los Padres de San Francisco andan pobres y descalzos como nosotros, comen de lo que nosotros, asiéntanse en el suelo como nosotros, conversan con humildad entre nosotros, nos aman como a hijos; razón es que los amemos y busquemos como a padres”[27].
BIBLIOGRAFÍA
ARCHIVOS:
Archivo Histórico Municipal de Chihuahua (AHMCH).
Archivo de la Provincia Franciscana de Zacatecas (APFZ).
Archivo General de la Nación (AGN).
Archivo de la Misión de Guadalupe, Cd. Juárez (AMG).
Biblioteca Nacional de México (BNM).
LIBROS, REVISTAS Y PERIÓDICOS:
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[1] Alcocer, José Antonio, o.c., p. 181.
[2] Annuario Pontificio 1999.
[3] Gómez Canedo, Lino, o.c. p. 137.
[4] Peña, Francisco, o.c. Documento 1, p. 8
[5] Arlegui, José, o.c. p. 231.
[6] Arlegui, José, o.c. p. 187.
[7] Gallegos, José Ignacio, o.c. p. 269.
[8] Arlegui, José, o.c. p. 97.
[9] Griffen, William B., o.c. p. 74.
[10] Arlegui, José, o.c. p. 97.
[11] Almada, Francisco, Diccionario, p. 463.
[12] Arlegui, José, o.c. p. 97.
[13] Griffen, William B., o.c. p. 66.
[14] Texto en el artículo “Cíbola-Quivira. El Río del Norte”, en la revista Provincia, Cd. Juárez, Dic. 1956, p. 147.
[15] Alcocer, José Antonio, o.c. p. 147.
[16] Merrill, William L. O.c. p. 158.
[17] Acta del Cabildo de Justicia relativa a la fundación de la ciudad de Chihuahua. En Revista Chihuahuense, 15 junio 1909, p. 1.
[18] Almada, Francisco, Guía Histórica de la Ciudad de Chihuahua, p. 180.
[19] AHMCH, Fondo Colonial, Exp. 15, Caja 3.
[20] Almada, Diccionario, p. 380.
[21] Cf. Almada, Francisco, Guía Histórica de la Ciudad de Chihuahua, p. 182.
[22] Gómez Canedo, Lino, o.c. p. 258-259.
[23] Gómez Canedo, Lino, o.c. p. 260.
[24] Carta del padre Angelo D’Apice al autor, 10. 10. 1999.
[25] Citado por Gómez Canedo, Lino, o.c. 178.
[26] Arlegui, José, o.c. p. 118.
[27] Citado por Gómez Canedo, Lino, o.c. p. 139.






