Las misiones franciscanas en Chihuahua


Dizán Vázquez

Contexto civil y eclesiástico
Recordemos algunos datos para ubicar las misiones franciscanas de Chihuahua en su contexto civil y eclesiástico.
La Nueva Vizcaya
La provincia de la Nueva Vizcaya fue fundada el 24 de julio de 1562 por el capitán Francisco de Ibarra . Su jurisdicción abarcaba, en un principio, los actuales estados de Durango y Chihuahua, y partes de Zacatecas, Sinaloa, Sonora y Coahuila.
En lo político, la Nueva Vizcaya estaba subordinada al virrey de la Nueva España y bajo la autoridad judicial de la Real Audiencia de Guadalajara.
Posteriormente, se le quitaron a la Nueva Vizcaya los distritos que tenía en Coahuila, así como en Sonora y Sinaloa y quedó constituida solo por las demarcaciones de Durango y Chihuahua, hasta que, en 1824, ya en el México independiente, el Congreso federal creó los respectivos estados federales.
El obispado de Durango
En lo eclesiástico, la diócesis de Guadiana, con sede en la ciudad de Durango, fue erigida en 1620. Su territorio, tomado de la diócesis de Guadalajara, comprendía en sus inicios la provincia de la Nueva Vizcaya, más Sinaloa, Sonora, las Californias, Arizona, Nuevo México y partes de Zacatecas y de Coahuila . O sea que rebasaba con mucho la demarcación política de la Nueva Vizcaya.
En este vasto territorio, los franciscanos dependieron en su actividad pastoral del obispo de Durango, generalmente con un buen entendimiento, el cual, sin embargo, no estuvo exento de algunos conflictos. Estos se dieron principalmente con los franciscanos de Nuevo México, pero también en Durango y Chihuahua con el obispo Hevia y Valdés.

Introducción: Chihuahua, tierra franciscana.
La orden franciscana fue uno de los tres grandes actores de la evangelización durante los dos siglos y medio que duró la Colonia, en lo que hoy es el estado de Chihuahua. Los otros dos son la Compañía de Jesús y el clero diocesano o secular.
Los religiosos, tanto franciscanos como jesuitas, estaban destinados a evangelizar a los indios, mientras que el clero secular atendía a las poblaciones ya cristianas, como eran, por ejemplo, los reales de minas, integradas por españoles, criollos y mestizos, incluso indios ya cristianos.
En el vasto territorio de Chihuahua, los franciscanos y los jesuitas evangelizaron diversos pueblos indígenas que habitaban cada uno su propia región.
La actividad de la Compañía de Jesús en Chihuahua ha sido investigada de manera prácticamente exhaustiva. Baste recordar los nombres de Gerard Decorme, Peter Masten Dunne, Ernest Burrus y Luis González Rodríguez, así como muchos otros investigadores detrás de ellos.
No sucede lo mismo con la actividad de los otros dos actores, que aún esperan en mudos archivos a los investigadores que les permitan hacer oír su voz a nuestra generación.
Respecto a las misiones franciscanas en Chihuahua, conozco solo tres obras que tratan de una manera general y más o menos extensa el tema:
Del historiador Zacarías Márquez Terrazas, Misiones de Chihuahua, Siglos XVII y XVIII (en la que describe también las misiones jesuitas).
Y dos obras mías: Las misiones franciscanas en Chihuahua. Pistas y referencias para su investigación , con una amplia bibliografía sobre el tema, y Misioneros fundadores de Chihuahua . En esta obra yo presento una serie de biografías de franciscanos de la primera hora y Carlos Lazcano escribe sobre los jesuitas.
Pionero en la investigación sobre los franciscanos en Chihuahua es el doctor William M. Merrill, pero solo nos dejó valiosas recopilaciones documentales que me han sido de gran utilidad para mi trabajo .
También hay algunas monografías breves sobre temas particulares que se refieren a los franciscanos, publicadas en folletos o como artículos de revistas o capítulos de libros .
El tema merece ser más investigado, pues de la misma manera que todo el territorio nacional es una tierra marcada durante siglos por la presencia franciscana, así también la Nueva Vizcaya, casi en su totalidad, estuvo poblada, en diferentes etapas de su historia, de misiones franciscanas.
Cientos de frailes, durante tres siglos, recorrieron a pie cada palmo del mapa y dejaron entre sus amados indios sus vidas gastadas en una entrega generosa. Nada resta a este heroísmo la mención de algunos ejemplos de indignidad que nunca faltan en cualquier colectivo.

Antecedentes: La Orden Franciscana en México. Provincias. La provincia de Zacatecas. Los Colegios de Propaganda Fide. El Colegio de Guadalupe.

La llegada de los “Doce”. La Provincia del Santo Evangelio.
La historia oficial de los franciscanos en México comienza el 23 de mayo de 1524, cuando desembarcó en Veracruz una misión de doce frailes encabezados por fray Martín de Valencia. Aunque antes habían llegado ya otros franciscanos a México, este grupo, encabezado por fray Martín de Valencia, venía provisto, por parte del papa Adriano VI, de todas las facultades para fundar oficialmente la Iglesia Católica en estas tierras.
Los “Doce” llegaron a México en junio y de inmediato se reunieron en capítulo para tratar los asuntos más elementales de su organización. De ese capítulo salió la creación de la Custodia del Santo Evangelio, el 2 de julio de 1524.
Los religiosos se entregaron sin demora a evangelizar en la ciudad de México, en Texcoco y en todos los lugares circunvecinos. Para 1535 ya se habían establecido en numerosas poblaciones del valle de México y habían llegado hasta Puebla, Cuernavaca, Michoacán y Jalisco. Por esa razón en 1536 la custodia es elevada a la categoría de provincia.
La Provincia del Santo Evangelio, con sede en el convento de San Francisco de la ciudad de México, fue la más importante estructura organizativa que tuvo la orden en México y de la cual habrían de salir todas las demás provincias de México y Centroamérica.
Al finalizar el siglo XVI los franciscanos ya estaban presentes en puestos de avanzada en los que hoy son los estados de México, Puebla, Oaxaca, Yucatán, Tlaxcala, Hidalgo, San Luis Potosí, Tampico, Michoacán, Jalisco, Zacatecas, Sinaloa, Sonora, Durango y Chihuahua, así como en Nuevo México y la Florida.
Provincias franciscanas
A partir de la Provincia del Santo Evangelio se fueron creando en los años sucesivos las siguientes provincias, que antes de alcanzar esta categoría administrativa, habían sido custodias: En 1565 son erigidas las provincias de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo de Michoacán, que era custodia desde 1536, y la de San José de Yucatán, erigida como custodia en 1549.
En 1603 es erigida la provincia independiente de San Diego, en México, por una rama de franciscanos de más estricta observancia que, al menos al principio, no tuvo misiones en México, sino que los enviaba al Oriente. La custodia había sido fundada en 1576.
La custodia de Nuestro Padre San Francisco de Zacatecas fue fundada entre 1573 y 1574, y se convirtió en provincia independiente en 1603 . Esta provincia habría de ser la madre de la mayor parte de las misiones fundadas en la Nueva Vizcaya.
En 1606 es elevada a provincia la custodia de Santiago el Mayor de Jalisco, fundada en 1565 y dependiente, hasta entonces, de la provincia de Michoacán.
Esta es, pues, la organización básica, conformada por provincias, con que contó la Orden de San Francisco desde las fechas señaladas hasta el siglo XIX inclusive.
Los Colegios de Propaganda Fide
En el siglo XVII se dio un renacer misionero en la Iglesia a partir de la fundación en Roma de la Congregación de Propaganda Fide, por obra del papa Gregorio XV en 1622.
Con esta institución Roma pretendía retomar la iniciativa y el control de la obra misionera de la Iglesia, que desde hacía más de un siglo dependía de los reyes, principalmente de España, Portugal y Francia, apoyados en los patronatos que los papas les habían concedido sobre asuntos internos de la Iglesia.
Inspirados en la Congregación de Propaganda Fide, los franciscanos intentaron durante el siglo XVII varias iniciativas para renovar su actividad misionera, pero la obra cuajó, finalmente, en la creación del Colegio de Propaganda Fide establecido en el convento de Santa Cruz de Querétaro por fray Antonio Llinaz en 1682. De él se originaron todos los demás colegios misioneros que hubo en la Nueva España.
Los colegios de Propaganda Fide eran centros de formación misionera para candidatos a la orden franciscana que querían dedicar su vida a las misiones, tanto las misiones entre fieles, llamadas “misiones populares”, como entre los indios que todavía permanecían infieles, sobre todo en el norte. También entraban frailes ya profesos de cualquier convento que quisieran hacer lo mismo y que necesitaran de una formación específica para esa tarea.
Ya desde la fundación del Colegio de Querétaro se habían hecho trámites para fundar otro semejante en Guadalupe, cerca de Zacatecas, que habría de tener gran importancia en Chihuahua. Felipe V aprobó su fundación en 1704 y ésta se realizó, finalmente, el 12 de enero de 1707 .
Los colegios de Propaganda Fide eran independientes de la provincia en que se encontraban y estaban sujetos inmediatamente al ministro general de la orden y a sus representantes en América, los comisarios generales de México y Perú .

Mapa franciscano de Chihuahua: Provincia del Santo Evangelio (Chihuahua y Nuevo México). Custodia y Provincia de Zacatecas. Colegio de Guadalupe. Provincia de Jalisco.

Es hora de señalar cuáles fueron las unidades administrativas franciscanas que operaron en el territorio de Chihuahua.

Provincia del Santo Evangelio en Chihuahua

En el siglo XVI, los primeros franciscanos que llegaron en la década de 1560 al sur del actual estado de Chihuahua, partiendo del convento de Nombre de Dios, Durango, pertenecían a la Provincia del Santo Evangelio de México.
Contemporáneamente, el portugués fray Pablo de Acevedo, que acompañaba a don Francisco de Ibarra en su cuarta expedición o “entrada” al norte, que llegó hasta Paquimé, celebró una misa en ese lugar en 1565 .
El 8 de septiembre de 1546 llegó al pie de un cerro, que llamaron de la Bufa, un grupo de soldados exploradores al mando del capitán Juan de Tolosa. Con ellos iban cuatro franciscanos como capellanes, entre ellos fray Gerónimo de Mendoza.
Estos franciscanos, por venir de Nochistlán, en Jalisco, pertenecían a la provincia del Santo Evangelio de México a través de la custodia de Michoacán. Pronto comenzaron a evangelizar a los indios y fundaron un hospicio en el naciente real de minas de Zacatecas.
Fray Gerónimo comenzó a incursionar hacia el norte en busca de indios y hacia 1557 llegó, con un grupo de soldados, a un lugar de minas que llamaron el Real de San Martín. En ese mismo año llegó a un paraje cercano a donde se fundaría poco después, en 1563, la ciudad de Durango y estableció ahí lo que sería el inicio de la misión de Nombre de Dios.
Al ver que la predicación del Evangelio tenía éxito entre los naturales de la región, fray Jerónimo pidió a su provincial de México que le mandara algunos frailes de refuerzo. Pronto llegaron tres franciscanos: fray Pedro de Espinareda, fray Diego de la Cadena y fray Jacinto de San Francisco (fray Cintos), pero no venían a apoyar a fray Jerónimo, sino a sustituirlo, pues traían la orden de que regresara a México para una nueva encomienda.
Fray Pedro de Espinareda quedó como superior y fue quien el 3 de junio de 1562, junto con don Francisco de Ibarra como autoridad civil, fundó la misión de San Francisco de Nombre de Dios .
Primeras fundaciones en Chihuahua
Teniendo como centro de irradiación dicho convento de Nombre de Dios, los franciscanos extendieron su trabajo apostólico a los alrededores. Mientras tanto, uno de los capitanes de Ibarra, Rodrigo del Río y Losa, que llegó a ser gobernador de Nueva Vizcaya (1589-1595), fundó el real de minas de Santa Bárbara en 1567 .
Aunque Santa Bárbara, como real de minas que era, fue administrada en lo espiritual por sacerdotes diocesanos, ya que sus pobladores eran españoles y otros individuos ya bautizados, los franciscanos fundaron ahí un convento, alegando que tenían que atender a los indios que trabajaban en las minas. El primer convento franciscano de Chihuahua se estableció, pues, en Santa Bárbara, en 1567 o poco después.
Cerca de Santa Bárbara, en un valle más propicio para la agricultura y la ganadería, los franciscanos fundaron también la misión de San Bartolomé, donde hoy es el Valle de Allende, para atender ahí a los indios en su propio hábitat. Para la fundación de esta misión, que suele citarse como la primera, los historiadores proponen diferentes fechas.
En la plaza principal del pueblo se encuentra una lápida que señala el año de 1563 como fecha de su fundación, aunque esto es muy improbable. El padre Arlegui dice que se fundó en 1560 , lo cual es todavía más improbable. Más confiable puede ser la Relación de conventos que había en la Provincia de Zacatecas en 1688, que señala para la erección de dicho convento el año de 1564 . Sin embargo, la historiadora Chantal Cramaussel retrasa la fecha de su fundación diez años, hasta 1574 .
En todo caso, este convento tuvo al principio una vida muy precaria, hasta casi desaparecer. Pero para la segunda década del siglo XVII comenzó a prosperar nuevamente, incluso más que Santa Bárbara, al grado que los curas de esta parroquia pusieron su asiento en San Bartolomé .
Entrada en Nuevo México
De Santa Bárbara habrían de partir los primeros misioneros que se lanzaron a la “conquista espiritual” del Nuevo México, tierra en gran parte ignota, aunque ya había sido visitada por algunos exploradores. En 1581 los frailes Agustín Rodríguez, Francisco López y Juan de Santa María, de la Provincia del Santo Evangelio, partiendo de Santa Bárbara, se internaron en lo que ellos mismos llamaron territorio del Nuevo México. Aunque perecieron muy pronto a manos de los indios, la continuación de su obra misionera en esos territorios de límites indefinidos siguió siendo responsabilidad de la dicha provincia de México.
En 1598, cuando Juan de Oñate hizo su entrada a Nuevo México, lo acompañaban diez frailes, los cuales llegaron hasta Santa Fe y se dispersaron por sus alrededores, dando así por iniciada formalmente la evangelización de Nuevo México.
La custodia de Nuevo México en el norte de Chihuahua
Al crecer la obra misionera con nuevos arribos de frailes y con la fundación de nuevas misiones, se estableció en 1616 o 1617 la custodia de la Conversión de San Pablo del Nuevo México, con sede en Santa fe, la cual extendió su influencia hasta la parte norte de lo que hoy es el estado de Chihuahua.
Los límites entre Chihuahua y Nuevo México no estaban entonces muy claros, por lo que los franciscanos de Nuevo México se extendieron desde Santa Fe hasta lo que hoy es el norte de Chihuahua.
La misión más importante que fundaron en el siglo XVII fue la de Nuestra Señora de Guadalupe del Paso del Río del Norte, que hoy es Ciudad Juárez, así como El Paso, Texas, fundada por fray García de San Francisco en 1659, cerca del río Grande o río Bravo, y junto con ella varias misiones en ambas orillas río abajo. El 1668 fray García bendijo el hermoso templo de la misión, que todavía hoy existe al lado de la catedral de Ciudad Juárez.
En 1680 tuvo lugar en el norte de nuevo México una gran revuelta de los indios pueblo que fue un desastre para los españoles. Murieron unos 400 entre colonos y soldados. De los franciscanos murieron 21, el grupo mayor de mártires que se dio en la etapa colonial de México.
El gobernador que estaba en ese tiempo al frente de la provincia, Antonio de Otermín, se refugió en el Paso del Norte con tres mil personas y con él todos los franciscanos que habían sobrevivido. Estos no permanecieron inactivos. Fundaron misiones por ambos lados del río Bravo y aun se internaron en el territorio de Chihuahua, al sur y al suroeste de Paso del Norte, es decir al norte y noroeste de Chihuahua. Pronto, en el siguiente siglo, llegarán por el río para fundar, entre otras, la misión de San Francisco de la Junta de los Ríos, hoy la ciudad de Ojinaga.

La Provincia de Zacatecas en Chihuahua
Hay que describir un poco más los orígenes y la expansión de la provincia de Nuestro Padre San Francisco de Zacatecas, pues a ella van a pertenecer la mayor parte de las misiones franciscanas del estado de Chihuahua.
Entre 1573 y 1574 se erigió la custodia de Nuestro Padre San Francisco de los Zacatecas, con sede, precisamente en la misión de Nombre de Dios, Durango, pues el nombre de la custodia no hacía referencia a la villa de Zacatecas sino a los indios zacatecas. Cuando el convento franciscano de Zacatecas, que pertenecía a la provincia de Michoacán, pasó a la del Santo Evangelio, la sede de la custodia se trasladó de Durango a Zacatecas.
A partir de 1604, cuando la custodia de Zacatecas se convirtió en provincia independiente, la mayor parte de las misiones franciscanas de Chihuahua, principalmente en el siglo XVII, fueron fundadas y regidas por ella hasta 1767. Después de esa fecha participaron otros franciscanos, como veremos.
Hemos dicho que la mayor parte de las misiones de Chihuahua fundadas antes de 1767 eran de la provincia de Zacatecas, pues, como hemos visto, los franciscanos del Santo Evangelio, a través de la custodia de Nuevo México, fundaron también una serie de misiones en el norte de Chihuahua, a lo largo del río Bravo, y aún más adentro del territorio, siendo la más importante la de Nuestra Señora de Guadalupe de Paso del Norte, que ya mencionamos.
En cuanto a la parte noroccidental del estado, la región de Casas Grandes, esas misiones y el presidio de Janos, pasaron sucesivamente, durante los siglos XVII y XVIII, de la provincia de Zacatecas a la custodia de Nuevo México y viceversa.
En lo que respecta a la provincia de Zacatecas, el XVII fue el siglo de mayor expansión de sus misiones. Entre 1604 y 1696, los franciscanos de Zacatecas fundaron por lo menos 37 misiones, es decir, conventos y sus respectivos pueblos de visita. Y eso solo en la parte de Chihuahua que les tocaba atender, aproximadamente una tercera parte del mapa. Muchas de esas misiones son hoy prósperas poblaciones del estado.
Al comenzar el siglo XVIII, los franciscanos de Zacatecas habían llenado prácticamente todo su territorio se misiones. Algunas de ellas, las más importantes, se fueron secularizando, es decir, pasaron al obispado de Durango como parroquias atendidas por el clero secular.

El hecho más relevante del siglo XVIII fue la elevación del convento de San Antonio de Parral, fundado en 1642, a la categoría de custodia, en 1714, ejecutándose la bula en 1717.

Bajo su dependencia quedaron los conventos de Babonoyaba, Bachíniva, Namiquipa, Santa Isabel, San Andrés, Julimes, Nombre de Dios, San José (en la villa de Chihuahua), Santa Cruz de Tapacolmes y Casas Grandes y sus numerosos pueblos de visita. Un cronista nos dice que la custodia comprendía 4 ciudades, 8 villas, 160 pueblos y 12 reales de minas, así como más de 400 estancias y labores, con un excesivo número de pobladores bárbaros y belicosos de innumerables naciones y más de 100 mil personas adultas de solo indios .

En este siglo, en 1773, también quedó formalmente erigido como convento el hospicio de Chihuahua, después de un largo y extenuante proceso burocrático .

Siglo XVIII: Nuevas misiones. Los franciscanos en la Tarahumara.

El Colegio de Guadalupe y la provincia de Jalisco
La única región de Chihuahua donde no trabajaban los franciscanos era la sierra Tarahumara, en la parte suroccidental del actual estado, habitada por los tarahumares y por otras etnias. Pero esto iba a cambiar a partir de 1767.

Como se sabe, en ese año los jesuitas fueron expulsados de todos los dominios de España, y esa misma suerte la sufrieron los que atendían la Tarahumara. Al quedar abandonadas esas misiones, algunas se secularizaron pasando como parroquias al obispado de Durango, y las que siguieron como tales fueron encomendadas a los misioneros del Colegio de Propaganda Fide de Guadalupe, Zacatecas.

Finalmente, también las Provincia de Jalisco y Zacatecas tuvieron participación en las misiones de la Tarahumara en los últimos años de la presencia franciscana en esa región.
En 1827, el gobierno mexicano ordenó a los franciscanos del Colegio de Guadalupe que entregaran sus misiones de la Tarahumara a los de las provincias de Jalisco y Zacatecas, y que se trasladaran a las misiones de la Alta California, debido a la escasez de misioneros del Colegio de San Fernando que las atendían. La transferencia en la Tarahumara se hizo entre 1828 y 1830.

Siglo XIX: El declive.

El siglo XIX marcó el declive de los franciscanos en Chihuahua y en todo México. Teniendo como antecedente el lento proceso de descristianización que se dio a lo largo del siglo XVIII, principalmente en Europa, ese declive se acentuó en México en el siglo XIX con el desorden provocado por la guerra de independencia, que afectó también la actividad y la disciplina interna de los religiosos. A esto se añadió, en el México independiente, el hostigamiento de la primera reforma liberal de Gómez Farías contra las misiones, ya muy debilitadas por la escasez de religiosos; y, finalmente la supresión de las órdenes religiosas por las Leyes de Reforma.
Como ya vimos, en 1767, al ser expulsados los jesuitas de la Tarahumara, los frailes se hicieron cargo de las misiones que no fueron entregadas al obispado de Durango. Los misioneros del Colegio de Guadalupe se hicieron cargo de esas misiones de 1767 a 1827. En este último año, el gobierno mexicano ordenó a los franciscanos del Colegio de Guadalupe que entregaran sus misiones de la Tarahumara a los de las provincias de Zacatecas y de Jalisco, para que ellos se hicieran cargo de las misiones de la Alta California, debido a la escasez de los misioneros del Colegio de San Fernando que las atendían. Esta transferencia se hizo entre 1828 y 1830, y los nuevos franciscanos resistieron ahí hasta la supresión de las órdenes religiosas en 1859.
El trabajo de los franciscanos en la Tarahumara fue ejemplar hasta bien entrado el siglo XIX, hasta que ya no pudieron contra tantos problemas de dentro y de fuera de la orden.
En medio de la confusión causada por los motivos ya mencionados, es explicable que en los conventos se comenzara a relajar la disciplina y que los superiores tuvieran que instar una y otra vez a su cumplimiento.
El 6 de abril de 1792, el provincial de Zacatecas, fray Juan Nepomuceno Barragán, escribió al titular de la custodia de Parral, fray José Roldán, una carta para que la hiciera circular entre todos los religiosos de su jurisdicción.
En dicha carta el provincial lamenta que “algunos Religiosos de los que habitan esa custodia viven tan abandonados y olvidados de sus obligaciones que sin ningún temor de Dios atropellan su honra, su instituto, su conciencia y su alma, con escándalo de los seculares que se admiran de verlos comerciar y tratar trabajando minas sin acordarse de la estrechísima Regla que profesaron”.
Al comenzar el nuevo siglo, otro custodio de Parral, fray Miguel Camacho, escribe una circular a todos los religiosos de las misiones de la Tarahumara: “Se les exhorta a evitar el abuso de salir de sus misiones dejándolas abandonadas, viniendo a Chihuahua por muchos días y a otros lugares, despojándose a veces del hábito y paseándose en traje seglar” .
En el siglo XIX, con el caos social y político que siguió a los primeros años de vida independiente, la cosa fue de mal en peor, a juzgar por las denuncias y prohibiciones que se hacen más frecuentes, por ejemplo, la asistencia de religiosos a plazas de toros, circos, comedias, bailes, casas de juegos, vinaterías, cafés, etc., así como disposiciones respecto al uso del hábito .
A los problemas internos, como son la pérdida del espíritu religioso y la relajación moral, se suman los de fuera. El 19 de diciembre de 1833, Valentín Gómez Farías expidió una ley que reclamaba el Patronato regio para las nuevas autoridades de la nación independiente y secularizaba todas las misiones del territorio nacional, con lo que asestó un duro golpe a las misiones franciscanas.
El resultado de tantas adversidades en los años subsiguientes fue una disminución alarmante del personal de las órdenes religiosas y un despilfarro de sus bienes. Por ejemplo, en 1789, entre franciscanos, dominicos, agustinos y otros, había entre 7,000 y 8,000 religiosos, mientras que para la tercera década del siglo XIX quedarían unos 1,700 .
Según José Agustín de Escudero, en 1834 quedaban en el estado de Chihuahua sólo dos conventos, el de la villa de Chihuahua y el de Parral. “Pero más bien pueden llamarse hospicios –dice-, porque a veces el padre guardián vive sin un solo hermano que le acompañe; son bastante pobres, y sostienen su iglesia de la caridad de los hermanos terceros, y algún censo que perciben de fundaciones antiguas ya muy diminutas” .
Y refiriéndose a las misiones de la Tarahumara, Escudero nos dice que había 37 misiones, atendidas por ocho misioneros de la provincia de Zacatecas, más otras diez servidas por dos religiosos de la provincia de Jalisco y dos del colegio de Guadalupe. Ante tal escasez de personal, la situación de las misiones que Escudero nos pinta no es nada halagüeña:
“Aunque por los reglamentos de su institución los pueblos de indios sólo debían de tener una legua por cada viento, y por consiguiente las misiones no podían ser demasiadamante más extensas, la progresiva agregación de pueblos a los que tienen ministros, ha producido el resultado escandaloso de someter al cargo de un solo sacerdote más de 60 leguas cuadradas de administración.
Por consecuencia, la instrucción religiosa no se generaliza como debiera en el estado de Chihuahua, y se comprueba de varios modos. En el partido de Galeana (verbi gratia) solamente hay en toda su vasta comprensión 4 sacerdotes . De esto resulta que muchos de aquellos infelices habitantes mueren sin confesión, que sus cuerpos se sepultan sin las ceremonias de la Iglesia, que no oyen misa más de una vez al año, que se dificulten y dilaten por mucho tiempo, con los males de mayor trascendencia a la quietud de las familias, los matrimonios, y, en fin, que los niños lleguen a la edad de un año o más sin haber recibido el sacramento del bautismo”.
La medida se secularizar las misiones tomada por Gómez Farías quedó sin efecto al retomar el poder Santa Anna, debido a la enérgica reacción popular contra las pretendidas reformas. Sin embargo, el mal ya estaba hecho y muchas misiones quedaron abandonadas, por eso el gobierno central comenzó a valorar otra vez la contribución de las misiones a la paz y al progreso del país.
Este cambio dio a los franciscanos un breve respiro antes del golpe definitivo que les iba a llegar por las Leyes de Reforma.
A pesar de estas pasajeras medidas de recuperación, el personal franciscano en Chihuahua siguió disminuyendo. Por ejemplo, según la tabla capitular de la provincia de Zacatecas del 1° de septiembre de 1854, de siete misiones que había en Nueva Vizcaya (sic) y diez en la Tarahumara, a cuatro no se les asigna ministro. Sólo se anota en su lugar un simple “providebitur” (se proveerá) . Esta es una anotación que se repite con frecuencia en las tablas capitulares de esos años.
Aun esas cuentas hechas en el centro de la provincia a veces no concordaban con la realidad. Según Merrill, en ese mismo año sólo quedaban cuatro padres de la provincia de Zacatecas en la Tarahumara, más cinco en los otros pueblos de la custodia, y para 1856 sólo quedaba un misionero de la provincia de Jalisco, que atendía los partidos de Nabogame y Baborigame .
Finalmente, el golpe de gracia, radical, contundente, a las órdenes religiosas, se lo vino a dar Benito Juárez con la ley del 12 de julio de 1859, que no sólo nacionalizó los bienes del clero secular y regular sino que suprimió de un golpe en toda la República todas las órdenes religiosas, las archicofradías, cofradías, congregaciones o hermandades anexas a las comunidades religiosas (la tercera orden franciscana, por tanto), a las catedrales, parroquias u otras iglesias; prohibió la fundación de nuevos conventos, cerró los noviciados y prohibió la profesión de los novicios y novicias que entonces había.
Los religiosos, por tanto, al no existir el instituto al que pertenecían, quedaban exclaustrados y debían pasarse al clero secular, o mejor, desde la perspectiva de los autores de la ley, debían reintegrarse a la vida civil.
Como consecuencia de la mencionada ley, los franciscanos comenzaron a dejar las pocas misiones y conventos que aún les quedaban en el estado de Chihuahua, las cuales quedaron secularizadas, haciéndose cargo de ellas el obispado de Durango.
De los pocos frailes que quedaban, unos regresaron a sus lugares de origen, donde se incorporaron al clero diocesano. Algunos se quedaron en Chihuahua, incardinados a la diócesis de Durango, por ejemplo, fray José María Becerra, que se quedó en Guadalupe y Calvo, donde murió en 1862; fray Felipe de Jesús Silva, que murió en Tomochi, también en 1862; fray Antonio Enríquez, a quien encontramos firmando actas en San Jerónimo en 1863 y en San Andrés entre 1874 y 1881; y fray Antonio Romero, que también se quedó en la Tarahumara y murió en Norogachi en 1887.

Conclusión: La obra heroica de los religiosos y sus detractores.

Entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera mitad del siglo XIX, centenares de misioneros, tanto franciscanos como jesuitas, participaron en la formación de Chihuahua.
Intentemos responder a varias preguntas para entender esa parte de la fundación de Chihuahua que les tocó iniciar:
¿Por qué actuaron como lo hicieron?
¿Qué los motivó a dejar su familia y su patria, donde en muchos casos gozaban de una posición social privilegiada, para venir a habitar en la intemperie del desierto, la fragosidad de la sierra y las incertidumbres de cada día?
¿Qué los motivó a entregarse de una manera total sin tener ninguna garantía de la cosecha?
No pocos historiadores modernos despachan rápidamente el asunto presentando a los misioneros como piezas de un ajedrez político-económico, simples peones del imperio, que los utilizaba para mantener sumisa a la población indígena y proveer de mano de obra barata a los colonizadores. Cito, por ejemplo, a Antonio Rubial García en su obra El cristianismo en Nueva España. Catequesis, fiesta, milagros y recepción : “Para la Corona y los gobernadores y adelantados nombrados por ella, la labor misionera fue considerada central dentro de la política colonizadora… Esta situación marcó el proyecto hispánico en las fronteras a lo largos de los siglos XVII y XVIII, proyecto en el cual colonización y misión estuvieron profundamente imbricadas, pues ambas iban dirigidas al mismo fin: someter a las poblaciones aborígenes al régimen español”.
No es eso lo que se deduce de una carta de fray Juan de los Ángeles, ministro general de los franciscanos, escrita en 1596, a los frailes que deseaban ir a misionar a California :
“Habréis de ir a lejanas tierras, tierras desiertas, muy ardientes y amargas. No hallaréis en meses o años alguien que hable tu idioma y todo te será hostil, hasta el propio suelo, sembrado de espinas y alimañas.
Día con día procurarás tu alimento como lo hacen las aves y las fieras; y habrá veces en que tus labios no tendrán más agua que la del rocío. Por techo tendrás el cielo, y en el día, quizá, no poseerás más sombra que tu propio sayal.
Y en medio de tan pavorosa inmensidad amarás al pagano, que buscará tu muerte con flecha silenciosa. Y cuando te sientas desfallecer, en tu delirio entenderás que Dios te puso ahí para sembrar en las almas jardines que jamás verás. Y, aunque no conviertas a infiel alguno y perezcas en el mar o te devoren las fieras, habrás hecho tu oficio y Dios el suyo. Hermano, ¿aún quieres ir a California?”.
Precisamente por estos testimonios es que dudamos que los misioneros se prestasen a ser simples piezas del ajedrez geopolítico del rey de España.
Para entender su motivación, hay que considerar que cuando Colón abrió las rutas hacia América la penetración y conquista armada del continente por parte de Europa fue algo inevitable, propio de ese tiempo. En medio de la brutalidad que caracterizó muchas veces a la conquista, el único sector español que se opuso fueron los misioneros. Se contrapusieron con mucha fuerza a la esclavización de los indios y a la destrucción de su cultura, al grado que con ellos nacieron los hoy llamados derechos humanos.
Obviamente, esta actitud de los religiosos no se hizo de una manera lineal y pareja, sino con sus altibajos, como toda obra humana, imperfecta por definición. Pero las excepciones conforman la regla. Tampoco se les podía pedir que dejaran de ser hombres de su tiempo y ciudadanos de su patria, pues razonablemente pensaban que era hacer un beneficio a aquellos sencillos habitantes del nuevo mundo el ponerlos bajo el gobierno de España y bajo las mejores expresiones de la cultura europea, como eran los adelantos científicos y tecnológicos que ellos introdujeron en las poblaciones indígenas.
Los misioneros no ansiaban oro ni poder. Solo deseaban hacer cristianos a los indios e incorporarlos a la Iglesia, para que se salvaran por la fe en Jesucristo. Veían a los indios como seres humanos, con toda su dignidad de hijos de Dios. Por eso los misioneros fueron los primeros humanistas del continente .

[1] Conferencia en el Seminario Las órdenes religiosas en las audiencias americanas. Eje temático: Evangelización y administración religiosa. 31 de marzo de 2022.

[2] Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México 2008. 2a. edición: Gobierno del Estado de Chihuahua, Secretaría de Economía, Chihuahua, 2013.

[3] Cuadernos de Investigación No. 3, Unidad de Estudios Históricos y Sociales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 2004.

[4] En coautoría con Carlos Lazcano, Grupo Cementos de Chihuahua, Chihuahua, 2013.

[5] De él se publicó su conferencia sobre “La época franciscana en la Tarahumara”, en Actas del Cuarto Congreso Internacional de Historia Regional Comparada, 1993. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Cd. Juárez 1995, Vol. I.

[6] Se puede ver la referencia bibliográfica de ellas en mi obra Las misiones franciscanas en Chihuahua.

[7] John Lloyd Mecham, Francisco de Ibarra y la Nueva Vizcaya, UJED-Gobierno de Chihuahua, Chihuahua, 2005. Otra edición anterior diferente, UJED, 1992.

[8] El obispado de Sonora fue establecido por el papa Pío VI el 7 de mayo de 1779, como una escisión del obispado de la Nueva Vizcaya y comprendía las provincias de Sinaloa, Sonora, las Californias y Arizona.

[9] La provincia fue erigida por Clemente VIII, por la bula Ex injunctis nobis, del 10 de abril de 1603 y fue ejecutada en Zacatecas el 22 de febrero de 1604.

[10] En 1733 se fundó el Colegio de San Fernando, en México. La Provincia de San Diego fundó, a su vez, el Colegio de Pachuca en 1733. Por su parte, San Fernando fundó en 1799 el de Orizaba y Guadalupe el de Zapopan en 1816.

[11] Lino Gómez Canedo, Evangelización, cultura y promoción social. Porrúa, México, 1993, p. 553); Fidel de Jesús Chauvet, Los franciscanos en México (1523-1980). Edición de la Provincia del Santo Evangelio, México, 1981, c V. Los colegios de Propaganda Fide fueron suprimidos por la orden en 1908. Hay que añadir que aun antes de la fundación del Colegio de Propaganda Fide de Santa Cruz de Querétaro en 1682, ya se había fundado en Tlatelolco el Colegio de San Buenaventura con el fin de preparar a los misioneros de las provincias del Santo Evangelio, Jalisco, Zacatecas y Florida destinados precisamente a las misiones del norte. Este colegio perduró hasta 1861 en que fue suprimido por las Leyes de Reforma. En este colegio se formaban también los lectores o profesores de las provincias franciscanas mencionadas. Cf. F. de J. Chauvet, Tlatelolco. Noticia histórica sobre la iglesia y anexos de Santiago, México, 1946.

[12] Según Baltasar de Obregón (Historia de los descubrimientos antiguos y modernos de la Nueva España. Año de 1584. Secretaría de Educación Pública, México, 1924, reeditada por el Gobierno del Estado de Chihuahua, 1986, y por Porrúa, México, 1988, p. 188), la visita a Paquimé fue en 1567, pero Mecham, op. cit., 1992, 237-238, fundándose en muy buenas razones, dice que fue a fines de 1565 o principios de 1566.

[13] Pero no fue sino hasta el 6 de octubre de 1563 que el virrey don Luis de Velasco otorgó al padre Espinareda la licencia para fundar la villa y el convento de Nombre de Dios, y la ejecución de la ejecución de la licencia se llevó a cabo el 6 de noviembre siguiente.

[14] Chantal Cramaussel, La Provincia de Santa Bárbara, 1563-1631. Biblioteca Chihuahuense, Gobierno del Estado de Chihuahua, 2004. Ver las razones de la autora para señalar el año de 1567 para la fundación de Santa Bárbara. Tomo esta obra como referencia para estos datos, pero hay una edición ampliada de la misma autora, titulada Poblar la frontera. La provincia de Santa Bárbara en Nueva Vizcaya durante los siglos XVI y XVII, El Colegio de Michoacán, 2006.

[15] José de Arlegui, OFM, Crónica de N. S. P. S. Francisco de Zacatecas, publicada en 1737 y reimpresa en 1851, en México. Ver pp. 34-35.

[16] “Relación de los conventos que había en la Provincia de Zacatecas, en 1688”, en Francisco Peña, Estudio Histórico sobre San Luis Potosí, Imprenta Editorial El Estandarte, San Luis Potosí, 1894, Apéndice 8, p. 24. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la fundación de un asentamiento puede tener diversas etapas, desde una primera “llegada”, hasta un establecimiento más formal y definitivo. Siendo así, se puede avanzar la hipótesis de que los franciscanos comenzaron a trabajar con los indios de esa región alrededor de 1564, pero que la fundación formal de un convento fue en 1574, como dice Chantal, basada en sólidos argumentos.

[17] Ver obras citadas en la nota 13.

[18] Chantal Cramaussel, op. cit., 2004, c. II, parece cerrar la cuestión cuando dice: “Sabemos con certeza que el convento franciscano en el Valle de San Bartolomé data de 1574 y que fue por lo tanto posterior en siete años a la fundación de la villa de Santa Bárbara”, p. 53.

[19] Aunque Arlegui afirma que la custodia se fundó en 1566, las investigaciones de W. Jiménez Moreno (“Los orígenes de la Provincia Franciscana de Zacatecas”, Memorias de la Academia Mexicana de Historia, Tomo XI, No. 1, 1952, pp. 22-37) dice que la erección de la custodia se gestionaba desde 1572 y que se logró entre 1573 y 1574. El historiador franciscano Kieran R. McCarty, como Jiménez Moreno, dice que la custodia fue fundada en la década de 1570-1580 (“Los franciscanos en la frontera chichimeca”, en Historia Mexicana, No. 43, enero-marzo, 1962)

[20] Fr. Ángel de los Dolores Tiscareño, El Colegio de Guadalupe. Desde el origen hasta nuestros días. Tip. La Prensa Católica, México 1905, Tomo I, Parte 2ª

[21] Dizán Vázquez, “El templo de San Francisco de Asís en el siglo XVIII”. Capítulo en el libro Cantera de historias. Los caminos de la memoria, Ayuntamiento de Chihuahua, 2010-2013 – Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua, 2013.

[22] Alejandro Irigoyen, De Acatita de Baján a la capilla de San Antonio. Ayuntamiento de Chihuahua, 1995, pp. 41-42.

[23] AGN/Justicia y Negocios Eclesiásticos/Tomo 98/ Legajo 33/1830/f 297-315.

[24] H.H. Bancroft, Porfirio Díaz, Su Biografía. Reseña Histórica y Social del Pasado y Presente de México (en portada: Vida de Porfirio Díaz). The History Company Publishers. San Francisco, California. La Compañía Historia de México, México 1887.

[25]  Escudero, op. cit., 2003, c. III, párrafo 4, para esta cita y las que siguen.

[26] No sé cuánto medía el “partido” Galeana, pero el actual “distrito” Galeana comprende 7 municipios: Nuevo Casas Grandes, Casas Grandes, Galeana, Ignacio Zaragoza, Buenaventura, Janos, Ascensión, con una extensión total de 39,172 kilómetros cuadrados.

[27] Gómez Canedo en I. del Río, Guía del Archivo Franciscano de la Biblioteca Nacional de México, Vol. I, UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, México, 1975, p. CVII.

[28] Merrill, 1995, 168.

[29] Fondo de Cultura Económica – Universidad Autónoma de México, México 2020. Este autor se dedica mayormente a temas de la historia colonial de la Iglesia en México, aunque convirtiéndola casi en un catálogo de errores y deficiencias, subrayando prácticamente solo lo negativo de ella.

[30] Publicada en Carlos Lazcano Sahagún (coord.), en Homenaje a Fernando Consag, S. J. Memoria de la I Reunión de historiadores sobre los Fundadores de la Antigua California, Ensenada, BC, 2011, p. 136.

[31] “Los misioneros, esos seres humanos”, introducción en el libro de Carlos Lazcano y Dizán Vázquez, Misioneros fundadores de Chihuahua. Grupo Cementos de Chihuahua, 2013.