- Siglos XVI-XVIII
En estos siglos de la Colonia, México era una sociedad caracterizada por un catolicismo de estado que no toleraba, por razones a la vez políticas y religiosas, ninguna otra religión. Esto mismo hacían las naciones no católicas y los mismos judíos cuando tenían el poder en sus manos. Ser católico en Inglaterra, Alemania o Estados Unidos no era más fácil que ser protestante o judío en la Nueva España. Era una lucha de intolerantes contra intolerantes. En estos siglos, pues, se puede hablar de presencia esporádica en México de judíos y protestantes, pero no de sinagogas o iglesias oficialmente establecidas y de carácter público. Si para los jueces de aquel tiempo los protestantes eran catalogados como herejes, también lo eran algunos españoles, “cristianos viejos”, que por influencia o no de las ideas protestantes negaban alguna verdad de la fe católica, y así vemos que tales personas eran también perseguidas como apóstatas, herejes y “dogmatizantes”, es decir que propalaban sus errores. También los indios ya cristianos que volvían a la idolatría, en un principio fueron procesados por los inquisidores, pero muy pronto quedaron fuera de la jurisdicción de la Inquisición. Esto sucedió formalmente en las instrucciones que dio el rey para el establecimiento formal de ese tribunal en México, con fecha del 18 de agosto de 1570, confirmadas por cédula de Felipe II del 30 de diciembre de 1573. Hay que aclarar también que la Inquisición no podía juzgar ni castigar a los judíos, propiamente dichos, es decir, a los que no habían sido bautizados. La medida que se les aplicó a éstos fue el destierro. En 1492los Reyes Católicos habían expulsado de la península a los judíos y a los moros. Fernando e Isabel acababan de unificar los reinos españoles con su matrimonio y con la victoria sobre el último reino moro de Granada y veían la unidad religiosa como un requisito para la unidad nacional. Aunque durísima, la expulsión era realmente lo mejor que les podía suceder a los judíos españoles, dada la crueldad con que comenzaban a ser perseguidos por el mismo pueblo. Se les conminó, pues, a irse de España o a convertirse. Se calcula que se convirtieron unos 10,000 y que otros 110,000 salieron al exilio, más de la mitad de ellos a Portugal.
a) Judíos en la Nueva España
Muchos judíos se habían convertido voluntariamente ya desde antes de la amenaza de expulsión. De entre ellos o de sus descendientes salieron personajes muy importantes en la Iglesia católica, como santa Teresa de Jesús, fray Bartolomé de las Casas, fray Alonso de la Veracruz, fray Bernardino de Sahún; el mismo Fernando el Católico tenía sangre judía por parte de madre. Otros se convirtieron a fuerza pero seguían practicando en secreto su antigua fe y seguían en contacto con los judíos del exilio, quienes los incitaban a retractarse de su conversión. Es importante mencionar que fue a estos judíos de conversión simulada, llamados judaizantes, a los que persiguió y procesó la Inquisición española, fundada por voluntad de los reyes como instrumento político, pues se les consideraba una especie de quinta columna en el seno de la España unificada. Por las mismas razones políticas, unidas a las religiosas, la Inquisición persiguió también a los católicos que se hacían protestantes. Las migraciones de españoles que se comenzaron a dar entonces a América, especialmente a la Nueva España, ofrecieron a los conversos una puerta de escape a la situación difícil de persecución que vivían en España[1]. Prácticamente es por medio de los procesos que les siguió la Inquisición como podemos darnos una idea más aproximada de la presencia de los judíos en México en esa época y ésta es la única razón por la que los vemos aquí a través de esa lente.
En el auto de fe de 1528 se dictaron nueve sentencias, de las cuales cuatro fueron a judaizantes (pues la Inquisición perseguía también otros delitos) y a dos de ellos se les condenó a muerte. Durante el tiempo en que fray Juan de Zumárraga estuvo al frente de la Inquisición, de 1534 a 1543, la Inquisición conoció de unos 148 casos, de los cuales diez fueron por judaizantes. Después de establecido el Tribunal de la Inquisición en 1572, en su cuarto auto de fe celebrado en 1577, se procesó a un tal Hernando Álvarez por judaizante. En 1579 se condenó a Garci González Bermeguero por “hereje judaizante, apóstata, protervo, pertinaz y negativo”. Para estos años, algunos autores hablan de unas 300 personas de origen judío en la Nueva España, las cuales estaban establecidas principalmente en los asentamientos mineros. No todos fueron perseguidos por la Inquisición, aunque sí estarían bajo vigilancia.
El reo más importante del auto de fe de 1590 fue el judío portugués don Luis de Carvajal y de la Cueva, llamado el Viejo. Carvajal llegó a México en 1567. Se dedicó a la ganadería en la región del Pánuco, viajó a España y regresó en 1580 provisto de una cédula real para poblar y gobernar el Nuevo Reino de León y con autorización de traer de España hasta cien pobladores para la nueva provincia. De ellos, entre miembros de su familia y otros, había un 75 por ciento de judíos conversos. Carvajal y sus familiares fueron acusados y procesados por la Inquisición de ser criptojudíos. Él se defendió negando las acusaciones, pero estas probaron ser ciertas respecto a una hermana suya y a sus cinco hijos, uno de los cuales era Luis de Carvajal el Mozo. Carvajal el Viejo fue desterrado de las Indias, pero murió antes de partir. Diferentes penas recibieron diez de sus parientes. En los autos de 1591 y 1593 fueron juzgadas otras cinco personas por judaizantes.
En el auto de fe de 1596, de 56 reos juzgados 32 eran judíos. Nueve de estos fueron “relajados”, es decir entregados al brazo secular para su ejecución. Entre estos estaban Luis de Carvajal el Mozo, su madre y sus hermanas, que habían vuelto a practicar la fe judía a pesar de su retractación de 1590. De un total de 16 condenados a muerte por la Inquisición en el siglo XVI, la mitad fueron por judaizantes; nueve de ellos de la familia Carvajal.
En el auto de fe de 1601 fueron reconciliados 22 reos acusados de practicar el judaísmo y otros dos fueron condenados a muerte. Nótese que a veces los acusados de ser judíos en realidad no lo eran. En 1603 fue procesado otro reo por su fe judía y se le dio por pena el destierro y una multa. En 1605, otro más.
La persecución contra los judíos dio un vuelco importante con una bula de Clemente VII del 23 de abril de 1604, misma que la Inquisición de México aplicó en su jurisdicción en 1605 y 1606. Dicha bula ordenaba que no se persiguiera a los judíos procedentes del reino de Portugal (a donde habían emigrado muchos de los expulsados de España), con tal de que no hicieran proselitismo. En virtud de dicho breve, fueron liberados los judíos portugueses que se encontraban en la cárcel. Sin embargo, esta disposición dejó de aplicarse hacia 1642, tal vez por el apoyo que los judíos prestaron a la sublevación de Portugal contra Castilla, y se les volvió a perseguir.
Por otra parte, en todo ese primer periodo del siglo XVII, de 1605 a 1642, la Inquisición mexicana decayó notablemente, sin embargo, en los autos celebrados en ese periodo fueron enjuiciados por lo menos 15 judíos. En 1642 la Inquisición se reactivó. Por esta razón, sólo de 1646 a 1649 fueron castigados 190 judaizantes, de los cuales se relajó a 13 en persona y a 65 en ausencia, por haber muerto o haberse fugado. En 1659 fueron relajados otros seis. A partir de esta fecha, la persecución vuelve a amainar y los casos se vuelven muy raros, posiblemente porque muchos judíos por miedo o por convicción acabaron abjurando de su fe. La última condena a muerte aplicada a un judío se dio en 1699.
En el XVIII apenas si hay mención de los judíos en una Inquisición que, por lo demás, estaba ya muy apagada. No es sino hasta 1789 que fueron juzgadas dos personas por hacer proselitismo judío, aunque una de ellas lo negó. Probablemente más que judíos simplemente defendían algunas ideas que los jueces calificaron como afines al judaísmo. Se les aplicaron diversas sentencias, pero ya no la muerte, pues la última ejecución por mandato del Santo Oficio se dio en 1715.
b) Protestantes
Los protestantes que vinieron a México en los tres siglos de dominio español, generalmente extranjeros, es decir, no de España ni otras colonias de la misma, eran mucho más pocos y esporádicos que los judíos, pues llegaban a las costas por naufragios, piratería o negocios, sin excluir algunos inmigrantes, sobre todo de los Países Bajos, que en cierto periodo estuvieron bajo la Corona de España.
Se menciona a Andrés Moral (Morel o Morab) como el primer protestante que llegó a México, quien se hizo llamar Juan Alemán. Nació en Brno (Brunn, en alemán), Moravia, y se dedicaba a cortar y pulir piedras preciosas. “Muy formal luterano y de los tempranos”, en 1536 fue detenido por la Inquisición, entonces a cargo del obispo Juan de Zumárraga. Fue desterrado en 1538 y ese mismo año solicitó en Toledo, España, que le fuera quitado el sambenito a cambio de reconciliarse con la Iglesia Católica.
También Pedro Ochante (u Ocharte), yerno de Juan Pablos, el primer impresor que llegó a Nueva España, fue acusado de imprimir libros con ideas luteranas. Junto con él fue detenido Juan Ortiz, un ayudante suyo.
Si nos seguimos ateniendo a los juicios llevados a cabo por los inquisidores, hasta 1600 se substanciaron 902 procesos, de los cuales 68 fueron por causa de herejía, sentencias que en la gran mayoría de los casos no incluyó la pena de muerte. Por ejemplo, después de 1556 la Inquisición procesó a dos por protestantismo, al genovés Agustín Boacio y al inglés Roberto Thompson. Ambos abjuraron y se les sentenció a cárcel en España. En estos años también fueron procesados en Yucatán un inglés y diez franceses por protestantes, pero también por piratas. Ahí mismo fue procesado en 1569 un holandés por ideas luteranas. En 1567 fue procesado en Compostela otro sospechoso de luteranismo y en 1569 un inglés, Guillermo de Orlando.
En el Auto de Fe que se celebró en 1574, el primero de la Inquisición ya formalmente establecida en México, fueron juzgados por luteranos (hay que aclarar que fácilmente se comprendía bajo el término de “luterano” a cualquiera de los grupos reformados que aparecieron en Europa en el siglo XVI) seis franceses, 19 ingleses, un holandés y un portugués, la mayoría eran, además, piratas de la armada de John Hawkins, que llegó a Veracruz en 1567. Dos fueron sentenciados a muerte. En el segundo Auto de Fe, de 1575, se condenó al irlandés Guillermo Corniels “por hereje luterano”. En 1577, en el cuarto Auto de Fe, fueron reconciliados otros tres ingleses por luteranos.
En 1605 acuerdos comerciales entre la corona de España y la de Inglaterra motivaron una orden del Supremo Consejo de la Inquisición de que no se molestara a los súbditos ingleses por causa de su religión cuando vinieran a las Indias por motivos comerciales con tal de que no hicieran propaganda religiosa. Aparte de la motivación comercial y política que había en esta determinación, se tuvo en cuenta que para estos años los protestantes que venían a México no eran ya en su mayoría conversos del catolicismo, o apóstatas, como se les decía, y a quienes iba dirigida la represión, sino que habían nacido ya en el protestantismo. A éstos en todo caso se les expulsaba o, como es el caso del acuerdo mencionado, se les toleraba con tal de que no hicieran propaganda de sus creencias.
En los siglos XVII y XVIII, esporádicamente siguen apareciendo en los procesos inquisitoriales los casos de “herejes dogmatizantes”, todos extranjeros. Por ejemplo, en cinco autos de fe de 1603 a 1649 se enjuiciaron a seis personas: 4 alemanes, un irlandés y un escocés. También hay que recordar que con frecuencia se abría proceso a simples católicos que sin ser herejes formales expresaban opiniones afines al protestantismo. Mucho más raros fueron los casos en el siglo XVIII. En este siglo, la Inquisición comenzó a preocuparse y a ocuparse más de otro adversario: las ideas del Racionalismo y de la Ilustración. Estas ideas estaban representadas por las obras de los enciclopedistas y de otros autores franceses y a finales del siglo por los masones, a quienes la Inquisición también comenzó a procesar, aunque fueron muy raros los casos, por ejemplo, se sabe de un pintor veneciano en 1789 y un francés en 1795.
La Inquisición fue suprimida primero en 1813 y definitivamente en 1820, no sin antes enjuiciar a reos tan famosos como Hidalgo y Morelos, pero ya con una intención más política que religiosa. En el resto del siglo XIX y gran parte del siglo XX los masones tuvieron una amplia participación en la vida política de México y con ellos hicieron causa común tanto los judíos como los protestantes.
2. Siglos XIX y XX
- Judíos
Pocos datos precisos hay de la presencia judía en México en el siglo XIX. Es probable que ingresaran en el país muy pocos, debido a las turbulencias políticas por las que pasó México en la primera mitad de ese siglo, a las represiones de que habían sido objeto en los siglos anteriores y a que los judíos conversos que quedaban se habían asimilado ya plenamente a la población católica. Hay, sin embargo, datos que nos hacen ver que algunos conversos seguían siendo criptojudíos. Por ejemplo, nos dice la historiadora Alicia Gojman, “está el caso del profesor universitario Francisco Rivas, que llegó a publicar un diario titulado El Sábado Secreto, que cambió varias veces de nombre, donde manifestaba ser descendiente de los conversos judaizantes de la época colonial. También está el caso de las comunidades pequeñas de Venta Prieta en Pachuca y de Veracruz o de Vallejo en la ciudad de México, que se mantuvieron como judíos durante siglos hasta llegar al XX, donde abiertamente pudieron manifestar la religión que profesaban”.
Un hecho que obviamente benefició también a los judíos en México fue el decreto de Libertad de Cultos, promulgado por Benito Juárez el 4 de diciembre de 1860. Para estas fechas debe haber habido ya en México algunos judíos. A los pocos criptojudíos que sobrevivieron de la época colonial, habría que añadir seguramente otros pocos que fueron llegando al país por razones de negocios u otras causas, pues en 1861 los judíos rentan un salón del templo masónico de la capital para celebrar los servicios religiosos del Año Nuevo. En 1865 llegan a México representantes de organizaciones judías europeas y norteamericanas con el propósito de estudiar las condiciones para una posible colonización de refugiados que huían de las condiciones más adversas que encontraban en otros países. En 1880 Baruj Bonifacio Laureano Noyar realiza una gira nacional invitando a los judíos sobrevivientes del virreinato a constituirse en comunidad. Esto representa el antecedente del Kahal Kadosh Bnei Elohim, actual comunidad de Venta Prieta, Hidalgo.
Según Gloria Carreño[2], la historia de la comunidad judía moderna en México da comienzo en las postrimerías del siglo XIX y se puede dividir en cuatro periodos: 1° Desde fines del siglo XIX a los años 20 del siglo XX. Durante el régimen de Porfirio Díaz (1877-1911) se otorgaron generosas concesiones a capitalistas extranjeros para invertir y colonizar en México. Esta política atrajo, entre otros, a judíos norteamericanos y europeos, sobre todo franceses. Al comenzar el siglo XX comenzaron a llegar las primeras inmigraciones de judíos del Medio Oriente. En 1900 había en México 134 judíos. Su presencia se hace cada vez más visible a través de instituciones propias como sinagogas, colegios, cementerios, publicaciones y asociaciones. El 2° periodo va desde el final de la Revolución hasta principios de los años 30: Se caracteriza por una inmigración intensa de judíos a México provocada por los progroms en Rusia y Polonia, la Primera Guerra Mundial y otras guerras europeas. Por lo general, estos judíos veían a México como un paso previo para irse después a Estados Unidos. 3° Desde la década de los 30 hasta 1950. Los 30 fueron una década de fuerte consolidación de la vida judía en México, lo cual se manifiesta por las instituciones que surgieron entonces. En estos años se da también otro movimiento migratorio a causa de la persecución nazi y de la Segunda Guerra Mundial. Seguramente hubieran venido más pero nuestro país limitó en 1940 sus cuotas de inmigración a todos los extranjeros por un sentimiento nacionalista que se apoderó del régimen de Ortiz Rubio. 4° La segunda mitad del siglo XX y, agregaríamos, lo que va del XXI. Esta etapa se caracteriza por la plena integración al país de los hijos y nietos de los inmigrantes de las décadas pasadas. Comienzan a ocupar lugares muy relevantes en la vida nacional en casi todos los campos: la ciencia, las letras, el arte, el espectáculo, la empresa, etc.
La comunidad judía de México se encuentra en la actualidad integrada por tres grupos: los judíos árabes, procedentes del Medio Oriente; los judíos sefarditas, procedentes de la zona mediterránea europea, descendientes de los judíos expulsados por los Reyes Católicos en el siglo XV; y los judíos ashkenazis, procedentes de la Europa oriental. A estos grupos habría que agregar los judíos sobrevivientes de la época colonial que ya mencionamos.
- Protestantes
Entre el inicio de nuestra vida independiente y el establecimiento formal del protestantismo en nuestra Patria, se vinieron a radicar en México buen número de comerciantes y mineros extranjeros de confesión protestante, en su mayoría estadounidenses, ingleses y alemanes. También había profesionistas que venían contratados por el gobierno federal o los gobiernos estatales, como fue el caso, en Chihuahua, del agrimensor Stephen Staples, contratado para levantar el mapa del estado en 1826. Especial es el caso de James Thompson, que llegó al país en 1827 como agente de la Sociedad Bíblica de Londres, con la misión específica de difundir la Biblia, que por cierto era una versión católica. Estos extranjeros estaban, obviamente, ligados por estrecha relación a los cónsules y embajadores de sus respectivos países y estaban también estrechamente ligados a la masonería, la cual, en México, se encontraba en ese tiempo en grave confrontación con la Iglesia católica por motivos tanto políticos como religiosos.
Fue esta relación liberalismo gubernamental-masonería-protestantismo, la base de la penetración y desarrollo del protestantismo en México, amparado por las nuevas leyes y la protección del gobierno. (Para la historia de la Masonería en México ver Masones). De hecho, las primeras congregaciones de anglicanos y protestantes en México estaban integradas por liberales, en su mayoría masones, animados de un profundo anticatolicismo. Esta alianza e identificación del protestantismo con la masonería se extendió incluso al espiritismo, como lo documenta Jean Pierre Bastian (Los Disidentes, 1989, p. 138), cuyas valiosas investigaciones han contribuido decisivamente a aclarar lo concerniente a la implantación del protestantismo en México y a él nos atenemos en este estudio, aunque con complemento de otros autores.
Uno de los principales puntos de confrontación entre liberales y conservadores en México era el concepto de tolerancia religiosa, defendido por los primeros, mientras que los segundos eran partidarios de conservar la unidad religiosa como un medio para proteger la unidad política y la identidad nacional. El concepto de tolerancia religiosa se había generado sobre todo en Inglaterra, donde a causa de la división religiosa experimentada en el seno del anglicanismo oficial, y después de un periodo de cruentas represiones por parte de la monarquía, que apoyaba a la Iglesia oficial, las diversas facciones resultantes, que estaban en un cierto equilibrio de fuerzas, ante la necesidad de poder convivir en paz optaron por tolerarse unas a otras. Este pluralismo se consolidó en las colonias inglesas en Norteamérica, donde algunas de esas nuevas confesiones se habían refugiado huyendo precisamente de la intolerancia. El concepto inglés de tolerancia religiosa fue exportado a México por las logias del rito de York, más moderadas en materia de religión, pues se confesaban creyentes en Dios aunque en sentido deísta más que cristiano, Mientras que las logias escocesas, de origen francés, a los motivos políticos de oposición a la Iglesia se añadía su actitud hostil a toda idea religiosa, sobre todo al catolicismo.
En el tema 4. La libertad religiosa en México a través de sus constituciones,hemos repasado las diferentes etapas por las que pasó ese proceso de establecer la tolerancia a costa del monopolio de la Iglesia católica.
Antes del Plan de Ayutla (1854), las autoridades centrales todavía no veían claro la idea de aceptar un contrapeso para la Iglesia católica, aunque sí veían la necesidad de reformarla y de someterla al estado en un sentido regalista. Tal era la concepción, por ejemplo, del Dr. Mora, el principal ideólogo liberal en ese tiempo. Por eso, en 1846, cuando el gobierno prusiano solicitó del gobierno mexicano el permiso para abrir una capilla protestante en su embajada, a la que pudieran acudir los protestantes alemanes que había en la ciudad de México, las autoridades negaron el permiso, aunque sí se les aprobó en 1861, dándoles incluso la capilla del Hospital del Salvador.
Las primeras Leyes de Reforma y la Constitución de 1857, a pesar de que no cayeron en el radicalismo de leyes posteriores, fueron impugnadas no sólo por la jerarquía católica y por buena parte de la población, también católica, sino por los mismos liberales moderados, como vimos en la reacción que tuvo Comonfort frente a la constitución que él mismo había promulgado. La oposición a las reformas, el Plan de Tacubaya al que éstas dieron lugar, el ascenso al poder de los conservadores y la guerra subsiguiente fueron radicalizando más y más al sector radical, hasta entonces minoritario, el cual se había propuesto combatir a la Iglesia hasta destruirla a golpe de nuevas leyes que apenas recobraron el poder pusieron por obra: separación absoluta de la Iglesia y el Estado, supresión de las órdenes religiosas, nacionalización de los bienes de la Iglesia, etc. Resalta entre éstas la del 4 de diciembre de 1860 que establecía la libertad de culto. “La ruptura de las relaciones diplomáticas con el Vaticano, en 1860, así como la ley del mismo año sobre la libertad de culto, marcaron el final de las tentativas liberales por integrar a la Iglesia Católica con el Estado y abrieron el paso para la constitución de sociedades religiosas protestantes en México” (Bastian).
Pero antes de abrir la puerta a estas últimas, el régimen juarista intentó, sin éxito, otra medida que después se repetiría en tiempos de Calles y que había dado buenos resultados a Enrique VIII en el siglo XVI y al gobierno comunista chino en el siglo XX: la constitución de una Iglesia Católica Nacional desligada de Roma (lo que ésta llama un cisma) y sujeta en cuanto a su funcionamiento al gobierno civil. Para esto, el presidente Juárez, a través de uno de los ministros de su gabinete, Melchor Ocampo, convenció a algunos sacerdotes católicos de encabezar ese proyecto y de hacer proselitismo entre sus colegas. Para esto les dio toda clase de facilidades, les asignó un sueldo y puso a su disposición templos incautados a la Iglesia católica.
A la caída y exilio de Juárez por la entrada de Maximiliano en escena, esta iglesia quedó sin el apoyo oficial aunque no prohibida, por lo cual sus dirigentes se pusieron en contacto con la Iglesia Episcopal de Estados Unidos en busca de apoyo. Por esta causa, al no prosperar como Iglesia Católica Nacional, esta disidencia fue el origen de la Iglesia Anglicana en México (ver Anglicanos).
La esperanza puesta en Maximiliano por los obispos mexicanos para que anulara las Leyes de Reforma se vio frustrada, debido a que emperador también era masón y tenía ideas liberales. Sólo aceptó otorgar a la religión católica una protección especial, aunque subordinándola al Estado en sentido regalista, pero confirmó al mismo tiempo la tolerancia de todos los cultos.
Con la caída del imperio y la recuperación del gobierno liberal de Benito Juárez, el anticatolicismo y el desarrollo se sociedades autóctonas y extranjeras de protestantes experimentaron un auge mayor. El gobierno siguió apoyando el cisma de los “padres constitucionalistas”, que tomó el nombre de Iglesia Mexicana de Jesús, pero al mismo tiempo, y con mayor interés, comenzó a fomentar abiertamente la actividad protestante en el país. En este tiempo, alrededor de 1872, los miembros de la Iglesia de Jesús se dividieron en dos bandos: uno liderado por los ex clérigos mencionados, que conservaba el culto y la doctrina más o menos católicos, y que encontró su continuación, como dijimos, en la Iglesia Anglicana de México; el otro bando estaba formado por laicos liberales “rojos” o radicales y masones, que tendían más a un régimen congregacional y optaban por doctrinas más afines a la Reforma protestante. Estos se adhirieron pronto a las diversas denominaciones protestantes que comenzaron a llegar al país alentadas por la apertura del gobierno.
Al mismo tiempo que estos grupos funcionaban en la ciudad de México, y se extendían fuera de ella, comenzaron a surgir muchos otros grupos en diversas ciudades y poblaciones de la República: Oaxaca, el estado de México, Puebla, Hidalgo, Zacatecas, etc. Muchos de ellos estaban también formados por laicos, generalmente liberales y masones como hemos dicho, y además, muchos de ellos militares o ex militares juaristas. Se puede decir que eran grupos de “protestantes autóctonos”, sin ninguna vinculación administrativa, todavía, con las iglesias protestantes de otros países, pero sí inspirados y apoyados por los protestantes extranjeros que había en México.
Monterrey y su área fue el primer lugar en la República donde se establecieron congregaciones propiamente dichas. En esa ciudad, por iniciativa del inglés Thomas Westrupp y del estadounidense James Hickey se fundó en 1865 una sociedad religiosa protestante con algunos miembros mexicanos. A partir de aquí se fueron fundando otros núcleos en ciudades vecinas. Esta actividad se reforzó en 1867 con la llegada de la maestra Melinda Rankin, quien fundó una escuela en Monterrey. Dichos grupos no pertenecían de momento a ninguna denominación específica, pues eran financiados por una sociedad misionera interdenominacional.
A partir de 1870 nacen otros grupos protestantes de afiliación metodista y abiertos a los mexicanos en el centro del país, impulsados por los ingleses dedicados a la minería. Su foco principal de difusión era Real del Monte, Hidalgo, donde ya los extranjeros practicaban libremente su religión desde mucho tiempo atrás. Bastian dice que para 1872 había en el país unas cincuenta sociedades religiosas no católicas, de diez a trescientos miembros cada una. En estas cincuenta sociedades están incluidas tanto las que eran formalmente protestantes como las autóctonas formadas por mexicanos liberales y masones, animados a la par por un sentimiento anticatólico y por una inclinación al protestantismo.
A la muerte de Juárez le sucedió Sebastián Lerdo de Tejada quien extremó las medidas contra la Iglesia Católica, al tiempo que abría más ampliamente las puertas a las sociedades protestantes, las cuales vinieron a reforzar los pequeños y escasos grupos reformistas que ya existían en el país, acabando por absorberlos totalmente. El apoyo otorgado por Lerdo de Tejada a los protestantes fue un factor decisivo para el establecimiento en México no sólo de las sociedades protestantes sino también de las espiritistas y masónicas. Durante su gobierno, las asociaciones protestantes pasaron de 50 a 125.
En 1872 llegaron a la ciudad de México los tres primeros misioneros presbiterianos (ver Presbiterianos), los cuales, además de establecerse en la capital, se dirigieron a Guanajuato, Zacatecas y San Luis Potosí, donde hicieron contacto con las sociedades reformistas ya existentes. Ese mismo año llegaron también los congregacionales (ver), quienes se radicaron en Guadalajara y establecieron relaciones con las doce congregaciones fundadas anteriormente en Nuevo León. Finalmente, a fines del mismo año de 1872 llegó a México la Iglesia Metodista Episcopal del Norte en la persona del obispo Gilbert Haven, alcanzado a principios de 1873 por el misionero William Butler, quien se hizo cargo de la dirección de esta iglesia en México. A estos se añadió también en 1873 la Iglesia Metodista Episcopal del Sur (dividida de la anterior por el problema de la esclavitud) que envió al obispo Otto Keener. Éste, al regresar a Estados Unidos dejó al frente de su iglesia la mexicano Alejo Hernández, convertido en Texas (ver Iglesia Metodista de México). La quinta iglesia que llegó al país, en 1874, fue la Iglesia Presbiteriana del Sur (dividida de la del norte por el mismo motivo que la metodista), la cual entró a México por Matamoros.
Al asumir Porfirio Díaz el poder, los protestantes desconfiaban de él ya que había derrotado a Lerdo de Tejada, su gran protector. Sin embargo, Díaz, al mismo tiempo que mantuvo inalteradas las disposiciones constitucionales en materia religiosa, aplicó también, tanto para la Iglesia Católica como para los protestantes, su política liberal de “dejar hacer, dejar pasar” que aplicaba en lo económico, cuidando solamente de que no se alterara la paz como él la concebía. Por este motivo, las iglesias protestantes se difundieron ampliamente por todo el territorio nacional entre 1877 y 1911. “Entre 1877 y 1882, las congregaciones protestantes casi duplicaron su número, que pasó de 125 a 239; pero su mayor desarrollo tuvo lugar durante los ocho años siguientes, lapso en el que alcanzaron la suma de 566, y después su desarrollo se vio frenado, ya que en 1911 sólo había alrededor de 600 en toda la República (Bastian).
c) Otras expresiones religiosas
Masones
No tomamos aquí, en este artículo y en este Mapa Religioso de Chihuahua, a los masones como una asociación religiosa, propiamente dicha, pero sí los consideramos una asociación de carácter filosófico-religioso, es decir, afín a la religión o que provee a sus adherentes de una visión y de un propósito que suple a la religión. Más aún, la Masonería (ver) se ha propuesto históricamente llevar a la humanidad a una religión natural universal que vendría a incluir a todas las demás religiones. Así, la Masonería, en su doctrina y en su cosmovisión comprende cierto número de planteamientos que se relacionan estrechamente con la visión religiosa, por ejemplo, una concepción específica sobre la divinidad, la salvación, la vida en el más allá, un vivir ético y su remuneración ultraterrena, etc., además de practicar unas ceremonias que son muy afines al culto religioso, las cuales se dan Incluso en ciertas formas de Masonería en la que sus miembros se profesan ateos.Esta postura atea reclama ya por sí misma un lugar dentro del universo religioso, aunque no sea más que por oposición.
Los inicios de la Masonería en México arrancan de los últimos años del siglo XIX, en los cuales pasó de un breve periodo de persecución por parte de la Inquisición, a un reconocimiento cada vez mayor de parte de las autoridades civiles, que en un número creciente se iban afiliando a ella, hasta que se establece oficialmente a principios de la época independiente. De ahí en adelante, con ciertos altibajos, pasó a ocupar un lugar preponderante y decisivo en la vida nacional a través de su participación en la política. En la ficha Masonería (ver), podemos encontrar la historia de la Masonería en México desde su introducción hasta el presente, incluyendo la mención a su presencia en el estado de Chihuahua.
En el inciso anterior hemos visto también cómo el inicio del Protestantismo en nuestra Patria estuvo muy ligado a la Masonería al ser los masones los primeros que se adhirieron a esa corriente alternativa del Cristianismo. También vimos cómo en reciprocidad, muchos de los pastores, tanto los que vinieron como misioneros de los Estados Unidos como los que surgían en México a raíz del establecimiento formal del Protestantismo, eran masones. Esto contrasta notablemente con la actitud oficial que mantuvo siempre la Iglesia Católica hacia la Masonería y la prohibición a los católicos de pertenecer a ella, no obstante que en un principio también algunos sacerdotes y laicos se le unieron.
Espiritistas
Otra expresión religiosa o para-religiosa que apareció en México en el siglo XIX fue el Espiritismo (ver). Esta corriente apareció en México importada de Francia alrededor de 1870 al amparo de la ley de libertad de cultos. Al igual que la Masonería y el Protestantismo, el Espiritismo era en ese tiempo una disidencia religioso-política con la que los algunos mexicanos trataban de expresar su inconformidad con el Catolicismo predominante y arrebatarle su influencia en el campo político, y fue por eso mismo que se estableció una especie de mutua simpatía y solidaridad entre estas tres corrientes de pensamiento. Por eso se adhirieron al Espiritismo no sólo gente del pueblo sino importantes personajes de la política y de la intelectualidad que también eran masones o protestantes. Estas personas veían en el Espiritismo una alternativa para satisfacer sus necesidades religiosas. Al abandonar el Catolicismo por razones doctrinales y políticas, buscaban otras respuestas con que pudieran llenar el vacío que había dejado su renuncia a la antigua fe. Este fenómeno se repitió con más fuerza en las primeras décadas del siglo XX.
Espiritualistas
Mención especial entre las disidencias religiosas respecto al Catolicismo que se dieron en el siglo XIX es el Espiritualismo, una derivación del Espiritismo que se originó en México. Con el nombre de Espiritualismo Trinitario Mariano (ver), fue fundado en 1863 en la ciudad de México por Roque Rojas, que tenía el puesto de juez civil. Rojas le puso a su fundación el nombre de Iglesia Patriarcal de Elías, la cual estaba dividida en siete sellos. La iglesia del sexto sello se convirtió en el Espiritualismo Trinitario Mariano, que es una las asociaciones religiosas más extendidas y con más arraigo en México, especialmente entre las clases populares. Con el tiempo el Espiritualismo recibió fuerte influencia del Espiritismo.
Mormones
Entre las creencias religiosas que llegaron a México procedentes de Estados Unidos en el último tercio del siglo XIX están también los Mormones. Se consideran cristianos y tienen ciertas afinidades con el protestantismo, pero también tienen fuertes diferencias con respecto a éste.
Los primeros miembros de la Iglesia Mormona entraron a México por El Paso del Norte, hoy Ciudad Juárez, el día 7 de enero de 1876, provenientes de Salt Lake City, de donde habían salido cuatro meses antes buscando lugares en los que podrían buscar refugio en caso de continuar la persecución que habían sufrido. (Ver: Temas Generales 3 La llegada del Protestantismo a Chihuahua, siglo XIX y también Mormones). (DIZÁN VÁZQUEZ).
[1] Ya en los cuatros viajes de Cristóbal Colón se calcula que lo acompañaban por lo menos 86 conversos, si es que él mismo no lo era. La facilidad de emigrar a América se restringió después notablemente para los judíos y otros “cristianos nuevos” y luego se volvió a abrir.
[2] “La formación de la comunidad judía mexicana”, en La Presencia Judía en México, 1987.






