“Mi vida es y ha sido de Dios, y si contar mi vida puede servir para acercar a alguien al Señor, adelante”…
Es Don Adalberto Almeida Merino, el Padre-Obispo, el visionario del Concilio Vaticano II, y de la Conferencia Episcopal de Medellín, que impulsó una nueva visión pastoral en la Iglesia del México contemporáneo.
Y qué mejor que sus propias palabras para conocer de su vida:
“Doy gracias al Señor porque ha sido espléndidamente misericordioso conmigo. Porque me llamó y me eligió cuando yo era un muchacho, nacido y criado en un rincón pintoresco de la sierra… El Señor me trajo a Chihuahua… para hacer tres años de latín y humanidades y comenzar filosofía, pero apenas iniciamos nuestro curso, arreció la persecución religiosa y tuvimos que abandonar el seminario. El Sr. Obispo D. Antonio Guízar Valencia nos envió después a San Luis Potosí y más tarde a Roma, donde estuve 10 años en la Universidad Gregoriana, bajo la sabia dirección de los padres Jesuitas, y obtuve tres licenciaturas: Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Recibí la ordenación sacerdotal el 24 de abril de 1943 y el Señor Obispo me envió como maestro de Teología al Seminario de Chihuahua. Diez años después, en 1956, recibí la ordenación episcopal como obispo de Tulancingo, Hidalgo; en 1962 el Santo Padre me nombró obispo de Zacatecas y desde 1969 me trasladó como arzobispo de Chihuahua…Yo creo que el aspecto más importante de mi vida sacerdotal,,, ha sido mi relación íntima con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y con la Santísima Virgen, Madre de Dios. En estos grandes amores he cimentado mi alegría y entusiasmo en el servicio de la Iglesia y en la entrega a mis hermanos…
Este singular pastor chihuahuense, católico universal, de carácter amable, sencillo, comprensivo y pacífico. Este hombre de clara inteligencia y de sólida formación teológica, nació en Bachíniva, Chihuahua en 1916, el día 5 de junio, mismo mes de su partida a la Casa del Padre, con 92 años de fructífera, profética y aleccionadora vida.
Su carácter firme, su personalidad dialogal y su fe a toda prueba, fueron forjados por la adversidad, pues vivió su infancia, adolescencia y juventud entre tres conflictos armados. Dos guerras: la revolución mexicana que le arrebató a su padre, Luis Almeida Alderete, fusilado por revolucionarios, y la segunda guerra mundial, que lo atrapó en Europa por 10 años sin saber de su patria; pero además vivió en carne propia la persecución religiosa, que lo expulsó violentamente con todos sus compañeros y formadores del seminario de Chihuahua en 1934.
Impulsado por el Padre Vicente Hurtado y por el arzobispo Antonio Guízar Valencia, a fines de los años veintes del siglo pasado abandonó su quehacer y hogar campiranos para iniciar la aventura que le dio sentido a su vida, la entrega evangélica al Señor y a su pueblo a través del sacerdocio ministerial y como pastor. Por 10 años fue formador en el Seminario de Chihuahua. En 1956 recibió el orden episcopal y por 6 años fungió como obispo en Tulancingo, Hidalgo; por 7 fue obispo de Zacatecas y desde 1969 y durante 22 años fue arzobispo de Chihuahua, donde fungió otros 17 años como arzobispo emérito. En suma: 10 años de sacerdote ¡y 52 de obispo!
Igualmente destacable es la circunstancia de que en las 3 diócesis de las que fue obispo, presidió la celebración del centenario respectivo de erección de cada una de ellas..
Monseñor Almeida gozó de liderazgo entre sus hermanos obispos mexicanos y latinoamericanos pues fue miembro de la Comisión de Educación y Cultura de la CELAM, integrante de la Comisión Episcopal de Música y Arte Sacro; participó en la Comisión Episcopal para la Aplicación de Decretos Conciliares y en la Comisión Episcopal de Pastoral de Conjunto. También fue miembro fundador de la Unión de Ayuda Mutua Episcopal (UMAE)
Para Don Adalberto, Junio fue un mes típico: en meses de junio nació y murió y en junio de diversos años llegó a sus diócesis de Tulancingo y Zacatecas.
Amante de la música, fue además maestro en dogmática, ascética y mística, pero también en psicología experimental, biología, Derecho Canónico, Griego y Arte Sacro.
A pesar de nunca haber fungido como párroco, el Obispo Almeida fue un pastor adelantado, de espíritu renovador, de avanzada posconciliar y de un gran compromiso con los nuevos vientos de la pastoral.
Su participación en las 4 etapas del Concilio Vaticano II marcó su vivencia personal del cristianismo y su labor pastoral centrada en Cristo y en la Escritura, y se fue transformando en un pastor de actuar audaz y comprometido, pero siempre evangélico y con total fidelidad al Señor y a su Iglesia.
En las sesiones del Concilio Vaticano II destacó por su postura progresista, de renovación de la Iglesia en sus estructuras y con nuevos enfoques bíblicos, litúrgicos y teológicos. En el Concilio aprendió a la Iglesia no a partir de la jerarquía sino de todos los bautizados.
La II Asamblea del Celam, en Medellín, Colombia, en la que trabajó en el grupo “Justicia y Paz”, significó para Don Adalberto y muchos otros pastores una poderosa toma de conciencia de la Iglesia Latinoamericana sobre su ser y quehacer en el contexto de una América Latina que se debatía entre el subdesarrollo y la miseria de las mayorías y la opulencia de pocos. Sin lugar a dudas, se puede afirmar que Monseñor Almeida fue protagonista en la creación de la primera teología típicamente latinoamericana o teología de la liberación
Cuando cumplió 75 años de vida, el 5 de junio de 1991, dijo:
“Mi mayor preocupación en la Diócesis de Chihuahua ha sido tratar de vivir las enseñanzas del Vaticano II y las de Medellín y Puebla, tomando en cuenta los documentos posteriores del Magisterio, especialmente la Evangelii Nuntiandi”.
Se puede afirmar que con el Concilio y Medellín, Don Adalberto sintetizó la Tradición y la Renovación.
A fines de los sesentas fue fundador de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y en 1973 creador de Cáritas Nacional. En 1971, el Papa Paulo VI lo nombró miembro fundador del Pontificio Consejo COR UNUM, con actividades de coordinación de las agencias católicas de ayuda y asistencia de la Iglesia en el mundo.
En vastas zonas de México y América Latina fue impulsor, de una eclesiología basada en el Vaticano II, con una Iglesia como “Pueblo de Dios”. En esta convicción propició la organización del laicado a nivel nacional.
Con otros obispos fundó el grupo de Reflexión Episcopal Pastoral (REP) para la aplicación metodológica de los documentos del Vaticano y de Medellín en la realidad mexicana. Con ello contribuyó a generar una mejor toma de conciencia de la realidad mexicana y de la calidad de la pastoral, para renovarla de acuerdo con los signos de los tiempos, entendiendo siempre la autoridad como servicio.
Como fruto de su experiencia en el Concilio, tuvo una gran participación social y actitud profética a nivel nacional; promovió la solidaridad y participación de los católicos en la vida y problemas de la sociedad en general, albergó una gran conciencia de la dimensión social de la fe y un gran interés por cuestiones sociales, de democracia, justicia social y solidaridad con los pobres.
Don Adalberto afirmaba que “La Iglesia y el cristiano no pueden ser neutros frente a la lucha por liberar a los oprimidos de su inhumana situación”; y que “el amor universal no es una armonía ficticia, sino una búsqueda del amor y alegría personal, que pasan por el enfrentamiento y la cruz”…
Esta línea de renovación evangélica y de evangelización integral, y la aplicación del Evangelio a la vida real, lo enfrentaron no pocas veces al sistema económico y político, y lo mismo se le tachó de comunista que de derechista, a lo que él respondió:
«Yo soy un obispo católico y quiero, con la gracia de Dios, permanecer fiel a mi fe y al Magisterio de la Santa Iglesia Católica hasta el fin de mi vida… Jamás he sido ni partidario ni simpatizante del marxismo ni del comunismo. Estoy consciente de que el marxismo contradice la fe católica porque es ateo y materialista: no se puede profesar íntegramente el marxismo y ser católico».
El Vaticano y Medellín fueron sus inspiraciones en la planeación pastoral de Zacatecas y Chihuahua, en donde luchó por una Iglesia comunional y participativa, y estaba convencido de que el conocimiento de la realidad es presupuesto indispensable para cualquier plan de pastoral social.
Tuvo un pensamiento abierto, de vanguardia, proactivo, innovador y profético, pero con estricto apego al magisterio de la Iglesia y de obediencia al Papa.
Aplicó las técnicas del desarrollo organizacional a la pastoral e introdujo importantes innovaciones como la renovación pastoral con una metodología de tres fases: cambio de mentalidad individualista a de conjunto, primero entre sacerdotes; conocimiento de la realidad, y planeación.
Estableció la organización pastoral no por decreto sino a partir de una toma de conciencia; dio gran importancia a la formación de catequistas y a través del Plan Nacional de Pastoral de Conjunto en 1970 fundó con los obispos de Torreón, Ciudad Juárez, Madera, Tarahumara y El Salto Durango, el Seminario Regional del Norte.
La nueva visión de la pastoral como fruto del Concilio fue concretizada por Don Adalberto en su arquidiócesis de Chihuahua, donde aplicó novedosas metodologías y creó singulares estructuras como la Comisión Diocesana Promotora de Pastoral, para una pastoral “ágil, eficaz, vigorosa, informada y motivada, que sea testimonio de unidad y vitalidad en el Pueblo de Dios”.
En este afán planteó tareas específicas como: Integrar los sectores de laicos, religiosos y sacerdotes en la pastoral de conjunto, interactuando, colaborando y poniendo en común recursos y carismas. Crear un Equipo Regional de Pastoral de Conjunto y crear un Consejo Presbiterial, una Comisión de Religiosas y una Comisión de Laicos.
En esta dinámica, se crearon también los Vicarios Episcopales, Delegados y Foráneos. Se impulsaron los Consejos Parroquiales de Pastoral. Se crearon las Zonas de Pastoral y la Comisión Eclesial de Pastoral. Se crearon los “cenáculos” de formación intelectual y de cambio de mentalidad del clero. Se crearon los Centros de Pastoral, las Comisiones de Evangelización y Catequesis, de Liturgia y de Pastoral Social.
Toda esta actividad llevó a crear un Objetivo General de la Diócesis e inauguró las reuniones generales del clero, al tiempo que enriqueció las Visitas Pastorales que, además de revisar aspectos jurídico-administrativos, impulsaron en las parroquias, esquemas pastorales y organizativos.
Un segundo impulso a este trabajo de aplicación del Concilio, de Medellín y de Puebla, lo llevó en 1982 a la elaboración de un Plan de Evangelización, incluyendo la evangelización fundamental, la catequesis y la formación de comunidades en cada parroquia.
Con este nuevo impulso se creó el taller de Evangelización Fundamental; se instituyeron las pláticas de preparación presacramental profunda y se creó la Catequesis del Buen Pastor.
En todo este contexto, el arzobispo de Chihuahua expidió sus famosas “Cartas Pastorales” que constituyeron un código doctrinal y pastoral integrado por la Palabra de Dios, los documentos del Vaticano II, de Medellín y Puebla, así como por el Magisterio y la Tradición.
La primera carta la expidió en marzo de 1975, referida a la Evangelización, su contenido, características y metas, señalando que la Evangelización “es obra de todo el Pueblo de Dios”; la Segunda, en julio de 1978, priorizó la formación de evangelizadores y en la Tercera, de noviembre de 1985, enumeró los elementos de la Evangelización: el Kerigma, la formación de comunidades pequeñas, la catequesis, la vida sacramental, la dimensión social de la fe y la dimensión ministerial de toda la comunidad.
El Plan de Evangelización destacó la participación de los sectores de laicos, religiosos y presbíteros en un compromiso con la justicia social y la promoción humana de las comunidades más pobres, en vista de que la fe no puede estar ajena a la vida concreta de los creyentes. Así, en 1972 nacieron las Comunidades Eclesiales de Base en Chihuahua.
En relación a los procesos electorales en el Chihuahua de los ochentas, Don Adalberto se pronunció refiriéndose a la política no como búsqueda de poder, sino como el quehacer de los creyentes que buscan promover los valores del reino de Dios.
Sin embargo, al analizarlo sólo desde el elemento de dimensión social de la fe, este Plan fue acusado de ser una Evangelización politizada y horizontalista.
Muchas otras contribuciones documentales hizo Don Adalberto para la renovación eclesial, el análisis, orientación y denuncia, que ayudaron a empujar la apertura de México y América Latina a la democracia.
Desde los años cincuenta y sesenta, a través de cartas y escritos diversos levantó su voz como pastor a favor de la educación libre, del indigenismo, de la democracia y contra la pobreza.
La “Carta sobre el desarrollo e Integración del País”, escrita bajo la dirección de Monseñor Almeida, fue alabada por Pablo VI como uno de los más luminosos documentos del episcopado latinoamericano que prepararon la asamblea de Medellín.
Otro documento en el que participó, fue la “Carta Pastoral del Episcopado Mexicano sobre el desarrollo en Integración del país”, que dio impulso al papel profético de la Iglesia en México.
Tampoco se pueden soslayar la “Declaración del arzobispo y sacerdotes de la Diócesis de Chihuahua sobre la violencia” de 1972 y los documentos “Votar con Responsabilidad” y “Coherencia Cristiana en la Política”.
En fin, este padre y pastor, fue un hombre de sólida preparación intelectual, de robusta espiritualidad, de gran delicadeza y humanidad, de actitud profética, de diálogo sincero y leal, de carácter bondadoso y sumamente respetuoso con las gentes, a las que siempre supo escuchar.
Don Adalberto amó con pasión y entrega su vocación, lo cual es ilustrado con sus propias palabras:
“…No hay cosa más retributiva y confortante que el amor entrañable a Cristo y a su Santísima Madre, bajo la acción constante y vivificante del Espíritu Santo… La vocación es un gran don de Dios y una vocación vivida con la opción correspondiente es una fuente segura de felicidad y plenitud…”
Sin duda, Don Adalberto fue un Pastor ampliamente ortodoxo en cuanto al dogma, avanzado en cuanto a la doctrina social de la Iglesia y en cuanto a las relaciones de la Iglesia con el mundo.
Sin duda para eso nació Don Adalberto; para servir a los demás a través de un sacerdocio agradecido, obediente y pobre, según su propio decir:
He vivido un sacerdocio sereno, optimista y fecundo. Nunca me he cansado de ser sacerdote y jamás he experimentado duda de mi vocación. Me siento feliz de ser ministro del Señor y de servir a la comunidad cristiana. No me canso de darle gracias a Dios, Soy pobre y quiero serlo siempre…
Creo que vivo una profunda amistad con el Señor. Celebro con fruición la Santa Misa… Creo que tengo una filial confianza a la Santísima Virgen y la amo tiernamente. La norma fundamental de mi vida es «hacer la voluntad de Dios».
Esa es la vida del Padre-Obispo, que luego de recibir en su arquidiócesis al Papa Juan Pablo II en 1990, un día de junio del año siguiente presentó su renuncia canónica, que le fue aceptada y pasó a ser arzobispo emérito conduciéndose invariablemente con gran discreción y prudencia y conservando su sencillez y actividades diversas como celebrar misa en catedral, en la Casa de Jesús, en Mi Casa Cedre, en San Lorenzo y en su casa y dando clases en el Seminario, además de dirigir ejercicios y confesar.
Este compañero de camino y guía de muchos sacerdotes y fieles, amante cuidador y compañero de su madre, Doña María Merino, respiró siempre el oxígeno puro del servicio evangélico y de la fe en Cristo, en la Virgen y en la Iglesia hasta el último de sus días.
Por ello, Don Adalberto fue, sin duda, el hombre de su tiempo, que en buena hora trajo nuevos tiempos a nuestra Iglesia. (Autor: Leo Zavala).
ALLARD DE BORREGUERO, CARMEN. Filántropa.
APRESA DE QUIROGA Y NEYRA, MARÍA DE. Filántropa.
ARELLANO SCHETELIG, LORENZO. Historiador.
