El aspecto físico del padre Pelayo era tan frágil que nadie daba tres cacahuates por su vida. Se cuenta que aun antes de que terminara sus estudios en el Seminario, su obispo, don Antonio Guízar Valencia, viéndolo tan flaco y enfermizo, le dijo a su hermano Baudelio Pelayo, que ya era sacerdote: “Dile a Agustín que lo voy a ordenar para que se muera a gusto sabiendo que ya es sacerdote”. Efectivamente, Agustín murió con el gusto de ser sacerdote, pero ¡a los 84 años de edad y con 57 años de una fecunda vida sacerdotal!

   Niñez y juventud. La vida del Padre Pelayo se desarrolla entre 1908 y 1992. Nació en Santa Rosalía, en los Altos de Jalisco, el 15 de julio de 1908. Fueron sus padres Melitón Pelayo García y Dolores Brambila, quienes procrearon nueve hijos, siendo Agustín el penúltimo. Su hermano Baudelio Pelayo (ver), 8 años mayor que él, fue también sacerdote y ejerció en Ciudad Juárez un fecundo apostolado que ha dejado un recuerdo imborrable.

Su padre era un campesino que en aquellos turbulentos años de la Revolución con dificultad sacaba de la tierra lo necesario para mantener a su numerosa familia. Su madre Lolita, como la llamaban, era una mujer muy piadosa que supo educar a sus hijos en la fe cristiana y en el santo temor de Dios.

En 1920, Baudelio, que estudiaba en el Seminario de Guadalajara, se lo llevó con él a esa ciudad para que estudiara. Al terminar la primaria, Agustín siguió los pasos de su hermano iniciando los estudios sacerdotales en 1923.

Apenas había cursado Agustín tres años en el seminario cuando sobrevino, en 1926, la persecución religiosa provocada por el presidente Calles. El gobernador de Jalisco mandó al ejército a desalojar el seminario con lujo de fuerza. Mientras sacaban a los seminaristas a culatazos, Agustín, que era un muchachito pequeño y delgado, se escabulló por entre las piernas de sus compañeros y salió a la calle. El susto que le provocó aquel suceso le desencadenó un malestar en el estómago que habría de acompañarlo toda su vida.

En Chihuahua. Por esos mismos problemas, Baudelio ya se había ido a continuar sus estudios en el Seminario de Chihuahua, donde se ordenó en abril 1926. Poco después, a fines de ese año, Agustín le siguió nuevamente los pasos y se trasladó también a Chihuahua. Como la persecución arreciara también en Chihuahua, haciendo imposible mantener abierto el seminario, el obispo de esta diócesis, don Antonio Guízar Valencia, decidió mandar en 1927 a algunos seminaristas a España, entre ellos a Agustín. Los seminaristas chihuahuenses fueron repartidos entre Toledo y Sigüenza. A Agustín le tocó Toledo. En esta ciudad permaneció tres años, de 1926 a 1929. Ahí, en la Universidad de San Ildefonso, obtuvo los grados de bachiller en Humanidades y doctor en Filosofía. En 1930, viendo don Antonio que había pasado la persecución callista, llamó a sus seminaristas para que terminaran sus estudios en Chihuahua. A Agustín le faltaba la Teología.

En Chihuahua, una vez más le tocó a Agustín ser expulsado del seminario. Eso sucedió el 23 de octubre de 1934, recién subido al gobierno del estado el general Rodrigo M. Quevedo, quien emprendió una persecución contra los católicos aún más agresiva que la de la década anterior. La policía, al mando del general Raúl Mendiolea, asaltó el seminario y expulsó a los seminaristas pistola en mano. Agustín, al quedarse sin hogar, se fue a vivir con su hermano Baudelio, que era párroco de Camargo.

Finalmente, a través de una trayectoria tan accidentada, Agustín, al igual que sus compañeros de generación, llegó al final de sus estudios. Aunque no los había terminado completamente, don Antonio Guízar Valencia decidió ordenarlo en vista de su frágil salud, como hemos dicho anteriormente.

Sacerdote y párroco. El padre Pelayo recibió la ordenación sacerdotal por la imposición de manos de su obispo don Antonio Guízar Valencia, en la capilla del obispado. Era el 24 de noviembre de 1935.

En julio de 1936, monseñor Guízar Valencia lo mandó a Camargo, su primera parroquia, en sustitución del padre Baudelio. Todavía ardía la persecución que tanto sufrimiento había causado a su hermano en aquella parroquia. Para atender espiritualmente a sus feligreses moribundos que pedían los sacramentos, el padre Agustín tenía que disfrazarse de obrero. En Camargo permaneció apenas seis meses, pues en diciembre de ese mismo año, el señor obispo lo llamó para decirle que lo destinaba como párroco a Madera.

En Madera. Llegó a su nueva parroquia, uno de los lugares más fríos del estado, en pleno invierno. Iba muy enfermo y un poco asustado. Se encontró con que el templo parroquial era un salón destartalado, con pisos y paredes de madera muy deteriorados, a tal grado que tuvieron que amarrarle un cable alrededor para que no se cayera. Cuando salió de Madera dejó un sólido templo de piedra, que años después se convertiría en catedral.

Si en Madera no había templo, menos casa parroquial. Cuando llegó el padre, una señora le rentó un cuarto sin calefacción, pero, eso sí, con muy buenas cobijas en la cama.

La parroquia comprendía el municipio de Madera con más de 26 mil habitantes. Además, por la escasez de sacerdotes, el padre tenía que atender también las parroquias de Temósachi y Matachí, que comprendían los pueblos del mismo nombre y otros como Yepómera, Cocomórachi y Tosánachi. Al norte de Madera llegaba hasta Las Varas Babícora.

El territorio es en su mayor parte serrano y para llegar a todos sus feligreses, el padre tuvo que viajar mucho por terrenos escabrosos en su viejo automóvil, cuando los caminos lo permitían, y cuando no, a caballo, a menudo en medio de tormentas de nieve.

En Madera afloró la vocación constructora del padre Pelayo, vocación que le mereció el apodo de “arquitecto de Dios”, con que Conchita López Valles y Humberto Payán Franco titularon su biografía. Además del templo parroquial de Madera, el padre construyó capillas en todos los pueblos y rancherías donde faltaban, como la de Tosánachi, y reconstruyó los templos que estaban deteriorados, como el de Temósachi. Su característica como constructor era la solidez de los edificios, construidos a base de piedra.

Pero el “arquitecto de Dios” antes de preocuparse de edificar templos de piedra, se preocupaba en edificar la comunidad cristiana. Uno de sus recursos preferidos era fundar las asociaciones de laicos más comunes en su época, o reanimarlas si las encontraba decaídas. Así se apoyó firmemente en la Acción Católica, en el grupo de catequistas, y en otras asociaciones.

Su entusiasmo era arrollador y contagiaba a todos, principalmente a los jóvenes, para los que tenía un carisma especial. Y todo esto lo hacía en las condiciones adversas en que la persecución religiosa mantenía a la Iglesia. Como es bien sabido, en esa época los sacerdotes tenían que celebrar a menudo los sacramentos en casas particulares y en la clandestinidad En una ocasión, en Temósachi, las autoridades aprehendieron al padre y lo internaron en la cárcel con el pretexto de que ejercía sin permiso su ministerio. Fueron los jóvenes de la ACJM los que presionaron a las autoridades locales para que lo liberaran.

En esta región de Madera el padre permaneció cinco años, de 1936 a 1941. Su salida causó un duelo general. En cinco años se había ganado el cariño de la gente por su entrega infatigable, su don de gentes, su humildad y su actitud respetuosa con todo mundo.

En Parral. A fines de 1941, el señor obispo lo envió a Parral, donde había dos parroquias, San José y Guadalupe. Al padre Pelayo se le encomendó esta última. Llegó a Parral el 7 de febrero de 1942. Ya no era un novel sacerdote, sin experiencia, como cuando llegó a Madera. Esos cinco años intensos pasados en la sierra fueron el mejor entrenamiento para los 18 que habría de pasar en Parral.

La obra principal del padre Pelayo en Parral, fue desde luego la atención pastoral a sus feligreses. Atención pastoral que incluía la celebración de los sacramentos, la predicación, la enseñanza de la doctrina cristiana, la atención espiritual a los enfermos, la dirección o consejo espiritual a todos los que se acercaban a él, la formación y animación de asociaciones de laicos, etc., incluyendo no sólo la cabecera parroquial, sino las comunidades rurales, Esto es lo que debe hacer todo pastor de almas, pero el padre Pelayo lo hacía todo con una intensidad y una convicción inquebrantables, junto con una manera de ser amable y sumamente generosa con todos sus feligreses. Parecía que nunca se cansaba. Era pastor las 24 horas.

Era un gran líder, que sabía entusiasmar a la gente con el ideal del que él estaba convencido: el Reino de Dios. Sabía organizar y poner a trabajar a todos junto con él. Su método pastoral parroquial, con el que se adelantó a la pastoral postconciliar, consistía en dividir la parroquia en sectores y éstos en comunidades más pequeñas, de manera que todos se sintieran Iglesia y todos participaran.

Una vez más, se apoyó en las asociaciones de laicos. Entre las que él fundó está principalmente la Acción Católica con todas sus ramas: UCM, UFCM, ACJM, JCFM, ANAC. No hay que olvidar que se hizo cargo de una parroquia fundada apenas seis años antes. Aunque algunas asociaciones ya existían en Parral, no estaban formalmente fundadas en su parroquia. También fundó la Adoración Nocturna, las Hijas de María, la Asociación de la Virgen de Guadalupe, la Tercera Orden Franciscana e introdujo en Parral a los Caballeros de Colón.

El padre Pelayo fue el primero en llevar a Parral el fútbol soccer y los boy scouts. Impulsó la fundación del Cine Tepeyac  y publicó varias hojas parroquiales: La Mano Amiga, Nuestro Santuario y La Voz Parroquial. En Parral contó con la ayuda de diversos vicarios en distintas épocas: los padres Manuel Deoses, Francisco Javier Flores, Ramón Merino y Agustín Samaniego

Quienes conocieron al padre Pelayo en esta época coinciden en que era una persona hiperactiva, de movimientos ágiles, muy delgado, siempre atento, amable y sonriente. Era muy querido. Su coche, un viejo Ford A 1927, era familiar en todo Parral con su sonido característico de carcacha. Vestía siempre de sotana, alzacuello y bonete. Sus zapatos estaban siempre muy gastados, con mediazuela. Todo lo regalaba, hasta la ropa nueva que le daban. Le encantaba tomar café negro y con mucha azúcar, pero no disolvía el azúcar, pues le gustaba removerla al final con el dedo y saborearla.

No obstante su apariencia de fragilidad, tenía una gran fuerza interior y una actividad incansable. Hablaba con un lenguaje muy sencillo y así escribía también en la hoja parroquial.

La coronación de la Virgen de la Soledad. Uno de los acontecimientos más relevantes para todo Parral, al que el entusiasmo del padre Pelayo dio vida, fue la coronación de la imagen de la Virgen de la Soledad, que se venera desde tiempos remotos en el templo de San Juan de Dios. Previamente a la ceremonia, el padre Pelayo preparó el templo con una buena restauración, pero sobre todo con una serie de actividades pastorales que avivaron la fe en el pueblo. La coronación se llevó a cabo el 22 de octubre de 1943, frente al templo, por manos del arzobispo de México, don Luis María Martínez, invitado especial, y de don Antonio Guízar Valencia, obispo diocesano.

Fue en tiempos del padre Pelayo como párroco del Santuario, cuando sucedió en Parral la trágica inundación del 8 de septiembre de 1944. Esta desgracia fue ocasión para que se manifestara de una manera especial el amor del padre por sus feligreses, pues no se dio tregua para ayudarlos en todo lo que pudo. En esa circunstancia murió heroicamente su amigo Jesús Valdés, “El Cuadrado”, a quien el padre había llevado a Parral para que le ayudara a organizar a los boy scouts.

El Santuario de Guadalupe. Muchas obras materiales y sociales llevó a cabo el padre Pelayo en Parral con la ayuda de todo el pueblo, al que supo infundir su mismo entusiasmo incansable. Entre esas obras destaca en primer lugar el monumental Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, que hoy es una digna catedral para Parral. El santuario anterior, mucho más modesto, había quedado seriamente dañado por la inundación de 1944 y su demolición era inevitable. Con una gran resolución y la firmeza de carácter que lo caracterizaba, el padre Pelayo se echó a cuestas la enorme tarea de edificar un santuario de proporciones mucho mayores. Todo Parral  fue movilizado por el entusiasmo del padre durante los trece años que duró su construcción, de 1946 a 1959. El resultado fue un majestuoso templo de pura piedra, con cierto aire de estilo románico, robusto, elegante y bello.

Otras obras que emprendió el padre Pelayo fueron la construcción de la capilla de Guadalupe, en el barrio de Las Huertas, Parral. Las capillas del Sagrado Corazón de Jesús, San Juan Bosco en el barrio de San Juan de la Peña, Santa Cruz de Villegas, El Potrero, Colina Galván, Rancho de Zapién y San Nicolás del tule, Santo Niño de Atocha en el barrio de Santo Niño.

Construyó el templo de Nuestra Señora de Fátima, declarado santuario el 25 de noviembre de 1954. El 8 de diciembre del mismo año, monseñor Guízar Valencia coronó la imagen de la Virgen de Fátima venerada en dicho santuario. El santuario es de un estilo muy original, pero también muy “pelayista”: de pura piedra de la mina. No contento con construir el santuario, el padre Pelayo movió cielo y tierra para que las autoridades abrieran un acceso más fácil hacia el santuario, pavimentando la calle.

Construyó la casa de la ACJM y reconstruyó, entre otros, el templo del Pilar del Conchos y el antiguo templo de San Juan de Dios.

Impulsó la ampliación del Hospital San Vicente. En 1949, auxiliado por las señoras de la UFCM, fundó la Casa Hogar para niños desamparados. Fortaleció el Instituto Parralense, que ya existía, dotándolo de un nuevo edificio, y fundó el Instituto La Salle.

Incansable en su carrito Ford, visitaba continuamente las comunidades que le tocaban a su parroquia, como Maturana, Santa Cruz de Villegas, Las Ánimas, Dorado, Mina de todos los Santos, Zaragoza y Conchos.  A menudo regresaba de las rancherías con su carro cargado de maíz, frijol, calabazas, gallinas, y todo lo que le daba la gente agradecida por su atención. Al llegar a Parral, él repartía todo aquello entre la gente necesitada. Igualmente, llevaba a los ranchos lo que lograba recoger en Parral.

Pocos sacerdotes han dejado tan honda huella en Parral como el padre Agustín Pelayo. Como dice ingeniosamente el escritor Eloy Morales en su prólogo al libro Pbro. Agustin Pelayo. Un arquitecto de Dios, escrito por los autores ya mencionados, “En un tiempo los habitantes de Parral no fueron católicos. Ni protestantes. Ni capitalistas. Ni comunistas. Mucho menos priístas, perredistas o panistas. Sencillamente fueron pelayistas”.

Por eso es de imaginar que la noticia de su cambio a Camargo por parte del señor obispo, cayó en su parroquia y en toda la ciudad como una bomba. Se hicieron todas las acciones habidas y por haber para convencer a don Antonio Guízar Valencia de que lo dejara más tiempo y éste accedió, pero esto sucedió en el preciso tiempo en que don Antonio, por su edad, dejaba la diócesis para irse a vivir a México y el administrador apostólico, que lo sustituyó, mantuvo la orden inicial del cambio. El padre Pelayo tuvo que partir a su nuevo destino, dejando desolada a la feligresía, con la que había convivido intensamente y a la que se había entregado sin reservas durante 18 años.

En Camargo. El padre Pelayo llegó a la parroquia de Santa Rosalía, en Camargo, en octubre de 1960. De inmediato, el nuevo párroco se puso a trabajar con el entusiasmo de siempre. Comenzó por visitar todos los barrios y los ranchos de su parroquia, entrando en contacto con cuanta persona pudo. Luego se puso a restaurar el templo parroquial, cambiándole el techo y el piso.

Se dio a la tarea de fundar el hospital de Nuestra Señora de la Luz. Amplió y mejoró la clínica Santa Clara. Construyó la escuela Amado Nervo. Construyó la Casa de Oración, muy bien equipada para retiros espirituales, la cual después se vendió.

Reorganizó la ACJM, fundada en Camargo por su hermano monseñor Baudelio e impulsada por monseñor Martín L. Quiñones, pero que al tiempo del padre Pelayo ya había decaído. Organizó los Cursillos de Cristiandad.

Nombre de Dios y la Granja Hogar de los Niños. La permanencia del padre Pelayo en Camargo fue muy corta. No duró ni tres años, pues lo cambiaron a Chihuahua en 1963. Fue nombrado párroco de Nombre de Dios, con el encargo de atender la Granja Hogar de los Niños. Ahí tuvo como vicario al padre Raúl Gamboa.

Al principio repartía su tiempo entre la parroquia y la Granja Hogar, pero después de cinco años, en 1968, dejó la parroquia para dedicarse completamente a los niños, a los que se dedicó como él sabía hacerlo.

Un trágico día de diciembre de 1969, los cobertizos y corrales de la Granja Hogar se incendiaron, pereciendo lo animales de ahí había. Aquel desastre puso a prueba una vez más la fe del padre Pelayo y su fortaleza de ánimo. Permaneció incólume, sereno, poniendo, como siempre toda su confianza en la Divina Providencia. La sociedad chihuahuense, animada por Humberto Payán Franco, que era entonces conductor de varios programas en la televisión local y gracias a Benjamín Tena Antillón, que como gerente del canal cedió varias horas de televisión para que se hiciera campaña en favor de la reconstrucción de la Granja, respondió con generosidad y las pérdidas pudieron ser compensadas.

La Soledad. En 1970, el nuevo arzobispo de Chihuahua, don Adalberto Almeida Merino, trasladó al padre Pelayo a la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, en Chihuahua, y la Granja Hogar quedó en manos de la madre María Luisa Reynoso (ver). Al padre le dolió mucho dejar a “sus niños”, con los que había convivido seis años.

En su nueva parroquia, el padre Pelayo pronto se dio cuenta de la necesidad de contar con un templo parroquial más digno y espacioso que la sencilla capilla que había. Entonces se le reactivó al padre Pelayo su vena de “arquitecto de Dios” y puso manos a la obra.

Aquel sacerdote que había construido lo que después fueron las catedrales de Madera y Parral, así como de numerosos templos y capillas, y restaurador de muchos otros, se dio a la tarea de construir el gran templo de Nuestra Señora de la Soledad. Lo hizo a su manera: fuerte, de piedra como principal material, con un gran “Calvario” como retablo. Una vez más, el padre Pelayo movilizó a sus feligreses y a muchos más habitantes de la ciudad de Chihuahua. Uno de sus principales colaboradores en esa magna tarea fue otra vez el periodista, poeta y escritor don Benjamín Tena Antillón, quien por cierto en 1952 se había encargado de tomar las fotografías de la bendición del recién terminado Santuario de Guadalupe en Parral. La construcción del templo de Nuestra Señora de la Soledad se llevó seis años, de 1973 a 1978.

Se acerca su fin. La salud del padre Pelayo nunca fue buena. Siempre sufrió del estómago, desde aquel susto que les metieron a los seminaristas los soldados que irrumpieron violentamente en el Seminario de Guadalajara. Nada hacía previsible que el padre viviera tantos años como vivió. Su fe, su disciplina, su buen humor, el vivir una vida tan acorde a su vocación y el uso del naturismo que practicó, le ayudaron mucho. Pero a medida que avanzaba en edad sus males se agravaron. A los males del estómago se sumaron otros en los bronquios. Eso hizo que en los últimos años tuviera que emigrar en invierno de los crudos fríos de Chihuahua al clima más cálido de Acapulco, a donde se trasladó n 1984, dejando su querida parroquia de la Soledad. Como despedida les dejó a sus feligreses de la Soledad un catecismo que él compuso y que tituló Mi Pequeño Testamento, que repartió de forma gratuita.

En 1986 su salud se deterioró aún más a causa de una caída de bicicleta (¡por querer pedalear a sus 79 años!) y sobre todo por una terrible fiebre tifoidea que lo puso a las puertas de la muerte. Por este motivo, sus familiares se lo llevaron a Juárez, donde se recuperó de la tifoidea. En el invierno de 1991, el padre Pelayo ya no pudo viajar a Acapulco para pasar allá el invierno. Lo encamaron en noviembre, en el asilo de Senecú, que su hermano Baudelio había fundado, y ahí lo atendieron con mucho cariño las hermanas misioneras de María Dolorosa, también fundadas por monseñor Baudelio Pelayo, entre las cuales se estaba una sobrina suya, la madre Dolores Pelayo.

El miércoles 15 de enero de 1992, a la hora del Ángelus, el padre Pelayo entregó su preciosa y santa vida a su Creador. Su cuerpo fue velado en la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y sepultado en el panteón Tepeyac.

Modelo de cristiano, de sacerdote y de párroco. El padre Pelayo, como se le conocía (y con esto no se confundía con su hermano Baudelio, que era “Monseñor Pelayo”), dejó en quienes lo conocimos un recuerdo imborrable de sacerdote santo, enamorado de Dios y entregado completamente al ejercicio de su sacerdocio. Tratemos de resumir en pocas frases las cualidades más sobresalientes de su rica personalidad:

Hombre de una gran fe. Vivió la fe, la esperanza y la caridad, esas tres virtudes teologales que son el tripié de la vida cristiana, de una manera extraordinaria en la cotidianidad de la vida parroquial.

Era un sacerdote hiperactivo. Siempre estaba concibiendo y realizando grandes proyectos, tanto espirituales como materiales. Con su entusiasmo desbordante, contagiaba a todos sus feligreses haciendo que todos colaboraran con generosidad y aun con grandes sacrificios de dinero y de tiempo.

Tenía un gran amor a los pobres. Era generoso hasta el grado de desprenderse de su propia ropa y del poco dinero que tenía para sus gastos personales cuando veía una persona necesitada. Ese mismo amor y preocupación por los pobres lo llevó a levantar importantes obras para atenderlos, como hospitales, asilos para ancianos y para niños. Tenía una gran conciencia social.

Amaba mucho a los niños y era un gran educador, tanto en la fe como en la disciplina y en el carácter. Los niños también lo amaban a él y lo seguían. Algunos de ellos, a quienes por diversas necesidades se los llevó a vivir a su casa, siguieron conservando hacia él, ya como adultos, una gran admiración y gratitud. Con los niños y jóvenes practicaba el deporte y las excursiones por el campo. Fue él quien introdujo el fútbol en Parral.

Era exigente con todos sus feligreses y en especial con sus colaboradores, pero nunca les exigió más de lo que él se exigía a sí mismo en el trabajo y en las virtudes cristianas. Antes de pedirles algo, les daba ejemplo de cómo hacerlo o de cómo vivir.

Era muy humano. Se preocupaba de la gente hasta en detalles mínimos, como un padre cariñoso y comprensivo.

Tenía un gran sentido del humor y una alegría franca que iluminaba siempre su cara con una sonrisa, que con frecuencia se convertía en sonoras carcajadas. Era bromista y dicharachero.

Su trato era muy sencillo y amable. Establecía fácilmente comunicación con toda la gente, lo mismos con los pobres que con los ricos y con personas muy importantes del gobierno o empresarios. A todos los convencía de que colaboraran en sus obras. Toda la gente lo quería porque él quería a toda la gente. Tenía también un gran sentido de la amistad. Cultivó amistades muy fuertes que le duraron toda la vida. Repetía con frecuencia la frase del Eclesiástico: “Encontrar un buen amigo es como encontrar un buen tesoro”.

Era un hombre sabio. No porque tuviera el título de doctor en Filosofía, que muy poco significó para él y que poco ejercitó, sino porque tenía esa sabiduría que viene de lo alto y que ayuda a los hombres a discernir la voluntad de Dios y a vivir conforme a ella. Con esa sabiduría él era un magnífico guía espiritual de su pueblo.

Era muy austero en sus costumbres. Vivía pobremente, conformándose con lo mínimo en su ropa, en sus cosas, en su automóvil. Confiaba todas sus necesidades personales a la Divina Providencia. En la comida era muy sobrio y no se daba ninguna clase de lujos en su casa

Era ante todo un buen pastor, preocupado siempre por la salvación de las almas. En su espiritualidad y en su actividad pastoral hacía una síntesis entre los valores perennes de la fe cristiana y las innovaciones que él consideraba convenientes para hacer que el pueblo comprendiera y viviera mejor su fe. Al mismo tiempo que era conservador en la doctrina de siempre, se adaptó con gusto a las reformas propuestas por el Concilio Vaticano II. En la pastoral litúrgica y en la organización pastoral de la parroquia, por sectores, se adelantó en muchas cosas a métodos que después serían de uso general.

Sus feligreses lo recuerdan como un modelo de pastor, que supo guiarlos por el camino de Cristo y que siempre los amó y sirvió sincera y generosamente. A los sacerdotes, el padre Pelayo les deja un ejemplo estimulante de vida sacerdotal, como tantos santos sacerdotes que han existido y cuyas vidas leemos con admiración y provecho, con la diferencia de que éste fue uno de los nuestros, que vivió entre nosotros y en nuestro tiempo, en circunstancias muy parecidas a las nuestras. Hasta me gustaría soñar que este humilde padre Pelayo fuera un día canonizado y propuesto oficialmente por la Iglesia como modelo de párrocos y sacerdotes en general. (Autor: Dizan Vázquez).

 

 

PELAYO BRAMBILA, BAUDELIO.