Nació en Italia en 1611. Entró en la Compañía de Jesús en 1630 a la edad de 21 años. Vino a México en 1642. Trabajó primero con los otomíes de Tepotzotlán y algún tiempo en el colegio de indios de San Gregorio, en México. Hizo su profesión solemne el 14 de octubre de 1646.
El 4 de junio de 1650, unos indios tarahumares sublevados dieron muerte al padre Cornelio Beudín (ver) en la misión de Papigochi. Los indios, temiendo el castigo de los españoles se fortificaron en número de 2600 en un peñasco. Los españoles les ofrecieron la paz a condición de que volvieran a poblar Papigochi, oferta que los indios aceptaron. Fue entonces, 40 días después de la muerte del padre Beudin, que el padre Antonio Jácome recibió la orden de hacerse cargo de la misión, cosa que aceptó con mucho gusto, pues hacía ocho años que había pedido que lo mandaran a la Tarahumara.
Con mucho entusiasmo se afanó el padre durante casi dos años por reconstruir las ruinas que dejara la sublevación pasada, pero los rescoldos aún estaban vivos, y seguía al frente de los indios el valiente jefe Teporaca o Teporame, quien se propuso emprender otra guerra contra los españoles aún más terrible que la anterior.
El padre se encontraba en el pueblo de Temeyichi, a ocho leguas de la Villa de Aguilar, cuando un cacique cristiano llamado don Pedro lo puso al tanto de la nueva sublevación y se ofreció a sacar al padre y llevarlo a un sitio seguro. El padre le agradeció su ofrecimiento y le dijo que prefería ir a la Villa de Aguilar a ayudar a los españoles e indios cristianos.
Cuando llegó a la villa preparó a la gente para los momentos terribles que se avecinaban. Los confesó y les dio la comunión. Como a las 11 de la mañana del 28 de febrero de 1652 comenzaron a llegar los indios enemigos en medio de un gran tropel, talando los campos y robando el ganado.
Los sitiados, que eran más pocos, se refugiaron en el fortín de la villa y allí resistieron varios días. El 3 de marzo los enemigos prendieron fuego al sitio donde estaban los refugiados, los cuales al escapar de las llamas fueron atacados por los indios.
El padre se dirigió entonces a la iglesia, que estaba junto al fortín, tomó el crucifijo del altar e intentó dirigir la palabra a los sublevados. Apenas dijo las primeras palabras cuando cayó muerto por las flechas junto con su fiel compañero el indio don Felipe. Los asesinos arrastraron el cuerpo con sogas y lo aporrearon a macanazos y lo echaron al fuego. Otra crónica dice que los indios colgaron el cadáver en la cruz del cementerio y otra que le cortaron la cabeza y colgaron el cuerpo en el brazo de la cruz. Luego los alzados se dieron a exterminar a toda la población, incluyendo a los indios tarahumares cristianos, lo mismo a hombres que mujeres y hasta niños de pecho.
JÁQUEZ, MARIANO TORIBIO. Franciscano, misionero.
