Mi Mamá tenía «el umbral del sacrificio muy alto», siempre estaba dispuesta a dar todo lo que ella era y poseía, con su amor inundaba cada situación, ya fuera de felicidad o de dolor, su presencia se requería pues era el pilar para que todo se mantuviera de pie. Siempre de buen humor, alentándonos a ser felices porque «eso es lo que Dios quiere para ti».
Su vocación al servicio de los demás era la fuente de su alegría, era una mujer sin pretensiones mundanas, pero llena de ilusiones, gozaba todo lo pequeño. Disfrutaba su trabajo al punto de decir que Cáritas era su familia. Sus hijos la bromeábamos diciéndole que ella quería más a Cáritas que al hijo que en ese momento estaba de visita, pues no paraba sus actividades, era como dejar de atender al Señor mismo, se hacía mil pedazos y a todos nos complacía.
En una ocasión estábamos todos comiendo los deliciosos platillos que nos cocinaba, y le hablaron del Hospital Central para pedirle autorización de atender a un enfermo, y la oíamos que comentaba los procedimientos que se iban a llevar a cabo. Cuando terminó su llamada, uno de sus hijos le dijo: “Mama: después de oír todo ese sangrerío ya no tengo hambre”, y ella le contestó: «En la noche te preparo una buena cena», y se rio.
Ella no se intimidaba porque sabía distinguir las prioridades. A pesar de querer atender a Cáritas al cien por ciento, nunca desatendió el cuidado de su casa, mucho menos a sus seres queridos, incluyendo a un puñado grande de buenas amigas, quienes guardaron un recuerdo de respeto y admiración hacia esa mujer que fue quien logró sembrar en el corazón de cada uno semillas de compasión, generosidad y respeto.
Un día comento: «Para entender a los pobres hay que vivir con ellos».
Y eso fue lo que hizo de su vida, ser pobre, todo lo que tenía lo compartía. No había manera de tener surtida su despensa, pues a los pocos días la vaciaba repartiéndola con tantos hermanos en necesidad que se cruzaban en su camino.
Una amiga muy querida para ella fue la madre Ana Maria Monrraba. En una ocasión que fue a visitar a sus hermanas de El Paso, Texas me tocó recibirla en Ciudad Juárez; cuando la saludé le dije: “¡Qué guapa, Ana María! Y me contestó: «Gracias a tu madre, que me regalo el atuendo». Entonces caí en cuenta que era su gala. Y pensé: “Ángeles: sigue buscando buenas ofertas, pues tu mamá necesita ropa para que seguir compartiendo”, y más la admiraba, pues me enseñaba a desprenderme de las cosas de este mundo.
Su salud siempre fue precaria, pero ella nunca le dio importancia. Cuando le quitaron un ojo, debido al melanoma que sufría, fue una experiencia indescriptible, era una operación de muy alto riesgo debido a sus otras enfermedades. Estando en el cuarto de recuperación, todavía sedada, repetía sin parar el Salmo 23 con tanta devoción que nos tenía con lágrimas de admiración por su gran fe; más todavía nos dejó sin palabras cuando despertó y se tocó el vendaje que tenía cubriendo su ojo operado, y luego se tocó el otro y al sentir que no tenía vendaje, dijo: «Gracias, Señor, por dejarme un ojo, yo te ofrecí los dos».
A lo largo de su vida vimos un desfile de gente que acudía a su casa para pedirle ayuda. Ella, siempre con su sonrisa, los recibía con un plato de comida y un abrazo lleno de ternura. Yo observaba en esas caras la dosis de amor que recibían, y se iban dejándole a mi madre el corazón lleno, desbordante, pues igual recibía de ellos su gran cariño.
El día en que le dimos su último adiós, conocimos mucha gente hermosa que se acercó a decirnos cuánto la querían y qué afortunados fuimos sus hijos, pues Dios nos dio como madre a una Teresa de Calcuta. De antemano sé que ella se hubiera ruborizado por este comentario y lo hubiera rechazado con esa humildad de espíritu que la caracterizaba
Pudiera seguir contando tantas anécdotas, en las que con el pasar del tiempo, reflexiono y encuentro cada vez más riqueza.
Felisa Vázquez de Salgado, originaria de Madrid, España, nació el 1 de abril de 1936. Sufrió las consecuencias y carencias de la Guerra Civil española, en la que, a muy tierna edad, perdió a su padre. Su madre, Inés Perez Vda. de Vázquez, se vino a México en 1945 con sus dos hijas, Felisa y María, con la ayuda de una hermana suya y del esposo de esta, que vivían en México. Trabajaron arduamente y siempre tuvieron lo necesario, gracias a su sistema de vida, sencillo y ordenado.
Felisa se casó a los 17 años con Juan Salgado y procreo 7 hijos, a los cuales trató por igual, sin distinciones, dándole a cada uno toda su atención y amorosos cuidados.
Como mamá nos inculcó el amor a Dios sobre todas las cosas, la caridad con el prójimo, la honestidad, la tenacidad y la responsabilidad, entre otras virtudes que ella practicaba en su diario vivir. Sobre todo, su gran corazón que sabía perdonar lo pequeño y lo grave. Esa huella que dejó impresa en nuestras vidas es la herencia que no se acaba. (Autora: Ángeles Salgado Vázquez).
En Chihuahua, Felisa colaboró en diversas formas de apostolado, entre ellas los Talleres de Oración, del Padre Ignacio Larrañaga. Pero el organismo que le resultó ideal para realizar en él el inmenso espíritu de servicio que la animaba, fue Cáritas Diocesana, de la que fue una de las fundadoras. Desde 1976, monseñor Adalberto Almeida y Merino, arzobispo de Chihuahua, comenzó a impulsar en la arquidiócesis la fundación de este organismo, que es de carácter internacional y en México nacional, con su expresión en cada diócesis. En este primer periodo fue fundamental la participación de la hermana María de Jesús Delgado, de las Maestras Católicas del Sagrado Corazón de Jesús.
Durante dos años se estuvo preparando su fundación en Chihuahua, y en 1979 se formó la primera mesa directiva de Cáritas Diocesana, quedando Felisa como su primera presidenta y la madre María Luisa Reynoso, como asesora. Delia Peña de Varela, que habría de ser también un pilar muy importante del organismo, quedó como tesorera. Para Felisa, desde entonces, hasta su muerte, Cáritas fue el gran amor de su vida, su “familia”, como ella la llamaba. En 1980, ella y la madre Reynoso viajaron a México para participar en un congreso de Cáritas Mexicana.
En ese congreso, Felisa y la madre Reynoso “conocen los trabajos de otros grupos de Cáritas diocesana, profundizan en las raíces del ser y quehacer de este organismo y se empapan más de la conciencia de pertenecer y trabajar por Cáritas”. Allí también “comienzan a elaborar un plan de trabajo para la diócesis de Chihuahua. Regresan con renovados bríos y con ganas de llevar a la práctica el plan de trabajo urdido durante la asamblea de Cáritas Mexicana”.
En 1981 se reestructuró Cáritas Diocesana con una nueva mesa directiva, de la que Felisa volvió a quedar como coordinadora. De ahí en adelante, siempre que se renovaba la mesa directiva, Felisa quedaba, si no siempre como coordinadora, sí con un puesto importante dentro de ella.
El 17 de marzo de 1996, Notidiócesis publicó una entrevista a Felisa, con la autoría de Salvador Chavarría. En ella Felisa nos deja entrever la riqueza de su corazón enamorado de Dios y de sus hijos más pobres: “La experiencia más grande que [Cáritas] me ha aportado es ver cómo mi familia ha crecido en el amor al prójimo a través de Cáritas; se han ido involucrando todos. Desde que eran niños me ayudaban. A uno lo mandaba al hospital para que llevara sangre, a otro que acompañara a un enfermo a consulta. Cada quien aportaba lo poquito que podía, pero empezaron a amar al prójimo con otra dimensión, desde la dimensión humana y desde la fe, como el buen samaritano”.
Refiriéndose a Cáritas, dice Felisa: “Para mí, esta es mi casa. Si me dicen ‘tienes que irte’ pues me voy, pero siempre será mi casa. Casi vivo aquí, comemos juntos, siento que somos una familia, todos nos queremos mucho y estamos muy bien integrados. La clave de la entrega es el amor de Dios. El amor y la misericordia infinita de Dios nos impulsa. Cuando ves a un hermano que sufre no puedes dejar de pensar en todo lo que Dios lo ama y que tú eres instrumento de él, pues a través de ti él va a realizar su obra. Solo debes dejarte conducir. No hay mejor fórmula para ser feliz que dar y darse. Tenemos que aprender a dejarnos amar por Dios. Servir es hablar su mismo idioma”. (Autor: Dizán Vázquez).
SAN FRANCISCO OFM, GARCÍA DE. Franciscano, misionero.
Fray García de San Francisco (1602-1673)
El 4 de septiembre de 1628 partió de la ciudad de México un grupo de 30 misioneros de la Provincia del Santo Evangelio de México hacia la Custodia de la Conversión de San Pablo, en Nuevo México. Al frente del grupo iba fray Esteban de Perea, como nuevo custodio. Eran 28 sacerdotes y dos hermanos legos, uno de los cuales era fray García de San Francisco. Entre los sacerdotes iba fray Antonio de Arteaga, ex-guardián del convento de San Diego y amigo de juventud de fray García. Tanto este último como fray Antonio pertenecían a la Provincia de San Diego, formada por franciscanos de más estricta observancia, que enviaba misioneros al lejano Oriente, pero deseosos de partir a las difíciles misiones de Nuevo México, pidieron ser incorporados a la Provincia del Santo Evangelio. Para protección de la comitiva iban doce soldados.
Al llegar a San Bartolomé, (hoy Valle de Allende), los viajeros se detuvieron ahí por ser esta la población más civilizada que había hacia el septentrión y ahí descansaron y repusieron las provisiones agotadas, como preparación para el largo camino de ciento cincuenta leguas de tierras inhóspitas que todavía les faltaban para llegar a su destino. En vísperas del Domingo de Ramos, el 7 de abril de 1629, pasaron por el río del Norte en el sitio donde se fundaría la misión de El Paso, y para Pentecostés llegaron a Santa Fe. Inmediatamente los misioneros fueron distribuidos entre las diversas tribus de la región: los “mansos, por otro nombre lanos, tiquas y tequas, piros y tompiros, pecuríes, taos, pecos, xumanas, tanos, queres, hemes y apaches”. Fray Antonio de Arteaga y fray García de San Francisco, junto con otros seis frailes fueron destinados a evangelizar a los zumanas, piros y tompiros. “Los indios los recibieron con alegres regocijos; y, predicándoles a través de intérpretes que habían llevado, los instruyeron y catequizaron en los misterios de nuestra santa fe; y esos paganos pidieron la santísima agua del bautismo, sedientos de ella; en esto se puede ver cómo Dios se hace conocer a las almas por medio de la absolución del bautismo”, escribe Perea.
Fray García todavía no era sacerdote, y por humildad no quería ordenarse, pero sus superiores, viendo que tenía las dotes para ello, le mandaron que lo hiciera, cosa que realizó ya en Nuevo México.
Según Vetancurt, en 1630 fray García “convirtió, y fundó el Pueblo de N. Señora del Socorro, llamado assi por el que iba à los carros al venir à la Custodia; adornò el Templo, y Sacristia de azeo eclesiástico, ricos ornamentos, órgano y música, y de una huerta en que sacaba vino para sí y muchos Conventos” … “fue fundación del V. P. Fr. García a la ribera del río de la nación Piros, de un idioma con los de Senecú, donde avía seiscientas personas”. En realidad, la misión de Socorro la fundó fray García junto con fray Antonio de Arteaga y ambos misioneros fundaron en ese mismo año la misión de indios piros de San Antonio de Padua de Senecú en la ribera occidental del Río Grande, en el estado actual de Nuevo México. Cuando el padre Arteaga partió, dejó encargado del templo y del convento a fray García, quien probablemente recibió la ordenación sacerdotal en esa ocasión. Fray García se hizo pues cargo, ya como superior, del templo, “que lo adornó de órgano y ornamentos ricos, y una huerta donde cogía ubas de sus viñas, y hazía vino, que repartía a los demás Conventos”. Como se ve, nuestro fraile fue el introductor del cultivo de la vid en Nuevo México, Texas y Chihuahua. En Senecú fray García permaneció muchos años y llegó a dominar la lengua de los piros.
En 1659, estando fray García en la misión de San Antonio de Senecú, donde tenía habitualmente su asiento, una embajada de indios mansos y sumas le suplicaron que bajara hasta el lugar donde Oñate había tomado posesión del territorio en 1598. Ya se habían hecho varios intentos de fundar ahí una misión, pero fueron siempre frustrados por la hostilidad de los indios. El mismo fray Antonio Arteaga lo había intentado y luego los padres Francisco Pérez y Juan Cabal. Fray García, al ver a estos tan desanimados, les dijo: “No hay que cansarse, que no ha llegado el tiempo”.
Bajó, pues, el misionero a catequizar a los indios y lo hizo con tanto éxito que pidió licencia a sus superiores para fundar formalmente la misión, lo cual se llevó a cabo el 8 de diciembre de 1659, poniéndole el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe del Paso del Río del Norte. Ese día celebró la misa en una capilla provisional de paja y lodo y algunas celdas del mismo material para los frailes. En el acta de fundación leída en esa ocasión y redactada en el estilo solemne y protocolario propio de esos documentos, se lee entre otras cosas: “En el nombre de la santísima e individua Trinidad, padre, hijo y espíritu santo… en ocho días del mes de diciembre del año de mil y seiscientos, y cinquenta y nueve: Yo, Fray García de San Francisco… con todo lo referido, y en virtud de la patente de Comisario Apostólico que de mis superiores tengo … levantando esta Santa Cruz, que coloco, y edificando esta iglecia, en que ya he zelebrado el misterio sacrosanto de nuestra redenpción; tomo la poseción de esta converción, de mansos y zumanas, y de todas las demás gentilidades sircunbecinas que se agregaren… Y nombro y dedico esta santa yglecia y converción a la santísima Virgen de Guadalupe con sobrenombre del Passo, colocando su santa ymagen”.
Fray García firma el acta como “comisario apostólico de mansos y zumanas”, y en el texto se presenta también como “predicador, actual definidor de la santa custodia de la Conversión de San Pablo de Nuevo México, ministro y guardián del convento de Senecú”, lo cual nos da idea de la importancia que tenía para ese entonces el padre en la Custodia. A la nueva conversión la declaró comisaría y cabecera de todas las que había Río del Norte abajo y circunvecinas, sujetas inmediatamente a la Santa Custodia de la Conversión de San Pablo de Nuevo México.
La misión seguía prosperando, y menos de tres años después, el 2 de abril de 1662, bendijo fray García la primera piedra del hermoso templo de Nuestra Señora de Guadalupe que todavía se conserva a un lado de la catedral de Ciudad Juárez, mismo que fue solemnemente bendecido el 15 de enero de 1668. En esa ocasión, con asistencia del custodio y del gobernador de Nuevo México, se bautizaron cien parejas de indios a las que también casó, y que se sumaron al millar con que ya contaba la misión.
Cuando se estaba construyendo el nuevo convento, un fraile le hizo la observación a fray García de que le parecían demasiadas celdas, pero este le respondió que no serían suficientes para todos los que eventualmente morarían en ellas. Esta observación fue interpretada después como una profecía de los numerosos frailes que habrían de poblar la misión cuando salieron huyendo de las misiones del norte durante la sublevación de los indios pueblo en 1680.
En 1660, siendo vice-custodio, fray García de San Francisco interviene en uno de tantos conflictos que en ese siglo se dieron en Nuevo México entre los franciscanos y las autoridades civiles. En 1659 había tomado posesión el nuevo gobernador de Nuevo México, Bernardo López de Mendizábal, y con él había llegado un nuevo custodio, fray Juan Ramírez. La relación entre ambas autoridades fue muy tensa desde un principio. Aunque parece que el custodio no tenía muy buen carácter, las acusaciones contra el gobernador eran más graves, por ejemplo, que hacía la guerra a los apaches como pretexto para esclavizarlos, que quería imponer tributo a los indios que trabajaban en las misiones, a pesar de que ese tributo ya lo pagaban con trabajo, que maltrataba a los indios y les impedía cumplir con sus obligaciones religiosas, etc.
Cuando el custodio partió a la capital de la Nueva España en un viaje que duró del otoño de 1659 a la primavera del año siguiente, para sustanciar sus acusaciones, dejó a fray García de vice-custodio. En tal cargo nuestro franciscano tuvo que enfrentar los abusos del gobernador, hasta que este fue llamado a México. El 18 de junio de ese año fray Nicolás Freitas le escribe a fray García, quien se encontraba en el convento de San Agustín de Isleta, “corazón y centro de la custodia”, para quejarse del gobernador López de Mendizábal. Fray García reporta el caso al custodio fray Juan Ramírez, y menciona también las “catzinas”, unas danzas de los indios que los misioneros se esforzaban en desterrar por los excesos que cometían en ellas, incluso, según decían, en ellas invocaban al demonio, pero que el gobernador y su gente más bien alentaban. A fray García se le siguió involucrando en el juicio que la Inquisición le siguió a López de Mendizábal y que finalmente terminó en su arresto.
Después de fundar la misión de Guadalupe, en El Paso del Norte, fray García permaneció en ella unos doce años para consolidar la obra comenzada, en compañía de los padres Fr. Salvador de San Antonio, Fr. Benito de la Natividad, Fr. Juan Álvarez y Fr, José Trujillo.
La última acta de bautizo que firmó es del 8 de septiembre de 1671.
En 1670, dos franciscanos que partieron de la misión de Guadalupe, siguieron río abajo hasta llegar a La Junta de los Ríos (hoy Ojinaga) y se quedaron ahí dos años predicando a los nativos. Los indios que permanecían paganos se levantaron en armas, se apoderaron de los frailes, los desnudaron y los abandonaron en pleno desierto. Los pobres frailes vagaron sin rumbo hasta que los encontró, desfallecidos de hambre y de frío, el gobernador de Nueva Vizcaya que se dirigía a sofocar la insurrección. Los soldados les prestaron auxilio y una vez repuestos los enviaron de regreso a la misión del El Paso del Norte. Se dice que uno de esos misioneros era fray García de San Francisco y el otro fray Juan de Sumesta, pero de que fueran ellos no hay pruebas suficientes.
Terminada su labor en la misión de Guadalupe de Paso del Norte, fray García de San Francisco regresó a su convento de Senecú, donde falleció el 22 de enero de 1673 habiendo dedicado 45 años de vida a los indios de Nuevo México y Chihuahua. La misión de Senecú fue destruida dos años después, el 23 de enero de 1675 por los apaches y el lugar de su sepultura quedó ignorado; “oy está el pueblo despoblado y arruinado en la tierra de los enemigos” comenta Vetancurt en 1697. Vetancurt resume así su vida: “Fue en la oración y demás virtudes el espejo, en la conversión de las almas celoso, bautizó más de diez mil personas”.
Sobre el lugar y la fecha de nacimiento de fray García de San Francisco se han dado diferentes versiones. Recientemente Darío Sánchez Reyes descubrió en un archivo de la ciudad de México, que su nombre de pila era Francisco García Jiménez y que nació en 1602 en Villalba (o Villalba del Alcor), provincia de Huelva, Andalucía, España, y que al venir a México entró en el convento franciscano de Churubusco, de la provincia religiosa de San Diego, donde profesó el 4 de octubre de 1623, tomando el nombre de fray García de San Francisco. Se le da generalmente el apellido Zúñiga, como lo menciona Vetancurt “Fr. García de Zúñiga alias de S. Francisco”.
Ciudad Juárez y El Paso, Texas, no han olvidado a su fundador. Existe en El Paso una estatua dedicada a él, elaborada por el escultor John Houser, y una réplica de la misma en frente de la Misión de Guadalupe en Cd. Juárez. Esta ciudad también ha dedicado a su nombre una calle y una populosa colonia urbana, y el Ayuntamiento otorga en cada aniversario de la ciudad una medalla con su nombre. (Autor: Dizán Vázquez).
SAN JUAN Y SANTA CRUZ, MANUEL. Gobernador, filántropo.
SANTA MARÍA, FRAY JUAN DE. Franciscano, misionero, mártir. (Ver: Rodríguez, Agustín).
SIMOIS, JOSÉ DE. Filántropo.
SIMOIS, LUIS DE. Filántropo.
SORIA, EMILIANO. Sacerdote.
