Primeros años. Francisco Espino Porras fue el segundo obispo oriundo del estado de Chihuahua. El primero fue Francisco Uranga Sáenz, que nació en Rosales en 1863 y murió siendo obispo de Cuernavaca en 1930.
Nació en la ciudad de Chihuahua el 28 de diciembre de 1906. Fueron sus padres Jesús Espino Martínez, “de oficio carpintero”, como asienta el acta de registro civil, que tenía entonces 48 años, y Guadalupe Porras Ponce, que tenía 40 años. Los abuelos paternos eran Isidoro Espino y Anastasia Martínez, y los maternos Bernabé Porras y Petra Ponce. Francisco fue el último de cuatro hermanos que sobrevivieron, pues algunos murieron siendo infantes. La hermana mayor fue Mercedes, luego seguía Jesús, luego Ana y finalmente Francisco.
Francisco fue bautizado por el padre José S. Ramos en el templo de San Francisco el 16 de febrero de 1907, siendo sus padrinos Francisco Porras y Martina Domínguez de Porras. Al día siguiente, domingo 17 de febrero, fue confirmado por el obispo don Nicolás Pérez Gavilán en su capilla privada, siendo su padrino el mismo Francisco Porras.
Recibió su Primera Comunión en el templo de la Sagrada Familia el 25 de diciembre de 1912, de manos del padre José E. Morales, CM.
Hizo sus primeros estudios en la escuela oficial José María Mari Nº 138, teniendo como maestros a las señoritas Antonia Ayala y Estéfana Aguirre. Luego pasó al “Liceo Chihuahuense de Santa María de Guadalupe”, fundado y dirigido por el padre Pedro M. Delgado, SJ, donde tuvo como profesores a Gil Aguirre y Jesús Aceves. Concluyó sus estudios de lo que se llamaba “Primaria Superior” en la Escuela Anexa al Seminario Conciliar.
Esta escuela era sostenida por el seminario con la intención de dar una educación católica especialmente a los niños que mostraban aptitudes para entrar al seminario. En 1915 el director de la escuela era el profesor Rodolfo González Llorca y el maestro que le tocó a Francisco en 1° y 2° era el profesor Arturo Maldonado. Entre sus compañeros de clase estaba Arturo Balderrama, que también se ordenó. En 1917, al ser prohibida toda injerencia del clero en las escuelas, la escuela anexa al seminario tuvo que desligarse del mismo y los alumnos se incorporaron al mencionado Liceo Chihuahuense.
Fue acólito en el templo de San Francisco del padre fray Juan Menéndez, quien después fue provincial de los dominicos en México.
Seminarista y sacerdote. El 19 de septiembre de 1919, a los 13 años, ingresó al seminario, que estaba en ese tiempo en manos de los padres paúles.
Poco después, con la llegada del nuevo obispo, Antonio Guízar Valencia, el seminario pasó a manos del clero diocesano y ahí terminó sus estudios el joven Francisco.
Sus años de seminario fueron muy accidentados y llenos de sufrimiento a causa de la persecución religiosa que se desató en la década de los veinte, la cual no hizo más que prolongar los sufrimientos causados a la Iglesia en el periodo revolucionario. A fines de los 20, Francisco era uno de los 12 teólogos que había en esos años. Francisco recibe la primera tonsura, o sea su ingreso oficial en el estado clerical, el 24 de octubre de 1924 en la capilla del Seminario; Las órdenes menores de ostiario y lector las recibió el 1° de noviembre del mismo año en Catedral y las de exorcista y acólito el 5 de abril de 1925 también en Catedral. En el curso 1926-1927, los seminaristas tuvieron que tomar clases en una casa particular que estaba entre las calles Ojinaga y 2ª, mientras que el obispo estaba expatriado. El curso siguiente, 1927-1928, el seminario de dividió: mientras unos seminaristas permanecían en Chihuahua, los teólogos, entre ellos Francisco, tuvieron que ir primero a Deming, Nuevo México y luego a El Paso, Texas, donde vivieron con muchas limitaciones económicas, compartidas por don Antonio, que los acompañaba. El 29 de marzo de 1928, en El Paso, Francisco, de 21 años, escribe a su obispo una carta en la que le pide ser admitido en el orden del subdiaconado.
Cuando vino la calma en la Iglesia, como resultado de los “arreglos” que hicieron los obispos mexicanos con el gobierno, Francisco pudo regresar a Chihuahua para su ordenación sacerdotal, lo cual tuvo lugar el 7 de julio de 1929 de manos de don Antonio Guízar Valencia. Se ordenó con dispensa de edad, pues tenía 23 años.
Recién ordenado, el 20 de julio de ese año, fue enviado por Mons. Guízar a Guadalupe y Calvo como vicario cooperador y el 7 de enero de 1930 fue promovido a párroco. Al mismo tiempo atendía pastoralmente las parroquias de Chínipas y Batopilas, hasta que fue llamado a Chihuahua como vicario y luego párroco del Sagrario, y al mismo tiempo rector del seminario.
“Pronto conoció los rigores del apostolado en esas ásperas regiones por las que anduvo muchas veces a pie o a lomo de mula, atendiendo a los feligreses desparramados por las interminables serranías”, escribió el padre Joaquín Díaz.
Al principio acompañó varias veces a Mons. Guízar Valencia en sus visitas pastorales a la Sierra, y después, ya como obispo auxiliar, él mismo continuó haciendo esos recorridos. Mucho le ayudó en sus andanzas su buen carácter, su energía para el trabajo y su ingenio para resolver problemas.
Buen conversador, salpicaba sus largas charlas con innumerables anécdotas en las que él mismo jugaba importante papel. Una de ellas cuenta que yendo él, ya obispo, por la sierra, en la casa en que lo hospedaron le dieron chocolate con leche. Luego que se lo terminó pidió más, pero le dijeron que ¡las señoras que habían dado la leche para él (de su pecho) ya se habían ido!
De sus recorridos por la Tarahumara escribió detalladamente un cuaderno de bitácora, que desgraciadamente se destruyó en un derrumbe que hubo en su casa durante un aguacero.
El 24 de octubre de 1940 Pío XII le confiere el título honorífico de “Camarero secreto de Su Santidad”. En 1936, siendo párroco del Sagrario, fundó en Chihuahua un grupo de jóvenes exploradores católicos (scouts). En esto le ayudó mucho el famoso deportista y héroe civil Jesús Valdez, El Cuadrado, quien se desempeñó como jefe de Tropa del primer grupo que se formó. Entre sus miembros estaban José González Múzquiz, Ángel Abbud Ochoa, Jesús Roberto Durán, Humberto (Quichu) Uranga, José Lafond Gutiérrez, Emilio y Luis Lafond Siqueiros, Armando Esparza, Aurelio Ramos, etc. El primer grupo de Scouts tuvo como lugar de reuniones una casa del Paseo Bolívar número 402. Las juntas se hacían todos los lunes, miércoles y viernes, de seis a siete de la tarde. “Monseñor Espino era muy enérgico y muy disciplinado, su método de formación era muy espiritual y no le gustaba arriesgar en ningún momento a los muchachos. En cambio El Cuadrado era muy arriesgado y a fuerza él trataba de inyectar en sus muchachos valor y ánimo para afrontar los problemas sin miedo”.
“Tan firme era aquel principio del Movimiento Scout chihuahuense, que el Comité Nacional, en algunas ocasiones, lo puso de ejemplo a otros grupos de la República que también se iniciaban en aquellos años”.
Por ese mismo tiempo, y al parecer para contrarrestar la influencia del padre Espino en los jóvenes, lo metodistas fundaron también un grupo de exploradores llamado Tarahumara, ligado al Centro Cristiano.
Tuvo también mucho que ver con la dirección o animación de la UNEC (Unión Nacional de Estudiantes Católicos). Esta organización, ligada a la Acción Católica, vinieron a establecerla en Chihuahua por los años de 1937 o 1938 Carlos Septién García, Islas García y otro señor, que era músico y que compuso el himno del PAN.
La UNEC fue una organización de jóvenes muy aguerrida que se enfrentó a los intentos oficiales de establecer la educación socialista en el estado.
El 31 de mayo de 1938, después de renunciar a la parroquia del Sagrario, partió a Paris a estudiar en la Facultad de Estudios Sociales del Instituto Católico de París.
En París tuvo la representación del Secretariado Social Mexicano, de la Liga de la Decencia y del Comité Central de los Scouts de México. Asistió como delegado del Secretariado Social Mexicano a la XXXI Semana Social de Francia, celebrada en Burdeos en julio de 1939, que contó con la asistencia de representantes de 47 países. Fue secretario del Comité pro-coronación de Nuestra Señora de Guadalupe en Notre Dame de Paris. Acompañando al licenciado Francisco León de la Barra, ex presidente de México y en ese entonces presidente del Comité Pro-Coronación, el padre Espino acudió a varias reuniones celebradas en el palacio arzobispal y presididas por el cardenal Juan Verdier, arzobispo de París. Con el mismo motivo, y en calidad de secretario del Comité Pro-Coronación, acompañó al arzobispo de Guadalajara, don José Garibi Rivera, quien llevaba la representación del Episcopado mexicano a los actos de la coronación de la Virgen de Guadalupe en París. (NOTA: Norte, julio 1943).
Durante su estancia en París, estalló la Segunda Guerra Mundial, y el padre Espino, a solicitud del profesor Gilberto Bosques, cónsul general de México en París, prestó sus servicios voluntarios para poner a salvo los archivos del Ministerio de México en Francia.
Regresó de Europa en 1940 y don Antonio lo restituyó en el cargo de Consultor Diocesano que tenía cuando se fue a estudiar.
A su regreso de Europa, el padre Espino se estableció en una casa que le prestó la Sra. Elena Prieto de Maíz, situada en la calle Nicolás Bravo n° 124, entre Independencia y 3ª y que había de ser de ahí en adelante su domicilio en Chihuahua.
Recién llegado, monseñor Guízar le encomendó los cargos de asistente eclesiástico diocesano de la Acción Católica Mexicana, capellán de los Scouts de México y de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos.
Fue promotor de obras de apostolado laical: Asistente de la Acción Católica Diocesana, de la UFCM, de la ACJM, de los Caballeros de Colón, de los Boys Scouts, de los obreros… “Fue un incansable luchador social, organizador del movimiento de Acción Católica, que en su tiempo dio respuesta a las inquietudes por las desigualdades de nuestra sociedad” recordó un sacerdote el día de su funeral.
En noviembre de 1941 fue nombrado párroco de Chínipas y Batopilas, donde permaneció por espacio de un año, pues el 30 de octubre de 1942 fue nombrado rector del Seminario Conciliar de Chihuahua, como lo anunció al clero el vicario general, monseñor José de la Paz García: «Con fecha 1º del corriente mes S. Excia. se dignó nombrar rector del Seminario Diocesano al Revmo. Mons. D. Francisco Espino Porras, quien tomó posesión de su puesto, cubriendo la vacante que dejó la muerte del M. I. Pbro. Dr. José S. Ramos”.
Su vida en la nueva persecución de los años 30. Don Antonio lo nombró vicario cooperador de la parroquia del Sagrario en los días en que se vislumbraban los “arreglos” de la persecución religiosa, en 1929, y ahí estaba cuando llegó al poder el Gral. Rodrigo M. Quevedo. Con éste la persecución religiosa volvió al estado y como resultado de la misma el padre Espino fue desterrado del país el 31 de octubre de 1931. En diciembre regresó de incógnito para encontrarse con la amarga sorpresa de que el 7 de ese mismo mes el Congreso de Chihuahua había emitido el decreto N° 120, que limitaba el número de ministros religiosos que podían ejercer en el Estado a uno por cada 45,000 habitantes. Como consecuencia, el número de sacerdotes fue reducido de 45 a nueve en todo el estado. El decreto fue firmado por el gobernador Roberto Fierro. El 19 de diciembre Mons. Guízar escogió a esos nueve sacerdotes, entre los cuales estaba Francisco Espino Porras. Los otros fueron Baudelio Pelayo, Salvador B. Uranga, Martiniano Balderrama, Edmundo Galván, Emiliano Soria, Geronimo Limas, José Quezada, Agustín Flores y Trinidad Ibarra. A Porras el obispo lo nombró párroco del Sagrario el 12 de abril de 1932.
El 24 de marzo de 1934, en el gobierno del general Quevedo, el Congreso del Estado revocó el decreto del 7 de diciembre de 1931 y estableció, con el decreto n. 153, que el número de ministros religiosos autorizados para ejercer queda reducido a uno por cada 100,000 habitantes, o 50,000 y fracción (esta adición tenía por objeto excluir del decreto a los ministros de otras religiones, las cuales no llegaban a los 50,000 miembros). Como consecuencia, los sacerdotes con licencia fueron sólo 5. Entre los escogidos por el obispo estaba otra vez Francisco Espino Porras, siendo los otros cuatro Jerónimo Limas, Joaquín Díaz, Rafael Gándara y Manuel Deoses. Pero el 15 de octubre del mismo año el gobierno revocó aun esas cinco licencias y como consecuencia ni un solo sacerdote podía celebrar culto para los cerca de 400 mil católicos de todo el Estado de Chihuahua.
Ante las protestas de los católicos por este abuso de autoridad, el general Quevedo aparentó dar marcha atrás y el 24 de abril de 1936, poco antes de dejar el cargo, impuso al Congreso del estado el decreto n. 183 del Congreso del Estado, publicado el 25 del mismo mes, con el que se fijó en uno solo el número de ministros religiosos que podían ejercer en el Estado y como tal es nombrado por el obispo otra vez Espino Porras. Poco después, el obispo AGV protesta contra el decreto n. 83, que limitaba el número de sacerdotes a uno para todo el estado.
El 21 de junio de 1955 fundó en Chihuahua una organización que habría de tener larga vida: el Círculo de Profesionistas, A. C. Para integrarlo invitó a sus antiguos scouts, de los cuales algunos ya eran profesionistas. Entre los miembros de la primera generación se contaban José Macías V., Mario F. García y José Guadalupe González Múzquiz, abogados; Humberto Uranga Prado, Ángel Abbud Ochoa y José Velasco Ortiz, médicos; José E. Lafón y Benito Noriega, ingenieros.
El Círculo de Profesionistas tenía como objetivo formar sólidamente en la fe cristiana a los profesionistas e intelectuales y encausarlos a un compromiso con la comunidad de acuerdo con la doctrina social católica, que monseñor Espino había ido a estudiar al extranjero y que había seguido cultivando. En 1962, el Círculo de Profesionistas fundó la Escuela Práctico-Manuel para formar obreros capacitados, que poco después se convirtió en la Escuela Secundaria Técnica de Chihuahua. En 2001, al perder importancia la participación de la iniciativa privada en la formación técnica de los trabajadores por la creación, por parte del Estado, de escuelas técnicas, la Escuela Secundaria Técnica se transformó en el Centro de Liderazgo y Desarrollo Humano (CELIDERH).
Mons. Espino fue el alma de la celebración del I Congreso Eucarístico Diocesano, que se celebró en 1941 para conmemorar el 50 aniversario de la diócesis.
El 10 de noviembre de 1941 fue designado párroco de Chínipas y encargado de Batopilas. Pero poco después fue llamado a Chihuahua para ocupar el cargo de rector del seminario conciliar, el 1 de noviembre de 1942, por la muerte del anterior rector, el padre José S. Ramos. Al mismo tiempo que ejercía sus tareas de rector, daba clases a los seminaristas. En este tiempo también era miembro de la Sociedad Chihuahuense de Estudios Históricos.
Recibió la ordenación episcopal en Catedral de manos de don Antonio Guízar, siendo asistido por don Francisco Gonzáles Arias, obispo de Cuernavaca, y por don Luis Guízar Barragán, obispo coadjutor de Saltillo. El 14 de mayo de 1943, monseñor Espino Porras, fue nombrado vicario general, como lo disponía el Derecho Canónico.
Obispo auxiliar de Chihuahua. El 5 de marzo de 1943, el papa Pío XII nombró al padre Espino obispo con el título de Farbeto. Su ordenación episcopal se llevó a cabo en la catedral de Chihuahua el domingo 13 de junio de 1943, de manos de don Antonio Guízar Valencia. Participaron en su ordenación los obispos Francisco González Arias, de Cuernavaca, y Luis Guízar Barragán, obispo titular de Tiro y coadjutor de Saltillo. Entre las personalidades que estuvieron presentes ese día estaba el Lic. Manuel Gómez Morín, fundador del PAN y amigo personal de monseñor Espino, quien fungió como padrino de ordenación. Para su escudo episcopal escogió como lema “Evangelizar a los pobres”, que delata la preocupación que siempre tuvo por la cuestión social, materia que fue a estudiar en el Instituto Católico de París.
El 14 de mayo Mons. Guízar lo nombró vicario general de la diócesis y el 19 de ese mes renunció a su cargo de rector del Seminario, siendo sustituido por el Pbro. Dr. David Solís.
En la década de los cuarenta, Mons. Espino dirigió la construcción del templo de San José de la Montaña, de la que se encargó una comisión de señoras. También comenzó la construcción de la primitiva cripta de Nuestra Sra. del Refugio, comenzada como cumplimiento de una promesa que hizo Mons. Guízar a la Virgen para que terminara la persecución.
Mons. Espino era un hombre de carácter enérgico, resuelto y ejecutivo. Iba directo al grano, era muy organizado y activo. Como obispo auxiliar siguió interesado en la pastoral social, para la que se había preparado y en la que había trabajado como sacerdote. El 1 de noviembre de 1957 monseñor Guízar Valencia lo nombró asesor diocesano de la Unión Patronal Guadalupana, “Tomando en cuenta –dice don Antonio en su carta de nombramiento- los deseos del Sumo Pontífice de que se preste especial atención a la resolución de los problemas sociales y dado que en esta Diócesis ya se ha trabajado algo en la organización de la clase obrera por medio de la Asociación de Obreros Guadalupanos, comprendiendo la necesidad de que se organice también el sector patronal”.
Al ser erigida la Metrópoli de Chihuahua, y al ser elevado Mons. Guízar a la dignidad de arzobispo, y al ser con ese mismo motivo, y como condición para la erección, erigido el Cabildo Metropolitano, el 3 de julio de 1959 fue nombrado Mons. Espino arcediano (dean) del mismo cabildo.
En Guadalajara. En 1961 Mons. Espino Porras dejó la diócesis en circunstancias poco claras. En ese tiempo Mons. Guízar Valencia, de avanzada edad, pidió un obispo coadjutor y la Santa Sede nombró a Mons. Luis Mena Arroyo como coadjutor. Lo extraño es que se pensara en otra ayuda y no en Mons. Espino, que lo había sido hasta entonces y que en ese año tenía sólo 55 años de edad. Al dejar Chihuahua, Mons. Espino se fue a residir a la ciudad de México. Ahí lo encontró el cardenal José Garibi Rivera, arzobispo de Guadalajara, quien lo invitó a vivir en su diócesis y le consiguió el nombramiento de obispo auxiliar. A la muerte de Garibi siguió siéndolo del cardenal José Salazar López.
En Guadalajara fue profesor del seminario y al mismo tiempo participaba en transmisiones de radio en el Canal 58.
Últimos años. El 12 de julio de 1978, cansado y con la salud quebrantada, regresa a Chihuahua después de 17 años de ausencia. Tenía 72 años. Vivió en casa de su hermana Mercedes y en esta etapa de su vida sirvió como capellán de las Madres Adoratrices desde el 8 de febrero de 1979.
Al morir su hermana Mercedes en 1985, de fue a vivir a Parral, con su sobrina Guadalupe Espino de Fernández. En esta ciudad falleció el miércoles 25 de junio de 1986 a las 10 de la noche, cinco meses antes de cumplir los 80 años. En el Santuario de Guadalupe de esa ciudad se hizo su primer funeral al día siguiente de su muerte. Mientras se hacían los trámites para sepultarlo en Parral, se decidió trasladar su cuerpo a Chihuahua, donde el día 27 se celebró en Catedral un funeral solemne, presidido por don Adalberto Almeida y Merino y concelebrado por 33 sacerdotes.
En su homilía Mons. Almeida habló de la “entrega de amor cristiano a Dios y a los hermanos… así como de su devoción a la Virgen María, Madre de Jesús”. También lo calificó de “dinámico, creativo y entusiasta”.
Fue sepultado en la cripta de los obispos de la catedral de Chihuahua, a las 11 horas de ese día. Ocupó la tercera cripta, después de los otros dos obispos que están ahí sepultados: Mons. Pérez Gavilán y Mons. Guízar Valencia.
ESPINOSA, JUAN DE. Franciscano, misionero, obispo.
