Se trata de tres de los misioneros más antiguos que pisaron nuestro suelo de Chihuahua. Llevados por el celo de predicar el Evangelio, se internaron en el entonces remoto y misterioso Nuevo México, y lo regaron con su sangre para que floreciera en el futuro una vigorosa cristiandad, haciendo realidad el dicho de Tertuliano: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Formaban parte de la llamada expedición “Rodríguez-Chamuscado”, que partió de Santa Bárbara en 1581, la cual es considerada trascendental en el proceso de descubrimiento y colonización de Nuevo México por parte de los españoles, pues, aunque antes, entre 1540 y 1542, Francisco Vázquez Coronado había atravesado el territorio, la huella que dejó fue insignificante.

Aunque gran parte de la actividad de estos tres misioneros, así como su muerte acaecieron en Nuevo México, los incluyo en estas reseñas por dos motivos: primero, porque esa expedición, que en la mente de los frailes no tenía otra intención que la de llevar la luz del Evangelio a los indios de aquellos lugares, se fraguó en el convento de San Bartolomé, en el actual Valle de Allende, y se preparó en Santa Bárbara; y segundo, para aclarar algunas desinformaciones que se han dado respecto a ellos, siguiendo principalmente a fray José Arlegui, quien ubica su actividad y martirio en el noroeste del actual estado de Chihuahua, en la desaparecida misión de Santa María de las Carretas, entre Casas Grandes y Janos, así como otras inexactitudes que quedaron aclaradas con el descubrimiento posterior de fuentes más fehacientes, como las crónicas de Gallegos, de Obregón  y otras. Posteriores investigaciones, como las de Mecham y Bandelier, cotejados con fuentes e investigaciones de historiados franciscanos modernos, han permitido corregir algunos de esos datos.

En aquellos años finales del siglo XVI, los límites entre Chihuahua (norte de Nueva Vizcaya) y lo que pronto sería la gobernación de Nuevo México no estaban bien definidos, por lo que la actividad de estos misioneros tuvo como escenario una zona compartida hoy por ambos estados actuales . La población más septentrional de la Nueva Vizcaya era Santa Bárbara, en la provincia del mismo nombre (o Santa Bárbola), y las misiones de su derredor, con el convento de San Bartolomé como cabecera, y el territorio de Nuevo México se consideraba a partir del río Sacramento. El paso de los tres misioneros por estas tierras fue fugaz pero intenso, de manera que su martirio se convirtió en el referente de muchos que habrían de venir después. Todas las crónicas posteriores lo mencionan con admiración: Gallegos, Obregón, Oñate, Pérez de Villagrá, Benavides, Torquemada, Gonzaga, Vetancurt, Arlegui y otros.

Haciendo cabeza a este pequeño grupo de adelantados misioneros estaba un humilde fraile lego, fray Agustín Rodríguez, a quien se debió la iniciativa.  Fray Agustín Rodríguez era español, natural del condado de Niebla, en Andalucía. Se trasladó a la Nueva España y tomó el hábito en la provincia franciscana del Santo Evangelio de México. En el convento de México sirvió muchos años como hermano lego cuidando a los enfermos y en otros oficios.

“Siendo viejo [pasaba de los 50, viejo para aquellos tiempos] tuvo noticia de las muertes que los bárbaros daban a los hijos de la nueva custodia de Zacatecas, por quererlos reducir a las verdades de la fe católica –nos cuenta el padre Arlegui-, y deseoso de conseguir la palma del martirio como sus hermanos, y ansioso de la salvación de las almas a que le impelía su ardiente espíritu, pidió licencia a los prelados para que le mandasen a la custodia  de Zacatecas, y conociendo su espíritu se lo concedieron gustosísimos” .

De esa manera llegó hasta el convento de San Bartolomé, en la provincia de Santa Bárbara, alrededor de 1577, donde se quedó por algún tiempo predicando a los conchos y a los tobosos. Ahí se enteró de que todavía más al norte habitaban numerosos indios que nunca habían oído hablar del Evangelio y que gozaban de un alto grado de civilización. En ese tiempo eran ya conocidas las memorias de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien describió en su crónica La Relación, publicada en 1542 y luego en 1555 y reeditada después con el título de Naufragios, su paso por la junta de los ríos Grande y Conchos y su travesía a lo largo del río Grande, que dejó probablemente en lo que será después El Paso del Norte, para dirigirse más al sur hacia donde es hoy el estado de Sinaloa.

Aunque se dice que fray Agustín se aventuró por primera vez él solo por esa región regada por el río Grande y que al ver la multitud de indios regresó a México para pedir permiso y refuerzos para ir a evangelizarlos, otras fuentes hablan de un solo viaje hacia Nuevo México, ya con la autorización en la mano, después de haberla ido a pedir a sus superiores provinciales de México y al virrey.

Ateniéndonos a esta última versión, vemos que estando fray Agustín en el convento de San Bartolomé, a sus ardientes deseos de ir a evangelizar a los indios de más al norte se sumó la súplica que le hicieron un grupo de jóvenes de Santa Bárbara, que querían incursionar por aquellas tierras por motivos muy diferentes a los del misionero, es decir para buscar riquezas, para que fuera él quien convenciera al virrey Lorenzo Suárez de Mendoza, de organizar una expedición, ya que las Ordenanzas de 1573, hacían muy difíciles las excursiones de conquista y nuevos poblamientos pero sí las permitían con fines de evangelización .

Fray Agustín se trasladó a México con el fin de conseguir los permisos necesarios, tanto de parte de sus superiores provinciales como del virrey, así como las personas que lo habrían de acompañar. Los superiores le dieron por compañeros a dos sacerdotes jóvenes: fray Francisco López y fray Juan de Santa María, que acababan de terminar sus estudios teológicos en el convento de México. El virrey, por su parte le asignó al misionero una guarnición de nueve soldados al mando del capitán Francisco Sánchez Chamuscado, seguramente ya con el acuerdo previo de este con fray Agustín. También se sumaron a la expedición 19 sirvientes indios tlaxcaltecas cristianos, entre ellos dos mujeres. A expensas del virrey, la expedición se aprovisionó de una buena cantidad de armas, noventa caballos, seiscientas vacas, cabras, ovejas, corderos y puercos, más una buena porción de maíz y otras provisiones.

La abundancia de las provisiones y el pequeño número de soldados que se le asignó a la expedición habla ya de que se trataba solo de proteger a los frailes para que establecieran misiones y no de un objetivo de conquista o de colonización, sin embargo, los soldados, como se dijo antes, llevaban su propia agenda, más terrenal, y esta diferencia iba a causar serias tensiones entre los soldados y los misioneros. Esto hace afirmar al historiador franciscano, Zephyrin Engelhardt, que no hubo tal expedición “Rodríguez-Chamuscado”, como se suele decir, sino que Chamuscado llevaba la comisión de proteger a los misioneros, cosa que no cumplió, pues asumió la dirección de la expedición y se dedicó a explorar el territorio en busca de minerales, y cuando vio que no los había, decidió regresar, lo cual fue la causa de la tragedia que sobrevino después.

Fray Francisco López era hijo de padres nobles de Sevilla, tomó el hábito franciscano en Jerez de la Frontera cuando tenía 27 años, y siendo estudiante de teología fue enviado al convento de México, de la provincia del Santo Evangelio. “Era de notable modestia, mortificación en la vista, alegre y afable”. Fray Juan de Santa María era catalán y tomó el hábito en el convento de México. Ambos padres se ofrecieron voluntariamente para acompañar al fray Agustín en su aventura misionera. Fray Francisco sería el superior, ya que fray Agustín no podía serlo por ser hermano lego.

La expedición se preparó en Santa Bárbara, de donde partió el 5 de junio de 1581; siguió por el río San Gregorio y luego por el Conchos hasta llegar a un punto a cinco leguas más arriba de donde este río se junta con el río Grande (del Norte o Bravo) el 6 de julio y ahí fray Agustín erigió una cruz. Al valle cercano a la junta de los ríos lo llamaron Valle de la Concepción.

Los indios que iban encontrando en su camino los recibían con desconfianza, pues ya habían sido víctimas de razias de cazadores de esclavos que los secuestraban para llevárselos a trabajar en las minas. Los misioneros hicieron todo lo posible por tranquilizarlos, hablándoles de las buenas intenciones de los soldados.

Los expedicionarios pasaron por un valle al que llamaron Valle de los Valientes, cerca del lugar donde después se fundaría la misión de Paso del Norte, y siguieron río arriba hacia el norte, llegando el 21 de agosto al pueblo más meridional de los indios piros, al que llamaron San Felipe. Estaba formado por unas 45 casas de adobe de dos y tres pisos. Chamuscado los convenció de sus buenas intenciones respetándolos a ellos y sus posesiones, y los misioneros aprovecharon para predicarles el Evangelio. A medida que subían más al norte encontraban los españoles gran cantidad de pueblos, algunos de más de cien casas, habitados por los tiguas, unos indios aún más desarrollados que los piros.

El 6 de septiembre llegaron a la región de Santa Fe, en el Valle de Galisteo. Aquí fray Juan de Santa María anunció su intención de regresar a México para rendir un informe de todo lo que habían hecho. Su intención se topó con la firme oposición tanto de los otros dos frailes como de los soldados. Estos argumentaban que era muy peligroso que se fuera solo y que además era prematuro un informe, puesto que la exploración todavía no terminaba. Pero el padre se impuso y partió al día siguiente de su llegada. Santa María siguió una ruta diferente a la que habían tomado para llegar ahí, pues era buen conocedor de la astronomía y su intención era encontrar un camino más directo de regreso. Pero tres días después de su partida, cuando atravesaba la Sierra Morena o Montes de Sandía, estando dormido a la sombra de un árbol, llegaron unos indios tiguas y lo mataron aplastándole la cabeza con una gran piedra.

Los cronistas franciscanos, que describieron el hecho mucho después de sucedido, han afirmado que los soldados abandonaron a los frailes antes de la partida de Santa María, pero el hallazgo de la crónica de Gallegos, que da la versión de los soldados, dice que el padre no solo partió antes y con la oposición de Chamuscado, sino que este mandó a Gallegos hacer un testimonio escrito sobre las circunstancias en que se dio esa ida, para prevenir futuras acusaciones, el cual está firmado el 10 de septiembre de 1581. La muerte del padre trajo graves consecuencias, pues los indios se percataron de que los españoles no eran inmortales, como creían, y decidieron rebelarse. Chamuscado capturó a tres indios para ejecutarlos como escarmiento, pero fray Agustín y fray Francisco intercedieron por ellos y los salvaron, pues querían ganarse su favor para poder quedarse con ellos.

Los soldados pasaron todavía seis meses más explorando la región y finalmente decidieron regresar a México para rendir un informe al virrey, pero los dos frailes decidieron quedarse entre los indios, pues para eso habían ido. Los soldados trataron de disuadirlos por el gran peligro que corrían, pero los frailes se mantuvieron firmes en su determinación. Entonces Chamuscado mandó hacer otro afidávit, como el que había hecho con el padre Santa María, para librarse de toda responsabilidad, el cual está firmado en San Felipe el 13 de febrero de 1582, varios días después de su partida, pues ellos salieron de Puaray el 31 de enero de 1582 y se dirigieron a Santa Bárbara por la misma ruta que habían recorrido. Los soldados les dejaron a los misioneros toda la provisión que quedaba, y tres de los indios cristianos que formaban parte de la expedición, Gerónimo, Francisco y Andrés, decidieron quedarse con los frailes.

Apenas partieron los soldados, los indios, temiendo que regresaran con más refuerzos, como lo habían anunciado, se echaron encima de los dos misioneros. Los detalles de su muerte se conocieron por Francisco y Gerónimo, que huyeron de la escena del crimen y llegaron a Santa Bárbara en julio de 1582. Contaron que vieron cómo los indios de Puaray mataban al padre López, por lo que llenos de miedo huyeron del pueblo, y mientras se alejaban corriendo escucharon gritos, lo cual los hizo suponer que los indios estaban matando también al hermano Agustín. Esto sucedió en la primavera de 1582.

Fray Alonso de Benavides, quien llegó pocos años después a Nuevo México, incluirá otros datos que le proporcionaron testigos presenciales: “El bienaventurado padre, Fray Francisco López salió hacia el campo, rezando, y a la distancia de un tiro de arcabuz vio a un grupo de indios sentados, que estaban en ese momento planeando cómo hacer daño a los padres porque se oponían a su idolatría. Avanzó el padre hacia ellos con mucha mansedumbre, pero al comenzar a hablarles acerca de su salvación, uno de los indios, armado con una macana, que es un arma hecha de pedernal, le aplastó la cabeza propinándole golpes terribles mientras los otros le disparaban sus flechas”.

Sigue narrando Benavides que no faltaron indios amigos que fueron corriendo a contarle el hecho al hermano Agustín, quien con gran pena se apresuró a recoger el cuerpo para sepultarlo en la plaza del pueblo al pie de una cruz que habían erigido allí. Enseguida, fray Agustín, sintiendo un gran deseo de compartir la suerte de su superior, reprendió a los asesinos por su cruel asesinato y con algunos indios amigos dejó Puaray y se fue a Santiago, donde siguió predicando el Evangelio, pero a él también lo mataron y arrojaron su cuerpo al río del Norte (Grande) que corre a la orilla del pueblo. Años después, algunos de los indios asesinos que ya se habían hecho cristianos, revelaron a los nuevos misioneros que llegaron después, dónde estaba enterrado el padre López. El mismo padre Benavides lo exhumó y lo colocó en el convento de San Francisco de Sandía, donde es venerado por los indios, y en el sitio donde fue martirizado erigieron una capilla y la decoraron con pinturas hechas por ellos. De los cuerpos de fray Juan de Santa María y de fray Agustín Rodríguez no se encontró ningún indicio.

Mientras eso sucedía en Nuevo México, los soldados continuaban su camino a Santa Bárbara, pero Chamuscado iba muy cansado y enfermo, además de que tenía ya casi 70 años de edad, y no pudo llegar a su destino. Murió y fue sepultado en un lugar llamado El Jacal, a dos leguas de donde se juntan los ríos San Pedro y Conchos, cerca del actual Julimes. Los ocho soldados restantes, al mando de Hernán Gallegos, el cronista de la expedición, llegaron a Santa Bárbara el 15 de abril de 1582, después de once meses de ausencia. Los vecinos al verlos se llenaron de asombro pues ya los consideraban perdidos. Gallegos y Bustamante continuaron su viaje a la ciudad de México para rendir cuentas al virrey.

Como el tiempo pasaba y no llegaban a México noticias de los religiosos, el virrey dispuso que una nueva expedición fuera a averiguar qué había pasado. La expedición, compuesta con suficiente número de soldados y dos franciscanos, iba al mando del capitán Antonio de Espejo y partió ese mismo año de 1582 y al llegar a Nuevo México se enteraron de que los franciscanos ya habían muerto.

Unos 15 años después de la muerte de estos religiosos, el 30 de abril de 1598, al tomar posesión don Juan de Oñate como adelantado y gobernador de Nuevo México, expone como una de las razones de su empresa, el martirio de los mismos: “La primera y no menor causa de esta expedición fue la muerte de esos santos predicadores del santo Evangelio, esos verdaderos hijos de San Francisco, Fray Juan de Santa María, Fray Francisco López y fray Agustín Ruiz [así se le llama a veces a fray Agustín Rodríguez ]. Estos fueron los primeros después de Fray Marcos de Niza [que no pisó suelo de Chihuahua], que visitaron estas tierras. Ellos dieron sus vidas como los primeros mártires de la santa fe en estas provincias. Ellos sufrieron el martirio, que no merecían, de mano de los indios porque, habiendo sido bien recibidos y admitidos por los indios en sus casas, y habiendo permanecido entre ellos para predicarles el Evangelio, y después de haber aprendido su idioma, los indios se volvieron contra ellos y, contrario a la ley natural, devolvieron el mal por el bien y cruelmente los asesinaron.

“Estos hombres eran inocentes de ninguna injusticia. Ellos simplemente estaban haciendo lo que podían para ayudar a los simples nativos, y trayéndoles modos que les serían ventajosos y a traerles la palabra de Dios. Esta sola razón justificaría la expedición”. (Autor: Dizán Vázquez).

 

ROJAS, JOSÉ MARÍA. Franciscano, misionero.