Entre los frailes que misionaron en nuestro estado en la época colonial, el nombre de fray Alonso Briones es uno de los más conocidos de los habitantes de la ciudad de Chihuahua. Muchos, al pasar por la intersección de la avenida Colegio Militar y calle Mercurio, se han preguntado de quien es esa robusta figura de fraile (más robusta todavía por ser de bronce) que luce sobre una alta y ancha base colocada en el centro de lo que quiere ser un jardín. La estatua fue levantada con ocasión del 300 aniversario de fundación de la misión de San Cristóbal de Nombre de Dios. Otros, más conocedores de la historia de nuestra ciudad, saben que fray Alonso fue el fundador precisamente de esa misión que ahora es un suburbio de la ciudad capital, y que antecedió con doce años a la fundación de Chihuahua. Finalmente, los más eruditos sabrán que Fray Alonso Briones fue el nombre adoptado por el primer Consejo de Caballeros de Colón, que se estableció en la ciudad de Chihuahua el 16 de diciembre de 1922, un mes después del primero que se fundó en el estado y cuyo mérito corresponde a la parroquia de Jiménez.

Reconstruir históricamente la vida del padre Briones no es fácil por la escasez de datos y por la confusión de los pocos que hay. Comencemos por ver lo que nos narra el cronista fray José Arlegui, que publicó su crónica en 1737:

“Visitando las misiones en su general visita N. M. R. P. Fr. Gerónimo Martínez, noticioso que unos indios moraban en los cerros en que hoy están las minas del Real de Chihuahua, y que de ahí salían a hacer sus hostilidades y correrías por la tierra, quiso ver si podía reducirlos a poblado. Para este fin pasó las faldas de la serranía y llegando a las márgenes de un río, que es el parage donde hoy está fundada la villa de San Felipe, como ya tuviesen lo bárbaros noticia de sus deseos, que les había participado un religioso que solía visitarlos con cariño, le salieron al encuentro, a pedirle alguna cosa que comer y alguna cosa para su abrigo. Recibiólos el provincial con mucho amor, dióles de comer con agrado, y sacando una pieza de bayeta que llevaba, la repartió entre ellos. Persuadióles que bajaran de los cerros a vivir políticamente a las orillas del río, donde les dejaría religioso que, como padre, los cuidase y defendiese, y como maestro los instruyese en el cristianismo, al que debían aspirar por el bautismo, por ser el único medio para la salvación del alma: ecshortólos finalmente a que, dejada la gentilidad, se redujeran a la segura ley de Cristo, y a que diesen la obediencia al católico rey de España.

Atentos oyeron la provechosa ecshortación del provincial, y movidos del divino impulso, que es el que suave y eficazmente lo dispone todo, dieron a nuestro rey la obediencia, y prometieron ser cristianos sin falta alguna. Con fervorosos deseos le pidieron por ministro al P. Fr. Alonso Briones, que a la sazón iba en su compañía, y sin reparar inconveniente alguno, mandó al dicho religioso que se quedara con ellos”.

El padre Arlegui se deja llevar frecuentemente por su entusiasmo religioso, y sobre datos reales, pero a veces escasos, teje narraciones piadosas, más que descripciones rigurosamente históricas. Tal vez éste sea el caso de su historia de la fundación de Nombre de Dios. Tratemos pues de reconstruir un poco mejor lo que sucedió en esa ocasión echando mano de otras fuentes de información, a sabiendas de que algunas cosas quedarán en calidad de hipótesis.

Lo que fray Jerónimo Martínez hizo en 1697 fue darle a Nombre de Dios la categoría de misión (que Arlegui llama “conversión”), es decir, cabecera de las actividades misionales para una región, de la cual dependían otros pueblos de misión llamados pueblos de visita, o simplemente “visitas”. Hasta ese momento, Nombre de Dios era visita de la misión de Santa Isabel, por lo menos desde 1677, y sus habitantes, lejos de ser indios cerriles y paganos, “que salían a hacer sus hostilidades y correrías por la tierra”, eran ya cristianos en su mayoría y gente pacífica y trabajadora. Los pueblos de visita asignados al nuevo convento fueron San Juan del Norte, San Antonio de Chuvisca (sic) y San Jerónimo (hoy Aldama).

Los asentamientos, tanto indígenas como españoles, en Nombre de Dios son mucho más antiguos que la misión. De los asentamientos indígenas, no sabemos el origen, sólo sabemos que a la llegada de los españoles habitaban ahí indios conchos y que éstos llamaban a su ranchería y al río que pasaba por ahí Nabacoloaba (o Navocoloa).

En cuanto a los españoles, fue a dicho sitio a donde llegó don Juan de Oñate el 12 de marzo de 1598 en su marcha hacia Nuevo México. Oñate llamó Nombre de Dios al río a cuya vera acampó y mandó construir allí una capilla con troncos de álamo. El 19 llegaron al agua de San José, y al día siguiente, que era Jueves Santo, celebraron la Eucaristía en una capilla que Oñate mandó hacer aún más grande que la anterior, y pusieron al río que pasaba por ahí el nombre del Santo Sacramento. Al poblado, que está a pocos kilómetros de la ciudad de Chihuahua se le pusieron los dos nombres, San José del Sacramento, y con el segundo nombre se le conoce todavía.

Durante todo el siglo XVII, Nombre de Dios fue el centro de diversos asentamientos mineros y en 1677 recibió la categoría de pueblo. En 1690 pasó a residir ahí el teniente de alcalde mayor, representante del alcalde mayor de Minas Nuevas, con poder para actuar como juez receptor de registro de minas. Esta fue la primera autoridad española permanente en el pueblo. En lo religioso, la iglesia de Nombre de Dios había pasado a ser una vicaría de San Francisco de Conchos. Como se ve, para 1697, Nombre de Dios ya era una población madura, tanto en lo civil como en lo eclesiástico, para ser convertida en cabecera de misión.

Si el año de 1697 que da Arlegui como la fecha en que fray Jerónimo estableció la misión o convento a Nombre de Dios y nombró a fray Alonso como primer guardián es el correcto, tenemos que concluir que el padre Briones no venía con el provincial, sino que solo lo acompañaba en el recorrido por la región habitada por conchos. Tal vez él era ese “religioso que solía visitarlos con cariño” y que les había participado la próxima visita de su superior. De hecho, en las Tablas Capitulares correspondientes al Capítulo Provincial de la Provincia Franciscana de Zacatecas celebrado en el convento de San Luis Potosí el 18 de diciembre de 1694, ya se le menciona como doctrinero u “operario” de Nombre de Dios. La tabla del Capítulo Provincial celebrado el 14 de diciembre de 1697, lo vuelve a mencionar en Nombre de Dios. Pero la tabla del capítulo celebrado el 6 de junio de 1699 ya menciona en el convento de Nombre de Dios a fray Miguel de Carvajal. Por tanto, esta fue la fecha en que el padre Briones dejaría Nombre de Dios.

A fray Alonso, pues, tocaría sentar las bases de esa misión. Es posible que a él le tocara construir el templo misional de San Cristóbal o de la Virgen de Guadalupe, con el apoyo del capitán don Juan Fernández de Retana. De esta primitiva capilla se conserva solo la fotografía, pues fue derribado para construir en su lugar, alrededor de 1900, el actual templo de Nombre de Dios, dedicado hoy a San Juan Bautista.

No sabemos a dónde pasó enseguida el padre Briones, pero el 1705 nos lo volvemos a encontrar como visitador a nombre del custodio de San Antonio de Parral y también como comisionado para el capítulo general de la provincia de San Francisco de Zacatecas. Como visitador recorrió en esa ocasión todas las misiones que estaban comprendidas dentro de la custodia de Parral. Por esa razón encontramos su firma, “buena y clara” en libros de bautizos y entierros por ejemplo de San Bernabé y Cusihuiriachi en 1706. (Autor: Dizán Vázquez).

 

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CALLEROS, CLEOFÁS. Historiador.

 

CAMACHO, MIGUEL Y JOSÉ GARCÍA RICO. Franciscanos, misioneros.