Hacia 1564  llegaron los franciscanos de la Provincia del Santo Evangelio al sur de lo que es hoy el estado de Chihuahua y fundaron la misión de San Bartolomé para evangelizar a los indios conchos. Desde ahí se expandieron a los alrededores fundando sucesivamente varias misiones y trabajando con otras tribus de la región.

Uno de los más célebres misioneros de ese tiempo fue fray Alonso de la Oliva, “religioso de mui grande opinión [de muy buena fama]”, quien llegó a la región hacia 1594 y ahí permaneció por espacio de unos 40 años, salvo una breve escapada a Nuevo México, llegando a dominar la lengua de los conchos. Su vida cristiana fue tan ejemplar, que no se queda por debajo de ninguno de los grandes santos de la orden franciscana, incluyendo a su fundador.

En 1600, deseoso de llegar más al norte a evangelizar a los indios de Nuevo México, o porque así se lo ordenaron sus superiores, fray Alonso partió de Santa Bárbara con la expedición que envió Juan Guerra de Resa en ese año, para llevar alimentos, armas, pólvora y otras provisiones a don Juan de Oñate, que estaba pasando grandes penurias en Nuevo México. El padre acompañó en esa ocasión a Oñate hasta la misión de Santo Domingo, junto con fray Damián de Escudero, un hermano lego que lo había acompañado desde Santa Bárbara.

En Nuevo México permaneció muy poco tiempo, pues regresó a trabajar con los conchos en la primavera de 1601  y ya en 1604, después de grandes fatigas, logró fundar con esos indios una pequeña misión en un lugar al que según algunos historiadores los conchos llamaban Comayaus  y la llamó San Francisco de Conchos que para 1609 ya contaba con cuatro mil indios, pero para 1622 se había vuelto a despoblar. En los años siguientes a 1604, fray Alonso fundaría, como pueblos de visita de esa misión, San Luis Comayaus, San Marcos, San Lucas, San Pedro de Conchos y Santa Cruz, igualmente con indios conchos . Como era lo usual en aquellos misioneros, el padre Oliva unía la evangelización con la promoción humana de los indígenas: abrió tierras de cultivo, enseñó métodos para la crianza de ganado y les aportó otros bienes de la civilización.

San Luis surgió como resultado de una sublevación de los indios en 1610. Muchos de los indios conchos abandonaron varios pueblos y huyeron a la sierra, unos para unirse a los sublevados y otros para escapar de ellos. El padre Oliva los siguió y los convenció a volver y establecerse en esta misión después de tres meses de esfuerzos.

Otra misión que fundó fue San Buenaventura de Atotonilco, en 1611. En 1621, con ocasión de una de las frecuentes rebeliones de los indios tobosos, una de las tribus más belicosas e irreductibles de la Nueva Vizcaya, fray Alonso, que también conocía bien su lengua, intervino para que un grupo de ellos se pacificaran y se los llevó a vivir en esa misión. Tiempo después esa misión fue arrasada por otra sublevación y se volvió a poblar, pero esta vez con indios tarahumares.

Durante la gran sublevación de los tepehuanes, que estalló en 1616 y se prolongó hasta 1618, fray Alonso desarrolló una infatigable actividad tratando de pacificar a los levantados y de proteger a las poblaciones amenazadas. En enero de 1617 acudió a Guanaceví para auxiliar al gobernador Gaspar de Alvear, que se encontraba sitiado por los indios. El fraile, cuando supo la noticia, juntó a los indios de su doctrina y les hizo ver lo mal que se estaban portando los tepehuanes. Que ellos, los conchos, ya eran cristianos y que debían mostrarse agradecidos con Dios por haberlos traído a una nueva vida, cristiana y civilizada. Luego se puso él mismo al frente de más de doscientos indios armados con arcos y flechas, acudiendo en ayuda de los sitiados, “hasta que sacó del aprieto y travaxo al dicho Gobernador y le dejó los dichos Yndios por Soldados de ayuda”. Además, le llevó al gobernador cuatro recuas cargadas de harina.

“Enseguida el fraile pasó a Santa Bárbara, a apaciguar a unos indios que habían incendiado una hacienda de beneficio de plata en el vecino pueblo de San Juan. A continuación, llevó otra ayuda de harina para la población de Durango, siguiendo su viaje a México para conferenciar con el virrey [que era don Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar]. Oídas sus peticiones y sus propuestas, el marqués de Guadalcázar lo hizo regresar ‘por la posta’, reconociendo la importancia de su presencia en la escena de la guerra.

“Fray Alonso entonces levantó doscientos hombres para las fuerzas del capitán Mosquera y luego otros tantos para los capitanes Aguirre y Ontiveros, a quienes acompañó en sus campañas, ganando el misionero más de quinientas almas. Todavía llevó otra ayuda de gente a Alvear, con la cual pudo dominar la Cañada del Diablo y luego lo socorrió con otras cuatro recuas de harina”.

Arlegui nos describe ampliamente la vida de fray Alonso en el estilo hagiográfico de su época, que suena un tanto excesivo, pero aun quitándole la mitad, se ha de reconocer que nuestro misionero era un hombre extraordinario, que sobresalía especialmente en su celo misionero, espíritu de sacrificio, amor a los indios, pobreza, humildad, castidad y piedad.

A los que le insistían que en lugar de morar en el campo con los indios, se fuera a vivir a la relativa comodidad del convento, les respondía: “Hijos míos, los brutos como yo son indignos de vivir entre gente política y virtuosa; dejadme, dejadme que viva donde merecen mis culpas, para castigo de mis miserias y tibiezas”. No poseía más propiedad que su viejo hábito y su breviario, “su hábito era tan remendado de diversos colores, y tan taraceado de diversas piezas, que parecía tablero de algún ajedrez, según la diversidad de remiendos”. Cuando venía al convento de morar con los conchos, los superiores lo obligaban a mudar de hábito, pero al regresar con los conchos se volvía a poner su viejo y remendado hábito.

En cierta ocasión pidió licencia a sus superiores de avanzar hacia regiones más distantes en busca de nuevos indios. Tardó tanto en regresar que en su convento lo dieron por muerto. Al verlo, sus hermanos no daban crédito a sus ojos. Sus indios lo amaban como a un padre, pero no se ganó tan fácilmente su cariño: una vez los indios lo azotaron con tanta crueldad que lo dieron por muerto, pero al ver su mansedumbre acabaron aceptándolo como uno de ellos, además de compartía en todo la austeridad de la vida que ellos llevaban.

Después de tantos afanes, y queriendo mejorar aún más la organización de sus misiones, partió otra vez a México el año de 1633 o 34 para entrevistarse con el virrey y pedirle ayuda. Hizo el viaje a pie descalzo, a pesar de sus muchos años, en compañía de algunos capitanes de la nación concha. El virrey, que era en ese tiempo don Rodrigo Pacheco y Osorio, Marqués de Cerralbo, lo escuchó con gusto y accedió a todo lo que el buen fraile le pedía.

Mientras estuvo en México se hospedó en el convento grande de San Francisco, donde se sumaba con fiel observancia a todas las prácticas de la comunidad. Pero uno de esos días, mientras celebraba la misa, Dios le hizo saber que su fin estaba próximo. Acabando de celebrar fue a ver al guardián para pedirle permiso de irse a la enfermería a esperar su muerte. El guardián se extrañó, pues lo vio bien, pero fray Alonso le dijo que a la mañana siguiente moriría.

Apenas ingresado en la enfermería del convento, le sobrevino “un accidente tan malicioso” (probablemente un infarto) que hizo temer su fin inminente. Llamó a los indios conchos que había llevado consigo y les dio la bendición y después de recibir los últimos sacramentos entregó su hermosa vida al Creador. Esto sucedió en 1634, cuando el misionero tendría unos 70 años de edad. Corrió la voz en la ciudad de que había muerto un santo y la gente acudió en masa para venerar sus despojos, pero le arrancaron a pedazos el pobre hábito que llevaba hasta dejar su cuerpo desnudo. También acudieron el virrey ya mencionado y el arzobispo, que era don Francisco Manso y Zúñiga, quienes se conmovieron ante aquel espectáculo. Su entierro al día siguiente fue hecho con toda solemnidad y con asistencia de los más encumbrados dignatarios del Estado y de la Iglesia.

Precisamente durante la estancia de fray Francisco en México es donde hay que ubicar el inicio de una hermosa tradición que el pueblo de San Francisco de Conchos conserva como un tesoro. Estando en México, fray Francisco mandó hacer una copia de la imagen original de la Virgen de Guadalupe, conservada en la antigua basílica levantada en su honor. Es una imagen pequeña y de trazos delicados, que mide 25 x 17 cm. La intención del fraile era llevarla a su regreso para colocarla en un altar especial de su iglesia en San Francisco de Conchos, pero, como ya vimos, la muerte le impidió regresar a su querida tierra de adopción. Por eso, antes de morir, cuando se despidió de los indios conchos que lo habían acompañado en su viaje, les encomendó que llevaran a cabo el propósito que él ya no podría cumplir.

Sesenta años después, esa pequeña y venerada imagen, que con tanto cariño conservaban los habitantes de la misión, que después fue presidio, se hizo protagonista de un hecho milagroso. El 24 de junio de 1695, comenzó a brotar de la imagen un sudor tan copioso que mojaba el mantel del altar en que estaba colocada. Esa sudoración continuó dándose hasta el día 27. La gente comenzó a congregarse de todos los pueblos y rancherías vecinos para ver el prodigio. En eso se supo que un grupo de tarahumares sublevados estaba por caer sobre el pueblo, pero al estar reunida tanta gente, se pudo presentar una resistencia mucho mayor que la que los indios esperaban. El general don Juan Fernández Retana, capitán vitalicio del presidio fue quien se puso al frente de la resistencia y después de vencer a los rebeldes, mandó labrar para la Virgen un hermoso marco de plata en filigrana, que es mismo en el que hoy está colocada la imagen. A raíz de ese suceso, el pueblo pasó a llamarse Guadalupe de Conchos, nombre que conservó por algún tiempo.

Fray Alonso nació hacia el año de 1564 o 1566 en España. Sobre el lugar de su nacimiento, si aceptamos la hipótesis muy probable de que los datos que su hermano, el capitán Francisco de Oliva, aportó en su testamento, hecho en San Bartolomé el 27 de octubre de 1621, se le pueden aplicar también al franciscano, tenemos que este se llamaba Alonso de Oliva Ahumada, que era hijo legítimo de Antón de Oliva y de Juana Sánchez de Ahumada, y que nació en la villa de Puerto Real, en los reinos de Castilla, donde sus padres vivían. Su abuelo paterno se llamaba también Alonso de Oliva.

Con su hermano Francisco se fue a vivir desde muy joven al Valle de San Bartolomé y a favor suyo renunció a su herencia cuando entró al convento. También tenían ambos en esa provincia de Santa Bárbara dos sobrinos, hijos legítimos de una hermana, que se llamaban Alonso Bello y Diego Montes de Oca. Francisco al parecer no se casó, pues en su testamento no nombra a esposa o hijos por herederos, y muy probablemente pertenecía a la Orden Tercera de San Francisco, pues en el mismo documento pide que se le entierre con hábito franciscano.

Fray Alonso tomó el hábito de san Francisco en el convento de Nombre de Dios, Durango, cuando éste todavía era la sede de la custodia de Zacatecas. A sus 27 años, siendo ya profeso y sacerdote, pidió ser destinado a la región de los conchos en lo que hoy es el sureste del estado de Chihuahua. (Autor: Dizán Vázquez).

 

 

 

 

 

 

 

OÑATE, JUAN DE. Militar, conquistador.

 

ORCASITAS, MARIANO. Gobernador.