Este fraile español fue célebre, más no por su santidad, sino por su vida revoltosa e inquieta y por su trágico fin. Sin embargo, Chihuahua le debe muchos años de fatigas apostólicas y el ser el primer maestro de educación secundaria después de la independencia. Tres facetas descubrimos en su trayectoria: capellán, educador y contrainsurgente.

Fray Joaquín de Arenas llegó a la villa de San Jerónimo a mediados de 1805 para hacerse cargo de la capellanía real del presidio de San Carlos de Cerro Gordo, que estaba en la villa de San Jerónimo. Antes de venir a la Nueva Vizcaya había sido comisario de la Tercera Orden, lector de gramática y predicador, aunque no muy brillante. Tomó posesión de su cargo el 13 de mayo de 1806 y ahí permaneció hasta el 1° de abril de 1815 en que fue trasladado, también como capellán, al hospital militar de Chihuahua, que pertenecía igualmente a las compañías presidiales.

Parece que ya entonces desde da señales de su apego al dinero, afición que le causará otros graves problemas en su vida, pues el 8 de agosto de 1808 escribe a las autoridades quejándose de que el año anterior había recibido por concepto de rentas y eventuales 40 pesos mensuales, esto es 480 pesos anuales, “con lo que no tengo para mi pobre subsistencia”. M.A, Arredondo comenta que, a pesar de la queja del religioso, tal ingreso era bueno para la época, comparándolo con lo que recibían los religiosos de las misiones y aun los oficiales de presidio, y llega a la conclusión que el fraile tenía un “temperamento ambicioso”.

Poco después de ocupar su cargo de capellán en el hospital militar, fray Joaquín propuso el 8 de abril de 1815 al Ayuntamiento de Chihuahua abrir una cátedra de gramática latina y castellana. Tanto el comandante general como el gobernador intendente autorizaron la propuesta y la escuela se abrió el 26 de junio. Cobraba una cuota de cinco pesos por alumno, a los pobres les ajustaba la cuota según su capacidad de pago y a los insolventes no les cobraba nada. Para los niños de fuera tenía también un internado con cuota de veinte pesos mensuales, que incluía colegiatura, alojamiento y alimentos.

Esta escuela del padre Arenas ha sido calificada como la primera institución de enseñanza secundaria en Chihuahua. Aunque los jesuitas en su colegio, clausurado en 1767, ya la impartían, y los franciscanos la retomaron en su convento, sí es mérito indiscutible del padre Arenas haberla reiniciado en los difíciles años de la guerra de Independencia. También se considera este colegio del padre Arenas como el antecedente del Instituto Científico y Literario, pues en 1826 el Congreso local decretó la apertura de las cátedras de gramática latina y castellana, las cuales dieron origen a dicha institución.

Estas nobles iniciativas no agotaban el desbordante activismo del fraile, pues también fue acusado de vivir fuera del claustro y de dirigir una fábrica de aguardiente. Por esta causa tuvo un fuerte enfrentamiento con el obispo de Durango, el marqués de Castañiza, quien en 1818 lo mandó llamar a Durango, le impuso suspensión de oficio y beneficio y lo mandó preso a la ciudad de México con una barra de grillos en los pies. Sobre este episodio de su vida el mismo Arenas escribió un alegato titulado Prisión violenta y satisfacción que da al público el R. P. Fr. Joaquín Arenas, religioso de la más estrecha observancia de N. P. San Francisco, capellán real del hospital militar de la Villa de Chihuahua.

Cumplida su sentencia, Arenas vuelve a Durango y se involucra en negocios ilícitos en compañía de una baronesa modista que había hecho los trajes imperiales para la coronación de Iturbide. Tal vez fue en este tiempo (1824) cuando vuelve a disputar con el obispo de Durango reclamándole unos documentos suyos que éste tenía, y que necesitaba para aspirar a un curato en el obispado de Valladolid. De vuelta a México se le involucra en una fábrica de moneda falsa, disimulada con el nombre de Manufactura de Jabón, cerca de la capilla de la Candelaria en México.

La última parte de la vida del padre Arenas es la más corta pero también la más trágica, pero no nos detenemos en describirla en detalle por ser de menor interés para su actividad en Chihuahua. Se trata de su participación, como cabecilla en lo que se suele llamar “la conspiración del Padre Arenas”, es decir, un complot que tuvo como objetivo derrocar al presidente Guadalupe Victoria y restaurar el régimen español y la obediencia a Fernando VII. El 18 de enero de 1827 fray Joaquín se presentó ante el comandante militar de la plaza de México, general Ignacio Mora, para convencerlo de que encabezara la subversión con las tropas a su mando, pues Mora había militado en el ejército realista. El general escuchó con atención al fraile y lo citó para el día siguiente para hablar más sobre el asunto, pero de inmediato corrió a informar de todo al presidente. Al llegar a la cita estaban ocultos varios testigos para escuchar la historia que Mora le pidió repetir a fray Joaquín. En ese momento lo aprehendieron y le formaron juicio. Apresaron también a otros seis involucrados, gente bastante anónima y sin mayor influencia social. Arenas fue condenado a muerte acusado de traición a la patria y fusilado el 2 de junio de 1827 a las siete de la mañana.

Es notable el hecho de que el padre Arenas, de vida tan desarreglada, perteneciera a una rama de los franciscanos que se caracterizaban por su estricta observancia, como eran los dieguinos, provincia que en otros tiempos produjera personajes tan esclarecidos como san Felipe de Jesús, mártir del Japón. Esto nos hace ver ya el declive en que comenzaba a verse afectada la orden franciscana en la primera mitad del siglo XIX. Declive que no sólo se debió a persecuciones externas sino a factores internos, como veremos más adelante. (Autor: Dizán Vázquez).

 

ARRONTE DOMÍNGUEZ, ALFONSO. Profesionista, político.