En 1601 llegó a la ciudad de Santiago de Chile, para tomar posesión del obispado del mismo nombre, un franciscano llamado fray Juan Pérez de Espinosa. Había sido nombrado para dicha sede el año anterior y permaneció en ella hasta su muerte, en 1622.

Si por algo nos interesa ocuparnos de él, es porque anteriormente fue misionero entre los indios conchos, en la parte suroriental de lo que hoy es el estado de Chihuahua, en la Nueva Vizcaya. Pero no solo eso, pues el interés de los historiadores, antropólogos y lingüistas en fray Juan de Espinosa, como también se le conoce, es porque se dice que escribió un Arte y Vocabulario completo del idioma concho, que hasta la fecha no se ha podido localizar, y por tanto no se ha podido comprobar, pues los datos que lo avalan son hasta ahora demasiado precarios.

Los que tal cosa afirman se basan en una pequeña nota del famoso bibliógrafo mexicano José Mariano Beristáin y Souza, publicada en su Biblioteca Hispanoamericana Septentrional a principios del siglo XIX. En ella Beristáin traza una breve reseña del franciscano, de la que dependerán casi todas las breves reseñas biográficas que se repiten en enciclopedias y catálogos bibliográficos de lenguas indígenas, al menos en lo que toca a esta parte de su vida.

Veamos primero lo que escribe Beristáin y luego hacemos un breve análisis de su reseña:

“ESPINOSA (Illmo. D. Fr. Juan) natural de la Guardia en la provincia de Álava, del orden de S. Francisco de la provincia de Zacatecas, y lector jubilado de ella: obispo de Santiago de Chile.    Escribió

Historia de la introducción del Evangelio desde Parral hasta el Nuevo México, que practicó personal y apostólicamente el autor. MS.- Arte y Vocabulario completo del Idioma Concho. MS.- Ambos manuscritos los vio y refiere el P. Arlegui en su Catálogo”.

Comentemos a Beristáin:

  1. Fray Juan no nació en la Guardia, Álava, como veremos más adelante.
  2. Sí era de la orden de San Francisco y de la custodia de Zacatecas, que después de su partida fue elevada a provincia.
  3. Sí fue obispo de Santiago de Chile.
  4. Es dudoso que escribiera Historia de la Introducción del Evangelio desde el Parral hasta el Nuevo México, pues esa historia solo pudo escribirla antes de 1600, cuando partió a Chile, y Parral se fundó hacia 1631.
  5. Es interesante que Beristáin mencione esa Historia de la Introducción del Evangelio y el Arte y Vocabulario completo del Idioma Concho como no publicados, es decir como manuscritos (lo cual explica su desaparición o su tranquilo sueño en algún archivo, donde esperan ser descubiertos) y que se apoye en la autoridad del famoso cronista de la provincia franciscana de Zacatecas, fray José Arlegui, quien “los vio”, y los refiere en su Catálogo, pero en la reseña bio-bibliográfica que hace el mismo Beristáin de Arlegui curiosamente no menciona dicho catálogo.

Veamos, pues, otras fuentes para completar y corregir los datos de Beristáin.

Según fray José Arlegui, cronista de la provincia franciscana de Zacatecas, Juan de Espinosa desembarcó en Veracruz procedente de España  siendo un adolescente de diez y seis años. Lo había enviado su padre a la Nueva España, donde tenía parientes, para que con ayuda de ellos alcanzara una posición económica que él no podía darle. Sus parientes lo recibieron con gusto y lo enviaron a Zacatecas, donde el auge de las minas de plata ofrecía buenas oportunidades de enriquecerse. Añade que Espinosa era de Castilla la Vieja, pero que ignora el lugar exacto de su nacimiento, aunque supone que era de La Rioja.

Sin embargo, sabemos con certeza que los padres de fray Juan fueron Baltazar Pérez y María Ruiz, naturales de Toledo, que emigraron a México en 1600, probablemente después de su hijo. Además de fray Juan, tenían por lo menos dos hijas: Ana María de Espinosa, también emigrada a la Nueva España, que se casó con Diego Gómez de Molina, quienes fueron padres de Francisca Gómez de Molina y de Alonso Gómez Pérez. De Francisca sabemos que nació en la ciudad de México. Ana María se fue a vivir a las minas de Cuencamé junto con su esposo, antes de 1613 y los documentos dicen expresamente que su hermano Juan fue obispo en Chile.

La otra hermana de fray Juan se llamaba Ángela de Espinoza, y entró de monja concepcionista en el monasterio de Regina Coeli en la ciudad de México. De doña Ana María de Espinoza sabemos que llegó a México en la flota que trajo al virrey Álvaro Manrique de Zúñiga, primer marqués de Villamanrique, el 7 de septiembre de 1585. Sabemos que Ángela llegó al país en 1600 y con ella parece que también venían sus padres don Baltazar Pérez y doña María Ruiz.

Cruzando diversas y fragmentarias informaciones, podemos aproximarnos con cierta probabilidad a algunas de las principales fechas de su vida. Si tiene razón Arlegui de que llegó a la Nueva España a los 16 años, y teniendo en cuenta que un sobrino afirmó en 1605, en Chile, que su tío tenía 30 años de misionar en Las Indias, debe haber llegado a Veracruz en 1575 y su nacimiento debe haberse dado hacia 1559. En cambio, son seguras las fechas de su nombramiento como obispo de Santiago, 1600, y de su toma de posesión, 1601. Murió en 1622 y en caso de que la fecha de nacimiento que aventuramos sea cierta, tenía 63 años de edad.

Volviendo a Zacatecas, donde habíamos dejado al joven Juan de Espinosa, tenemos que abrirnos paso a través del exuberante follaje de la crónica del padre Arlegui, buscando en él algunos datos más precisos. Juan mostró indiferencia por una carrera cargada de riquezas y de honores al abrigo de las minas de plata y optó por ingresar en la orden franciscana, que tenía en Zacatecas una custodia, fundada en 1566, dependiente de la provincia del Santo Evangelio de México y que luego fue elevada al rango de provincia, tomando el nombre de Provincia de N. P. San Francisco, en 1606.

En el convento de Zacatecas hizo fray Juan su noviciado durante un año. Hecha su profesión religiosa, viendo sus grandes dotes intelectuales, sus superiores lo destinaron a estudiar teología y al terminar sus estudios lo pusieron a enseñar el curso de Artes y el de Sagrada Teología. Al mismo tiempo cobró fama como predicador en Zacatecas y en sus contornos, dedicándose a una de las actividades preferidas por los franciscanos, aparte de las misiones entre infieles: las misiones populares entre cristianos. Consiguió abundantes conversiones, no solo por el fuego de su predicación sino por el ejemplo de su vida, pues era un sacerdote piadoso y observante de la regla de su orden.

Pensando ya desde entonces en dedicarse a las misiones entre los indios, fray Juan comenzó a aprender la lengua de los conchos, a los que pensaba dedicarse, de manera que cuando consiguió el permiso de sus superiores de partir hacia las misiones del valle de San Bartolomé, ya iba muy adelantado en el conocimiento de la lengua, la cual muy pronto perfeccionó al grado de escribir una gramática, como hemos mencionado antes. Su vida en esos parajes transcurrió durante algunos años como la de los demás misioneros: evangelizando a los indios, tratando de infundirles costumbres más civilizadas y congregándolos en pueblos. En esa ocupación padeció grandes fatigas y se enfrentó a graves peligros. Por lo menos en una de las largas entradas que hizo a pie y solo por la región en busca de los indios, estos lo apresaron y lo azotaron cruelmente hasta dejarlo moribundo, pero milagrosamente se salvó, dice Arlegui.

Así se encontraba fray Juan entregado a sus afanes misioneros, cuando se ofreció que la provincia franciscana tenía que mandar a Madrid a un religioso para hacer algunos trámites ante la corte y ante el procurador general de la orden. Los superiores lo escogieron a él para tal encomienda, en vista de su preparación y de sus grandes cualidades.

Fray Juan tuvo que dejar a sus queridos indios conchos y partió a pie a Veracruz donde se embarcó en una flota que iba a España. Llegó felizmente a los reinos de Castilla y luego a Madrid, donde permaneció un buen tiempo ocupado en los asuntos que le habían encomendado. Mientras tanto, su fama de santo religioso y de buen predicador se comenzó a difundir en toda la ciudad. Después de haber obtenido todo lo que quería del Consejo de Indias a favor de su provincia, fray Juan se disponía a regresar a América, cuando le llaga a su convento una real cédula. Presumiendo fray Juan que era algo relacionado con los trámites que había ido a realizar, grande fue su sorpresa al ver que el rey lo nombraba obispo de Santiago de Chile, en el lejano reino del Perú. Profundamente conmocionado, fray Juan se resistió, pero una orden terminante de sus supriores religiosos lo hizo aceptar esa nueva misión. Era el año de 1600, y fray Juan se embarcó hacía su destino, tomando posesión de su diócesis en 1601.

El historiador chileno Diego Barros Arana en parte confirma los datos de Arlegui y en parte los contradice. Barros nos confirma que fray Juan era originario de Toledo, pero dice que entró en la orden franciscana en España como hermano lego y que después recibió las órdenes sacerdotales antes de pasar a América. En sus cartas al rey el futuro obispo (tal vez en su estancia en España con la comisión a la que se refiere Arlegui) refiere que trabajó en México y Guatemala enseñando gramática y teología. Barros menciona la estancia de fray Juan en Guatemala citando al sacerdote Domingo Juarros, autor de una historia de la ciudad de Guatemala, escrita a principios de 1800, donde menciona  brevemente al “hermano Juan de Espinosa” . Pero un siglo antes, fray Francisco Vázquez, en su crónica franciscana de Guatemala, dice que fray Juan de Espinosa misionó entre los indios cakchiqueles y que repartía entre ellos “unos alfabetos y cartillas” en su lengua. No sabemos si esta actividad de fray Juan en Guatemala se dio antes o después de la de Nueva Vizcaya. Arlegui hace suponer que fue antes.

Volvamos otra vez a Madrid, donde se encuentra fray Juan por la misión que le encomendó su provincia ante la Corte y que acaba de recibir la orden real de trasladarse a Chile para tomar posesión del obispado de Santiago. A finales de 1600, fray Juan se dirige a Lisboa para abordar la flota española que lo conduciría al Nuevo Mundo. Los pasajeros llegaron a Río de Janeiro a mediados de enero de 1601, y ahí se tomaron unos días de descanso antes de partir, también en barco, hacia Buenos Aires, a donde llegaron el 4 de marzo. A mediados de este mes, los pasajeros que debían continuar a Chile se pusieron en marcha por un camino lleno de dificultades y privaciones. Pasaron por Mendoza a mediados de mayo, cuando las nieves del invierno meridional cubrían ya los senderos de la cordillera de los Andes y llegaron finalmente a Santiago a fines de ese año de 1601. De inmediato, fray Juan Pérez de Espinosa tomó posesión de su diócesis, donde le esperaba una tarea que hubiera doblegado a un ánimo menos fuerte que el suyo.

El padre Arlegui dice en su Crónica, con un estilo hagiográfico que se repite como cliché en la vida de los santos, que fray Juan era un hombre “de naturaleza apacible, de genio blando, muy inclinado a la virtud, y deseoso de su espiritual provecho”. Virtuoso y espiritual ciertamente lo sería, pero apacible y blando, no parece, a juzgar por su desempeño como obispo de Santiago, donde se vio envuelto en numerosos conflictos con personas e instituciones, por lo que los historiadores chilenos lo llaman “el más batallador de los obispos de Santiago”, y “promotor de ruidosas perturbaciones”.

Se encontró de entrada con un clero bastante desordenado, como resultado de tantos años de falta de un obispo. Otro conflicto lo tuvo con varios funcionarios del Santo Oficio de la temida Inquisición, en el que cualquiera hubiera apostado al triunfo de esta, sin embargo, el que ganó fue el obispo.

En este conflicto aparece en escena un sobrino suyo, hijo de una hermana, llamado Tomás Pérez de Santiago, que seguramente se fue a Chile con su tío. También tuvo problemas con su propio cabildo catedralicio. Otro conflicto en que se vio envuelto fue con los jesuitas, a quienes, según un historiador jesuita, prohibió predicar en su propia iglesia para que no mermara la asistencia de fieles a la catedral. El temple del obispo Espinosa se puso a prueba al entablar un ruidoso juicio con el gobernador Alonso de Ribera, de “carácter irritable y violento”, “impetuoso y autoritario”, a quien llegó a excomulgar.

Por otra parte, también es justo mencionar la infatigable actividad pastoral que desarrolló fray Juan Pérez de Espinosa en su dilatado obispado, que comprendía la mitad de Chile, parte de Argentina y parte de Perú. Fundó innumerables parroquias y doctrinas, convocó el segundo sínodo diocesano, construyó templos e inició los trámites para la fundación de una universidad. También sobresalió en la defensa de los indios, recordando seguramente su pasado misionero entre los conchos de Chihuahua. Por los sinsabores que esta lucha en defensa de los indios contra los abusos de las autoridades civiles y de los encomenderos, fray Juan llegó a sentirse tan desalentado que, en una carta al rey, del 6 de mayo de 1607, le expresa su deseo de renunciar al obispado.

Muchas otras cosas se podrían contar de su desempeño como obispo de Santiago, pero eso corresponde a los historiadores chilenos. A los chihuahuenses nos basta recordar con gratitud a este esforzado misionero que en época tan temprana ayudó a roturar el terreno de la fe entre los indios conchos, con los que llegó a identificarse a tal grado que dominó su lengua y escribió una gramática que ojalá un día llegue a encontrarse. (Autor: Dizán Vázquez)

 

 

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FELLNER CLAUDIA Y MALZER CANISIA. Religiosas.