En 1767, después de 167 años de trabajo ininterrumpido, fueron expulsados los jesuitas de las misiones de la Tarahumara por orden de Carlos III. Sus misiones fueron repartidas entre la diócesis de Durango, es decir, algunas parroquias se secularizaron, y las demás, las más difíciles y alejadas, fueron entregadas a los franciscanos del Colegio de Propaganda Fide de Guadalupe, Zacatecas. En septiembre de ese mismo año, los “guadalupanos” recibieron 15 misiones y en 1768 una más, en total 16 misiones con 52 pueblos de indios tarahumares, pimas, tubares, tepehuanes y “mexicanos”.
A fines de 1826 el Congreso federal decretó la expulsión de todos los españoles de la República, medida que afectó también a los misioneros de ese origen. Esta medida dejó desprotegidas las misiones de California cuyo personal, que provenía del Colegio de Propaganda Fide de San Fernando de México, era en su mayoría español. Para sustituirlo, el gobierno mexicano ordenó a los misioneros del Colegio de Guadalupe de Zacatecas que atendían la Tarahumara, que transfirieran sus misiones a los franciscanos de las provincias de Jalisco y Zacatecas para que ellos a su vez se hicieran cargo de California. Es aquí donde entra en escena el padre fray Miguel Tellechea.
El padre Tellechea pertenecía al Colegio de Propaganda Fide de Guadalupe , y al llegar los franciscanos de Jalisco a la Tarahumara, no quiso abandonar las misiones y pidió su incorporación a la provincia de Jalisco para poder quedarse. En ese momento fue nombrado comisario de las misiones de la Tarahumara y en esa calidad fue como él mismo las recibió del Colegio de Guadalupe, por medio de fray Mariano Sosa, para la provincia de Jalisco el 20 de noviembre de 1830. Las misiones que entregaron los guadalupanos a los de Jalisco fueron estas diez: Chínipas, Guazapares, Santa Ana, San Miguel, Baburigame, Bazonopa, Tubares, Satevó, Nabugame y Cerocahui. Otras 10 las entregaron a los de la Provincia de Zacatecas. En 1821, fray Miguel aparece como comisario de la Tarahumara con residencia en los pueblos de Chínipas y Santa Ana y en 1831 en Cerocahui y Guazapares. El padre Tellechea sirvió en las misiones de Cerocahui, Chínipas (de 1819 hasta agosto de 1829) y Guazapares,
Los frailes de Jalisco fueron disminuyendo poco a poco por falta de personal y de crisis internas propias de las órdenes religiosas en ese tiempo. Para 1839 quedaban en la Tarahumara solo dos misioneros, fray José María Becerra y fray Francisco Muñoz, y después de la muerte de este último en 1849, solo quedó el padre Becerra, hasta que las misiones fueron entregadas en 1858 al obispado de Durango, y aun después de la entrega este sacerdote continuó atendiendo Guadalupe y Calvo hasta su muerte.
El padre Tellechea había llegado a la Tarahumara procedente del Colegio de Guadalupe, Zacatecas, durante los últimos años de la guerra de Independencia y probablemente su primer destino fue Cerocahui. Poco después pasó a la misión de Chínipas, recibiendo al mismo tiempo el cargo de presidente de las misiones de la Tarahumara. En Chínipas permaneció diez años. Durante su permanencia en Chínipas, el padre fue protagonista de un evento que nos relata el historiador Francisco R. Almada: “En octubre de 1820, penetró en la región una partida de indios ópatas al mando de un capitancillo de su misma raza, viniendo armados con fusiles, lanzas y carcajes. Aunque el Subdelegado Rodríguez, que se encontraba en Palmarejo, tuvo aviso de que se aproximaban, nada hizo por tratar de detenerlos. Llegaron a dicho Mineral en donde atemorizaron al Subdelegado por medio de las armas y obtuvieron de él un pase para el pueblo de Chínipas, a donde llegaron el día 12, preguntando por el Alcabalero, que lo era Don Rafael Fernández Becerra, con el propósito de exigirle los fondos que tuviera; pero casualmente se encontraba ausente.
El Padre Tellechea, valiéndose del Teniente, les pidió su autorización para transitar, ya expedida por el Gobierno de Sonora o por sus jefes inmediatos, contestándole el capitancillo que ellos no venían a satisfacer a nadie y que tenían armas suficientes para imponerse. Esta contestación obligó al Misionero a investigar por debajo de cuerda sobre el móvil del viaje de aquella partida, pudiendo saber que venían haciendo proposiciones seductivas a los naturales, para cuyo fin habían hablado con el General de los indios de Guazapares, a quien prometieron regresar en mayor número, instándole para que tuviera listos a sus indios y reunirse todos para ir a hacer frente a los gachupines de Durango, que venían a robar a los tarahumaras a su región.
En la misma forma sigilosa ordenó el Padre Tellechea a los vecinos que no auxiliaran a los ópatas. Estos, después de haber hecho muy poco aprecio del Misionero y del Teniente, se fueron rumbo a Sonora llevándose por la fuerza algunas bestias y otros objetos de los vecinos, sin que nadie intentara evitarlo. Tellechea mandó un oficio con propio al Subdelegado, informándole de los propósitos de los ópatas y de los excesos que estaban cometiendo en Chínipas, insinuándole las medidas que podía tomar para perseguirlos, sin que Rodríguez hiciera ninguna diligencia para tratar de someterlos.
Ante esta abulia del Subdelegado, el Padre mandó llamar al General de Guazapares, hablándole en su mismo idioma sobre la inconveniencia de aliarse con los ópatas, que eran ‘hombres perdidos y ladrones’, recomendándole que tuviera en paz a sus indios. El Alcabalero Fernández Becerra, que había vuelto a ocupar este puesto desde 1816, se quejó al Comandante General en contra del Subdelegado, tachándolo de pusilánime y cobarde. El asunto pasó al gobernador Intendente, quien amonestó severamente al Subdelegado”.
Después de su periodo en Chínipas, fray Miguel volvió a Guazapares. Fue entonces cuando unos vecinos del lugar se quejaron en contra del padre Tellechea, acusándolo de haber tomado del templo de Chínipas unas alhajas y de que pretendía vender algún ganado perteneciente a los bienes de comunidad. Tal vez se trató de una medida legítima que tomó fray Miguel como presidente de las misiones, pues en un documento de 1831 se dice que dispuso de la “reducción” de algunas piezas de plata pertenecientes a las iglesias de Chínipas y Cerocahui.
La molestia causada por estas acusaciones motivó que el padre abandonara la región, renunciara a la presidencia de las misiones y se fuera a Sonora. Allá se hizo cargo de las misiones de la Pimería Baja, con cabecera en Bacanora, donde permaneció hasta su muerte, acaecida hacia 1839.
De su entrega fervorosa al trabajo con los indios es prueba el interés con que se dedicó a aprender la lengua rarámuri, hasta el grado de componer una gramática y un catecismo: Compendio Gramatical para la inteligencia del idioma Tarahumar. Oraciones, Doctrina Cristiana, Pláticas, y otras cosas necesarias para la recta administración de los Santos Sacramentos en el mismo idioma. Esta segunda parte la compuso en tarahumar y en un castellano que según sus censores parece “oscuro o impropio”, pero reconocen que así debe ser para que los indios lo puedan entender. Por supuesto que fray Miguel no escribió así por ignorancia, sino que a ciencia y conciencia quiso utilizar “el estilo y modo que acostumbran los indios”.
El padre Tellechea viajó a México para pedir ayuda para su publicación, logrando que el gobierno se la publicara en la Imprenta de la Federación en 1826. Incluso se informó de esta edición a los obispos mexicanos, mandándole un ejemplar a cada uno.
En la “Prefación” con que introduce su libro, el padre Tellechea muestra un excelente conocimiento de la Sagrada Escritura, que cita profusamente, así como de los Santos Padres y Concilios, especialmente del Concilio de Trento. En ella censura enérgicamente la ignorancia que tienen algunos misioneros de las lenguas de los indios y afirma que si por no predicarles el Evangelio de manera que lo entiendan los indios no abrazan la fe y siguen con sus vicios e idolatrías, el misionero también será responsable de esto en el juicio de Dios. En la portada del libro fray Miguel aparece ya como ex-presidente de las misiones de la Tarahumara. (Autor: Dizán Vázquez).
TERRAZAS, LUCAS. Maestro.
