De este humilde y desconocido cristiano, miembro de la Congregación Mariana de la Parroquia del Santo Cristo de Burgos de Jiménez, nos da noticia el padre Leopoldo María Aguilar en su librito ¡Mayo… El Mes de la Gran Reina! testimonio que copiamos al pie de la letra:
“Un joven campesino de la Parroquia de C. Jiménez, de nombre Jesús Gutiérrez, enfermó de fuerte dolor de cabeza que persistía por días y aun por semanas, a pesar de todas las medicinas en su contra. Le llevaron a un sanatorio de la capital del estado y ahí diagnosticaron: Chuy, como le llamaba cariñosamente su familia, tenía un tumor cerebral, y le daban tan solo unos cuantos días de vida.
De vuelta a su pueblo, fui llamado para administrarle los últimos sacramentos. Cuando terminé de hacerlo, Chuy pidió hablar conmigo y a solas me dijo:
“Padre, toda mi vida he deseado ser congregante de la Virgen, pero como la mayor parte del tiempo me la pasaba en el rancho ayudando a mi papá, veía que quizá no podía ser congregante. Las pocas veces que venía en domingo a la parroquia me gustaba ver a los congregantes rezando el oficio de la Virgen y cantándole los hermosos cánticos que usted les ha enseñado, y cuando se dirigían al salón de juntas de buena gana les hubiera seguido, pero en mi casa me decían que no podría cumplir sino viviendo aquí. Padre, yo sé que mi enfermedad es grave y que quizá ni me llegue a aliviar. Le voy a pedir un favor: ¿No me podría recibir de congregante, aunque sea en la cama? Yo procuraré cumplir con lo que buenamente pueda. ¿Me podré recibir?”.
“¡Claro que sí, Chuy! le contesté yo. Me lo debías haber dicho desde antes, yo te hubiera indicado la manera se ser congregante, no obstante tus quehaceres”.
Al oír mi respuesta, el gozo brilló en su rostro. “¡Qué felicidad para mí! Exclamó. ¿Cuánto tiempo tendré que estar de aspirante?”. Él, que ignoraba a punto fijo su sentencia de pronta muerte, se quedó lleno de asombro y de gozo al ver que yo le decía: “Hoy mismo vas a ser congregante de la Virgen. Te voy a dispensar del aspirantazgo”.
Mandé en seguida traer un distintivo y el manual de recepciones y estando presente el prefecto y el secretario, Chuy hizo su acto de consagración y recibió el distintivo de congregante, con toda la solemnidad que fue posible. No cabía en sí de gozo y las lágrimas de alegría brotaron de sus ojos.
No obstante que los médicos le habían dicho a la familia que tan solo unos días le quedaban de vida, Chuy duró todavía algunos meses, que fueron para él un verdadero martirio, en los cuales dio a conocer cuánto agradecía a la Virgen el que lo hubiera admitido en sus filas. Todo su consuelo era mirar la imagen de la Virgen que tenía junto a su cama, besar su distintivo y rezar el rosario. La Virgen sin duda le asistía con su poder y misericordia, pues decía que cuando besaba la medalla del distintivo se le quitaba el dolor, y que de su distintivo emanaba un suavísimo olor. En ocasiones decía a su hermana, que era enfermera y que con gran cariño le cuidaba: “Retírate. Déjame hablar con la Santísima Virgen que está aquí conmigo. Murió santamente el 27 de febrero de 1952. (Autor: Leopoldo M. Aguilar).
GUTIÉRREZ, LEANDRO.
GUTIÉRREZ LASCURÁIN, JUAN. (Brecha, N° 21, -P-).
H
HADDAD NICODEMO, FERNANDO. Empresario.
