El 23 de junio de 1891, mediante la bula Illud in primis, el papa León XIII erigió la diócesis de Chihuahua, señalándole como territorio todo el estado del mismo nombre, desmembrándolo del obispado de Durango, al que había pertenecido desde su fundación en 1620.      Quedó como sede la ciudad de chihuahua y como catedral el hermoso templo parroquial iniciado en 1725 y terminado a principios del siglo XIX.

Pedro Loza y Pardavé, arzobispo de Guadalajara, delegado por León XIII para ejecutar la bula de erección de la diócesis de Chihuahua, delegó a su vez al padre José Hilario Echevarría, párroco de Parral. Éste se traslada a Chihuahua y realiza la erección canónica de la diócesis el 8 de noviembre del mismo año, y nombra vicario capitular al Pbro. Luis Terrazas y Córdova para el periodo de sede vacante mientras llegaba el obispo designado por Roma.

El nombramiento del primer obispo tardó dos largos años. La persona designada por el papa León XIII para ocupar la recién nombrada sede episcopal fue el licenciado José de Jesús Ortiz Rodríguez, sacerdote de la diócesis de Morelia. El nombramiento se hizo en Roma el 15 de junio de 1893. El nuevo obispo nació en Pátzcuaro, Michoacán, el 29 de noviembre de 1849, y fue bautizado tres días después con los nombres de Estanislao Sóstenes de Jesús, pero él usaba solo el último, anteponiéndole el de José: José de Jesús. Fueron sus padres el coronel y jefe del Primer batallón de Michoacán don Jesús Ortiz y doña María Dolores Rodríguez de Ortiz, vecinos de Pátzcuaro. Autores muy respetados afirman que José de Jesús Ortiz era descendiente de los reyes tarascos.

En 1859, a los diez años de edad, se inscribió en el famoso Colegio de San Nicolás de Morelia, donde estudió hasta 1863. En 1864 ingresó en el Seminario Conciliar de Morelia, donde estudió física bajo la dirección del sacerdote don Agustín Abarca y Cabrera, uno de los intelectuales más brillantes de Michoacán en ese tiempo, quien por su saber y virtud ejerció una influencia decisiva para que el joven José de Jesús se encaminara al sacerdocio.

El joven Ortiz dejó el seminario para cursar la carrera de abogado, para lo cual estudió en Morelia dos años de Jurisprudencia y otros tantos en la Ciudad de México, a donde partió en 1867, graduándose a principios de 1870. Regresó a la capital de Michoacán, donde abrió su despacho, ejerciendo de abogado por espacio de dos años. En 1872 ingresó en el seminario como profesor de física y ahí sintió que su vocación era el sacerdocio.

El 8 de diciembre de 1875 recibió la tonsura y las cuatro órdenes menores. Los días 23 y 25 de julio del año siguiente, las órdenes de subdiácono y diácono respectivamente. Se ordenó sacerdote en Morelia el 18 de marzo de 1877, de manos de su arzobispo don José Ignacio Árciga Ruiz de Chávez, en el templo de San José.

El 17 de marzo de 1879 fue nombrado promotor fiscal de la Curia Eclesiástica y por poco tiempo fue también profesor de física, derecho canónico y rúbricas (liturgia) en el Seminario Conciliar de Morelia. El 22 de febrero de 1880 fue nombrado vicerrector del mismo. En marzo de 1984 recibió una prebenda en la catedral de Morelia y en 1888 fue nombrado provisor y vicario general (gobernador de la Sagrada Mitra). Destacó también en la oratoria sagrada.

El 15 de julio de 1893 fue preconizado por León XIII primer obispo de la diócesis, que carecía de pastor desde su fundación, dos años antes.

El obispo electo recibió la ordenación episcopal en Morelia, el 10 de septiembre de 1893, por la imposición de manos de su arzobispo, don José Ignacio Árciga Ruiz de Chávez, quien lo había ordenado sacerdote. Oficiaron como co-consagrantes don Rafael Sabás Camacho, obispo de Querétaro, y don Francisco Melitón Vargas, obispo de Puebla.

Con la misma fecha de su ordenación episcopal, publicó en Morelia su primera carta pastoral como obispo de Chihuahua, con la cual se presenta al clero y al pueblo católico de Chihuahua. Luego partió a Chihuahua, a donde llegó el 3 de octubre, tomando posesión de la diócesis al día siguiente.

El júbilo de los chihuahuenses fue enorme. Apenas se supo la noticia de su elección, se organizó en Chihuahua un comité de recepción llamado Junta Católica Chihuahuense. La encabezaba, como presidente honorario, el general Luis Terrazas, pero el presidente efectivo era su pariente, el  presbítero  Luis Terrazas Córdova; como secretario el Lic. Severo I. Aguirre; como pro-secretario el Lic. Carlos M. Rojas Vértiz; los tesoreros fueron Enrique C. Creel y José María Sánchez; y vocales José María Falomir, Ignacio Uranga y Carlos Zuloaga.

La diócesis que se encomendaba al nuevo obispo contaba con una población de 312,146 habitantes, de los cuales 258,803 se confesaban católicos (98.49%), los protestantes sumaban 2,646 (1.03%) y el 0.45% se declaraba sin religión. Toda esa población estaba dispersa en una extensión de 245, 469 km2, pues coincidía con el estado de Chihuahua. La capital del estado contaba con 18,279 habitantes.

El ambiente social, político y religioso en la flamante diócesis no eran nada fáciles para el pastor recién llegado. Chihuahua gozaba del auge agrícola, ganadero e industrial impulsado por la administración porfirista, representada en el estado por los grandes terratenientes, empresarios y políticos como don Luis Terrazas. Pero junto a ese auge, imperaban las contradicciones sociales propias de dicho periodo: junto a la opulencia de unos pocos, la miseria de muchos otros.

A pesar de la abrumadora mayoría católica, don José de Jesús Ortiz encontró en Chihuahua una Iglesia católica muy debilitada y desorganizada. Varios factores, que se relacionaban y reforzaban mutuamente, explican esa debilidad:

En lo político, la confrontación entre Iglesia y Estado, tan aguda y estridente en tiempos del Juárez y Lerdo de Tejada, había amainado, ciertamente, por el empeño de don Porfirio de establecer condiciones de paz social que favorecieran el desarrollo económico, que era la meta principal de gobierno. Sin embargo, el régimen liberal de don Porfirio mantenía las premisas para que dicha confrontación se siguiera dando, aunque soterrada y contenida. Esta confrontación era alimentada por grupos radicales de liberales y masones. La masonería en el estado resurgió en 1882, después de muchos años de haber sido prohibida, y en 1893 se fundó la Gran Logia Cosmos, de la que fue primer V. Gran maestro, el coronel Miguel Ahumada, gobernador del estado desde el año anterior.

Las limitaciones puestas a la Iglesia por las Leyes de Reforma, incorporadas después a la Constitución de 1857, la seguían manteniendo en una especie de corsé, mientras que se daba toda clase de facilidades para el ingreso y crecimiento de otras versiones religiosas, como el protestantismo y el espiritismo, como contrapeso a la influencia que seguía teniendo el clero católico en el pueblo. La primera iglesia protestante que penetró en el estado de Chihuahua fue la Iglesia Congregacional en 1882. Casi al mismo tiempo llegaron los metodistas, en 1885. A éstos siguieron los mormones, que se establecieron en la Colonia Juárez en 1887. Al iniciar la última década del siglo XIX los adeptos de estas tres iglesias ya se multiplicaban en las ciudades de Chihuahua y Parral y sentaban bases muy firmes en la región del noroeste. Las nuevas doctrinas encontraron amplia acogida en los liberales juaristas anticatólicos, descontentos, además, del régimen porfirista.

En el campo educativo hacía furor el positivismo, una forma radical de racionalismo que con pretensiones científicas prescindía por completo de la interpretación de los hechos estudiados y de la búsqueda de significado. Excluía, por tanto, la dimensión espiritual del ser humano y toda apertura hacia un destino trascendente.

Por su parte, la organización eclesial estaba mal equipada para hacer frente a tales desafíos. La región contaba con un clero escaso y disperso en parroquias muy extensas, sobre todo en el campo y en la sierra. La lejanía de la sede episcopal, de Durango, propiciaba que los sacerdotes tuvieran poca atención espiritual y que su disciplina se relajara. Por consecuencia, sus comunidades estaban también muy descuidadas espiritualmente. Esta situación duraba ya demasiado tiempo y más bien parece un milagro que los chihuahuenses se hayan mantenido católicos en aquellas circunstancias.

Todo esto motivó, ¡finalmente! la creación de la diócesis y los efectos comenzaron a verse inmediatamente. La Revista Católica de Chihuahua, tres años después de la llegada del obispo, da fe del auge religioso que se está despertando entre los católicos de Chihuahua: a pesar de que “el liberalismo redobla sus afanes por desterrar del corazón cristiano la fe católica”… “Chihuahua ha oído la voz de su Pastor y a la indiferencia religiosa se ha sucedido el fervor”.

Intensa fue la actividad que comenzó a desarrollar desde el primer momento de su llegada aquel joven obispo de 44 años, quien entregó a su inmensa diócesis los más vigorosos ocho años de su vida. Le quedarían diez para dárselos a Guadalajara con igual entusiasmo pero con mayor experiencia.

Veamos, dividida en varias áreas, su actividad en Chihuahua:

1) Organización de la diócesis y de la curia diocesana. Al llegar el obispo todo estaba por hacerse en la nueva diócesis. No había ninguna estructura administrativa, no existía la curia diocesana, la tesorería, etc., cosas en la que puso inmediatamente manos a la obra. Para allegarse recursos, restableció el sistema de recaudación por medio de un nuevo sistema arancelario. Nombró como oficial mayor (secretario) de la curia diocesana a un inteligente joven de 21 años llamado Silvestre Terrazas, que llegaría a ser un destacado protagonista de la historia de Chihuahua, como periodista y político.

Durante todo su periodo episcopal Ortiz publicó cuatro cartas pastorales, en la que expuso las orientaciones y criterios doctrinales y pastorales por los que habría de regirse la diócesis y dispuso ciertas medidas prácticas para hacer realidad esos lineamientos. Para ello reforzó las cartas con una serie de decretos.

La primera carta pastoral, que le sirvió de presentación a sus diocesanos, la escribió, como vimos, en Morelia el 10 de septiembre de 1893, al tiempo de su ordenación episcopal, de manera que lo precedió en su llegada a Chihuahua; en ella inserta tres documentos de León XIII: Su nombramiento episcopal, una carta con que lo presenta al clero de Chihuahua, y otra con el mismo fin dirigida al pueblo católico de Chihuahua.

La segunda la publicó en 1894; en ella comunica a sus diocesanos que el papa León XIII, atendiendo la solicitud que le hiciera el episcopado mexicano, aprueba un Oficio nuevo en honor de la Virgen de Guadalupe. Mons. Ortiz, por su parte, después de hablar de la evangelización de la raza indígena de México por obra de los misioneros y con la decisiva intervención de la Virgen de Guadalupe, expresa su preocupación por  los indios de la sierra de Chihuahua, que después de la gran obra evangelizadora y civilizadora de los jesuitas y franciscanos, ahora “carece casi totalmente de los bienes de la civilización cristiana”. Anuncia que está haciendo todo el esfuerzo posible para que vengan otra vez los misioneros a la sierra y que en esta misma fecha ha expedido un edicto mandando erigir en la diócesis la Asociación Guadalupana, “para promover el culto de la Sma. Virgen del mismo nombre y ayudar al sostenimiento y mayor ensanche de las misiones de la Sierra llamada de la Tarahumara”.

La tercera en 1895. La dedicó al Óbolo de San Pedro. Mons. Ortiz dispone que en su diócesis se hagan para ese fin cuatro colectas extraordinarias al año. También recomienda a la caridad de los fieles la obra de la Colegiata de Ntra. Señora de Guadalupe de México, la de los Santos lugares, “y la de la redención de los esclavos de África”.

La cuarta es de 1897. Su tema es sobre la Cuaresma y las malas lecturas. Al mismo tiempo que condena los libros y periódicos malos, el obispo exhorta a publicar, difundir y apoyar los buenos. Respecto a la Cuaresma, el obispo exhorta a practicar la penitencia como preparación a la celebración de la Pascua, dando normas precisas para el ayuno y la abstinencia. Dispone también que la colecta del Viernes Santo se destine a los Santos Lugares.

2) Visitas pastorales. Instrumento indispensable para que el obispo pueda trazar correctamente un plan de acción pastoral y darle seguimiento, han sido desde siempre las visitas pastorales. Éstas ponen al pastor en contacto directo con la grey y con sus necesidades espirituales y materiales. Don José de Jesús Ortiz comenzó a recorrer su inmensa diócesis, escasamente poblada y muy mal comunicada, desde que llegó a Chihuahua. Su primera visita abarcó las poblaciones que estaban de norte a sur a lo largo de la vía del ferrocarril: desde Ciudad Juárez hasta Parral. No se arredró ante ninguna dificultad, incluso la que suponía el acceso a la Sierra Tarahumara, la que recorrió varias veces en posteriores visitas, llegando hasta los rincones más apartados. Esto significó días enteros a lomo de mula y durmiendo en improvisadas tiendas de campaña, a veces en lo más crudo del invierno.

Sobre esto, un biógrafo anónimo del obispo, posiblemente testigo presencial de lo que relata, nos ha dejado este interesante testimonio: “En otras pastorales visitas recorrió S. Ilma. la Alta y Baja Tarahumara en busca de sus indios, sufriendo a veces un frío tan intenso, que llegaba a congelar el vino que llevaba consigo para la misa y durmiendo en el campo en improvisadas tiendas de campaña; hasta que después de penosísimas jornadas llegó su Ilma. a Batopilas y tocó hasta el límite de su Obispado con el de Sonora hacia el Poniente”.

3) Propaganda impresa. Con una gran visión de organizador, Ortiz reconoció la importancia que tenían ya en su tiempo los medios de comunicación. Para ello fundó en 1895 la Revista Católica de Chihuahua, poniendo al frente de ella como director a su secretario Silvestre Terrazas. Para disponer de un medio de impresión propio, estableció una imprenta, que llamó Tipografía Católica, que además de la revista y de otros impresos oficiales de la diócesis, estaba disponible al público en general.

Además de la revista oficial, favoreció la aparición de otros medios impresos, de manera que en su tiempo se publicaron o siguieron publicándose varias revistas católicas, como La Libertad Católica, que venía desde 1888; El Propagador, fundado en 1897; La Antorcha de la Niñez, en 1898 y otras. En su 4ª carta pastoral, de 1897, exhorta a sus diocesanos a apoyar la prensa católica.

4) Nuevas instituciones: educativas, de caridad, asociaciones. La primera gran institución que ocupó el interés del obispo fue el seminario. Apenas puso pie en tierras de Chihuahua se dedicó a consolidar un seminario que había sido fundado por el padre José de la Luz Corral en 1873, y que el obispo encontró en condiciones muy precarias. A eso lo instaba no sólo la orden del papa en la bula de erección de la diócesis, que dedica a ello un párrafo muy determinante, sino el propio interés del obispo y la apremiante necesidad de contar con un clero propio y bien preparado. Para ese fin comenzó, ya a finales de 1893, a construir o habilitar un edificio anexo al templo de San Francisco, al mismo tiempo que encargaba al padre Salvador Gambino que le preparara un plan de estudios para el mismo. Este seminario, en su nueva etapa diocesana, continuó funcionando hasta la llegada del segundo obispo de Chihuahua, pero llevó una vida muy precaria por escasez de recursos, sobre todo humanos, y no se consolidó hasta que monseñor Pérez Gavilán lo puso en manos de los vicentinos.

Pero no sólo el seminario ocupó la atención del obispo Ortiz, sino que apoyó la educación en general favoreciendo el establecimiento de varias escuelas de instrucción primaria y secundaria. Podemos mencionar, por ejemplo, en la ciudad de Chihuahua, el Colegio San José, en 1894; en 1895 La Eupedia, un colegio que comprendía desde primaria hasta preparatoria, en inglés y español; en 1896 funciona el Liceo Franco-Mexicano para niñas y señoritas, con primaria y secundaria; especial importancia cobró el Liceo Católico Guadalupano, para varones, fundado en 1899. Fuera de la capital también surgieron algunas escuelas parroquiales, por ejemplo en Aldama, Jiménez, etc.

En 1900 José de Jesús Ortiz comenzó a hacer gestiones con las Hermanas de San José, de San Luis Misuri, para que vinieran a su diócesis a encargarse de un colegio. La superiora se mostró dispuesta, pero finalmente la iniciativa no prosperó. Entonces el obispo dirigió su mirada hacia la congregación tejana de las Hermanas del Verbo Encarnado, que ya tenían escuelas en algunas ciudades del norte de México. Este proyecto no se concretaría sino hasta la llegada de don Nicolás Pérez Gavilán, y fue lo que dio origen al actual Instituto América.

5) Preocupación social. Monseñor Ortiz estaba dotado de un acentuado interés por la cuestión social y le preocupaban grandemente las condiciones de la población de escasos recursos. Era un típico representante de aquellos clérigos y laicos mexicanos que a partir de 1891 fueron fuertemente influenciados por la encíclica social Rerum novarum, del papa León XIII, y que daría origen a grandes iniciativas de reforma social entre los católicos mexicanos hasta la Revolución.

Como fruto de esa preocupación social, surgieron en la diócesis en tiempos de Ortiz dos clases de iniciativas: unas de beneficencia o ayuda directa e inmediata a los más pobres, y otra de promoción social y de búsqueda de justicia y de mejores condiciones de vida para los trabajadores.

En el campo de la beneficencia se destaca una asociación que aún hoy continúa con una intensa actividad en Chihuahua: La Asociación de Señoras o Damas de la Caridad de San Vicente de Paúl, las conocidas hoy como vicentinas. Esta asociación se fundó en 1894 y su primera presidenta y promotora incansable fue doña Carolina Cuilty, esposa de don Luis Terrazas, que presidió la asociación durante 25 años, hasta su muerte en 1919. Las actividades de ayuda que ha llevado a cabo esta asociación han sido verdaderamente extraordinarias.

También hay que señalar en este campo de la beneficencia el inicio de las obras a favor de los huérfanos y ancianos abandonados que creó el sacerdote italiano Salvador Gambino, uno de los benefactores más insignes de Chihuahua, acogido generosamente en la diócesis por Mons. Ortiz en diciembre de 1893. El padre Gambino fundó en Rosales en 1896 el primero de sus asilos, que fue para niños. En 1899 fundó también en Rosales la Casa de la Misericordia, un asilo para niñas y ancianos, que durante la Revolución se cambió a Chihuahua y es el antecedente del actual asilo del Bocado del Pobre o Padre Gambino.

En el campo de la promoción, organización y defensa de los trabajados, en la línea de la Rerum Novarum, destaca la Sociedad Católica de Artesanos, fundada en 1898. Tenía una rama femenina y otra masculina. Su lema era “Dios, Patria y Trabajo” y como logo un brazo arremangado de trabajador empuñando un martillo. Esta Sociedad impartía a sus agremiados clases de diversas materias útiles; contaba con una Comisión de Sanidad, que cuidaba la salud de sus socios; tenía una caja de ahorros para hacer frente a emergencias por enfermedad o desempleo de sus asociados; estableció también una biblioteca para elevar el nivel de preparación de los socios con libros sobre temas sociales y laborales.

6) Atención a la Tarahumara. Dentro de este contexto de atención a los marginados, hay que referirnos al interés que demostró Mons. Ortiz por la evangelización y promoción humana de los tarahumares y demás etnias de la sierra.

En sus visitas pastorales a la Tarahumara quedó fuertemente impresionado por las condiciones de miseria en que vivían sus habitantes indígenas y se propuso hacer algo por ellos. Por lo pronto, el 12 de octubre de 1894, como lo había anunciado en su segunda carta pastoral, funda en Chihuahua la Asociación Guadalupana con el fin de fomentar el culto a la patrona de México y “colectar recursos… para la fundación y sostenimiento de misiones y escuelas entre los Tarahumares”, y ordenó que la asociación se estableciera en todas las parroquias.

No contento con esta medida, y sabiendo que la atención a la Tarahumara era una tarea tan inmensa que rebasaba sus fuerzas y las de su escaso clero, al año de haber llegado a Chihuahua comienza a hacer trámites ante el provincial de la Compañía de Jesús en México para que los jesuitas, expulsados de la Tarahumara en 1767, volvieran a hacerse cargo de sus antiguas misiones. Las negociaciones fueron arduas y largas, pero el obispo persiguió su objetivo con gran tenacidad. Finalmente, sus esfuerzos se vieron coronados por el éxito, cuando el 12 de octubre de 1900 llegaron los primeros jesuitas a Sisoguichi para fundar la nueva misión de la Tarahumara, después de 133 años de ausencia.

Sobre la defensa y promoción de los tarahumares, se hizo famoso el sermón que pronunció el obispo de Chihuahua en la Basílica de Guadalupe en México, el 11 de octubre de 1895, con ocasión de su asistencia a la coronación de la sagrada imagen de la Virgen de Guadalupe, que tuvo lugar el día 12. Espiguemos algunas frases de dicho sermón: “Por lo que toca a la raza indígena, ¿qué hemos hecho nosotros, hermanos míos, en nuestra calidad de nación independiente, para cooperar a la realización de los designios de María con relación a la raza predilecta suya?… ¡Nada! ¡Absolutamente nada hemos hecho como nación independiente a favor de la raza predilecta de María!… ¿Quién podrá en adelante librarnos de nuestra responsabilidad que sobre nosotros pesa, si no hacemos poderosos esfuerzos para atraer hacia nosotros esa numerosa porción de hermanos nuestros, que viven hoy privados de los beneficios de la civilización cristiana y próximos a perder hasta los últimos restos de fe que aún les queda”.

   4 Relación con las autoridades civiles. El periodo de gobierno episcopal de monseñor Ortiz en Chihuahua coincide casi exactamente con el gobierno civil del coronel Miguel Ahumada. El obispo de 1893 a 1901, el gobernador de 1892 a 1904. Pero, además, ambos pasaron de Chihuahua a Guadalajara con los mismos cargos.

Ahumada tenía una formación y un talante liberales, como la mayor parte de los políticos de su tiempo. En ese tiempo resurgió la masonería en el estado y se fundó la Gran Logia Cosmos, de la que Ahumada fue Venerable Gran Maestro. Como dijimos antes, sectores del jacobinismo más radical no se cansaban de poner piedras en el camino a la Iglesia para entorpecer su acción pastoral. La prensa oficial y oficiosa de ese tiempo está llena de artículos y expresiones hostiles contra el clero y la Iglesia. La revista del obispado refleja con frecuencia en sus artículos el clima tenso y polémico que había en ese tiempo entre la Iglesia de Chihuahua y el liberalismo oficial.

El obispo Ortiz dejará constancia, cuando se fue de Chihuahua, del ambiente adverso que tuvo que enfrentar y de la entereza con que lo hizo: “Ni las trabas que la legislación vigente pone a cada paso a la libre expansión de la Iglesia en nuestra patria, ni las prevenciones sectarias de que somos víctimas entre cierta clase de personas que juzgan con apasionado criterio nuestros móviles y nuestros fines, ni el odio ni las amenazas ni las persecuciones, Dios mediante, serán parte para desviarnos un ápice de la norma de conducta trazada por el Divino Maestro”.

Sin embargo, mientras estuvo en Chihuahua, “la sangre no llegó al río”, como se dice. Ya hemos hablado de la actitud conciliadora de Porfirio Díaz, que quería a toda costa imponer una paz social como presupuesto para el desarrollo económico del país. Esa actitud conciliadora era compartida por el gobernador Ahumada, uno de los gobernadores más progresistas de Chihuahua. Ahumada se distinguió particularmente en el campo de la educación y de la cultura en general, así como de la obra pública.

Por otro lado, don José de Jesús Ortiz  era también un hombre de criterio amplio, de carácter conciliador y dedicado por completo a sus tareas episcopales. A pesar de sus grandes diferencias ideológicas, estos dos hombres tenían mucho en común y aunque no me atrevo a decir que llegaron a ser grandes amigos, sí puedo afirmar que llevaron muy buenas relaciones, de mutuo respeto y colaboración. Una prueba de estas buenas relaciones y confianza mutua son las solicitudes que con frecuencia le mandaba el obispo al gobernador para que éste atendiera a ciertas personas necesitadas de justicia o de ayuda, peticiones que el gobernador respondía favorablemente. Varias cartas del archivo diocesano así lo prueban.

Del propio presidente Díaz recibió monseñor en una ocasión calurosas felicitaciones por haber intervenido para pacificar a un grupo de habitantes indígenas que se habían insubordinado en la sierra. Sin embargo, esta actitud conciliadora de monseñor Ortiz hacia el gobierno liberal no era acrítica ni ingenua. Coherente con el pensamiento de los obispos de ese tiempo, monseñor Ortiz califica negativamente al régimen liberal, que en lo relativo a la Iglesia se basaba en la Constitución de 1857, agravada por la inclusión en ella de las Leyes de Reforma, situación legal atenuada pero no corregida durante el largo régimen de Porfirio Díaz. Así se expresa don José de Jesús en un informe que redactó el 18 de abril de 1906, siendo ya arzobispo de Guadalajara, como respuesta a una pregunta del delegado apostólico José Ridolfi, sobre si convenía ceder algunas parroquias de su arzobispado para agrandar al diócesis de Aguascalientes: “Y no hay esperanzas de que tal legislación se derogue o siquiera se modifique en algún sentido favorable a la Iglesia, pues el Presidente de la República, que parece animado de ciertas intenciones conciliadoras, nunca ha consentido que se borre una sola coma de las Leyes sectarias, y antes bien, llegada la ocasión, ha consentido o visto con indiferencia que se publiquen otras nuevas que agravan nuestra situación. A las injusticias que entraña la legislación vigente, agrégase la mala voluntad y el odio sectario que inspira a los encargados de su ejecución. Los principales funcionarios públicos, así de la Federación como de los Estados, son todos ellos Masones estrechamente unidos para hostilizar a la Iglesia, y si hasta la fecha la persecución no se ha extremado como era de temerse y como habrá de suceder un día acaso no remoto, es debido a la particular Providencia con que Dios cuida su Iglesia, infundiendo en el corazón del Presidente sentimientos de relativa tolerancia que impide a los sectarios llevar hasta el fin la realización de sus designios”.

5) Despedida de Chihuahua. En junio de 1901, Chihuahua se enteró con pena de que el papa León XIII había decidido nombrar a don José de Jesús Ortiz como arzobispo de Guadalajara. Con la pena se mezcló el gozo de saber que a su obispo lo habían considerado digno de ocupar una de las seis arquidiócesis del país, y la más importante después de la de México. Esto era un reconocimiento a sus cualidades como persona y a su desempeño como obispo de Chihuahua.

Con cierto dejo de humor, les reprocha monseñor Ortiz a los chihuahuenses, en su carta de despedida, haber sido ellos la causa de su cambio a Guadalajara, pues sin proponérselo hicieron que pareciera que era mérito del obispo lo que en realidad se debía al entusiasmo con que lo recibieron y al apoyo que prestaron a todas sus iniciativas. Esto –añadió- llegó a las más altas instancias produciendo un efecto que ni el pueblo de Chihuahua ni el obispo hubieran deseado.

El telegrama con que le comunicaban su nuevo destino lo recibió monseñor Ortiz en el rancho de Santa Rosalía, en la parroquia de Guadalupe y Calvo, donde practicaba su última visita pastoral. Aludiendo a esas experiencias, Mons. Ortiz se presentará modestamente en Guadalajara como un “obispo misionero”, “el más insignificante de los obispos” (“minimus episcoporum”).

El 30 de diciembre de 1901 salió monseñor Ortiz de Chihuahua rumbo a Guadalajara, a donde llegó el 4 de enero de 1902 y el día 6 el arzobispo de Michoacán, don Atenógenes Silva, le impuso el palio arzobispal. Después de una trayectoria de 10 años de fructuosa actividad episcopal en esa arquidiócesis, murió don José de Jesús Ortiz Rodríguez el 19 de junio de 1912.

Esta es una brevísima reseña de la actividad pastoral de aquel joven obispo michoacano que un día, lleno de entusiasmo, llegó a roturar el terreno agreste de la Iglesia de Chihuahua y que ya más maduro y experimentado entregamos a la arquidiócesis de Jalisco para que continuara desarrollando en esta iglesia local sus extraordinarias dotes de pastor y de cristiano cabal. La síntesis de la vida de don José de Jesús Ortiz Rodríguez en Chihuahua, podría ser esta:

 

  1. Un pastor entregado hasta el sacrificio a una labor sumamente difícil, tanto por la frialdad religiosa de una población agitada por fuerzas hostiles a la fe católica, como por las dificultades del clima y de la geografía así como por la escasez de recursos humanos y materiales.
  2. Un hombre valiente para anunciar el Evangelio, pero al mismo tiempo tolerante y admirado aun por aquellos que no compartían su fe.
  3. Un pastor que, en la línea de la naciente doctrina social de la Iglesia, se propuso llevar a cabo una evangelización integral que no solo se preocupaba de la “salvación de las almas”, sino de la promoción humana de los más pobres.
  4. Un hombre culto, con una excelente formación tanto en las ciencias humanas como en las que son propias de un sacerdote.
  5. Un hombre muy humano, que se ganó el cariño de sus diocesanos por su sencillez, humildad y don de gentes. (Autor: Dizán Vázquez).

 

P

 

PASCUAL, JULIO. Jesuita, misionero, mártir.