Figura ejemplar y extraordinaria de cristiana comprometida como esposa, como madre, como ciudadana y como miembro de la Iglesia, tal fue doña Magdalena Becerra de Chavira.

Nació en Chihuahua el 25 de mayo de 1890. Por lazos familiares, estuvo relacionada con importantes figuras del ámbito de la educación, de la política y de la Iglesia. Desde muy jovencita se dedicó al magisterio, pues comenzó a dar clases a los 15 años en la Escuela para Niños N° 138. Cuando tenía 16 años se trasladó a Camargo, invitada por su tío político, el ilustre maestro don Gregorio Solís, a dar clases en la escuela La Independiente que él había fundado y de la cual era director. Magdalena se encargó de la sección de niñas, pues era escuela mixta.

En Camargo se casó con Mauricio Chavira Legarreta el 22 de septiembre de 1911, con quien procreó siete hijos. Por tener que atender a su numerosa familia, Magdalena dejó la escuela y se dedicó a su hogar.

El 15 de diciembre de 1921, murió Mauricio, con sólo 33 años de edad y diez de matrimonio, dejando sola a Magdalena con el cuidado de sus seis hijos pequeños. No le faltó en esos momentos tan difíciles el apoyo de sus suegros, quienes la acogieron generosamente en su casa con todos sus hijos. La necesidad económica la obligó a volver a la escuela, en septiembre de 1922.

La fe viva y ardiente que había caracterizado siempre a Magdalena le dio fuerzas para afrontar situaciones muy difíciles, tanto por su condición de viuda con numerosa familia, como por las circunstancias difíciles en que vivían los católicos en ese tiempo de persecución abierta. Su entrega total a sus hijos, a los que mantuvo siempre unidos y a quienes les inculcó la fe cristiana y una vida recta, no fue obstáculo para que se dedicara a una actividad muy intensa en la Iglesia y a comprometerse en actividades políticas y sociales, siempre que así lo reclamara la situación.

En ese tiempo las asociaciones católicas eran el medio más apto con que contaban los católicos que querían llevar una vida más activa y comprometida en su parroquia. En las asociaciones recibían una sólida formación doctrinal y espiritual y practicaban su deseo de servicio en toda clase de actividades apostólicas y caritativas. Magdalena no solo se afilió a buen número de ellas, sino que en todas destacó por su entrega y entusiasmo. En Camargo profesó como miembro de la Orden Tercera del Carmen, a la que perteneció el resto de su vida. Fue secretaria de la Asociación de Santa Rosalía, presidenta del Apostolado de la Oración, presidenta de la Asociación de Madres Cristianas, presidenta de la Asociación del Santo Rosario y presidenta parroquial de la Acción Católica. Esta organización fue fundada en sus diferentes ramas en la diócesis a principios de la década de los 30 y llegaría a ser la más importante de todas. En Camargo, la Asociación de las Damas Católicas, a la que también pertenecía Magdalena, se integró en la Acción Católica, pasando a ser la Unión Femenina Católica Mexicana.

La fe heroica de Magdalena y su fidelidad inquebrantable a la Iglesia se puso de manifiesto durante las persecuciones religiosas de 1926 a 1929 y de 1934 a 1937. En 1926 se cerraron todos los templos del estado. En Camargo, al enterarse los feligreses de que iban a cerrar el templo de Santa Rosalía, se congregaron en él y se negaron a abandonarlo. Entre los más audaces estaba Magdalena, pues cuando fueron por fin obligados a salir, ella fue de los últimos en hacerlo.

La segunda persecución, en los años 30, siendo gobernador Rodrigo M. Quevedo, fue más dura en Chihuahua y por esa razón Magdalena fue a parar tres veces en la cárcel. En octubre de 1934, un viernes por la mañana, Magdalena estaba adornando la iglesia de Santa Rosalía junto con otras personas para la fiesta de Cristo Rey, que se iba a celebrar el siguiente domingo. En eso llegaron al salón donde se encontraban unos masones con la orden de cerrar el templo. Algunas personas protestaron por el atropello. Una de las más decididas, como siempre, era Magdalena. Las autoridades se la llevaron a la cárcel, junto con la señorita María Esperón, don Telésforo Bejarano y don Porfirio Silva. A las mujeres las encerraron en un cuarto que servía de corral, lleno de inmundicias y donde, además, hacía mucho frío en la noche. Salieron con la salud quebrantada al cabo de cuatro días de permanecer en esas condiciones.

La segunda vez que Magdalena fue a dar a la cárcel por sus convicciones cristianas, fue en octubre de 1935. Esa vez Magdalena andaba en la calle repartiendo las intenciones del Apostolado de la Oración cuando fue aprehendida.

La verdadera razón de su encarcelamiento fue que Magdalena había organizado una protesta entre los padres de familia de la escuela donde tenía a sus hijas, por un maestro que les inculcaba a las niñas ideas contrarias a la fe. No se detuvo en eso, sino que convenció a los padres que sacaran a los niños de la escuela y ella misma fundó otra donde pudieran recibir libremente una educación católica. Esta vez Magdalena duró ocho días en la cárcel y ahí fueron a dar las mismos cuatro personas que la vez anterior.

El tercer conflicto con la autoridad fue el más grave. Sucedió el 3 de mayo de 1936. El 25 de abril de ese año el gobernador había publicado el decreto 183 del Congreso del Estado, que autorizaba ¡un solo sacerdote! para ejercer el ministerio en todo el estado. La indignación de los católicos llegó a su clímax, pues ya otros decretos anteriores habían ido reduciendo drásticamente el número de sacerdotes autorizados para ejercer y a los pocos autorizados les habían puesto toda clase de trabas. Acciones masivas de protesta se comenzaron a dar en varias poblaciones del estado. En Camargo, en una conversación entre Magdalena y su hijo Carlos, salió la idea de hacer también algo en Camargo. Carlos tenía 21 años y era entonces el primer presidente de la ACJM en Camargo, pues él fue uno de sus fundadores. Carlos, entonces, organizó una gran manifestación en la que participaron más de tres mil personas.

Carlos había tomado la palabra cuando se soltó una balacera en la que hubo varios muertos y heridos. Las autoridades culparon a los católicos de haberla iniciado, cuando en realidad los testigos afirmaron que se había iniciado entre los miembros de un sindicato rojo que apoyaba al ejército. Mientras buscaba a Carlos, que había huido, Magdalena comenzó a auxiliar a los heridos tirados en la calle. La policía comenzó a arrestar a los causantes de la tragedia, pero todos los arrestados eran católicos. Entre ellos estaba Magdalena y otras cuatro mujeres. Después de unos días se llevaron a Magdalena y a otros presos que consideraban más culpables, a Chihuahua y los internaron en la penitenciaría del estado, donde casi dos meses. Al salir de la cárcel, Magdalena regresó a Camargo, pero en enero de 1938 se fue a vivir a Chihuahua con sus hijos.

La situación religiosa en el estado se fue normalizando a partir de febrero de 1937, después del asesinato del padre Maldonado (ver). Ahora, en tiempos de paz, Magdalena habría de dar pruebas de una vida cristiana valerosa y comprometida, como lo había hecho en los tormentosos años que quedaban atrás.

Siguió dedicada a sus hijos y a la Iglesia. Era una mujer piadosa, pero de una espiritualidad encarnada en la realidad. Las condiciones sociales y políticas que veía en su patria, sometida a regímenes arbitrarios, la hacía sufrir e impulsada por su fe soñaba en un México mejor. Por eso, cuando se fundó el Partido Acción Nacional en 1939 y poco después en Chihuahua, como una alternativa al único partido oficial, Magdalena, al igual que su hijo Carlos, se adhirieron a él con entusiasmo como lo hicieron muchos católicos, que vieron así la oportunidad de poner en práctica la dimensión social de su fe. Magdalena fue hasta su muerte una militante convencida del PAN.

En la Iglesia pronto se involucró en toda clase de asociaciones y actividades, destacando en todas, como lo había hecho en Camargo. Fue presidenta de la UFCM, diocesana por dos veces y de la parroquia del Sagrario una vez. También fue presidenta de la Asociación de San José. Pero a la que dedicó lo mejor de sus fuerzas fue a la Orden Tercera del Carmen, en la que había ingresado en 1924, en Camargo, y de la que fue miembro activo durante 64 años y priora durante 30 años, pues la reelegían una y otra vez, hasta que su renuncia al cargo fue definitiva al cumplir 85 años. El 15 de agosto de 1974 tuvo la dicha de celebrar sus bodas de oro como carmelita. Se celebraron con una Jornada Mariana en Catedral, que dirigió el P. Andrés Rivera Melo OCD, los días 15, 16 y 17 de agosto.

Las carmelitas seglares, animadas por Magdalena, se contaron entre los mejores colaboradores que tuvo el padre Humberto de Alba, párroco del Sagrario, cuando fundó el Colegio Patria, que nació como escuela parroquial. Las carmelitas, con sus actividades de venta de comida, lograron aportar el dinero para comprar el terreno. También fue comisionada de Instrucción religiosa en la misma orden.

   Cristiana fervorosa y fiel a su Iglesia, a pesar de haberse formado “a la antigua” y de su edad, doña Magdalena era flexible, abierta y de criterio amplio. Por eso pudo asumir sin mayor dificultad los cambios legítimos introducidos por el Concilio Vaticano II. Una prueba de ellos es la declaración que hizo a Notidiócesis en 1977 con ocasión de su cumpleaños número 90: “Aunque vieja, no soy tradicionalista ni mucho menos. En la Iglesia necesitamos estar abiertos. Por ejemplo, nosotros antes nos llamábamos Tercera Orden Carmelita, porque nos considerábamos religiosas en el mundo, hasta nos cambiábamos el nombre. Un día descubrimos la importancia de ser seglares dentro de la Iglesia y ahora somos Fraternidad de Carmelitas Seglares. Para servir a Dios es necesario ponerse al día”.

Doña Magdalena murió en la ciudad de Chihuahua a la edad de 97 años el 13 de abril de 1987. El día 14 se celebró su Misa de exequias en el templo de María Auxiliadora, que era su parroquia y sus restos mortales descansan en el Panteón de La Colina.

Las siguientes palabras del padre Joaquín Díaz sobre doña Magdalena, publicadas en Notidiócesis con ocasión de su fallecimiento, nos pueden servir de conclusión: “Mente lúcida, fe intrépida, actividad incansable, fueron algunas de sus cualidades. Su gran ideal fue siempre la religión, la Iglesia y la Patria. Participó activamente en la política. Sólo los achaques de la vejez (ella nunca reconoció ser vieja, pues se sentía fuerte y capaz) la fueron apartando de sus actividades apostólicas”.

 

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DE ANDA, EPIFANIO. De la ACJM.

 

DELGADO, PEDRO. Jesuita, educador.