Introducción. Encerrar en un breve artículo una vida tan intensa como la del gran obispo don Manuel Talamás Camandari, cuyo centenario de nacimiento se cumple en este año de 2017, es imposible. Por eso no se espere una biografía de monseñor Talamás ni mucho menos una historia de la diócesis de Ciudad Juárez, ligada muy estrechamente a la vida de su primer obispo. Me voy a limitar a espigar y a enfatizar algunos datos de su rica personalidad.
Talamás el hijo de inmigrantes. Don Manuel Talamás Camandari nació en la ciudad de Chihuahua el 16 de junio de 1917. Fue el 7o. de 13 hijos. Sus padres, Félix Talamás e Isabel Camandari eran de Belén, la ciudad donde nació Jesús. Esto siempre fue un motivo de orgullo de don Manuel y de reconocimiento y admiración de parte de los demás. En vista de la dura opresión que sufrían los palestinos, sobre todo los cristianos, bajo la dominación turca, Félix quiso probar fortuna en América, como tantos otros de sus paisanos, y escogió México como lugar de su destino. Pero antes de partir, Félix, muy joven, contrajo matrimonio con Isabel, más joven que él, casi una niña. Félix se estableció en San Pedro de las Colonias, Coahuila y entonces pidió a su esposa que se reuniera con él. Ella viajó a México con los esposos Jorge Gidi y Sultane Hasbún y llegó a Veracruz el 15 de enero de 1907. De Coahuila se vinieron a Chihuahua y se establecieron en la capital del estado.
El apellido Talamás es de origen europeo, probablemente español o francés, donde toma también la forma de Talamas. Camandari probablemente proceda del sur de Italia, pero es muy propio de Belén. Su forma original, según don Manuel, es Comandari, pero cuenta él que por error en su acta de nacimiento le pusieron Camandari y así lo dejó para no tener más problemas burocráticos.
Talamás el seminarista. Tenía 13 años cuando ingresó al Seminario Conciliar de Chihuahua, en octubre de 1930. Entre sus compañeros de nuevo ingreso estaban Adalberto Almeida y Merino, futuro arzobispo de Chihuahua, y el primo de este, Carlos F. Enríquez, que fue vicario general de monseñor Talamás durante 37 años, hasta su muerte en 1995, y Jesús Esquivel Molinar, que sirvió como sacerdote en la arquidiócesis de Chihuahua. Otro de sus compañeros, que no se ordenó, fue José Rafael Terrazas Cienfuegos, que llegó a ser un conocido abogado en Ciudad Juárez.
Eran tiempos muy difíciles para la Iglesia en México. Acababan de acordarse, sin firma, los desarreglados «arreglos» del 21 de junio de 1929, que ponían fin al periodo de persecución callista que duró de 1926 a 1929. Manuel y sus compañeros entraron al seminario en un intervalo de relativa paz, pero muy pronto, con la subida al poder federal de Lázaro Cárdenas, y al poder estatal de Rodrigo M. Quevedo, los católicos de Chihuahua iban a sufrir una persecución aún más violenta que la que acababa de terminar.
Apenas iban a comenzar estos seminaristas el 4o. año cuando el 23 de octubre de 1934, fuerzas policíacas bajo el mando de Raúl Mendiolea asaltaron el Seminario, que estaba en un edificio anexo al templo de la Sagrada Familia, y expulsaron a sacerdotes y seminaristas, y clausuraron el seminario. Apenas ocho días antes, el 15 de octubre, el gobernador había expedido un decreto con el que se prohibía toda actividad sacerdotal en el estado, revocando así un decreto anterior que «generosamente» permitía ejercer su ministerio a cinco sacerdotes para todo el esto, uno por cada cien mil habitantes.
Al año siguiente, el obispo de Chihuahua, don Antonio Guízar Valencia, envió a Manuel y a algunos de sus compañeros al seminario de Durango, que funcionaba en San Luis Potosí, y un años después los mandó al seminario que su hermano san Rafael Guízar Valencia tenía en la ciudad de México. Cuando estaban ahí, el obispo decidió mandar a tres de ellos a estudiar a Roma; los elegidos fueron Manuel Talamás, Adalberto Almeida y Arturo García; poco después se les uniría Carlos Francisco Enríquez. Era el año de 1936 y los seminaristas de Chihuahua iban a vivir en el Colegio Pío Latinoamericano y a continuar sus estudios en la Universidad Gregoriana.
Pasados pocos años, nuestros compatriotas se dieron cuenta de que habían «saltado del sartén a las brasas «, es decir, de un México donde los perseguían por su fe a una Europa sumida en la II Guerra Mundial. Al principio, en Roma, veían la guerra de lejos, pero en junio de 1940 Mussolini, el dictador italiano aliado de Hitler, se decidió por fin a participar en la contienda y entonces sí, «la lumbre les llegó a los aparejos».
Años después, en su autobiografía publicada en 1994, monseñor Talamás comentará: «Nací en pleno y hostil ambiente revolucionario; mi vocación sacerdotal surgió y se afianzó, por gracias de Dios, durante una severa persecución religiosa; apenas había pasado un año desde que se reanudó el culto católico en los templos, ingresé al seminario; y cuando apenas habían transcurrido tres años de estudios humanísticos, se desata otra persecución religiosa que de manera violenta nos expulsa del mismo seminario y, por temer otro inminente desalojo, sobreviene una interrupción más de nuestros estudios, de manera que mis compañeros y yo hicimos muy deficientes los estudios de filosofía, obligándonos a repetirla al llegar a Roma, por lo que perdimos tres años completos. Pues bien, cuando nuestro señor Obispo nos envió a mis tres compañeros y a mí a la Ciudad Eterna, los cuatro comentamos con satisfacción: ‘Ahora sí vamos a disfrutar de tranquilidad y de paz para prepararnos mejor al sacerdocio, con el favor de Dios'». Pero llegó la guerra y acabó con esa paz y tranquilidad que tanto saboreaban.
Al llegar la guerra a Roma, hacía ya dos años que Talamás se había comenzado a sentir mal de salud. Desde el inicio de 1938 comenzó a ser víctima de un ataque de escrúpulos, que lo llevaron a perder el sueño y a sentir un dolor continuo de cerebro, como él mismo lo cuenta. A esta situación se sumaron, a partir de 1940, las terribles consecuencias de la guerra, que entre otras cosas afectó a los alumnos del Colegio Pío Latinoamericano con una gran escasez de alimentos. Todo esto produjo en el joven Manuel un severo agotamiento que le impedía estudiar y cumplir las demás obligaciones que tenía como seminarista. La situación llegó a ser tan insoportable que el joven, con la aprobación de su obispo y de los superiores del Colegio, decidió regresar a Chihuahua. Eso sucedió en julio de 1942.
Talamás el sacerdote. A su regreso a su tierra, el malestar de Manuel lejos de desaparecer, aumentó. Sus padres, que contaban con buenos recursos económicos, hicieron todo lo que pudieron para que recobrara la salud, incluso enviándolo a la famosa Clínica Mayo, en Rochester, Minnesota. Don Antonio Guízar aprovechó que el joven mostraba señales de un leve restablecimiento y lo invitó a regresar al seminario para que terminara la teología y pudiera ordenarlo de sacerdote, cosa que finalmente sucedió el 16 de mayo de 1943.
A pesar de su débil salud, el obispo de Chihuahua destinó al nuevo sacerdote al seminario, encomendándole varios cargos, incluso el de profesor de filosofía, que enseñó durante ocho años y que le sirvió para consolidarse en esta disciplina.
Talamás el rector del Seminario. Todavía no cumplía dos años de ordenado cuando fue nombrado rector, en mayo de 1945. ¡Verdaderamente don Antonio tenía una enorme valoración por aquel joven seminarista y sacerdote! Sin los empujones que don Antonio le daba continuamente hacia metas cada vez más exigentes, que ponían a prueba sus capacidades, tal vez don Manuel ni siquiera se hubiera ordenado o no habría pasado de ser un sacerdote sin mayor relieve. Y don Manuel no defraudó al obispo, pues pocos rectores han dejado una huella tan profunda en el seminario como él, a pesar de haber ejercido ese cargo en medio de una lucha tremenda con su mala salud. En ese cargo duró 12 años, hasta su nombramiento como obispo de Cd. Juárez. Más o menos a la mitad de este periodo, el padre Talamás tuvo una seria recaída en su agotamiento cerebral, lo cual fue siempre un impedimento para que desarrollara sus capacidades intelectuales por medio del estudio, incluso renunció a sus clases de filosofía.
Talamás el obispo. El 10 de abril de 1957, el papa Pío XII erigió la diócesis de Ciudad Juárez y el 21 de mayo siguiente nombró a monseñor Talamás como primer obispo de esta diócesis. Su ordenación episcopal tuvo lugar en Ciudad Juárez el 8 de septiembre de ese año. Presidió la Misa de ordenación el delegado apostólico en México, Luigi Raimondi, y como co-ordenantes Antonio Guízar Valencia y Luis Guízar Barragán, obispo de Saltillo.
Talamás el pastor. Don Manuel llegó a una diócesis tan nueva como lo era él de obispo. Ambos nacieron y crecieron juntos y en ese crecimiento ambos, la diócesis y su pastor, se influenciaron mutuamente. Ni Ciudad Juárez, desde el punto vista religioso, ni su obispo, se pueden entender el uno sin el otro.
Paso por alto muchos detalles y por lo pronto quiero fijarme en esto: la gente de Juárez, en su inmensa mayoría, recibió a su obispo con muestras de gran alegría, pero también se topó con fuertes oposiciones que él enfrentó con fortaleza, al mismo tiempo que con bondad y honestidad.
Y es que la fama de Juárez en aquellos años era muy negativa por la corrupción pública y privada que campeaba a sus anchas, agravada por el maridaje que había entre las autoridades venales y los empresarios corruptos. Tal vez esa fue una de las razones por las que la Santa Sede se propuso crear un obispado en la frontera, previo acuerdo con el obispo de Chihuahua. Talamás se propuso cambiar las cosas y devolver a los habitantes de Juárez la dignidad que les arrebataba la mala fama que la ciudad se había ganado a pulso.
Obviamente, las oposiciones fueron inmediatas y muy duras por parte de algunos empresarios, políticos y masones, que a menudo eran las tres cosas a la vez. Un ejemplo de ellos, que se pronunció duramente contra el obispo a través de los periódicos, fue un importante empresario que había ejercido varios cargos en el gobierno municipal, estatal y federal y que en sus escritos repetía las trilladas acusaciones contra «los oscuros días de la Edad Media». Durante un tiempo siguió recibiendo los más duros ataques de parte de los masones en público, a través de la prensa, y en privado. Los enemigos del obispo llegaron a valerse de un juarense «católico» y hasta «miembro de la Congregación Mariana», como se describe a sí mismo, quien publicó una carta abierta a don Antonio Guízar Valencia para que con su autoridad moral pusiera freno a la «actitud beligerante y combativa» del joven obispo recién llegado.
Aunque don Manuel no rehuyó la batalla, no la colocó en el centro de sus actividades, sino que se dedicó de lleno a organizar la pastoral e intensificar la evangelización.
Talamás Padre Conciliar. Su acción pastoral se puede dividir en dos periodos: el primero antes del Concilio Vaticano II y el segundo después de él.
La pastoral que implementó antes del Concilio, desde su llegada a Juárez hasta los últimos años de la década de los 60, reflejaba una pastoral tradicional, que era la que él conocía y a la que estaba acostumbrado.
Lo primero que hizo en su primera etapa fue viajar hasta los últimos rincones de su vasta diócesis, que al principio comprendía 22 municipios, desde el desierto de Ojinaga hasta la sierra, en los límites con Sonora.
Dada la situación moral que imperaba en Ciudad Juárez, que ya mencionamos, don Manuel convocó en 1959 un «magno» Congreso de Moralización del Ambiente y Derechos Humanos, en el que participaron, por no nombrar sino a los más destacados, 21 obispos y arzobispos de México y Estados Unidos. No sé si publicó un documento conclusivo después de este congreso, pero se podría considerar un eco del mismo la carta pastoral que publicó el 2 de febrero de 1963, titulada «Cruzada de Moderación y Caridad Cristiana», con la que invita a sus diocesanos a llevar una vida más sobria en el uso de los bienes materiales y a alejarse de una forma pagana de vivir.
La segunda etapa de su acción pastoral, la más larga y la más rica, se inició a partir del Concilio Vaticano II. Don Manuel asistió a las cuatro sesiones del Concilio, que se desarrolló de 1962 a 1965. Tomó parte muy activa y consciente, de manera que asimiló los nuevos rumbos pastorales que marcó este gran concilio, y lo hizo de una manera equilibrada, es decir, impulsó una renovación, pero sin estridencia, con plena fidelidad a la Iglesia de siempre y sin las actitudes extremas que caracterizan desde entonces a los «tradicionalistas» y «progresistas».
En el aula conciliar, don Manuel fue uno de los obispos mexicanos que más tomaron la palabra. Fue uno de los que propusieron y defendieron la restauración del diaconado permanente, tanto para hombres solteros como casados. ¡Es sorprendente que después de aprobado no fuera uno de los primeros obispos que lo establecieran en su diócesis!
Al terminar el Concilio, lo mismo que don Adalberto en Chihuahua, don Manuel inició la renovación de la pastoral de acuerdo con los documentos del mismo Concilio, pero lo hizo a su manera. Don Adalberto era más especulativo, más teólogo, don Manuel era más práctico y sus reformas iban encaminadas siempre a poner en práctica acciones concretas, aunque no sin darles su debida motivación.
El 25 de mayo de 1969, celebración de Pentecostés, don Manuel publicó su VI Carta Pastoral «Sobre el Plan Diocesano de Renovación Cristiana». «Este plan es solo una aplicación concreta de las enseñanzas del Concilio Vaticano II a la realidad de nuestra Diócesis, para ajustarla al Evangelio», se lee en la presentación.
En este documento, de acuerdo con su talante eminentemente práctico, monseñor Talamás articula la renovación diocesana en 4 ejes:
1.- Renovación de la administración de los Sacramentos por medio de una preparación adecuada, como una oportunidad para evangelizar a los que por costumbre se acercan a ellos.
2.- Impulso a las Comunidades de Base. Esta simpatía se explica por su reciente participación en la II Conferencia del CELAM en Medellín.
3.- Renovación de la Economía Diocesana. En esta medida se refleja no solo su experiencia de ecónomo diocesano de Chihuahua, sino su sentido práctico y lo que podríamos llamar una característica de su origen «árabe».
Don Manuel, sin dejar de reconocerse como el último responsable, marcaba el rumbo pastoral de la diócesis en un diálogo continuo con sus sacerdotes, y esto lo hizo principalmente a través del Consejo Presbiteral, que se reunía cada semana, no por medio de representantes como sucede en otras diócesis, sino con todos los sacerdotes de la diócesis. Esto se facilitó más después de la devolución a Chihuahua, en 1963, de cuatro municipios alejados de la sede y después de la fundación de la prelatura de Ciudad Madera, en 1966, que le quitó otros 7 municipios también muy alejados y finalmente la prelatura de Nuevo Casas Grandes, erigida en 1977, que le quitaría otros 6 municipios. Así, la diócesis de Ciudad Juárez quedó reducida casi en su totalidad a la ciudad y municipio de Juárez y a otros tres municipios limítrofes: Ahumada, Praxedis G. Guerrero y Guadalupe. De 144,000 km2 la diócesis quedó reducida a poco menos de 30,000. En ese tiempo la diócesis contaba con 21 parroquias y 61 sacerdotes diocesanos y religiosos.
En octubre de 1977, don Manuel convocó el I Sínodo Diocesano de Pastoral que, a diferencia del Plan Diocesano de Renovación Cristiana, se realizó con la participación no solo de los sacerdotes sino de religiosas y laicos; por esta participación de los tres sectores del Pueblo de Dios, y por los temas que ahí se trataron, se ve cómo el Concilio ya había proporcionado a don Manuel una visión más amplia de la Iglesia, a diferencia de una visión tradicional más clerical.
En el sínodo se plantearon varias áreas de trabajo pastoral. En el área de Evangelización, se habla de la evangelización extra sacramental, poniendo énfasis en los Círculos Bíblicos y en la Catequesis Familiar. La 2a. área retoma el impulso dado a la evangelización del pueblo por medio de la preparación para los sacramentos. La 3a. área es la evangelización a través de una liturgia viva. Y finalmente, la 4a. área es la del apostolado de los laicos organizados.
La profundización de los resultados del Sínodo culminó con la publicación del Plan Diocesano de Pastoral en 1986.
Talamás el administrador. Una característica de don Manuel fue la de ser un excelente administrador. Esto lo traía en su sangre «árabe», que lo inclinaba naturalmente al trabajo arduo, a la moderación en los gastos y al ahorro. Tuvo desde pequeño una buena escuela por su pertenencia a una familia de empresarios y por los cargos de ecónomo del Seminario y tesorero diocesano que ejerció en Chihuahua. Monseñor Talamás tenía una visión cristiana del dinero como un medio para servir a Dios y a sus semejantes y esa habilidad la puso al servicio de su diócesis.
Ya vimos que un área de trabajo que incluyó en su primer «Plan de Renovación diocesana», en 1969, fue el saneamiento de la administración y la consecución de recursos necesarios para la acción pastoral. Lo mismo se puede ver en otras actividades que impulsó, como la implementación de un amplio seguro sacerdotal, aun antes de que este se creara a nivel nacional y con muchas más ventajas respecto a este. Fueron muchas las obras materiales y espirituales que se realizaron en su tiempo y nunca faltaron los recursos, ¡y eso que se suprimieron los aranceles!
Talamás el constructor. Un aspecto en el que aplicó su capacidad de buen administrador fue en la construcción de edificios necesarios para una buena acción pastoral. En esto fue digno continuador de la obra de monseñor Baudelio Pelayo, pero el alumno superó al maestro. Recién llegado, de inmediato se avocó a la construcción del obispado o «Casa de Gobierno Eclesiástico», le siguieron otros grandes edificios, como el CEDEC, el CECADE y sobre todo el Seminario.
Si las obras que el hombre realiza son el reflejo de sus ideales y amplitud de miras, los edificios que monseñor Talamás construyó lo retratan como un hombre de un espíritu abierto, de grandes aspiraciones, enemigo del minimalismo y de las medias tintas. Sus edificios se caracterizan por ser espaciosos, iluminados, funcionales, pensados no solo para el presente sino para el futuro.
Hizo frente también, junto con sus sacerdotes, al enorme reto que planteaba una ciudad en crecimiento vertiginoso. Solo en la ciudad episcopal se construyeron en su tiempo más de cien templos. Otros se restauraron, como la antigua Misión de Guadalupe, o se reconstruyeron, como fue la Catedral.
Al titular este apartado «el constructor», me he referido solamente al aspecto material, pero sabemos que su tarea de «constructor» de la Iglesia como comunidad cristiana, fue todavía más importante.
Obviamente, nada de lo que se hizo en ese tiempo se debe atribuir solo a monseñor Talamás. Hubo muchas otras iniciativas y contó con muchos colaboradores eficaces: sacerdotes, religiosas y laicos. Pero hay que decirlo bien claro: cuando no se cuenta con la visión, comprensión, el estímulo y el permiso del obispo, muy poco se puede hacer. En una Iglesia tan jerarquizada como la católica, poco se puede hacer sin el apoyo del obispo, mucho se puede hacer cuando no solo apoya sino hasta lleva la delantera.
Talamás el filósofo. Don Manuel no era un intelectual en sentido estricto. Se podría decir que en el campo del conocimiento que más destacó fue la filosofía, que estudió mal en México y bien en Roma antes de enfermarse. Después, durante sus estudios teológicos y durante todo el resto de su vida, Talamás no fue un estudioso sistemático y profundo, porque su salud no se lo permitió, pero como hombre inteligente y sumamente reflexivo, lo poco que podía leer, escuchar y observar, lo procesaba teniendo como marco de referencia la filosofía, que fue lo que mejor estudió. Asimiló bien la filosofía, tanto de seminarista como de profesor de esa materia en el Seminario durante ocho años. Asimiló de tal manera la filosofía escolástica, que fue la que él estudió, que esta le ayudó a formarse un riguroso pensamiento lógico, que después lo hará célebre en sus discusiones. En su autobiografía aconseja a los seminaristas que «se ejerciten en la profundización de la verdad filosófica y teológica, y más en la práctica de la lógica, pues permite razonar y argumentar con claridad, prontitud y vigor». Creo que yo no he conocido a nadie que haya llevado la filosofía, especialmente la filosofía escolástica, de un plano puramente conceptual y académico a la vida cotidiana.
Este tema lo desarrolla muy bien el joven Daniel Ramírez Rivera en su ensayo titulado «La vida filosófica de Manuel Talamás Camandari. Apuntes para una historia espiritual del norte de México», el único estudio que yo conozco que intenta calar más a fondo en la rica personalidad del obispo a partir de su pensamiento y que caracteriza su vida como una «vida filosófica».
Como premisa para entrar más directamente en la forma como Talamás asumió la filosofía, nos dice Daniel: «Si bien es cierto que generar conocimiento es una acción que se justifica a sí misma, debe optarse por convertir esa acción en un medio para alcanzar otros fines. El ejercicio intelectual de historiadores, filósofos, antropólogos, etc., ha de ir acompañado de un ejercicio de la voluntad. Un ejercicio que involucre a la totalidad de la persona en la búsqueda de nuevas estructuras».
«No olvidemos que generar y compartir conocimientos es una forma de otorgar formación a las personas. Es aquí donde recae la esencia de la utilidad de las humanidades: en formar al espíritu, en vez de informarlo».
«Es en este sentido en que se toma la vida de Talamás Camandari como una vida filosófica en la que la formación intelectual fue asimilada y llevada al plano de la realidad que le tocó vivir».
Luego, comentando al filósofo francés Pierre Hadot, Daniel añade que «el discurso filosófico no es filosofía en sí misma, los filósofos son considerados filósofos no porque desarrollen determinados discursos filosóficos, sino por el hecho de vivir filosóficamente. La filosofía no se reduce a una forma de ver el mundo y de estudiarlo, sino que abarca la existencia completa de quien la práctica, es un modo de ser y de hacer, una manera de vivir».
Daniel nos hace ver la similitud que hay entre la visión de la filosofía que tiene Hadot y la de Talamás, citando un párrafo de este en su autobiografía (p. 244): “[…] la filosofía enseña que existe una relación mutua muy íntima entre el ser y el quehacer: de un ser recto, brota un quehacer recto. Pero también viceversa: un prolongado quehacer torcido, termina torciendo el propio ser de quien actúa.” Y termino con las citas de Daniel: «Cuando hablamos de la vida filosófica de Talamás Camandari nos referimos a una vida en la que existe una coherencia entre el discurso filosófico-religioso con el que es formado y su actuar, una armonía entre el ser y el quehacer, entre el discurso filosófico y la vida filosófica».
Talamás el escritor. Se puede decir que su autodescubrimiento como escritor se dio en la revista Juventud Sacerdotal, del Seminario de Chihuahua, que él fundó en 1949 y que dirigió hasta un nombramiento de obispo. En ella solía escribir los editoriales y muchos otros artículos. Ejemplo de ellos tenemos este que escribió con ocasión de la proclamación del dogma de la Asunción de María, tema al que la revista dedicó un número completo, “María Asunta Quebranta el Materialismo”. Pero su vocación de escritor se manifestó después de su ordenación episcopal, al grado de hacer del apostolado de la pluma una de las formas favoritas de su ministerio episcopal. Escribió no menos de ocho libros. Son en general libros sencillos, sin pretensiones científicas, con una finalidad catequética, dirigidos al pueblo en general, con un lenguaje claro y didáctico, por ejemplo: De Familias Cristianas… ¡Muchas Religiosas!, El buen humor de un Obispo con Gotitas de Sabiduría. Su misma autobiografía, Mi vida en Mosaico, Historia de una Vocación, parece no tener otra intención que la de fortalecer la fe del lector. Aunque tiene páginas fuertes, su lenguaje en general es suave y salpicado de buen humor. Su valor más grande consiste en que aporta datos de primerísima mano, pues no solo cuenta lo que sucedía sino lo que el autor pensaba y sentía. Nadie más podía hacerlo. Pero creo que hace falta una biografía que diga lo que la finalidad del libro o la modestia del autor no permitieron que dijera o profundizara.
Un campo en el que Talamás destacó especialmente como escritor, fue en la apologética. Se preocupó por la pérdida de fe de los católicos, presas de la ignorancia religiosa y de la hostilidad de un ambiente trabajado por innumerables sectas religiosas y por ideologías destructivas, y esa preocupación no se quedó en puros lamentos. Escribió varios libros para ayudar a los católicos a aclarar y fortalecer su fe. Algunos fueron libros que nacieron como colecciones de artículos que había publicado en numerosos periódicos y revistas de todo el país: ¿Cuál es su escusa…? Un sondeo a la conciencia del hombre; Católico, no te confundas; ¡Defiéndase… de cuanto lo confunde y desorienta! Estos libros han contado con numerosas ediciones. Son libros en los que además de la doctrina ortodoxa que ofrecen, campea en ellos un gran sentido común y, volvamos a insistir en ello, una clara argumentación lógica y racional y un estilo amable y respetuoso con el adversario.
Quiero aquí dejar asentado, tal vez como una provocación, que con otros cientos de artículos suyos diseminados en muchas publicaciones, se podrían confeccionar muchos libros más, los cuales podrían incluir, además, numerosas entrevistas que se le hicieron.
Talamás el comunicador. Don Manuel fue un raro ejemplo de aprecio y valoración de la comunicación social y de los medios que le sirven de vehículo. Y digo raro porque, según mi opinión, muy pocos pastores de la Iglesia, obispos o sacerdotes, al menos en México, comprenden la importancia de los medios de comunicación, o su comprensión es tan teórica que muy pocas veces están dispuestos a ponerla en práctica por el esfuerzo que ellos exigen, tanto de recursos económicos como de dedicación personal. Más aún, la mayoría tiene miedo de atender a los reporteros o de participar en un programa de radio o televisión, ya sea esporádico o habitual.
Don Manuel fue todo lo contrario. Se movía en el ambiente de los medios como en su casa. Colaboró habitualmente en programas de radio y televisión, concedió numerosas entrevistas y escribió cientos de artículos para periódicos y revistas de todo el país, además de alentar y apoyar las publicaciones católicas en su propia diócesis.
Su convicción y su pensamiento sobre la urgencia de utilizar los medios de comunicación para difundir el Evangelio y formar una opinión pública que refleje los valores cristianos, los plasmó en un folleto titulado ¡A evangelizar por los medios de comunicación!, que se hace eco de los grandes documentos de la Iglesia sobre el tema, como el decreto Inter mirifica, del Concilio, y muchos otros.
Dado su interés teórico y práctico por los medios, es lógico que la Conferencia Episcopal Mexicana lo designara presidente de la Comisión Episcopal para los MCS, cargo en que duró 8 años.
Talamás el político. He dudado en referirme a monseñor Talamás con el adjetivo de «político», pues eso se puede interpretar mal, como de hecho sucedió en muchas ocasiones en que lo acusaron de «meterse en política», expresión muy usada por los ambientes políticos y liberales de México. De esta dimensión de su persona aquí solo quiero trazar unas líneas muy generales.
Don Manuel, recibió una sacudida muy fuerte en su autocomprensión de cristiano y de obispo por parte del Concilio Vaticano II, y en este tema, especialmente con la constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la relación de la Iglesia con el mundo secular. Por razones históricas, los obispos mexicanos se caracterizaban por una visión de autodefensa de la Iglesia con respecto al mundo, una especie de retraimiento de su misión profética en este campo, a pesar de la riquísima herencia de las grandes encíclicas sociales que ya había, de las iniciativas sociales de los católicos y de la extensa obra de promoción popular que desarrollaba la Iglesia. De esa historia gloriosa aun antes del Concilio habría mucho que decir, pero parece que los pastores de la Iglesia mexicana quedaron mudos a cambio de un modus vivendi que les ofreció el gobierno, que consistía en «hacerse de la vista gorda» para no aplicar rigurosamente la Constitución, a cambio de que la Jerarquía se hiciera también «de la vista gorda» y no opinara para nada acerca de los actos del gobierno.
En el Concilio don Manuel comenzó a ver las cosas de diferente manera, que en síntesis podríamos llamar la «dimensión social de la fe», es decir, concebir la evangelización en un sentido bíblico como una liberación integral del hombre, tanto de su alma como de su cuerpo, en su vida temporal y eterna. Pero no solo eso, sino también comprendió que la Iglesia y sus pastores deben asumir respecto a las actividades políticas, económicas, culturales, etc., una actitud profética, que es al mismo tiempo anuncio y denuncia.
Esa experiencia transformadora la enriqueció don Manuel, ayudado por su naturaleza reflexiva y honesta, en otros eventos también muy importantes. Participó en II Conferencia del CELAM en Medellín en 1968, fue delegado en el Sínodo Mundial sobre el sacerdocio ministerial y la justicia en el mundo en 1971, tomó parte muy activa en Puebla, en la III Conferencia del CELAM en 1979, por no citar más que algunos ejemplos.
Desde entonces don Manuel se alineó sin ambages en una pastoral de promoción de la justicia social, de la defensa de la democracia y de los derechos humanos. Fue uno de los grandes obispos que destacaron en su tiempo por su compromiso social y su actitud profética, al lado de Adalberto Almeida, de José A. Llaguno, de Carlos Quintero, de Bartolomé Carrasco, de Sergio Méndez, de Arturo Lona, etc.
Si la frase no nos parece demasiado fuerte, diría que don Manuel se alineó en el campo de la teología de la liberación, pero de una auténtica teología, plenamente ortodoxa, sin contaminaciones marxistas o de otras ideologías, inspirado únicamente por el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia.
Sobre el pensamiento y la actividad sociales de don Manuel Talamás se podría escribir un buen libro, que hoy nos vendría a iluminar mucho sobre un quehacer tan importante que la Jerarquía ha vuelto a descuidar bastante.
En sus intervenciones, opiniones, denuncias y quejas relacionadas con el tema sociopolítico, don Manuel tenía muy claras sus atribuciones. Según su propio testimonio, él tuvo algo que ver no solo en la discusión sino en la redacción del Documento de Puebla, sobre la dignidad de la actividad política, sobre el derecho que tiene la Iglesia ha hablar de ella y en qué sentido, y sobre los dos sentidos de la palabra «política». Recordemos algunos párrafos:
«La fe cristiana no desprecia la actividad política; por el contrario, la valoriza y la tiene en alta estima» (514).
«La Iglesia… siente como su deber y derecho estar presente en este campo de la realidad: porque el cristianismo debe evangelizar la totalidad de la existencia humana, incluida la dimensión política. Critica por esto, a quienes tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, el amor, la oración y el perdón no tuviesen allí relevancia» (515).
«La Iglesia reconoce la debida autonomía de lo temporal (GS 36) lo que vale para los gobiernos, partidos, sindicatos y demás grupos en el campo social y político. El fin que el Señor asignó a su Iglesia es de orden religioso y, por lo tanto, al intervenir en este campo no la anima ninguna intención de orden político, económico o social» (519).
«Interesa especialmente distinguir en este campo de la política aquello que corresponde a los laicos, lo que compete a los religiosos y lo que compete a los ministros de la unidad de la Iglesia, el Obispo con su presbiterio» (520).
«Deben distinguirse dos conceptos de política y de compromiso político: primero, la política en su sentido más amplio que mira al bien común… Le corresponde precisar los valores fundamentales de toda comunidad… conciliando la igualdad con la libertad, la autoridad pública con la legítima autonomía y participación de las personas y grupos, la soberanía nacional con la convivencia y solidaridad internacional. Define también los medios y la ética de las relaciones sociales. En este sentido amplio, la política interesa a la Iglesia y, por tanto, a sus Pastores, ministros de la unidad. Es una forma de dar culto al único Dios, desacralizando y a la vez consagrando el mundo a Él» (521).
En cambio, «La política partidista es el campo propio de los laicos. Corresponde a su condición laical el constituir y organizar partidos políticos, con ideología y estrategia adecuada para alcanzar sus legítimos fines (524).
Años después, en su autobiografía don Manuel escribirá esto que parece una copia literal de Puebla: «Bien sabido es que uno de los más graves problemas que padecen las personas, las familias y los pueblos es el divorcio entre la fe y la vida. De este divorcio brota la mayoría de los males personales, familiares, educativos, sociales y políticos. Este divorcio es fruto del gravísimo error de pensar que los valores religiosos y morales deben quedar relegados a la intimidad de cada persona, sin que tengan que ver en tantos importantes campos de la actividad y de la vida humana». Y más adelante añade: «Al ser ungido Obispo para la Diócesis de Cd. Juárez, pronto me vi en medio de toda la cruda realidad de pecado personal, familiar y social, a la que, por tanto, urgía evangelizar». Obviamente esta postura novedosa sorprendió a los mismos laicos católicos, de modo que muchos empresarios se alarmaron y lo tacharon de «obispo comunista»[1]. Los ataques a su persona no amilanaron a don Manuel, como lo expresa en su biografía: «El deber de evangelizar lo política y de anunciar la verdad evangélica a los políticos, así como de denunciar toda injusticia y toda maldad, no se aminora con tales obstáculos, a los que hay que enfrentar y superar con fortaleza cristiana».
Su actitud valiente y clara se manifestó en el apoyo a las causas populares de protesta contra las injusticias, cuando él veía que eran justas y se hacían con métodos justos. También fueron notables sus pronunciamientos en defensa de democracia y de la justicia social, que cuajaron en famosos documentos que han quedado para la historia y para la reflexión. Unos los escribió a título personal, otros los firmó con su presbiterio y otros con los demás obispos de la provincia eclesiástica, o región como se decía en ese tiempo. Recordemos algunos, por orden cronológico:
Declaración del obispo y los sacerdotes de Cd. Juárez sobre la situación nacional. Cd. Juárez, Chih., 2 de febrero de 1972.
Coherencia cristiana en la política. A los católicos que militan en los partidos políticos. Chihuahua, 19 de marzo de 1986. Adalberto Almeida y Merino, Arzobispo de Chihuahua; Manuel Talamás Camandari, Obispo de Ciudad Juárez; Hilario Chávez Joya, Obispo-Prelado de Nuevo Casas Grandes; José A. Llaguno, Obispo-Vicario Apostólico de Tarahumara; Fernando Romo Gutiérrez, Obispo de Torreón, Luis Morales Reyes, Obispo coadjutor de Torreón.
Mensaje del Obispo de Ciudad Juárez y su presbiterio a propósito de las elecciones del 6 de julio. Cd. Juárez, Chih., 19 de julio de 1986. Manuel Talamás Camandari, Obispo de Cd. Juárez y su Presbiterio.
Juicio moral sobre las elecciones del 6 de julio. Chihuahua, 7 de agosto de 1986. Adalberto Almeida y Merino, Arzobispo de Chihuahua; Manuel Talamás Camandari, Obispo de Cd. Juárez; José A. Llaguno, Vicario Apostólico de Tarahumara.
Camino hacia la paz. Chihuahua, Chih., 2 de octubre de 1986. Comunicado de tres obispos del Estado de Chihuahua ante la toma de posesión del Gobernador del Estado. Adalberto Almeida y Merino, Arzobispo de Chihuahua; Manuel Talamás Camandari, Obispo de Ciudad Juárez; José A. Llaguno Farías, Vicario Apostólico de Tarahumara.
Aportación de los obispos del estado de Chihuahua para el Lic. Carlos Salinas de Gortari, candidato del PRI a la presidencia de la república. Documento que se le entregó en una visita que hizo a Chihuahua el 23 de marzo de 1988. Adalberto Almeida y Merino, Arzobispo de Chihuahua; Manuel Talamás Camandari, Obispo de Ciudad Juárez; José A. Llaguno Farías, Vicario Apostólico de Tarahumara; Hilario Chávez Joya, Obispo-Prelado de Nuevo Casas Grandes; Juan Sandoval Iñiguez, Obispo Coadjutor electo de Cd. Juárez.
Los obispos del estado de Chihuahua en favor de los derechos humanos. Chihuahua, Chih., 10 de diciembre de 1988. Adalberto Almeida y Merino, Arzobispo de Chihuahua; Manuel Talamás Camandari, Obispo de Ciudad Juárez; José A. Llaguno, Vicario Apostólico de Tarahumara; Hilario Chávez Joya, Obispo-Prelado de Nuevo Casas Grandes; Renato Ascencio León, Obispo-Prelado de Ciudad Madera; Juan Sandoval Iñiguez, Obispo Coadjutor de Cd. Juárez.
A partir de 1989, los obispos de la región siguieron publicando mensajes conjuntos cada año, pero nada que ver con los anteriores. Estos fueron mensajes de rutina con ocasión de las campañas elecciones, para exhortar al pueblo a votar. Recordaban los principios, pero sin ninguna alusión a situaciones concretas. Sin embargo, el lenguaje directo y valiente de don Manuel no cambió, como lo vemos en estos dos ejemplos:
“Es deber del clero criticar con imparcialidad principios ideológicos y políticos. Mons. Talamás”. El obispo Manuel Talamás Camandari, presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social, afirma que los ministros de la Iglesia están conscientes de que en ningún momento deben hacer política de partido, pero sí deben involucrarse para que se cumpla la responsabilidad ciudadana en el campo de la política; y agrega que la Iglesia tiene el deber de someter a una crítica imparcial los principios doctrinarios de una ideología política, así como de denunciar abusos de poder de los funcionarios de los partidos políticos (1984).
“En esta entidad [Cd. Juárez] hay una verdadera ansia de democracia y la Iglesia sí ha influido en la formación de una conciencia cívica más profunda. En México estaban acostumbrados a que la fe no influyera en la política, a una religión consoladora de afligidos, pero no impugnadora de la injusticia, la mentira y el engaño. Por eso se oponen a nuestra tarea quienes se sienten afectados por el despertar cívico a partir de la fe” (1985).
Talamás el santo. Al titular así este último apartado, no quiero adelantarme al juicio de la Santa Sede. Sólo quiero hacerme eco del sentir popular y del sentimiento que dejó don Manuel en el corazón y en la memoria de los que lo conocieron y trataron. Destacó en ejercicio de las tres virtudes teologales y en la oración. Fue un hombre de fe profunda e inalterable. Sus actitudes, palabras y escritos así lo manifiestan. Su esperanza inconmovible, puesta no en las fuerzas humanas, suyas o de otros, sino en el Señor, lo hacían conservar, aun en medio de las tormentas una gran paz que venía de su interior, a pesar de ser, a lo que parece, de un temperamento vivaz. A todo esto hay que añadir un trato respetuoso y amable hacia todas las personas, ricos o pobres, amigos o adversarios.
Monseñor Manuel Talamás Camandari murió el 10 de mayo de 2005. Aquel hombre que siempre vivió con una salud tan frágil, murió de 88 años de edad, 62 de sacerdote y 48 de obispo, de los cuales 35 como obispo residencial y todavía alcanzó a vivir 13 como obispo emérito. (Autor: Dizán Vázquez).
TELLECHEA, MIGUEL. Franciscano, misionero.
[1] Mi vida en mosaico, p. 235.
