Físico, matemático, filósofo, filólogo, humanista, artista, escritor, traductor, político y, sobre todo, un hombre sabio y un cristiano sin tapujos. «Uno de los pocos hombres universales que pudiéramos contemplar en nuestro México», dijo de él Julio Faesler. Su saber, lejos de apartarlo de la fe, lo confirmó en ella. Su formación religiosa iba a la par de su formación científica, lo que lo convirtió en un apologeta de la fe en el medio científico.

Era miembro de una destacada familia de empresarios y terratenientes de Chihuahua, emparentados con las más ricas familias del estado. Esta familia estaba emparentada con aquella otra que dio a Chihuahua y al país importantes políticos y militares como Félix, Tomás y Luis Zuloaga.

Pedro Zuloaga Hirigoiti nació en la ciudad de Chihuahua el 10 de noviembre de 1891. Era hijo de Carlos Zuloaga Cuilty y de Felícitas Hirigoiti Gómez del Campo, quienes tuvieron seis hijos, dos varones y cuatro mujeres: Pedro, Leonardo, Carmen Zuloaga de Kraft, Luz Zuloaga de Madero, María Zuloaga de Muñoz y Marta Zuloaga de Luján. El abuelo paterno de Pedro era un español, también llamado Pedro, que se avecindó en Chihuahua en 1845. Se casó con Luz Cuilty, hermana de Carolina, quien era esposa del general Luis Terrazas. Otra de sus hermanas era Paz Cuilty, madre del gobernador Enrique C. Creel. Por ambos apellidos Pedro era descendiente de vascos.

Pedro se casó con Bertha Meyer, de Chihuahua. Tuvieron un hijo, Carlos, que se casó en México con Bertha Benavides y que murió sin tener descendencia. También murió sin hijos Leonardo, el hermano varón de Pedro, por lo que el apellido Zuloaga de esta familia acabó por extinguirse.

Sus primeros estudios los hizo en Chihuahua, con preceptores privados, entre ellos algunos sacerdotes católicos. Luego sus padres lo mandaron en 1907 a estudiar en la Academia Militar de Culver, en Indiana, y al año siguiente se inscribió en la preparatoria de Exeter, Massachusetts. Partió a Suiza a continuar sus estudios en la Universidad de Neuchatel, y de ahí pasó a la Universidad de Munich, Alemania, donde estudió durante tres años ciencias físicas y matemáticas y filología. Ahí uno de sus profesores fue Arnold Sommerfeld.

En Munich conoció la teoría de la relatividad, publicada por Albert Einstein en 1905, y fue uno de los ocho científicos que mejor la pudieron explicar en su tiempo, según una encuesta realizada por la Universidad de Chicago poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Por ese motivo sostuvo durante años una relación epistolar con Einstein y fue investigador asociado en el laboratorio de física experimental de este famoso científico. Se hicieron célebres las  conferencias y exposiciones de Zuloaga acerca del átomo y la desintegración atómica con ocasión de la catástrofe de Hiroshima en la Segunda Guerra Mundial. En 1950 publicó en Tribuna, periódico de Chihuahua, un largo artículo en cuatro partes, en el que explica magistralmente la teoría de la relatividad. Según Vázquez Ortega, «A la salida de Einstein de Alemania, Zuloaga rescató las bitácoras de las pruebas-validaciones de laboratorio realizadas por Einstein, llevándolas consigo para evitar que el régimen nazi desarrollara la bomba atómica. Dichas bitácoras fueron entregadas por Zuloaga al propio Einstein en el verano de 1938 en la ciudad de Nueva York».

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Zuloaga se vio obligado a regresar a su patria. Se detuvo un tiempo en España y luego partió rumbo a Nueva York.

En 1922, residiendo en Chihuahua, solicitó su ingreso a la American Association for Advancement of Science, para lo cual escribió un opúsculo sobre la teoría de la relatividad, que había sido reforzada por Einstein en 1915 con su teoría de la relatividad general. Zuloaga fue admitido de inmediato como socio.

Las oportunidades que había en México en ese tiempo en el campo de la investigación científica no eran las más favorables para que una persona tan preparada como Pedro pudiera dedicarse a ella, por eso se dedicó a la enseñanza y a la reflexión del saber científico, sin interrumpir jamás sus estudios para estar al día en su especialidad.

Políglota y filólogo, dominó aparte de su lengua materna, el griego y el latín, el inglés, el alemán, el francés y el italiano y otras en menos escala. Dotado de una gran sensibilidad estética, estudió también teoría de la música, composición y orquestación y fue en su juventud un buen pianista. En 1923 comenzó a escribir en un diario de Chihuahua unos artículos periodísticos cuya serie inauguró con uno titulado «En torno a la Quinta Sinfonía», en los que se nota su estilo brillante y su honda sensibilidad artística.

Publicó innumerables artículos en diversas revistas mexicanas, norteamericanas y europeas, como Proa, Actividad, Revista Javeriana, de Colombia, Ingeniería, Voz Nacional, La Nación, órgano del PAN, Lectura, que dirigía Jesús Guisa y Acevedo, Revista Chihuahua, otra revista Chihuahua, y el Boletín de la Sociedad Chihuahuense de Estudios Históricos y muchos más. Entre los diarios que acogieron sus artículos están Tribuna, de Chihuahua, El Correo de Parral, de esta ciudad, y Excelsior, El Universal y El Nacional, de la capital de la República. «No era -dice también Faesler- (según lo recuerdo yo, lo traté dos veces), una persona de grandes ostentaciones oratorias; por el contrario, siempre me dejó la impresión de que era una persona de una gran sencillez y modestia, huyendo del reflector, huyendo de lo que pudiera ser llamativo, hombre más bien de pluma, persona que se expresaba a través de sus escritos, más que de palabra dicha». No le faltaron ocasiones de ser invitado a dar conferencias, que resultaron siempre acontecimientos brillantes por su erudición y al mismo tiempo por su lenguaje asequible, por ejemplo, la conferencia científica que dio en el Instituto Científico y Literario, a principios de 1930, invitado por el Círculo Fraternal de esa institución.

Le tocó vivir en Chihuahua dos periodos en los que los católicos se vieron injustamente perseguidos por el gobierno. Pedro no desaprovechó la ocasión para mostrar sus convicciones católicas y su agudo pensamiento puesto también al servicio de la fe. Por ejemplo, el 13 de junio de 1926 publicó en El Correo de Chihuahua un artículo titulado «Pro Aris et Focis Certare», con el que protestó contra el decreto No. 145 del Congreso del Estado, que limitaba el número de sacerdotes autorizados para ejercer en el estado a uno por cada 9,000 habitantes.

En 1928 fue recibido como miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Perteneció también a la Academia Antonio Alzate y a otras sociedades científicas mexicanas y extranjeras. El 15 de febrero de 1938, fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Chihuahuense de Estudios Históricos, que agrupaba a los más importantes historiadores del estado en esos años, y en su Boletín publicó varios artículos de carácter científico. En Chihuahua también fue catedrático en la Escuela Normal, en el Instituto Científico y Literario y en el Instituto Regional. El 4 de septiembre de 1933 participó como delegado, junto con el también profesor Antonio Ruiz Ayala, director del Instituto Científico y Literario y el estudiante de la Escuela de Leyes Noel Alrich Solano, en el Primer Congreso de Universidades y Escuelas Superiores, que se celebró en la Ciudad de México bajo la presidencia del químico Roberto Medellín Ostos, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Zuloaga fungió en esa ocasión como segundo vicepresidente del Congreso.

En 1935 se trasladó a la ciudad de México, donde fue profesor de Filosofía de las Ciencias en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México. Colaboró como investigador en la Facultad de Ciencias de la misma Universidad Nacional y en la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica, dirigida por el doctor Manuel Sandoval Vallarta.

Zuloaga no ha recibido el reconocimiento que merece como científico mexicano. Es muy probable que su carácter de intelectual católico y sus luchas por la libertad de educación y por un México más democrático en una época en que el jacobinismo en nuestra patria estaba muy beligerante, sea una de las principales causas de ese arrinconamiento. En tiempos del Cardenismo, fue uno de los críticos más acerbos de la educación socialista, impuesta por el régimen, y contra el Artículo 3° de la Constitución, que encerraba la educación en los estrechos límites de un fanatismo antirreligioso. Pedro calificó ese artículo de “baratada”. “Urge, por el decoro de México, que se borre del texto de la Constitución y se suprima de la práctica de la enseñanza esa bochornosa petulancia que tan pobre idea da de la mentalidad de nuestros gobernantes”, escribió en El Universal (26 de junio de 1939).

Zuloaga nos recuerda que la ciencia es limitada y que no pretende saber nada de las causas primeras y de los fines últimos. No es ese su campo. Sus métodos han sido ideados para descubrir las causas segundas y los resultados inmediatos, y son totalmente inadecuados para el estudio de los problemas fundamentales. En consecuencia, la ciencia jamás puede pretender usurpar el lugar de la filosofía, de la religión y de la moral en la educación.

Sabio y especulativo, no fue ajeno a la realidad social en que vivía y destacó también como un gran luchador social. Junto con Manuel Gómez Morín fue uno de los fundadores del Partido Acción Nacional, en febrero de 1939, como delegado por Chihuahua e integrante del primer Consejo Nacional y militó activamente en este partido hasta su muerte.

Su pensamiento científico y filosófico presenta una ciencia abierta a la trascendencia y al espíritu, en contra de una ciencia materialista que niega a Dios. “Según Zuloaga, es la misma ciencia física del siglo XX (y por física él entiende el estudio sistemático de las apariencias) la que proclama la necesidad de lo trascendente… Su trabajo científico es de cuño espiritualista: hay una mente creadora (Dios) y una mente creada (la nuestra), y la relación entre ambas es el mundo físico que representa el aspecto bajo el cual la mente creada percibe lo que la mente creadora está haciendo en determinado momento”. Uno de sus libros más relevantes es El Cosmos y el destino del hombre, su obra maestra en cuanto a la filosofía de la ciencia.

Su último trabajo fue un exhaustivo estudio de hidrografía de la Laguna de Bustillos, que se tomó como base para la instalación de la empresa Celulosa de Chihuahua en Anáhuac.

Gracias a su dominio de varios idiomas, Zuloaga se destacó también como traductor. Tradujo al español libros de gran calidad, como The Catholic Encyclopedic Dictionary, editado en Londres y famoso en los países de habla inglesa por su riqueza y precisión. Esta traducción la hizo Zuloaga junto con Carlos Palomar. Los traductores mexicanos no se conformaron con traducir la obra, sino que la adaptaron al público hispanohablante completando las voces y añadieron nuevos artículos con ayuda de especialistas mexicanos.

Del alemán tradujo, entre otras obras El hombre Job habla a su Dios, del jesuita Peter Lippert. Al leer una obra como esta última uno se puede dar cuenta de hasta qué punto el alma de Zuloaga estaba compenetrada de una doctrina espiritual tan elevada como aquella a la que él le daba con su traducción un bello ropaje castellano.

De su manera de ser como persona, un biógrafo lo describe así: “A todas las altas cualidades tan someramente mencionadas, en don Pedro se sumaba un conjunto de dotes humanas de cordialidad, ternura y sencillez, que hacían su trato conmovedor, estimulante y gratísimo para quienes fueron honrados con su amistad y su enseñanza”. Era pues un sabio humilde, sin vanidad ni ostentación y con un espíritu profundamente religioso. Me atrevo a copiar aquí, pues de no hacerlo permanecerá prácticamente desconocido, un amplio testimonio que escribió sobre este notable científico otro chihuahuense de vasta cultura como lo fue Salvador Prieto Quimper:

“En una tranquila y simpática casita de la Colonia Roma hasta donde llegan claramente los alaridos de la cercana plaza de toros, en las grandes corridas, vive con su mujer un hombre alto, distinguido, prematuramente encanecido, callado y estudioso siempre; investigador incansable de extraordinario talento, sabio y filósofo. Es Pedro Zuloaga Hirigoiti, legítima y pura gloria chihuahuense.

En el campo científico internacional ocupa un lugar privilegiado por sus profundos conocimientos en numerosos ramos del saber humano: física, química, matemáticas cosmografía y no sé cuantos más. Es una potencia en historia y geografía, dueño de una memoria de acero que, unida a su singular inteligencia, lo colocan en una situación privilegiada de hombre de ciencia extraordinario. Está considerado como uno de los cinco pensadores más profundos de la actualidad.

Sus escritos y estudios científicos se los disputan los grandes periódicos nacionales y extranjeros. Sus dos artículos sobre la famosa bomba atómica, el tema que ha despertado mayor interés en el campo de la ciencia y el más justificado temor desde que el mundo es mundo, son, a juicio de personas de incuestionable ilustración y cordura, dos magníficas exposiciones científicas y filosóficas.

Zuloaga debería tener a su disposición gabinetes bien dotados instalados por el Gobierno de nuestro país para sus estudios e investigaciones, que serían de gran utilidad para todos. Pero debe conformarse con los gabinetes y laboratorios instalados en su cerebro, del que deben salir muchas conclusiones trascendentales.

Zuloaga, además de su talento y sabiduría y gran bondad, posee una inestimable cualidad en hombres de su talla: su modestia inigualable que provoca admiración y estimulación sinceras y que lo elevan a un plano superior, altísimo. Sócrates, ese titán del pensamiento y de la filosofía de la Grecia maravillosa, fue modesto, humilde, y el inmortal Marconi, a quien tanto debe la humanidad, nunca supo lo que es la vanidad. Los hombres superiores así son, modestos; y son pataratos y vanidosos los tontos y los ignorantes.

Pedro y Bertha tienen un hijo de un talento también clarísimo, y de una magnífica cultura para su edad, pues es muy joven, Heredó también la bondad y la modestia de sus progenitores. Él y su bella y dulce compañera Toya son una pareja simpática, alegre e interesante. Se llama Carlos y es competente ingeniero».

Después de la muerte de su esposa, Pedro regresó a la ciudad de Chihuahua, donde murió el 5 de marzo de 1954 en la Quinta Santa Elena, casa solariega de su familia.

Zuloaga fue miembro de la American Asociation for the Advancement of Science, Socio Corresponsal de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y de la Sociedad Científica Antonio Alzate.

Varios homenajes se han organizado en honor de este científico chihuahuense. Está el que le hicieron en 1974 la Universidad Autónoma de Chihuahua junto con el Instituto Tecnológico Regional de Chihuahua y el Seminario Chihuahuense de Cultura Mexicana. El 8 de febrero de 2006, la Dirección de Formación y Capacitación Política del Partido Acción Nacional llevó a cabo un panel sobre “Pedro Zuloaga: destacado científico y cofundador del PAN”. Queda sin embargo la impresión de que poco se ha hecho para dar a conocer el importante legado de este gran científico mexicano y chihuahuense ilustre. (Dizán Vázquez).