Sus primeros años. Su familia. Un sacerdote ejemplar. El recuerdo de su vida santa quedó impreso en todos los que lo conocieron y lo trataron. Rafael León Gándara Romero nació en Saucillo, Chihuahua, el 28 de junio de 1909 en el seno de una familia muy cristiana, y recibió el Bautismo el 15 de julio siguiente. Fue el segundo de los hijos de Pánfilo Gándara y de María de la Luz Romero y tuvo cinco hermanas: Josefina, Francisca, Luz, Esperanza y Carmen.
Desde niño mostró un carácter afable y bondadoso. El 6 de enero de 1917 recibió con gran fervor la Primera Comunión y desde entonces sintió una decidida vocación al sacerdocio. Respondiendo al llamado del Señor y animado por su párroco, el padre Julio López Velarde, ingresó al Seminario de Chihuahua apenas terminada la escuela primaria.
Seminarista en Chihuahua. En el seminario siguió siendo un chico alegre, juguetón, de mirada y de corazón limpios. Conservó toda su vida un alma de niño, pura e inocente. No era una lumbrera intelectual, pero sí tenía la suficiente inteligencia y amor al estudio que exigía su vocación. Más bien se armonizaban en él esas diferentes cualidades que dan como resultado una personalidad equilibrada y completa. Era estudioso, pero al mismo tiempo alegre, afectuoso y con una inclinación muy acentuada a hacer amigos. Amaba mucho a sus padres, hermanas y parientes y era muy afectuoso con ellos. Esas cualidades no pasaron inadvertidas para sus superiores en el seminario y su obispo, don Antonio Guízar Valencia, se fijó en él como un buen candidato para proseguir sus estudios en Roma.
Seminarista en Roma. Fueron dos los seminaristas que partieron juntos a Roma: Juan Durán Bustillos (era hermano del padre Alberto Durán y no llegó a ordenarse) y Rafael. Partieron de Chihuahua rumbo a la Ciudad Eterna el 19 de diciembre de 1923 y llegaron a su destino el 12 de enero de 1924. Rafael tenía apenas 15 años de edad y aún no había terminado su etapa de Latín. Iban a vivir en el Colegio Pío Latino Americano, y para estudiar se inscribieron en la Pontificia Universidad Gregoriana, ambas instituciones regidas por la Compañía de Jesús.
En la Universidad Rafael obtuvo los grados académicos de bachiller, licenciado y doctor en Filosofía. En Roma recibió la tonsura, el 22 de diciembre de 1928, que lo incorporó al estado clerical, y las primeras órdenes menores de ostiario y lector, el 21 de diciembre de 1929. Pero su salud no era buena. Le diagnosticaron inicios de tuberculosis y con gran pesar tuvo que interrumpir sus estudios en Roma cuando ya había iniciado la Teología.
Las abundantes cartas que escribió desde Roma a sus padres y hermanas son un hermoso ejemplo de amor filial y fraternal. Durante su estancia en Roma también escribió para sus padres y hermanas un diario en el que muestra una gran capacidad de observación, un espíritu detallista, un gran corazón y un estilo ameno, pintoresco y cálido. En el diario fue anotando cada semana, pero a veces con grandes periodos de intervalo, todas sus experiencia en Roma. Destaca la descripción que hace de una misa celebrada por el Papa Pío XI, a la que pudo asistir en mayo de 1927. Dice que estaba tan cerca del Papa que casi lo tocaba.
En el siguiente párrafo al final de su diario, escrito a poco antes de regresar de Roma, se echa de ver el gran amor que le tenía a Cristo, el Señor, y el entusiasmo que sentía por su vocación sacerdotal: “Ya no soy el mismo chiquitín, el que cuatro años hace se separó de ustedes (les escribe a sus padres). No. Soy Rafael, que se prepara a la gran batalla del Señor. Soy León (su otro nombre) que templa sus garras para presentarlas a los enemigos de Cristo. Pero son garras de amor, garras de caridad, pues no pretendo vencerlos con la fuerza, sino con el amor de Cristo, de ese Jesús que me transporta a las alturas para templar mi entendimiento con la ciencia y mi voluntad con la virtud, y así descender después en busca de esos hermanos errantes que vagan por el mundo sin conocer a Aquél que les dio el ser. En busca de aquéllos que, conociéndole, no lo quisieran haber conocido, negando así el servirle. En busca de aquéllos que lo conocieron, lo palparon, sintieron sus caricias, pero que hastiados ya se retiran, no lo quieren ni siquiera ver. Los llamó con el dulce nombre de amigos y con aquel otro de hijitos, pero ellos rechazaron su amistad, ese corazón amigo, ese padre. Y cual otro Judas lo traicionaron. En busca de todos ellos, en fin, desciendo al valle y mis delicias serán estar entre los pecadores”. Son palabras de un muchacho de 17 o 18 años.
En Roma pasó los años trágicos de la primera gran persecución religiosa que movió contra la Iglesia el presidente Calles entre 1926 y 1929. La suerte de los mexicanos afligía el alma sensible de Rafael. Sobre todo, le dolía que México, oficialmente, se negara a reconocer a Cristo como rey y soberano. “Jesús, nuestro amor, no está en los sagrarios, pero está con nosotros todavía. No temáis. Él quiere que le amemos, que seamos ciegos en su amor, y si permite tales prueban en la Patria mía es porque la ama… El triunfo de los malvados es aparente, el nuestro es verdadero y firme”, escribió a su familia en su diario.
Regresa a Chihuahua. Su ordenación. Salió de Roma el 18 de marzo de 1930, llegando a Chihuahua ese mismo mes, después de permanecer seis años en la Ciudad Eterna. Había gozado inmensamente de su vida en el colegio y en la universidad: “¡Qué alegre es la vida colegial!” -escribió en su diario-. Son, puedo decir muy bien, los más felices días que he pasado en mi vida… Uno solo es el amigo, muchos los hermanos; ese amigo es Jesús, todos los colegiales son hermanos, amigos y hermanos que se aman mucho, mucho. Nuestra vida es un continuo cumplimiento de aquellas palabras: ‘Amarás a Dios y a tu prójimo’; y más aún el de aquéllas: ‘Amaos como yo os amé’”. Más allá de la verdad de estas afirmaciones, se traslucen en ellas los sentimientos puros, amables y bondadosos de Rafael.
En Chihuahua terminó sus estudios de Teología y recibió las dos órdenes menores de exorcista y acólito, que le faltaban, el 19 de octubre de 1930, así como el subdiaconado, el 12 de marzo de 1932, y el diaconado, el 11 de febrero de 1933. Fue ordenado sacerdote en la Catedral por don Antonio Guízar Valencia el 10 de junio de 1933, y su cantamisa la celebró con gran fervor en Saucillo la mañana del 4 de julio siguiente. Predicó el padre Manuel Raigosa, que era todavía diácono.
Su primera parroquia fue la que lo vio nacer y donde renació a la vida de la gracia: la parroquia de Saucillo, dedicada a San Marcos Evangelista. El nombramiento lo recibió el 6 de agosto de 1933 y ahí permaneció hasta el 19 de noviembre de 1943, pues fue nombrado director espiritual del Seminario de Chihuahua.
En sus diez años como párroco de Saucillo, el padre Gándara desarrolló un fecundo apostolado, dando mayor impulso a todas las asociaciones apostólicas y a la vida cristiana de sus feligreses, especialmente de las familias. Bajo su guía creció notablemente en Saucillo la Acción Católica en todas sus ramas: JCFM, UFCM, UCM, ACJM, ANAC. También impulsó la Cruzada Eucarística, fundada por él en marzo de 1935, la Asociación del Santísimo Sacramento, la Tercera Orden del Carmen, la Asociación del Sagrado Corazón, la Congregación Mariana, la Asociación de la Inmaculada Concepción y la Asociación de San José.
Cuidaba con especial esmero y solemnidad las celebraciones litúrgicas, especialmente las de Semana Santa, durante la cual organizaba representaciones de la Pasión con sus soldados, fariseos y nazarenos. Tenía y propagaba un gran amor a la Sagrada Eucaristía. Sus Horas Santas eran memorables.
En la persecución. Este período de su vida coincidió con lo más crudo de la tercera persecución en Chihuahua, bajo el gobierno del general Rodrigo M. Quevedo. El padre Gándara, como los demás sacerdotes, no podía ejercer públicamente su ministerio. Para no ser descubierto cuando iba a visitar a los enfermos se disfrazaba de ranchero, y Lucita, su hermana, de ranchera, e iban abrazados como si fueran novios. En diversas temporadas tenía que vivir escondido en los ranchos, en casas de familias católicas que los acogían con gran riesgo para ellas. En una ocasión el padre estuvo secuestrado durante tres días en un rancho y los residentes le pasaban comida por debajo de la puerta.
El 24 de marzo de 1934, el gobernador Quevedo publicó un decreto del Congreso del Estado, por medio del cual se establecía que el número máximo de sacerdotes que podrán ejercer en el Estado sería uno por cada cien mil habitantes. Como consecuencia, los sacerdotes con licencia de ejercer se redujeron a solo cinco para todo el Estado. Don Antonio Guízar Valencia escogió al padre Rafael Gándara; los otros cuatro fueron Jerónimo Limas, Francisco Espino Porras, Joaquín Díaz y Manuel Deoses. Al padre Gándara le tocó el cuidado pastoral de los municipios de Camargo, Jiménez, Villa López, Villa Coronado, Valle de Allende, Saucillo, Rosales, Meoqui, Guadalupe (distrito Camargo), Julimes, La Cruz, San Francisco de Conchos, Aldama, Aquiles Serdán y Coyame, ¡y no tenía ni un año de ordenado! A esta inmensidad de trabajo hay que añadir los obstáculos que el gobierno ponía constantemente a esos pocos sacerdotes para ejercer su ministerio. Por esa razón, el Padre Gándara se pasa los meses de enero y febrero de 1935 en el valle que está entre El Paso y Las Cruces.
En enero de 1936, el padre fue secuestrado en Chihuahua por agentes de la Policía Judicial del Estado. Los policías llegaron a su casa y se lo llevaron. Le dijeron que no llevara armas, y él se metió la mano en la bolsa y sacando su rosario les dijo: “Ésta es la única arma que traigo”. Se lo llevaron a Ciudad Juárez sin ninguna orden de arresto y tenían la intención de deportarlo a Estados Unidos, pero gracias a la pronta iniciativa de su sacristán, Gregorio P. Castillo, se logró que el juez segundo de Distrito de Ciudad Juárez ordenara su liberación con una orden de amparo contra la deportación. El juez tuvo que recurrir a la protección de tropas federales para darle la libertad y al mismo tiempo protegerse a sí mismo, pues su propia vida estaba amenazada por las autoridades de Chihuahua. Posteriormente, ambos, el Padre Gándara y el Sr. Castillo, pidieron otro amparo contra una posible orden de aprehensión que pudieran dictar las autoridades municipales, alegando el padre que temía su captura por no haber salido del país y el segundo por haber auxiliado al sacerdote en la petición del amparo a la justicia federal.
Vuelve la calma. Director espiritual en el Seminario. Terminada la persecución, el padre fue nombrado consultor diocesano el 9 de julio de 1938, nombramiento que se renovó el 13 de diciembre de 1941, permaneciendo todavía en Saucillo. En febrero de 1941, don Antonio Guízar Valencia abrió de nuevo el Seminario de Chihuahua, que había permanecido cerrado durante buena parte de la década anterior, quedando sus seminaristas dispersos en diferentes seminarios. Con motivo de su reapertura, se hizo una amplia promoción entre los muchachos de las parroquias para que ingresaran al seminario. Entre los párrocos que más interés pusieron en ello, estuvo el padre Gándara. No se limitó a invitarlos a entrar en el seminario, sino que a los que mostraron interés los reunió en Saucillo a principios de enero en una especie de preseminario, para darles clases de gramática, aritmética y las primeras nociones de latín. Asistieron jóvenes de Saucillo, Las Alvareñas, Las Varas y Conchos.
El 5 de noviembre de 1943 fue nombrado director diocesano de las Obras Pontificias de la Propagación de la Fe y poco después, el 19 de noviembre de 1943 tuvo que trasladarse a Chihuahua para hacerse cargo de la dirección espiritual de los seminaristas, cargo en el que habría de durar hasta 1950. Durante ese periodo de su vida fue nombrado también moderador de la Congregación Mariana y profesor de Liturgia.
Una extraña enfermedad. En 1950 se le descubre una extraña enfermedad que primero se decía que era la tuberculosis que había vuelto, luego leucemia y que posteriormente se le diagnosticó como “reumatismo circular”. En realidad, nunca se aclaró bien la naturaleza de su enfermedad, pues en ocasiones sentía dolores en diferentes partes del cuerpo, que pasaban de una región a otra y le causaban intensos sufrimientos, sobre todo cuando le llegaban a la cabeza.
El padre Gandarita, como le llamaban con cariño en el seminario, soportó su enfermedad con gran fortaleza, sin quejarse nunca, incluso con alegría. “Mientras Dios tenga queja de mí, yo no podré quejarme de nada ni de nadie”, solía decir. Se dice que su enfermedad fue la respuesta por parte de Dios al ofrecimiento que el padre le había hecho de su vida por la santificación de los sacerdotes, y que ese ofrecimiento lo escribió con su propia sangre. Así lo cuenta el padre Joaquín Díaz, que fue su compañero en Roma y su gran amigo:
“Un día, entre las alegrías de la Pascua, la enfermedad llamó a su vida, y él se convirtió en víctima de expiación. ¿A quién le será dado leer en los secretos de su corazón? ¿Habrá vivido él la divina locura de los santos, de ofrecerse -sangre y vida- por la salvación de las almas? Lo cierto es que un día se encontró un papel, de su puño y letra, escrito con sangre, en el que se ofrecía a Dios por la santificación de los sacerdotes. Y su enfermedad fue siempre algo misterioso. Un día sus labios dijeron –indiscreción de un corazón henchido- que Jesús le había tomado la palabra”.
Durante su enfermedad, el padre tuvo tiempo para vivir en carne propia las ideas que sobre el dolor él mismo había expresado en su diario escrito en Roma cuando todavía era un muchacho: “El dolor es un huésped de todos recibido, pero no de todos como amigo. Hay que recibir el dolor con buena cara y con serenidad. El dolor es, a la par que el bien y la alegría, mandado por Dios. ‘No hay mal que por bien y de Dios no venga, pues se ha de saber que el dolor es buen maestro, buen educador. Del dolor se aprende mucho, sabiéndolo recibir”.
Debido a su enfermedad, el padre tuvo que dejar su cargo de director espiritual en el seminario y fue llevado al Hospital Verde para someterlo a un tratamiento, pero solo le dieron medicinas para aliviarle el dolor, pues no lograron diagnosticar completamente su enfermedad. Estuvo un mes en el hospital y luego se fue a vivir a casa de su tía Antonia Gándara de Jiménez, que vivía en Chihuahua.
Tuvo que usar silla de ruedas pues se sentía muy débil para caminar y le dolían mucho las piernas. Monseñor Guízar lo envió a una clínica de Estados Unidos para que le hicieran estudios más completos, pero volvió igual, sin ninguna mejoría.
En 1951 decidió irse a vivir a la casa de su familia en Saucillo, donde lo cuidaban principalmente sus hermanas Quica y Luz. Otra persona que lo atendió mucho en su enfermedad fue María Bejarano, que había sido su secretaria cuando fue párroco de Saucillo. En su casa recibía frecuentes visitas de sacerdotes y otros amigos, pero con el tiempo los médicos le restringieron mucho esas visitas a causa de su debilidad. A la única persona que recibía con regularidad era al padre Francisco Delgado, su confesor. El obispo le permitió celebrar la Misa en su casa, primero de pie y después sentado, pero llegó un momento en que ya no le fue posible celebrarla todos los días. Cuando la enfermedad se lo permitía, se entretenía haciendo rosarios con semillas de mezquite o se ponía a arreglar alguna silla o alguna otra cosa deteriorada que hubiera en la casa. A veces se levantaba de la cama y daba algunos pasos por la casa.
A pesar de sus sufrimientos, el padre Gandarita siempre estaba contento y no perdía ocasión de hacer bromas. El doctor le había permitido tomar un poco de vino. Se tomaba una copita por la noche y un pequeño trago por la mañana. En una ocasión amaneció la botella vacía y cuando llegaron sus hermanas, él, con voz ronca y entrecortada, como de borracho, les pedía más vino, pero les decía: “Y que no seeepa mi paaapá”. En eso llega don Pánfilo y regaña a sus hijas: “¡Miren cómo lo cuidan. Se les emborracha y ustedes ni cuenta se dan!”. Las jóvenes no salían de su asombro y estaban muy confundidas y avergonzadas. En eso se oyen dos sonoras carcajadas. Eran del padre y de su papá, que ya estaba avisado de la broma.
Su santa muerte. El 21 de octubre de 1953 empeoró repentinamente de los riñones y lo trasladaron urgentemente al hospital en Chihuahua para que lo operaran, pero no alcanzó a llegar. En el trayecto falleció. Tenía apenas 44 años de edad. Fue sepultado en la ciudad de Chihuahua. Le sobrevivieron su padre y sus hermanas. Su madre había fallecido seis años antes. El día 27, el secretario del Obispado, monseñor José de la Paz García, se refirió al ilustre difunto con estas escuetas pero significativas palabras: «El Sr. Pbro. Dr. D. Rafael L. Gándara falleció… después de haber sufrido por más de tres años una penosa enfermedad con una paciencia verdaderamente edificante».
La revista Juventud Sacerdotal dio así la noticia de su muerte: “El día 22 [de octubre] recibimos con profundo dolor la noticia de la muerte del P. Gándara, antiguo Padre Espiritual de este Seminario. Dos días antes estuvo con nosotros muy alegre y abrigábamos esperanzas de que pronto sanaría y vendría a estar con nosotros; pero Dios no lo quiso así y lo llamó a su lado después de cuatro años de sufrimiento que él llevó con santa alegría. Dios lo tenga en su reino”.
“El santo de los ojos tristes”, lo llamó el padre J. Noel Delgado, uno de sus discípulos en el seminario, en un bello artículo en la revista Juventud Sacerdotal, con motivo de su muerte. En este escrito el padre Noel se hace portavoz del sentimiento de los demás seminaristas que tuvieron la fortuna de tenerlo como director espiritual: “Él fue guía en nuestros duros años de crisis. Cada problema nuestro era horas y horas de lucha para conservar una vocación y para tranquilizar un alma. Y aquellos momentos –íntimos como ningunos- en que lloró nuestras caídas y dejó asomar a los ojos el dolor de vernos vencidos. Y aquellos otros en que luchó con toda su alma para salvar la vocación que se perdía en el desaliento del combate. ¡Qué preciosa fue para muchos su palabra, su santidad, su sacrificio…! ¿Se le puede pedir más a un hombre? Dios lo exigió y un día el jardinero comenzó su calvario. Más de tres años de agonía cruel y amarga al cabo de los cuales cayó como espiga madura. Todo por la santificación de los sacerdotes. Por eso es nuestro, es nuestra víctima y será también el ángel de nuestro sacerdocio…”.
El padre Noel termina su testimonio emocionado con estas palabras que retratan muy bien el alma del padre Gandarita: “Hoy lo veo como aquel día antevíspera de su partida. Estaba más jovial que nunca. Me abrazó -¡el último que me daba!- y me besó las manos efusivamente. Después, el santo de los ojos tristes dejó caer en mis oídos un deseo que hoy le pido me realice: ‘Que seas santo’…”. (Autor: Dizán Vázquez).
GARCÍA NARRO, ANITA.
GARCÍA RIVAS, JOSÉ.

Buenos dias ha sido una hermosa sorpresa encontrar este artículo, soy hija de Carmen, hermana del Padre, y me encantaria saber mas de su vida, mi madre al morir mis tias no recogio nada de su casa y solo tengo algunas fotografia de quien muy indignamente Dios me permite llamar Tío Felo.
Inmensamente agradecida por esta lectura.