Rodolfo Aguilar Álvarez, el “Chapo», como le decían con afecto desde que era seminarista, nació el 28 de noviembre de 1948 en la ciudad de México y allá mismo recibió el sacramento del bautismo. Fueron sus padres el Sr. Ramón Aguilar Olmos y la Sra. Rosa María Álvarez.
Solo vivió 29 años, pero eso sí, una vida muy intensa. El “Chapo” Aguilar se formó en el Seminario de Chihuahua, y como seminarista de esta arquidiócesis, también estudió en la ciudad de México y en Zacatecas. Fue ordenado por don Adalberto Almeida y Merino el 16 de septiembre de 1974.
Ya desde la carta en que pide la ordenación sacerdotal expresa su firme determinación de “ser colaborador (de Cristo) en la obra de salvación. Salvación que hoy y siempre en la historia humana es liberación, pascua, éxodo de toda infidelidad, opresión e injusticia… Quiero hacer de mi vida -dice- una respuesta profética y sacerdotal a la llamada de Dios, mi Padre, y del hombre, mi hermano». Termina esa carta con unas palabras que revelan claramente el carácter firme y decidido que demostrará después: «Sé qué soy. Sé a dónde voy. Sé a quién me confío y quiero que sea él mi única recompensa. ¡Bendito Dios por siempre! ¡Sé que el Señor me ama!».
Dos semanas después de su ordenación, el 29 de septiembre, el arzobispo lo nombra vicario ecónomo, cargo equivalente a párroco, de Nombre de Dios, donde se entrega con verdadera pasión a la promoción y defensa de las clases marginadas. Organiza el “Comité Pro Derechos Sociales de Nombre de Dios”, encabeza marchas de colonos ante el gobernador para exigir correo, drenaje, terrenos para fincar, nace así la Colonia Dos de Junio para acoger a 500 familias sin casa. En septiembre de 1976 comienza a trabajar en un gran proyecto de “Promoción de la educación de adultos y fomento de cooperativas”, que presentan el Chapo Aguilar, la hermana Marianela Madrigal y Mª de Jesús Sánchez.
Aquí hay que hacer un paréntesis para ubicar al Chapo en un contexto diocesano y nacional, sin el cual no se entendería su acción pastoral tan comprometida con los pobres.
El 8 de septiembre de 1969, apenas cinco años antes de la ordenación del Chapo, había llegado don Adalberto como Arzobispo de Chihuahua, quien inmediatamente se dedicó a promover en la arquidiócesis una renovación pastoral en el espíritu del Concilio Vaticano II. Una de las líneas de renovación fue el impulso que le dio don Adalberto a la pastoral social como ingrediente indispensable de una auténtica evangelización integral, es decir, una evangelización que toma como objetivo al hombre completo en cuerpo y alma, en su vida eterna pero también en su vida temporal.
Don Adalberto no inventó nada. Él venía compenetrado de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, en el que había participado. Y en tema social, el Concilio había impulsado a la Iglesia a hacerse presente en el mundo para tratar de sanear las estructuras injustas que oprimen al hombre, renovándolas según los criterios del Evangelio. Esto lo hace el Concilio especialmente con la constitución sobre la Iglesia y el mundo actual.
Además, don Adalberto, después del Concilio, había participado también en la conferencia del CELAM en Medellín y había fundado en México la Comisión Episcopal de Pastoral Social. En esos años: fines de los 60 y década de los 70, casi toda la Iglesia de México hervía de entusiasmo y de actividades orientadas a promover la justicia social. Don Adalberto siempre actuó en todo esto inspirándose en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia y de ninguna manera en doctrinas extrañas a estas fuentes.
Este fue el ambiente en que se formó el Chapo Aguilar. Pero él, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, sí se tomó muy a pecho esta orientación social de la fe, no quedándose en la teoría, sino pasando a la práctica y al compromiso con los más pobres.
Esa pasión por los pobres que devoraba al padre Aguilar lo llevó con frecuencia a realizar acciones radicales que lo enfrentaban a las autoridades civiles y don Adalberto le mostró siempre, junto a una gran comprensión, un apoyo crítico, tratando de moderar y encauzar los aspectos más extremosos de su actividad.
Una cosa que preocupaba especialmente a don Adalberto en ese tiempo era la relación estrecha que sostenía el Chapo con algunos de sus colaboradores parroquiales, de tendencias izquierdistas extremas, incluso afiliados a la Liga terrorista «23 de Septiembre».
Las continuas quejas y muestras de preocupación que recibía el arzobispo de diversos sectores, lo llevaron a remover al Chapo de la parroquia. El 8 de marzo de 1977 don Adalberto le escribe al padre una carta en la que le expresa su preocupación por la fuerte inclinación hacia una izquierda radical que se nota en la pastoral de Nombre de Dios y por lo que don Adalberto considera al padre como una especie de rehén de los miembros de la Liga. De esa carta copio aquí algunas líneas:
“Yo he apoyado tu labor en esa Parroquia de Nombre de Dios, porque te vi comprometido con los pobres y poniendo todo tu empeño en ayudarles a salir de su situación de marginación. Ha habido algunos logros en la línea de justicia y de eso me alegro.
Pensé que esa parroquia podría ser ‘piloto’ en un trabajo que está pidiendo la Iglesia a partir del Vaticano II, de Medellín y en varios Documentos Pontificios como la Evangelii Nuntiandi; y el Mensaje Cuaresmal del Santo Padre Paulo VI que acabamos de publicar en la Prensa local. Ésta es nuestra línea y por aquí queremos que vaya nuestra Arquidiócesis. Con todo nuestro esfuerzo apoyaremos lo que se haga por los pobres, con estricto apego al Evangelio, bien entendido, y al Magisterio auténtico de la Iglesia…
No queremos lesionar los legítimos anhelos del pueblo ni desalentarlo en sus luchas por la justicia. Lo apoyaremos y queremos estar con él tratando de ser fieles al Evangelio y a la voluntad de Dios. Pediremos a la Comisión de Pastoral Social que atienda y siga animando a los grupos ya formados para que no se pierda el trabajo positivo que se ha realizado”.
Obviamente, la remoción del Chapo levanta en los feligreses más pobres de la parroquia, muy identificados con él, una gran oposición. Varias veces van comisiones a pedirle al arzobispo que les deje a su párroco. Don Adalberto se niega a dar marcha atrás y el 10 del mismo mes así se lo comunica por escrito al padre Aguilar. Éste, a juzgar por la carta de don Adalberto, decide quedarse en Nombre de Dios. Don Adalberto respeta esa decisión, pero le retira las facultades de párroco. Le vuelve a escribir:
“Cierto que el problema de miseria y opresión de los pobres por el sistema capitalista, aunado con el sistema político es gravísimo y lacerante. Esto es lo que hace que el pueblo se agarre con todas sus fuerzas a una esperanza, aunque sea efímera y engañosa, de liberación.
Te oí esta frase: ‘quiero liberar a Cristo en esos pobres que tienen hambre…’. Esta frase tiene el sentido verdadero del Evangelio: ‘tuve hambre y me diste de comer…’ y espero que este sea el sentido que le das. En realidad, Cristo el Señor es quien nos libera a todos; nosotros no somos más que pobres instrumentos de su acción liberadora y, muchas veces, nos convertimos en obstáculo…”.
Once días después de esta carta, el 21 de marzo de 1977, el Chapo es hallado muerto de un balazo en una vecindad del centro de la ciudad. Tenía 29 años de edad y menos de tres años de un ministerio sacerdotal intensamente vivido.
Unos ocho días antes de esa fecha fatal, el Chapo había ido a visitar a don Adalberto. Fue una visita que se prolongó casi todo el día y que el Chapo parecía querer alargar sin motivo aparente, pues no hablaban de nada en particular. Parecía que simplemente quería estar ahí, con su obispo. Eso hizo pensar después a don Adalberto, al saber de su muerte, que el Chapo tal vez presentía o sabía lo que le esperaba. De hecho, al despedirse de don Adalberto, el Chapo comentó: “A ver qué sucede”.
Don Adalberto expresó sus sentimientos por el asesinato del Chapo en un escrito titulado Justicia que clama al Cielo, hecho público el día 25:
«Con profunda pena, pero con energía y severidad, elevamos nuestra protesta por el artero crimen cometido en la persona del Sacerdote Rodolfo Aguilar Álvarez. El 21 de marzo fue asesinado alevosamente este Sacerdote ejemplar, sólo porque se atrevió a clamar por la justicia a favor de los Pobres.
La muerte de este sacerdote es un duro golpe a la conciencia de todos los cristianos. ¿Qué se pretende acallar con este gravísimo pecado? ¿Acaso la voz de la justicia que clama al cielo? ¿No queremos que nadie hable a favor de los pobres? ¿Preferimos que esos hermanos nuestros mueran de hambre y de necesidad y que no nos molesten? Se matará al que grite… pero el clamor de la justicia seguirá gritando en nuestras conciencias…
Perdonamos ese gravísimo atropello a la dignidad humana en la persona del Padre Aguilar, porque así nos lo pide el Evangelio. Pero exigimos que se haga justicia y se castigue a los criminales…
Queda ante nuestros ojos y ante nuestras conciencias el testimonio del padre Rodolfo Aguilar Álvarez: un hombre que se comprometió radicalmente con el Señor Jesús y con sus hermanos los pobres. No dudó en renunciar a todo por ese ideal y en exponer su vida en aras de la justicia. El Señor, que se ha identificado con los Pobres y que llamó bienaventurados a los que padecen persecución por la justicia, lo habrá recibido en su Reino. A nosotros nos corresponde imitar su ejemplo».
En esta declaración don Adalberto se remonta más allá de los conflictos y ambigüedades que había percibido en el Chapo y pone su atención en sus cualidades más puras y auténticas del padre, como se reflejan en su carta de petición de órdenes (Autor: P. Dizán Vázquez).
AGUILERA HERNÁNDEZ, ANACLETO. Sacerdote.
ALICANO CAMPA, FAUSTA. Maestra, religiosa.
ALMADA BREACH, MABEL. Acción Católica.
ALMEIDA Y MERINO, ADALBERTO. Arzobispo.
